DISCUSIÓN

¡Marx, Mao, Marcuse!

Barcelona, Página Indómita, 2018
Trad. de Luis González Castro
112 pp. 13,50 €
Almería, Confluencias, 2018
228 pp. 18 €
Barcelona, Debate, 2018
312 p. 18,90 €
 

En el libro de conversaciones entre Chantal Mouffe e Íñigo Errejón, Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, la profesora belga de Teoría Política realiza una interesante radiografía del universo de movimientos sociales e izquierdas de distinto color que había legado al mundo Mayo del 68. De un lado estaban los nuevos movimientos ecologistas, feministas, pacifistas, las luchas antirracistas o contra la discriminación sexual, etc., cuyo proyecto político no encajaba con la lógica de la lucha de clases. O, al menos, la interpretación plena de su contenido emancipador no podía ser satisfecho desde el determinismo de clase. Del otro lado, los movimientos obreros clásicos cuyo fundamento marxista les mantenía anclados en una suerte de esencialismo de clase, en virtud del cual «las identidades políticas dependen de la posición del agente social en las relaciones de producción, que son las que determinan tu conciencia» (pp. 9-10).

El proyecto teórico de Mouffe, compartido con Ernesto Laclau, aspiraba a dar forma a una manera de articular estas demandas diferenciadas poniendo en el centro su contenido de protesta contra el sistema. En este ensayo no se tendrán en cuenta las obras posmarxistas de Mouffe y Laclau como punto de referencia, ya sean los escritos a cuatro manos como los redactados en solitario, léase Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia (1985) y La razón populista (2005). Pero sí interesa como punto de partida, en cambio, el diagnóstico que lleva a ambos autores a proponer una nueva forma de articulación colectiva para la política radical: el estado de división y pérdida de coherencia interna que produce el estallido de Mayo del 68 en el escenario de la izquierda mundial.

Ciertamente, Mayo del 68 no es la causa de la disgregación de la izquierda mundial, sino la manifestación más importante de las diferencias creadas por corrientes de fondo que estaban erosionando la coherencia teórica y política del mundo marxista desde la posguerra. Todo ello a pesar de la fachada de unidad que ofrecía la división ideológica del mundo impuesta por la lógica bipolar de la Guerra Fría. De un lado, la socialdemocracia europea, con el SPD de Willy Brandt a la cabeza, comenzó a entender la modernización no como la profundización en los principios marxistas, sino como el progresivo distanciamiento respecto de ellos. El histórico congreso de Bad Godesberg, de 1959, marca el abandono del marxismo por parte del SPD y culmina esta línea programática. Del otro lado, la fe del mundo comunista representado por la Unión Soviética comenzó a resquebrajarse a partir de 1956, año en el que coinciden, generando un efecto contradictorio, el inicio del proceso de «desestalinización» de la Unión Soviética –que llevaba implícita una dura condena del sistema guiado por Stalin– y el aplastamiento soviético de la revolución húngara.

Como relata en su libro el periodista y ensayista Ramón González Férriz, el lema «¡Marx, Mao, Marcuse!» fue uno de los gritos que con más fuerza sonó en el París de los «soixante-huitards» (p. 81). A primera vista, el eslogan parece una poderosa celebración de Karl Marx y su legado. No en vano, en el año 1968 también se conmemoraba el 150º aniversario del nacimiento del autor de El capital. Sin embargo, un análisis más detenido del grito «¡Marx, Mao, Marcuse!» señalaba las profundas contradicciones que afloraban en el seno del campo marxista de los «sesentayochistas», distintas lecturas del marxismo que pusieron en tensión la convivencia de quienes se consideraban, de una u otra manera, herederos del filósofo de Tréveris. Precisamente, los tres libros que se reseñan en este trabajo permiten una interpretación de los sucesos de Mayo del 68 en clave ideológica. A pesar de que en el libro de Raymond Aron el enfoque teórico, o la preocupación por la dimensión ideológica del fenómeno, es más evidente, tanto el libro de González Férriz como el ensayo de Gabriel Albiac, cada uno en su estilo, contribuyen a reconstruir Mayo del 68 como el escenario en que cristaliza la llamada Nueva Izquierda que pone las bases para el despegue del posmarxismo.

