RESEÑAS

La utopía y el poder

Antonio Elorza
Utopías del 68. De París y Praga a China y México
Barcelona, Pasado & Presente, 2018
342 pp. 23 €

El año pasado, con motivo del quincuagésimo aniversario de los acontecimientos, se publicaron y reeditaron numerosos libros sobre 1968. Ramón González Férriz combinaba en 1968. El nacimiento de un mundo nuevo la crónica de acontecimientos en Francia, Italia, Japón, Estados Unidos y México con la historia de las ideas, y Joaquín Estefanía comparaba en Revoluciones. Cincuenta años de rebeldía (1968-2018) (Galaxia Gutenberg) las revueltas con movimientos posteriores. Antonio Elorza, profesor emérito de ciencia política en la Universidad Complutense, propone en Utopías del 68. De París y Praga a China y México una especie de «mapa utópico» de ese año. Presenta una suerte de árbol de utopías y detecta una especie de malestar general en la juventud, pero estudia fenómenos muy distintos. También son diferentes los países que escoge, las sociedades que aspiraban a crear los protagonistas del libro y los efectos que tuvieron sus acciones. Aunque Elorza reflexiona sobre las utopías, en buena medida es un libro sobre el poder: sobre la articulación y las transformaciones de los movimientos, las luchas internas, los virajes ideológicos, la combinación a veces imposible de intereses de grupos diferentes.

Comienza hablando del Mayo francés, que, escribió Sunil Khilnani en el estudio Arguing Revolution. The Intellectual Left in Postwar France, podría considerarse «una interpretación en busca de un acontecimiento». Raymond Aron habló de «psicodrama»; Edgar Morin presentaba la rebelión estudiantil como un «accidente sociológico», alimentado de un descontento juvenil y el impulso de liberación frente a constricciones burguesas; según este último, «es en la experiencia utópica y no constructiva donde diseña un futuro que concierne a la sociedad».

Elorza cita la definición de uno de sus participantes más célebres, Daniel Cohn-Bendit: «Para mí fue una rebelión, sobre todo una rebelión antiautoritaria que se produjo un poco por todas partes. La rebelión de una juventud que había nacido después de la guerra y se revolvía contra el tipo de sociedad impuesto por las generaciones de la guerra». Elorza alterna el relato de los hechos con la descripción del clima intelectual. Entre los pensadores influyentes que glosa se encuentra Herbert Marcuse, cuya obra El hombre unidimensional tradujo el propio Elorza: se podía ser discípulo de Marcuse sin haberlo leído, explica. Destaca la importancia de la libertad como principio, la relativa ausencia de riesgos personales para los manifestantes en comparación con otros momentos de la historia (u otros lugares de la geografía) y subraya, como han hecho otros, la divergencia de intereses entre los obreros y los estudiantes. Evita tanto la idealización como la condena: concluye que, aunque la restauración conservadora triunfó «sin dificultades» después de mayo, no pudo «evitar la supervivencia de los fragmentos de autonomía conquistados por la juventud durante las jornadas de mayo».

Si el tema de la parte dedicada a Francia es la rebelión, Italia encarna la «utopía de la destrucción». Por eso, el capítulo que le dedica trata de la violencia: por una parte, la violencia revolucionaria de la izquierda; por otra, la violencia de la derecha, con tramas de terrorismo de Estado y financiación de Estados Unidos. Escribe Elorza:

El protagonismo público de la década correspondió a los terrorismos negro y rojo. De 1970 a 1975 se contaron 4.584 atentados, de ellos el 83% debidos a la extrema derecha, con 113 muertos, 50 víctimas de atentados masivos (strage) y 351 heridos. Todo esto bajo la capa protectora de los Servicios Secretos. El balance general del período que se inicia en 1969 arroja un total de casi 200 muertos en atentados individuales, 135 en la secuencia de matanzas (stragi) que va de Piazza Fontana en 1969 a la estación de Bolonia: el máximo con ochenta y cinco.

