RESEÑAS

Comprender el Estado de Israel

Yakov M. Rabkin
What is Modern Israel?
Londres, Pluto Press, 2016
Trad. ing. de Fred A. Reed
228 pp. £16.99

A lo largo de sus siete décadas de existencia, el Estado de Israel se ha presentado como el adalid y protector del conjunto de los judíos, aunque alberga a menos de la mitad de los catorce millones que viven en la actualidad en todo el mundo. Esta narración es aceptada a nivel internacional, especialmente en Occidente, y contribuye a la reticencia a criticar al país, a pesar de su ocupación ilegal y progresiva colonización de tierras que deberían formar parte de un futuro Estado palestino. En los últimos tiempos, al miedo a acusaciones de antisemitismo y sentimientos de culpa por la persecución de los judíos en Europa se ha unido la percepción de hacer frente al enemigo común del terrorismo yihadista.

Esta valiente obra pone en tela de juicio la narración israelí y nos recuerda que no todos los judíos son sionistas. Yakov Rabkin es un judío practicante canadiense, profesor de Historia, y feroz crítico del que considera inapropiado denominar «el Estado hebreo». Su obra What is Modern Israel? –que apareció inicialmente en francés en 2012 bajo el título Comprendre l’État d’Israël– resume la trayectoria del sionismo desde sus orígenes hasta nuestros días y cita una gran cantidad de documentos, sobre todo de fuentes judías, para respaldar sus argumentos.

Rabkin advierte de que el sionismo representó una ruptura radical con el judaísmo. Tradicionalmente, la base de la identidad judía había sido la adhesión a la Torá, y el eventual regreso a la Tierra Prometida era concebido como el resultado de una decisión divina. De hecho, el proyecto sionista no nació en un ambiente judío, sino protestante. Una lectura literal de ciertos versos de la Biblia (Génesis 5: 18-21«En aquel día el Señor hizo un pacto con Abram. Le dijo: “A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates. Me refiero a la tierra de los quenitas, los quenizitas, los cadmoneos, los hititas, los ferezeos, los refaítas, los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos”».) condujo a vincular el regreso de los judíos a la Tierra Prometida con la Segunda Venida de Cristo.

Así, desde las primeras décadas del siglo XIX, diversos grupos protestantes británicos promovieron el asentamiento de judíos en Palestina. Por otra parte, ciertos políticos juzgaron útil establecer una cabeza de puente de los intereses británicos en Oriente Medio y, ya en 1845, la Oficina Colonial había comenzado a diseñar planes para un protectorado británico en Palestina que supondría la deportación de la población local árabe para hacer sitio a colonos judíos. Hoy en día Israel sigue contando con la financiación y el apoyo político de ciertas denominaciones protestantes, particularmente crucial en Estados Unidos, donde la idea de que ese Estado encarna la promesa de Dios al pueblo judío es mucho más común entre los evangelistas blancos que entre los judíos (82% frente a 40%, según cifras citadas por Rabkin).

El sionismo tardaría varias décadas en encontrar paladines judíos. Los que vivían en Occidente no habían sido ajenos al proceso de secularización que se produjo en Europa a lo largo del siglo XIX, y muchos habían ido asimilándose. No obstante, se encontraron con el obstáculo del nacionalismo étnico, que impedía que fuesen completamente aceptados, y en Europa del Este sufrieron, además, terribles pogromos. Por ello, algunos intelectuales judíos decidieron que la mejor estrategia era convertirse en una nación como las demás y adoptaron el sionismo, invocando el Antiguo Testamento para obtener el patrocinio de las elites protestantes y venderse mejor a los judíos «todavía sumidos en las prácticas del pasado», como escribiría Theodor Herzl. El académico israelí Amnon Raz-Krakotzkin resumió sarcásticamente la actitud de los fundadores de sionismo con la frase: «Dios no existe, y nos prometió esta tierra».

Sin embargo, los sionistas tuvieron muchas dificultades para que su proyecto fuese aceptado por otros judíos. Los religiosos lo tachaban de herejía; muchos laicos lo veían como una amenaza a su integración en las sociedades occidentales; los socialistas lo criticaban como un intento de distraer a las masas judías de sus reivindicaciones sociales. En 1897, el primer congreso sionista se encontró con tal oposición por parte de los judíos alemanes que hubo de ser trasladado a Suiza. Al otro lado del Atlántico, destacadas personalidades de la comunidad judía presentaron una petición al presidente Woodrow Wilson en 1919, rechazando los intentos de segregar a los judíos en una entidad política propia, «en Palestina o en cualquier otro lugar». A nivel práctico, un porcentaje ínfimo de los judíos de Europa del Este que decidieron emigrar huyendo de los pogromos eligieron como destino Palestina; la inmensa mayoría optaron por Norteamérica.

