La casa del dolor ajeno
Julián Herbert
Barcelona, Literatura Random House, 2016
304 pp. 17,90 €

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Y nosotros nos quedamos sin voz en presencia de las realidades.
Nosotros no podemos hablar.

Lee Masters (La casa del dolor ajeno)

¿Por qué alguien querría leer un libro como este? Un western escrito por un poeta: la historia de un pequeño genocidio, el relato de la masacre de 303 cantoneses en el norte de México. ¿Creerías que este libro es vendible? ¿Es un libro que te gustaría leer? ¿De qué hablamos cuando hablamos de branding editorial?

Julián Herbert es un falso poeta norteño, porque nació en Acapulco, la perla del Pacífico. Fue adicto a la cocaína, vocalista de una banda de rock, o las dos cosas al mismo tiempo. Es hijo de una prostituta. Julián Herbert ganó el Premio Jaén de novela con Canción de tumba, autoficción lírica escrita en el lecho de muerte de la madre enferma. Publicó un libro de cuentos bajo el título Cocaína (Manual de usuario). Es un escritor que representa la literatura que se está haciendo ahora. La de los nacidos en los años setenta. Vive en Saltillo, ciudad del Estado de Coahuila, en el noreste mexicano. Si dijéramos que hay un aura de malditismo en torno a Julián Herbert no sería exagerado. Sobre todo si queremos decir que su historia es vendible porque interesa a determinado branding. El magnetismo puede ser un atributo de una exitosa marca de fábrica, o también de un autor literario. Así ha sucedido con el reciente fenómeno editorial vinculado al norte de México, imaginario espacial rentable en el mercado literario en tanto en cuanto se inscribe en la categoría de lo periférico y alejado del mainstream.

Hablar de literatura norteña es igual de impreciso que hablar de literatura latinoamericana, pues entre Saltillo y Tijuana hay más de dos mil kilómetros. No obstante, sí existe un imaginario común cuyos principales detonadores son el paisaje, la presencia de grupos de delincuencia organizada y la frontera con Estados Unidos. En una conferencia impartida en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, Julián Herbert habló de «La literatura y el norte de México», explicando que muchos autores han escrito sobre el norte del país sin ser norteños o sin escribir desde el norte. Es el caso de Yuri Herrera (Señales que precederán al fin del mundo, 2009) que escribe desde Nueva Orleans y es de Actopán (Hidalgo). Hay, pues, un norte imaginado desde el otro lado de la frontera, y prueba de ello es también la fructificación de la narcoliteratura de la mano de autores como el neoyorquino Don Winslow (El cártel, 2015), cuando antes la narconovela tenía su marca de fábrica en Culiacán (Elmer Mendoza, Balas de plata, 2008). Existe un norte imaginado desde la Ciudad de México, donde se delimita la otra frontera. Pero existe, también, el norte imaginado por una generación de autores que sí escriben desde allá. Hubo un instante febril en 2012, en el que el autor lagunero Carlos Velázquez (El karma de vivir al norte, 2013) habló de la Golden Age Coahuilense. Esta etiqueta generacional tuvo sus cinco segundos de fama. Según el periodista que recogió la declaración de Carlos Velázquez en una entrevista, se trataba de un grupo de ocho escritores amigos entre sí, entre los treinta y cuarenta años, que se dedican a escribir por separado y con intereses distintos. Escriben desde «ese pedazo de tierra donde se decide a balazos el futuro de este país: un mundo sórdido y violento».

La casa del dolor ajeno

«Esta no es la historia que buscabas. Es la que tengo». Así interpela al lector la primera persona de estas páginas. El asunto del branding se complica al descubrir que este libro es la crónica de la masacre de 303 cantoneses ocurrida no anteayer, sino en el mes de mayo de 1911, en Torreón, ciudad del Estado de Coahuila, en el noreste del país. En los albores de la Revolución Mexicana, los partidarios de Francisco Madero ganaron la ciudad para los insurrectos. A los gritos de «¡Viva Madero!» y «¡Viva México!» siguió un «¡Que mueran los chinos!», que alguien coreó. Se trata de un episodio con un nulo reconocimiento histórico. No figura en los anales de la memoria de la patria. Julián Herbert –la primera persona– pregunta a algunos taxistas torreonenses y los que sí saben de qué está hablando participan de la única –y falsa– creencia popular al respecto: quien mató a los chinos fue Pancho Villa. Eso no es verdad. Es una verdad histórica que no es verdad.

En Torreón se fundó un Club Antichino. Es sólo un ejemplo de los muchos recogidos por Herbert y que dan fe de lo poco que gustaba la poderosa colonia china a la clase media y alta de la ciudad. El primer objetivo migratorio de los chinos fue Estados Unidos, pero los que fueron expulsados o no lograron pasar en calidad de ilegales se quedaron cerca de la frontera. Cuando los maderistas, en nombre de la revolución, incorporaron la ciudad a la causa, los chinos fueron sacados a la calle y ejecutados a tiros, golpes y machetazos, despojados los cadáveres de su dinero y acuchillados en la plaza pública: no habían hecho nada a nadie y estaban indefensos. Murieron en nombre de la revolución. Torreón era un recién fundado pueblo del oeste. Torreón era un western.