Mayo del 68

La Nueva Izquierda no estaba guiada por una doctrina única ni coherente. Carecía de unos contornos teóricos bien definidos y su corpus de ideas era difuso. Tampoco puede decirse que compartiese los mismos anhelos y objetivos en todos los países. Sin embargo, lo dicho es compatible con subrayar, como interpretó Raymond Aron, tres elementos que otorgaban un sentido de unidad último al fenómeno de la Nueva Izquierda. Se daba, en primer lugar, un lenguaje común de raíz marxista. En segundo lugar, un rechazo del mundo occidental y sus valores. Tanto en su versión europea y norteamericana («monopolista, imperialista y explotador») como del sistema soviético («despótico, burocrático y semiaburguesado»). En tercer lugar, y en coherencia con lo expuesto, la Nueva Izquierda puso su foco de atención en los fenómenos políticos que ocurrían extramuros de Occidente, ya fuese la Cuba de Fidel Castro o la China de Mao, entre otros (pp. 44-45).

Como señala el filósofo Gabriel Albiac en su libro, marcado por un registro autobiográfico, este «anhelo de Oriente», esta fascinación por la suerte de los modelos revolucionarios que desafiaban la lógica de la política occidental, fue una de las manifestaciones más sólidas del ethos romántico que impregnaba el «sesentayochismo». Esta nostalgia antimoderna traducida en fascinación por Vietnam, Camboya o China, descritos siempre como «luminosos territorios de una insurrección legendaria», encarnaba, para Albiac, «esa constante romántica de lo fallido, de lo siempre huidizo, de lo eternamente en la punta de los dedos». Imágenes de pureza, con un significado cuasimístico, que los revolucionarios contraponían a una visión añeja y decadente de Europa y, en general, de un mundo occidental que no cabía sino purgar (p. 49).

Para aquellos jóvenes, detalla Albiac, «El 68 fue una gran depuración de todo lo muerto: desde los partidos comunistas hasta los usos y convenciones sexuales. Toda depuración de lo muerto es saludable» (p. 193). Y esta sed de pureza, que rayaba en lo religioso, empujó a algunos jóvenes al culto, primero, de la violencia, y a la praxis, después, de la lucha armada. En este universo, cada grupo con su historia particular, se inscribe el nacimiento de la Fracción del Ejército Rojo, las Brigadas Rojas o ETA. González Férriz describe con maestría en su libro el proceso mediante el cual, gradualmente, un cóctel explosivo compuesto por ideas marxistas, intuiciones del psicoanálisis, modelos de lucha anticolonial –África, Asia y América Latina–, mitificación de guerrilleros, no pocas veces a través de la cultura pop, y algunas dosis de romanticismo antimoderno, tradujeron el proyecto de limpiar el mundo de la posguerra de sus elementos más reaccionarios y burgueses, en una justificación de la violencia armada (pp. 78-84).

El elemento que unificaba todos estos ingredientes y los convocaba para la lucha armada era una concepción extrema del antifascismo como discurso legitimador, siempre reformulado en el contexto de posguerra y proyectado, en esta nueva versión, contra Estados Unidos como eje del mal. Para el caso alemán, González Férriz señala: «Por supuesto, había un trasfondo antinazi, porque esta izquierda extraparlamentaria, airada con los socialdemócratas por haber pactado con la derecha y formado una gran coalición, consideraba que el nazismo no había acabado en 1945, sino que se mantenía por otras vías: muchos consideraban que los estadounidenses eran los nuevos nazis y Vietnam su Auschwitz, y los estudiantes se sentían los nuevos judíos» (p. 80).

La clave que explica la conexión del marxismo con la fascinación por los escenarios antimodernos, aquellos que, como China o Cuba, o Rusia en el pasado, no aparecían en la hoja de ruta hacia la sociedad sin clases que habían trazado Marx y Engels, se explica por el progresivo desplazamiento de la idea de revolución del terreno del determinismo histórico al de la pura voluntad. Un desplazamiento que se produce, principalmente, por la presión que los modelos de éxito del comunismo ejercen sobre la teoría original. Raymond Aron explica de manera brillante en su ensayo que el ejemplo del marxismo-leninismo «sustrae la toma del poder al determinismo objetivo de la historia», del mismo modo que Mao Zedong «sustrae la construcción del socialismo a un determinismo objetivo». Así se concluye la gran transformación en el campo del marxismo de posguerra que explica buena parte de la lógica política de los «sesentayochistas» y su orientalismo: «Ya se trate de tomar el poder o de edificar el socialismo, la supremacía recae en la voluntad humana». Es así como, según el sociólogo francés, «el voluntarismo, el subjetivismo y el cuasiespiritualismo de la variante china del marxismo-leninismo se armonizan milagrosamente con la rebelión de los intelectuales y los activistas occidentales contra los dos modelos, el soviético y el capitalista” (pp. 46-47).