Paradójicamente, los sionistas asimilaron el discurso antisemita de pensadores occidentales como Voltaire o Fichte. Presentaban al judío tradicional como un ser débil y degenerado que en Palestina se convertiría en un «nuevo hebreo»: el «judío muscular» exaltado por Max Nordau durante el segundo congreso sionista, en un discurso que eligió introducir con música del compositor alemán –y notorio antisemita– Richard Wagner. La transformación requería desechar la cultura de la diáspora, incluido su elemento más emblemático, el yiddish, que fue reemplazado por el hebreo. Durante dos mil años este había sido un lenguaje de liturgia, y el sionista de origen lituano Eliezer Ben-Yehuda fue el principal creador de una forma simplificada tan alejada de sus raíces que algunos lingüistas ni siquiera la consideran una lengua semítica: el hebreo moderno.

Por otro lado, los líderes sionistas no dudaron en explotar los prejuicios antisemitas europeos para impulsar su proyecto. Por ejemplo, Lord Balfour, autor de la famosa Declaración que lleva su nombre, era conocido por sus posiciones contrarias a la inmigración judía en Gran Bretaña. Los principales artífices de dicha Declaración, Chaim Weizmann y Nahum Sokolow, consiguieron el respaldo del entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, alimentando su obsesión con el supuesto poder de la «judería internacional», y omitiendo mencionar que el movimiento que representaban tenía escaso apoyo entre los propios judíos.

En relación con la persecución nazi, Rabkin revela el cinismo de los líderes sionistas, que sólo estaban interesados en salvar a judíos jóvenes, sanos y dispuestos a viajar a Palestina. Condena, además, la instrumentalización del Holocausto, primero para justificar la creación del Estado de Israel, y desde entonces para atacar a los críticos de sus políticas. Denuncia el tratamiento de los judíos sefardíes, que a su llegada a Israel fueron sometidos a un proceso de desculturización que ha sido descrito como un «genocidio cultural». Deplora, asimismo, el tratamiento de los palestinos: su limpieza étnica durante la creación del Estado de Israel; la ocupación y colonización de Cisjordania; la discriminación y hostilidad que sufren los israelíes árabes (alrededor de la quinta parte de la población). Y rechaza explicaciones esencialistas de la animadversión que resulta de esta situación, recordando que el antisemitismo musulmán surgió como respuesta al sionismo.

Rabkin reconoce que el sionismo se ha convertido en la ideología dominante entre los judíos. Lo atribuye a que, para muchos, la lealtad a Israel ha remplazado al judaísmo como núcleo de su identidad, pero también al acoso moral, económico e incluso físico que sufren sus detractores. Sin embargo, ve cierta esperanza en la propagación de posturas postsionistas entre los judíos, especialmente en el propio Israel, donde se han alzado voces que se refieren al sionismo como un anacronismo y un obstáculo para que el país se convierta en una sociedad pluralista moderna. Nuestro autor concluye su convincente alegato instando a que se deje de considerar a Israel la culminación de la historia bíblica, o un milagroso renacer tras el Holocausto nazi, y que el país sea tratado (y juzgado) como cualquier otro. Su petición parece eminentemente razonable.

Ana Soage ha vivido en varios países europeos y árabes, y tiene un doctorado europeo en Estudios Semíticos. Enseña Ciencias Políticas en la Universidad de Suffolk, coedita varias publicaciones académicas y colabora como analista senior en la consultoría estratégica internacional Wikistrat.