El terrorismo de derechas dominó la primera mitad de la década de los setenta, mientras que el de izquierda –notablemente el de las Brigadas Rojas; el asesinato de Aldo Moro en 1978 planea por todo el capítulo– marcó la segunda mitad del decenio. Pero la conclusión principal de Elorza va más allá de ese período: Italia es durante casi medio siglo «un país bajo tutela»: «El sistema político italiano no fue en los años setenta un centro de decisiones autónomo, sino que estuvo esencialmente condicionado por su subordinación a las exigencias derivadas de la guerra fría y, en concreto, a la estrategia anticomunista de la potencia hegemónica, Estados Unidos», con una trama de «intereses mafiosos entre el Departamento de Estado y la CIA, como instancias independientes y, ya en el plano de la dependencia, los dirigentes democristianos, y los servicios secretos (incluyendo más tarde a la Mafia y el Vaticano), dispuestos todos a emplear cualquier tipo de medios, el crimen incluido, con tal de salvaguardar la “estabilidad’ del país”».

Elorza cita unas palabras de Henry Kissinger, secretario de Estado de Estados Unidos, a Aldo Moro: «Si fuese católico como usted, llegaría a creer en el dogma de la Inmaculada Concepción; pero no soy católico y ni creo en ese dogma ni en la evolución democrática de los comunistas italianos». La posible evolución democrática, o al menos una actitud de mayor laxitud en cuestiones como la libertad de expresión, del comunismo checoslovaco, y el fin de esa opción por la invasión soviética, es el tema del siguiente capítulo. Elorza denomina «la utopía sofocada» a la experiencia fracasada del comunismo checoslovaco, y describe un «modelo humanista del socialismo» que presentaba más apertura política que transformaciones económicas, su evolución y su choque con la idea de la soberanía limitada que servía a Brézhnev para aplastar experiencias reformistas. La experiencia checoslovaca tuvo consecuencias en muchos países; el autor habla de obras como La confesión, de Arthur London y Costa-Gavras. En algunas polémicas vemos la asombrosa capacidad de numerosos izquierdistas del siglo XX para perder una y otra vez la inocencia y considerar como desviaciones lamentables elementos que siempre habían formado parte de la corriente principal: «¡Lenin, perdónalos, que se han vuelto locos!», decía un grafiti. Como señala Elorza, la represión de los contrarrevolucionarios no había nacido con Stalin: «Lenin la había practicado a fondo». Para el autor, Alexander Dubček no sabía con quién se enfrentaba en 1968; Elorza especula con la muerte del dirigente en un accidente de tráfico muchos años después, en 1992.

Otro de los acontecimientos fundamentales de la época es la Revolución Cultural china, que, a juicio de Elorza, es una «utopía solar». Las claves doctrinales del maoísmo eran «falsas aperturas». Considerar que las ideas eran más importantes que las clases, con sus corolarios de reeducación y revisionismo, desembocaba en «una persecución implacable». El protagonismo de las masas sobre el partido se empleaba como justificación. Es la construcción de una religión política, donde Mao no se limitaba a ser un dios pasivo y donde un dogma totalista producía un lenguaje reducido a eslóganes («un código de señales»), con la «convicción de que hay un solo camino para la verdadera existencia, sólo un modo válido de ser y todos los demás son forzosamente inválidos y falsos». El desacuerdo conlleva la exclusión, en el mejor de los casos; la destrucción, en el peor. En este dogma, donde la discusión ideológica prima sobre cualquier otra, la distinción entre lo puro y lo impuro se vuelve capital: «El programa de reforma del pensamiento acaba convirtiéndose en una marea de violencia organizada que conmueve la jerarquía de poder en la sociedad comunista».

La homogeneización devenía en deshumanización; la revolución se convertía en una licencia para cualquier cosa: «Siempre que sea revolucionaria, declaraba un guardia rojo, ninguna acción es un crimen». En lenguaje de Mao, parafrasea Elorza, «si se les conceden libertades a los burgueses, enemigos de clase, se convertirán en “tigres sonrientes”, y “los tigres sonrientes pueden comerse a la gente”».