La Nueva Izquierda no estaba guiada por una doctrina única ni coherente. Carecía de unos contornos teóricos bien definidos y su corpus de ideas era difuso

Este mundo de efervescencia estudiantil, desprecio por el conservadurismo encarnado por los valores de Occidente, el culto por el maoísmo, la fe en el marxismo como instrumento de análisis e interpretación de la realidad y la actitud de desafío hacia toda autoridad, que también se dirigía contra los partidos comunistas oficiales, fue anticipado por Jean-Luc Godard en su película La Chinoise, de 1967. La película, centrada en un grupo de estudiantes que aspira a organizar una célula maoísta, refleja a la perfección el rechazo de la idea de autoridad, también intelectual, así como la mistificación de la Revolución Cultural china. Una película que Cahiers marxistes-leninistes criticó señalando, como recoge en su libro Gabriel Albiac, que «no es una película sobre la juventud marxista-leninista. ¡Es una película sobre una juventud burguesa que ha adoptado un disfraz nuevo!» (p. 80).

El mundo cultural y político de Mayo del 68 nunca se despojaría de esta crítica que señalaba su frivolidad, superficialidad o, incluso, irresponsabilidad. El propio Raymond Aron aprovecha en su ensayo para recordar que el intelectual «sesentayochista» de París, Berlín o Berkeley, el mismo que rechazaba distinguir entre el despotismo soviético y el liberalismo occidental, poniendo ambos sistemas en un mismo plano de igualdad, vivía, al mismo tiempo, «seguro de gozar de las libertades que desprecia y casi indiferente al destino de sus colegas en Praga o Moscú» (p. 55). Aron tenía muy presente a Marcuse y su propuesta del «gran rechazo» de Occidente, el mundo corrompido que había que purgar. A él le dedica las siguientes líneas, que merece la pena reproducir en su integridad:

Mi edad me concede el privilegio de evocar un tiempo ya pasado, el de los años treinta y los marxistas de Fráncfort. Estos ya mezclaban a Marx con Freud, denunciaban infatigablemente la República de Weimar, tan débil, tan amenazada, que no les parecía digna de sobrevivir. Cuando llegó la hora de Hitler, ellos, que atacaban a la sociedad capitalista incluso con mayor severidad que a la sociedad soviética, no vacilaron: fue en Nueva York o en California, y no en Moscú ni en Leningrado, donde prosiguieron, fieles al marxismo de su juventud, la crítica implacable del orden liberal (p. 97).

¿Cuál fue el legado ideológico de Mayo del 68 que sintetizaba el lema «¡Marx, Mao, Marcuse!»? Escribe Albiac: «El tiempo de la revolución dejaba tan solo las ruinas dispersas de una generación a la que no le fue dado llegar a la edad adulta. Al menos, no sin renunciar a casi todo. El maoísmo fue un sueño. Al despertar, el mundo apareció, como siempre, irreparable» (p. 193). ¿Qué quedó? En un capítulo de reflexiones finales, González Férriz relata cómo el mundo «sesentayochista», entendido como expresión del descontento estudiantil, fue desdibujándose como posible expresión de una política de masas. Pero los revolucionarios del 68 y su grito de guerra «¡Marx, Mao, Marcuse!» dominarían en las próximas décadas la universidad y el mundo de la cultura, donde el éxito de sus reivindicaciones ha sido más que evidente si atendemos a las líneas de investigación aún hoy hegemónicas en los departamentos de Ciencias Sociales o Humanidades.

Con todo, cabe preguntarse, con el autor de 1968. El nacimiento de un nuevo mundo, si el énfasis radical en la libertad individual y el desafío a cualquier principio de autoridad –así fuera la sociedad, la religión, el Estado, el sindicato o el partido– no contribuyeron a fortalecer, en última instancia, el liberalismo. Y esta sería, de alguna manera, la paradoja que encierra la herencia política y cultural de los «soixante-huitards»: «Los rebeldes –subraya González Férriz– eran inequívocamente de izquierdas, pero sus reivindicaciones aceleraron el proceso de acercamiento al liberalismo, hasta el punto que este las incorporó a su programa» (p. 244-245).

Jorge del Palacio es profesor de Historia de las Ideas Políticas en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es codirector de la obra Geografía del populismo. Un viaje por el universo del populismo desde sus orígenes hasta Trump (Madrid, Tecnos, 2017) y editor de clásicos del pensamiento político como Karl Marx o Michael Oakeshott para Alianza Editorial.

14/11/2018

 
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