05/02/2018

 
COMENTARIOS

José A. Blázquez 07/02/18 17:16
Uno no deja de sorprenderse ante ciertas ideas y datos que se desprenden de la recensión del libro de Yaakov Rabkin.
En primer lugar, y de manera muy destacada, la supuesta reticencia a criticar a Israel, sin duda el país sobre el que llueven más críticas y objeciones de todos los países democráticos y no democráticos del mundo. Para eso no hace falta más que darse una vuelta por las declaraciones de la ONU y sus diversos organismos. La tan manida frase de no permiten criticar a Israel se ha convertido en uno de los fake news más antiguos (da la impresión que tan antigua como el prejuicio y odio dirigido hacia los judío) y más autoindulgentes.
Solo bastaría, en el caso español, darse una vuelta por las estanterías de una buena librería para encontrarse, en el espacio dedicado a Israel y el Oriente Medio, con anaqueles dedicados a libros de activistas y corresponsales casi exclusivamente pro-palestinos, a la colección de obras de Noam Chomsky, de Avi Shlaim, de editoriales dedicadas a la causa palestina y a la cada vez más extensa colección de libros de Ilan Pappe, ese ecuánime historiador que publicó en El País un memorable artículo alabando la Primavera Árabe y augurando, y cito textualmente, que lo único que está en riesgo ahora es la pretensión de Israel de ser un islote occidental estable y civilizado rodeado de un mar de fanáticos. Lo verdaderamente malo para Israel es que la cartografía siga siendo la misma pero la geografía cambie, que siga siendo un islote, pero de barbaros y fanáticos rodeado por un mar de nuevos Estados igualitarios y democráticos, y es que según Pappe estar rodeados de gentes que dan la bienvenida a la libertad, la justicia social y espiritual no serían tan buenas noticias para los judíos de Israel. Así opinaba y opina este historiador de referencia para muchos por su objetividad y apego a los hechos.
Como ejemplo adicional de esa famosa reticencia a criticar a Israel, comentar que en pleno auge de la Segunda Intifada, en el 2004, varios escritores y periodistas españoles quisieron publicar un libro titulado En Defensa de Israel, el cual finalmente, tras mucho ir aquí y allá, se tuvo que publicar en una editorial de Zaragoza porque, y cito a alguno de los colaboradores, importantes y destacados editores españoles se negaron a publicar jamás un libro que defendiera a Israel.
Quizás por eso reputados y conocidos historiadores israelíes que no son anti-Israel y antisionistas parecen estar vetados en España, y me vienen a la mente los más conocidos, Benny Morris, Anita Shapira, Efraim Karsh, Yoav Gelber
Volviendo al contenido de la recensión, en ella se proporcionan una serie de datos obsoletos y parciales. Por ejemplo, la población judía de Israel (versión Rabinato) es de casi 6.800.000 personas, existiendo cerca de 300.000 personas, la mayoría inmigrantes de la ex Unión Soviética con orígenes judíos parciales o solamente familiares, que no tienen tal designación según la acepción del Rabinato. La población judía de Estados Unidos se sitúa de manera fluctuante las estadísticas son menos determinantes que las de Israel - entre los 6 millones y medio y los 7 millones, y entre ellos se contabiliza bastante población que tampoco entraría en la contabilidad del Rabinato por los motivos apuntados. Es decir, allí donde existe una mayor población judía en la actualidad es en Israel. A fin de cuentas, si para ciertos temas se recurre al judaísmo, quizás también debamos recurrir en la demografía.
Respecto al sionismo y el judaísmo, y los orígenes del sionismo, creo que no sería necesario ahondar en las constantes aliyas a Eretz Israel de la población judía recogidas en viajes y noticias desde las primeras épocas, por no hablar del mesianismo existente en las comunidades judías a lo largo del mundo, bastaría con citar diversos hechos, como el exilio sefardí y su implantación en ciertas poblaciones de Eretz Israel, el mesianismo fallido de Shabbatei Zevi, las continuas aliyas procedentes de comunidades en la Europa Oriental antes y durante el hasidismo (desde el siglo XVIII). Obviamente, no podían ser aliyas mayoritarias, los viajes eran largos, costosos y peligrosos, y los viajeros eran individuos dotados de un fervor religioso que contradice a aquellos otros que preferían esperar en la diáspora a la llegada del Mesías.