Los castigos de la Revolución Cultural no se basaban en la justicia, sino en la ejemplaridad. El acusado es, de entrada, culpable, debía mostrar la inocencia; la dimensión física del proceso estaba preparada para humillar al reo (entre los castigos más comunes estaban las repatriaciones o la limpieza de letrinas públicas) y para la propaganda. La revolución tuvo algo

de herejía: «Si aceptamos que la Revolución soviética fue una construcción utópica, la Revolución Cultural china puede ser considerada como una utopía dentro de la utopía». A juicio del autor, «La singularidad china consiste en que el enemigo a suprimir, previamente satanizado, no es en primer plano la ordenación burguesa de la sociedad, sino la distopía que cobra forma en el interior de la sociedad comunista, y que, mediante la afirmación del revisionismo, desemboca finalmente en la restauración capitalista».

Elorza aborda también dos herencias vinculadas al maoísmo: su imitación en Perú, con Sendero Luminoso, y el régimen genocida de los jemeres rojos en Camboya, que llevaría «al extremo» el programa y acabó con la vida de una cuarta parte de la población. Fue un experimento producto de una doble opción política y moral que implicaba la condena hacia los habitantes de las ciudades y una utopía agraria. Una diferencia, a juicio de Elorza, con el maoísmo sería la importancia que tuvo el budismo para los jemeres rojos. Una cita recogida por Henri Locard en El pequeño libro rojo resume la lógica: «¡Es posible equivocarse al matar a un inocente, pero no conservéis entre vosotros a un solo enemigo!» Las ideas de la purificación y la construcción de una nueva sociedad que partía de cero eran esenciales: «La revolución, de naturaleza agraria, acorde con la base económica del país que ellos llamaron Kampuchea, consistía en la implantación de un orden social de pureza, basado, por una parte, en la igualdad y, por otra, en la erradicación total del orden social precedente, tanto por lo que concierne a sus contenidos económicos, sociales y culturales, como en cuanto a la mentalidad de los individuos». Aunque se hable de clases sociales, las categorías empleadas eran diferentes (fueron ejecutados el 51,5 % de quienes habían cursado estudios superiores y el 82,6 % los funcionarios; ejecutaron a la mitad de sus propios cuadros). Elementos como la autocrítica desataban dinámicas perversas de falsas acusaciones; el paraíso maoísta «era un infierno en la tierra», escribe Elorza.

El último país sobre el que escribe el autor es México. En este caso, también tiene dos partes: por un lado, el relato de la matanza de Tlatelolco, con la descripción de las protestas y de la actuación gubernamental que dejó una herida profunda en el país. Por otro, la reivindicación indígena en el estado de Chiapas a lo largo de varias décadas. Combinaba un agravio legítimo por la injusticia sufrida con elementos milenaristas y tuvo un momento de popularidad internacional con el subcomandante Marcos, cuya actuación suponía, sin embargo, una repetición del «viejo esquema de los dominicos y los indios: protagonismo absoluto de Marcos, y para los indígenas –de quienes Marcos no hizo mención alguna en su perorata– un mes de trabajo».

Utopías del 68 es una obra llena de información, una útil guía de comprensión y lecturas. Muestra una erudición admirable y una notable capacidad para explicar las dinámicas de poder y sintetizar corrientes de pensamiento. Es un libro más de política que de cultura, y esto se acentúa aún más en las descripciones de procesos en países más alejados. La edición es algo descuidada, el análisis prima sobre la narración y las virtudes del volumen conviven con una cierta arbitrariedad. No es un libro sobre ese año, en realidad: va mucho más allá. Pero, aun así, no siempre queda claro por qué la historia se prolonga en algunos lugares durante muchos más años –por ejemplo, en el caso de Chiapas, con un estallido en 1968 y un conflicto larvado que se reproduce a mediados de los noventa–, o queda circunscrita a ese momento concreto, como es el caso de Francia. Aunque todos los países que estudia Elorza presentan casos interesantes –por su significado, por su carácter trágico–, también da la sensación de que podría haber hablado de otros. En un libro generalmente frío e inteligente, profesoral, el epílogo supone un cambio de tono: lleva al lector a la vida del autor y a España, y es uno de los fragmentos más memorables y logrados del volumen.

Daniel Gascón, editor de la revista Letras Libres en España, es autor de Entresuelo (Barcelona, Literatura Random House, 2013) y El golpe posmoderno.15 lecciones para el futuro de la democracia (Barcelona, Debate, 2018).

04/03/2019

 
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