No hace falta por lo tanto esperar al pretendido sionismo de ciertas comunidades protestantes, por cierto también muy influidas por autores judíos como Menasseh Ben Israel en la época de Cronwelll, y por el movimiento sabbateista, con influencias recíprocas.
Por otra parte, los sionistas de primera hora del XIX procedían muy mayoritariamente de familias y trasfondos altamente religiosos, sobre todo en la Europa Oriental, por lo tanto, si bien no creían en Dios, era lógico que creyeran en su promesa a los judíos, porque tal era la creencia en la que se habían educado mayoritariamente.
También es bastante conocido que los sionistas eran un grupo minoritario dentro de la población judía, en primer lugar por la reticencia de los rabinos a perder su control social de la población mayoritariamente religiosa, en las zonas europeas orientales, y por el empuje del asimilacionismo e integracionismo dentro las zonas occidentales y ya conocemos el resultado final en la Segunda Guerra Mundial -. También es cierto que, sobre todo en ámbitos europeos orientales, se desarrolló una guerra lingüística entre yiddistas y hebraístas, por cierto previa a las aliyas más importantes de finales del XIX y principios del XX, y que el hebreo en esa Europa oriental fue cada vez más ganando terreno como lengua de uso literario y habitual en esas poblaciones.
Basta decir que la expresión cultural y política más señera de la cultura y civilización yiddista y diaspórica, el Bund, fue aniquilado durante la Segunda Guerra Mundial, al igual que buena parte de la población judía europea que en las áreas occidentales apostaron por el asimilacionismo e intregacionismo, dando la razón a lo que según expresión de Benjamin avisaron del infierno que se avecinaba, y que fueron precisamente los sionistas, y en especial Jabotinsky.
Otra denigración que no viene a cuento es asimilar la doctrina del sionismo al antisemitismo de algunos escritores. El sionismo se identifica con la doctrina de un movimiento de liberación nacional, y como tal se mostraba crítica con el estado de dejadez y anquilosamiento de la mayoría de la población judía mundial, por entonces ubicada mayoritariamente en la Europa oriental, sujeta en gran medida al control e influencia de los rabinos. No hay por lo tanto ningún conflicto con el judaísmo como tal, en el sentido de anti-judaísmo, sino más bien con la jerarquía religiosa dominante, algo comprensible por la reticencia de ésta a perder su control social sobre la población.
No obstante, los primeros pensadores que podríamos denominar como auténticamente sionistas (catalogando por lo tanto a todos los anteriores como pre-sionistas) fueron precisamente dos rabinos, Tzvi Kalisher y el sefardí Yehudah Alcalai, y desde primera hora del sionismo existió una agrupación sionista religiosa, dirigida por Yitzhak Yaakov Reines, el partido Mizrahi.
Del resto de la recensión es necesario destacar la desprestigiada afirmación de que a los dirigentes sionistas no deseaban “más que rescatar de entre los perseguidos judíos de Europa, a aquellos más válidos para el proyecto sionista”, ignorando absolutamente los avisos del Jabotinsky, el líder del sionismo revisionista ante la tormenta que se estaba formando, y demás acciones del liderazgo sionista en Eretz Israel para buscar una salida para esa población, un liderazgo con apenas capacidad de decisión, algo que se olvida habitualmente, al igual que la negativa de los países del mundo a acoger a refugiados judíos conferencia de Evian y la total negativa del liderazgo árabe, y consecuentemente británico, a su acogida en Eretz Israel. Muy significativo, por lo tanto, es este reproche a los líderes judíos y la absolución del liderazgo árabe y europeo. Se trata de un reflejo más de esa otra aberrante deriva dentro del antisionismo militante de querer otorgar simpatías por el sionismo al nazismo recién llegado al poder.
Finalizaremos con los habituales tópicos: la absoluta ignorancia de los hechos a la hora de relatar la pretendida limpieza étnica de palestinos (termino que por esas fechas también era utilizado para la población judía), mientras se ignora la previa y rutinaria violencia árabe: los pogromos de Jaffa en 1921, de finales de la década de los 20 en Safed y Hebrón, y la rebelión árabe en los años 30 (que condujo precisamente a la prohibición total de la emigración judía en la época previa a la Shoah), rebelión que por cierto degeneró sobre todo en violencia inter-árabe y que provocó dentro de la población judía de Eretz Israel la definitiva conclusión de la imposibilidad de una existencia o coexistencia binacional, tal como pretendían algunos intelectuales judíos como Magnes y Buber, sin correspondencia como era de prever de ningún socio árabe.
Respecto a la limpieza étnica, ya es un clásico entre los medios pro-palestinos hacer alusión a ella ignorando totalmente la guerra desatada contra el naciente Estado de Israel una guerra santa, tal como ha demostrado Benny Morris en su libro 1948 -, tras la partición aprobada por Naciones Unidas en el 1947, primero por las milicias árabes de las zonas que pasarían a formar parte de Israel, y después por los siete países árabes que invadieron el territorio otorgado a Israel. Es cierto que existió limpieza étnica en ciertas ciudades y áreas, sobre todo como consecuencia del desarrollo de la guerra, principalmente por la resistencia encontrada y por su ubicación estratégica, pero siempre se olvida mencionar que la total y completa limpieza de población solamente se desarrolló en el lado árabe, en aquellas zonas de población judía capturadas por los árabes.
Por lo tanto, existió limpieza étnica de palestinos en ciertas áreas, al igual que existió en casi todos los conflictos bélicos del siglo XX (solo falta revisar los refugiados generados por la crisis del Imperio Otomano, la Segunda Guerra Mundial, la división de la India y Pakistán, el conflicto turco-chipriota o el conflicto yugoeslavo, por hablar de algunos), y también la practicaron los árabes en las zonas de población judía que capturaron expulsando eso sí a la totalidad de la población judía, como en el barrio judío de Jerusalén, por ejemplo, junto con otros emplazamientos y comunidades -, pero sobre todo existió una huida masiva de población árabe hacia zonas seguras huyendo de la cercanía de los combates, en muchos casos a lugares situados a apenas unas decenas de kilómetros de allí, refugiándose entre familiares que vivían en zonas de Gaza, en el sur, y la actual Cisjordania, al este, esperando que los ejércitos árabes hicieran el trabajo sucio, derrotando y echando a los judíos, para inmediatamente regresar a sus hogares con plena seguridad.
Nunca se ha querido valorar entre los medios pro-palestinos la importancia que tuvo en esas huidas voluntarios, consecuencia del miedo y la prudencia, la desmoralización que provocó la huida inicial y tras los primeros choques de buena parte del liderazgo árabe palestino, que prefirió seguir las vicisitudes de la guerra de independencia, y la supuesta supresión del naciente estado judío, desde sus confortables residencias en Egipto, Libano y Siria.
Obviamente, el naciente Estado judío consideró con bastante racionalidad que el regreso de una población que se había mostrado contraria y opuesta al nacimiento de Israel no era una opción asumible para un estado en una situación muy voluble y peligrosa, al igual que tampoco se facilitó el regreso de refugiados en la mayoría de los conflictos más o menos contemporáneos anteriormente mencionados.
Finalizo este comentario deseando que esta recensión de pie a otras de libros de autores desconocidos en España, como los ya apuntados de Benny Morris, Anita Shapira, Efraim Karsh, Yoav Gelber, lo que supondría romper el monopolio de la visión pro-palestina en España a nivel editorial.
Me gustaría terminar refrendando lo equivocado del diagnóstico de Ribkin sobre su esperanza final. Hoy en día, en Israel y en la diáspora, el apego a la identidad judía como tal, ya sea de carácter más o menos religioso o cultural, es mucho más fuerte entre aquellos que se consideran pro-Israel que entre aquellos judíos que se muestran hipercríticos o bien postsionistas o directamente antisionistas. Si exceptuamos a las ramas más radicales del haredismo, la Satmar en la diáspora y el Toldos Aharon en Israel, los sectores postsionistas y antisionistas, bastante minoritarios por cierto con respecto a la población judía general, tanto a nivel secular como religioso, están conformados mayoritariamente por personas que cada vez más ponen en duda su pertenencia a una comunidad judía y por supuesto al judaísmo, salvo por supuesto a la hora de firmar manifiestos anti-Israel donde como un cliché utilizan la hipócrita expresión como judío. Su pretendida, circunstancial y momentánea recuperación de la identidad judía y del judaísmo, solamente tiene una finalidad o “teología”, reprobar a Israel y a los judíos que apoyan a Israel.

Iván Joel 07/02/18 21:59
Evidentemente, lo que hay que leer es el primer comentario, no el artículo. Suele suceder.

José A. Blázquez 13/02/18 00:37
Uri Avnery, el Shimon Peres escritor de «Un nuevo Oriente Medio» y las historias de Pappe, tres excelentes ejemplos de autores de ciencia ficción del sector más iluminado y menos apegado a los hechos y a la realidad.

Yo no estereotipo a ningún pueblo, ahora bien, lea los informes de desarrollo humano de la Onu elaborados por técnicos de la zona y me cuenta.

Y no, el factor principal no es el colonialismo, que por cierto el que más longevo fue el otomano, sunita también.

O sea, revise cual es ese factor principal, uno que se puede traducir como sumisión, y que algunos tontos utiles apaciguadores pretenden introducir en las sociedades occidentales democráticas como un elemento constructivo

Por mí, punto final. Obrigado

David 11/02/18 11:29
Como respuesta al primer comentario, señalar que si Israel fuese juzgada como lo es cualquier otro estado democrático, sería un paria internacional, como lo fue Sudáfrica en su momento, y por motivos similares. Que haya quien siga defendiendo a Israel no sorprende demasiado - también había quien defendía al régimen del apartheid, incluso jefes de Estado como Margaret Thatcher y Ronald Reagan -, pero que editoriales españolas rehúsen publicar un libro escrito por esos defensores es totalmente legítimo, e incluso de sentido común en un país donde el lobby sionista ha sido incapaz de imponer sus argumentos. Por otra parte, generalizar a partir del ejemplo de España muestra bastante ignorancia de cómo se discute el conflicto israelo-palestino en EEUU (de donde es el autor del libro reseñado) y en otros países occidentales.

En cuanto a los datos históricos, el autor del comentario habla de emigración judía a Palestina en la época anterior al sionismo, que es completamente anecdótica en términos numéricos; cita a Benny Morris para argumentar que la limpieza étnica de los palestinos se produjo en el contexto de la guerra de 1948, que es algo que nadie disputa, como si eso justificase que no se permitiera a cientos de miles de personas regresar a sus hogares y sus tierras tras el conflicto; y un largo etcétera de medias verdades y opiniones subjetivas.

Lo que hay que sacar de la reseña y del libro de Ribkin es que el sionismo y el judaísmo son cosas diferentes, a pesar de la insistencia del lobby sionista, y que parece haber no pocos judíos críticos de las políticas israelíes. Y eso debería ser motivo de esperanza.

José A. Blázquez 11/02/18 16:29
Uno entiende que tratándose de una web seria, no es cuestión de plantear pugnas dialécticas, aunque las replicas consistan en la dosis habitual de clichés que contra Israel se aplica desde el "universo progresista" (una mentalidad tan narcisista y tan pagada de si misma requiere ámbitos descomunales)

En el comentario de David se plantean una serie de temas que tratarenmos de analizar brevemente, no perdiendo en tiempo en las "reductio at Sudafrica", esas estúpidas y habituales denigraciones de la "gente de progreso" ante un país que les saca de sus casillas porque hace trizas sus doxas y dogmas.

Respecto a la emigración previa al sionismo se nos dice que fue minoritaria. Profundísima reflexión, sobre todo conociendo que la población judía de hecho ya era minoritaria, y que anteriormente al siglo XX ese tipo de viajes eran largos, costosos y peligrosos, solamente viables para ciertas personas. Por ejemplo, con respecto a la reciente emigración africana a Europa, se suelen destacar su coste y sus peligros, además de alabar a esos emigrantes como gente valiente que arriesga sus vidas. Imaginen lo que podría resultar en esos siglos con continuas guerras y privaciones. No obstante, el anhelo y la presencia de Eretz Israel como el destino final de los judíos siempre estuvo allí, presente en la vida diaria y entre las generaciones.

Siempre se puede recurrir a las SANDeces, como adoptar un divertimiento erudito como los jázaros para tratar de negar esa vinculación, una teoría que solamente se sostiene por mitos y leyendas y una decidida falta de hechos y pruebas, si descartamos un porcentaje mínimo de palabras del yiddish procedente del turco y de la zona eslava. Claro que la población judía de la Europa oriental vivió precisamente en proximidad de dichas poblaciones. La otra teoría sería argumentar que los rabinos de la época no recomendaron expresamente dicho viaje a Eretz Israel. Algo no tan raro si muchas de esas recomendaciones provenían de los rabinos que conformaron el Talmud de Babilonia, el Bavli, y que se antoja algo contradictorio que ellos recomendaran esa migración a su gente para quedarse sin grey a la que adoctrinar. Además, una de las leyes existentes dentro de las comunidades judías fue tratar de preservar la continuidad de la comunidad, y embarcarse en viajes tan aventurados a Eretz Israel no dejaba de poner en peligro esa continuidad.

Hay un tema que me ha sorprendido bastante, se trata del elogio a esos editores que declararon enfáticamente que no publicarían un libro favorable a Israel. Uno pensaba que en la nación que reivindica el invento, por no decir eñ fraude, de esas Tres Culturas conviviendo en tolerancia en ese imaginado avatar de un Al-Andalus "arabo-progresista" - repleto de dhimmis y esclavos, y de represión y violencia religiosa durante la mayor parte de su existencia -, esa publicitada tolerancia daría lugar a la libertad de pensamiento. Pero me equivocaba, esos "legítimos y librepensadores" editores parecen estar más influenciados por Torquemada.

Que en España las cosas están así nos lo confirma David, con lobbys sionistas, árabes, catalanes, madrileños, euskaldunes o cartageneros o sin ellos. En los Estados Unidos, en Gran Bretaña o en Francia, por ejemplo, aunque se publican los libros antisionistas todavía se ofrece la posibilidad de leer a Morris, Shapira y muchos otros más. Claro que, con la deriva existente en los campus universitatios, con sus espacios seguros, microagresiones e interseccionalidad, esa degeneración del pensamiento correcto parece querer seguir la senda intolerante y dogmática de algunos de esos editores españoles antes mencionados.

No me quiero extender pues no merece la pena, ciertas ideologías no comulgan con la realidad y los hechos. Respecto a los refugiados, uno se sigue preguntando por qué no se reinvidica la reintegración de los otros refugiados previos, de esa misma época y posteriores. El ejemplo de los alemanes de los Sudetes, en Checoeslovaquia, es instructivo. Colaboraron con la invasión nazi del país y de hecho querían su destrucción, como gran parte de los llamados refugiados palestinos querían del naciente Israel (más del 90% son descendientes, lo que según la ONU, aunque para el resto de refugiados del mundo a los que mete a todos en el mismo saco, ya no podrían considerarse refugiados). El caso es que tras la derrota nazi todos esos alemanes de los Sudetes, como de otras partes de la actual Polonia, fueron expulsados sin contemplaciones. Y nadie hasta ahora ha solicitado su reintegración en la actual Chequia, o en Polonia. Eso mismo ha sucedido con los musulmanes de la Tracia griega, los griegos de Anatolia, los hindues del actual Pakistan, y viceversa. Y como estos, muchos ejemplos más actuales (los chipriotas expulsados de la zona turca...)

Y finalizo, las esperanzas de Ribkin, canadiense por cierto, son vanas. Hoy en día los judíos progresistas, esos pretendidos guerreros de la justicia social, han abrazado un nebuloso y pretendido judaísmo a la carta, sin reglas y obligaciones a las que atenerse, totalmente inmaterial y perecedero, basado en el Tikkum Olam, una especie de mitzva de origen cabalístico que se ha convertido en sus manos en un mantra progresista que se basa en adoptar las causas de la izquierda, al mismo ritmo que se crean y se desechan. No es extraño pues que algunos hayan podido decir que es más seguro que los nietos de Trump sigan siendo judíos dentro de 30 años que la descendencia de estos judíos a la moda progre.

Isaac Dutcher ya los definió muy bien: "judíos no judíos". También es posible conocerlos como "judíos de manifiestos, de cartas al director...". Y no pueden representar ninguna esperanza porque su realidad es la desconexión con su pueblo, con su herencia, con sus fuentes, tal como les solicita su nueva religión, la representada por la ideología izquierdista, y su pueblo son sus camaradas de ideología, que hace tiempo rompieron con esos otros judíos que no abandonaron a su pueblo y sus creencias.

En ese sentido son avatares contemporáneos de esos anteriores conversos que provocaron persecuciones contra su pueblo a lo largo de toda la historia judía.

David 11/02/18 20:07
Al señor Blázquez, que se va por las ramas, y al que sorprende que empresas privadas como son las editoriales no deseen ser asociadas con ideologías racistas, le recomiendo que lea al antiguo radical sionista convertido en activista por la paz Uri Avnery. Copio de su último artículo (traducido en http://msur.es/2018/02/11/avnery-que-demonios/)

"Los fundadores de Israel eran idealistas secularistas. La mayoría de ellos pensaba que la religión era una reliquia del pasado, un puñado de supersticiones ridículas que había que eliminar para dejar paso a un nacionalismo moderno y saludable.

El padre fundador, Theodor Herzl, cuyo retrato cuelga de las paredes de las aulas de los todos colegios israelíes, era una persona completamente no religiosa, por no decir antirreligiosa. En su revolucionario libro Der Judenstaat (El estado judío), afirmaba que en el futuro estado sionista, los rabinos se quedarían en las sinagogas y no tendrían influencia alguna en los asuntos públicos.

La reacción de los rabinos fue contundente. Lo maldijeron categóricamente. Creían que Dios Todopoderoso había enviado al exilio al pueblo judío a causa de sus pecados, y que solo Dios Todopoderoso tenía el poder de traerlos de vuelta por medio del advenimiento del Mesías.

Incluso los rabinos reformistas alemanes, minoritarios en aquella época, lo condenaron. En los primeros días del sionismo, fueron pocos los rabinos que se comprometieron con el movimiento.

Un importante grupo de rabinos ortodoxos de Jerusalén que se autodenominaban Neturei Karta, “Guardianes de la Ciudad”, eran abiertamente antisionistas. Años después, solía encontrármelos en el despacho de Arafat. Otros rabinos ortodoxos menos radicales afirmaban rotundamente que no eran sionistas por un lado mientras que por el otro aceptaban el dinero de los sionistas. Hoy en día son miembros de la coalición del gobierno.

David ben Gurion, líder del sionismo durante el nacimiento de Israel, despreciaba a los ortodoxos. Creía que con el tiempo acabarían desapareciendo. Por eso, y para asegurarse el apoyo y las donaciones de los ortodoxos extranjeros, les hizo todo tipo de concesiones, lo cual produjo el crecimiento exponencial de la comunidad religiosa. Hoy en día son un auténtico peligro para la supervivencia de nuestro estado laico.

Aunque los distintos grupos ortodoxos representan solamente una quinta parte de la población total de Israel, hoy en día ejercen una influencia enorme en la política israelí. Han pasado de ser una fuerza moderada a favor de la paz a un nacionalismo radical, a menudo un fascismo religioso. Su influencia en el día a día de la sociedad es cada vez más profunda.

Últimamente han conseguido la aprobación de una ley que prohíbe que los supermercados abran los sábados (el shabat, el día de descanso judío). El ala ortodoxa más extrema se niega a que sus hijos sirvan en el Ejército y exigen que se retire a todo el personal femenino, o al menos que se evite que tengan contacto con sus compañeros de armas masculinos.

Dado que la mayoría de los israelíes consideran que el ejército es (quizá) la única fuerza unificadora del país, el resultado de tal actitud es la crisis continua. Otras corrientes ortodoxas, sin embargo, sostienen la actitud contraria. Consideran que el ejército es el instrumento de Dios para limpiar la Tierra Prometida de todos los no judíos."

(Acepto la corrección sobre la nacionalidad de Rabkin - que no Ribkin -, que es, por otra parte, irrelevante a la discusión.)

José A. Blázquez 11/02/18 20:49
¿Y qué demonios me quiere contar con las historias hiperconocidas de Avnery, un viejo radical de izquierdas que ha paseado su amargura izquierdista a lo largo de los años, desde el irgunismo inicial al postrer estalinismo, para acabar en izquierdismo y un sionismo inane? Cómo ese sea su referencia de un judío israelí lo tiene claro. Solamente es una figura estrafalaria, por sus ideas utópicas, y en ese caso entrañable para los de siempre.

Por cierto, tanto alabar a los haredim antisionistas, usted sabe qué piensan de los árabes cuando llegue su Mesías, qué papel les tiene reservados? Se lo aclaro, más o menos lo que los musulmanes y cristianos árabes sobre los judíos.

Ya se sabe que hay muchos tontos utiles dentro de la izquierda, pero al parecer desconoce a la parte haredi, esos que fueron a una conferencia negacionista en Teherán. Esos son la esperanza de Ribkin.

Veo que le escuece especialmente la mención de los editores Torquemada. Total, han distribuido a mansalva la literatura de la ideología más asesina de la historia, el glorioso socialismo, por lo tanto no sufra por ellos, no se lo merecen.

En fin, como le veo sin demasiados argumentos, le deseo una feliz velada.

David 12/02/18 14:34
Uri Avnery es toda una institución en Israel, y su organización, Gush Shalom, goza de un enorme respeto a nivel internacional por sus actividades a favor de la paz. No entre los que creen que la paz no es posible porque los árabes son "bárbaros y fanáticos", evidentemente.

José A. Blázquez 13/02/18 11:11
Ury Avnery, como el propio Shimon Perea en su libro «Un nuevo Oriente Medio», han demostrado ser unos excelentes escritores de ciencia ficción, cuanto más ajenos a la realidad, mejor.

Respecto a las denigraciones orbi et turbi, no soy partidario de estereotipos y clichés, esos mismos que otros no se cansan de aplicar sobre Israel y los judíos, no obstante un vistazo a los informes sobre el desarrollo humanos elaborados por la Onu y sus técnicos del lugar, podrían ayudar a desterrar tópicos como la culpabilidad del colonialismo en ciertas lacras de la región, siendo por cierto el más longevo el otomano.

Punto final. Obrigado

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