Esta crónica es un retrato de la región de La Laguna y un retrato de la ciudad de Torreón. Herbert ha escrito que «me gusta la idea de que estas páginas podrían contener un relato pero también un ensayo: una reflexión oblicua sobre la violencia en México». En todo caso, quiere hacer de Torreón la metonimia de México. Es un juego de cajas chinas. La Casa del Dolor Ajeno es como se conoce popularmente al estadio de fútbol del Santos, el equipo local de Torreón, que es además el equipo más sólido del fútbol mexicano, al menos en el ámbito local: se sobreentiende, pues, que todo equipo enemigo o foráneo que acude a jugar –o jugársela– a su estadio, de seguro va allí a sufrir, a pasarlo mal. La Casa del Dolor Ajeno como nombre popular del estadio de Torreón es la auténtica metonimia en este sistema narrativo (y, no en vano, también el título): la metonimia de una región que es la metonimia de un país que, en esta lógica narrativa, es la metonimia del horror.

Con western se hace referencia comúnmente a la épica de la colonización del oeste americano. El norte de México es la continuación del suroeste de Estados Unidos (Estados Unidos se anexionó Texas tan solo en 1845). También en el norte de México existió una campaña colonial de inspiración eugenésica; una voluntad de progreso y modernización; ferrocarriles, bandoleros a caballo, pueblos mineros, preferencia por la inmigración europea, desiertos y puentes colgantes. Herbert relata algunos de los intentos separatistas de aquel entonces. Concluye que el chauvinismo es la metonimia cultural por excelencia en la comarca «y ningún regionalismo separatista es ideológicamente neutro; entre sus metáforas se encuentra la xenofobia»:

El regionalismo lagunero es, entre otras muchas cosas, un conflicto del Lejano Oeste: la pugna entre el Estado mediador y el capitalismo puro, que rechazó cualquier autoridad externa y prefirió resolver sus problemas al estilo John Wayne: con una colt.

Los nuevos cronistas de Indias

Muchas veces los creadores han intuido que algo nuevo estaba sucediendo o por suceder, lo han trasladado a ensayos, manifiestos, o lo han revelado en su arte instintivamente, como por obra de su inconsciente colectivo. En la narrativa de ficción comienza hoy a volverse notoria una tendencia hacia la crónica. Ocurre que, en el tiempo presente de este 2016, una variedad de novelistas, de forma coincidente, están explorando las posibilidades narrativas que ofrece el género que el escritor Juan Villoro acierta en definir como «el ornitorrinco de la prosa». Incluso hay ya en algunos círculos intelectuales un exceso de teorización acerca del fenómeno. Es sintomático el hecho de que el francés Patrick Modiano y la bielorrusa Svetlana Aleksiévich, los últimos dos ganadores del premio Nobel de Literatura, sean cronistas. Y no menos revelador es el afán de Los Nuevos Cronistas de Indias, un grupo de autores iberoamericanos que, tras Gabo, se han erigido como activistas de este género híbrido que, además de revitalizar la prosa de ficción, está vinculado per se a las parcelas de la realidad menos visitadas. Herbert es consciente de este quehacer, al que se suma cuando define La casa del dolor ajeno, que es un western, como «una antinovela histórica: sobreescritura: un caldo de prefijos como huesos para dar sabor a un graso campo literario donde la carne se acabó». Formalmente, esta crónica se sitúa en el cruce de caminos del reportaje gonzo, la novela histórica y la autoficción. La crónica es un género que recurre a las formas de la literatura para reconstruir sucesos que sí ocurrieron. En este relato que no es ficción están presentes todos los recursos literarios y retóricos de la ficción literaria. Julián Herbert ha dotado de estructura a un cúmulo de testimonios, datos, anécdotas, fotografías, pruebas. En la crónica (y de ahí su nombre) importa mucho la reconstrucción cronológica de los hechos. Herbert no solo da muestras de una obsesiva meticulosidad a la hora de confesar las fuentes –que no son únicamente bibliográficas–, sino que también se ocupa rigurosamente de aclarar la procedencia de cada anécdota. Hay una voluntad de rigor histórico más que de verosimilitud, si bien son intenciones que se confunden.

La misma sintaxis

¿Por qué llevar a cabo un ingente trabajo de investigación para implantar en la memoria colectiva de una población, el relato de lo que realmente sucedió ese mes de mayo de 1911 en Torreón? Porque aún no se ha castigado a los culpables. Es así como esta crónica establece una asombrosa correspondencia con el reciente Informe Ayotzinapa elaborado por el Grupo Interdisciplinario de Expertos independientes (GIEI), encargado de investigar la desaparición de los cuarenta y tres normalistas y presentado en septiembre de 2015. El informe desmintió la versión oficial del Gobierno mexicano al reconstruir el relato cronológico de los hechos acaecidos en Iguala. La policía federal acribilló a balazos a los normalistas en plena calle cuando estaban indefensos y luego los hizo desaparecer. La correspondencia entre una y otra masacre no se insinúa: la primera persona narrativa de esta crónica la explicita en varios momentos. Pero no se trata únicamente de Ayotzinapa; en todo caso, ésta actúa como metonimia de todas las desapariciones.

A las clases altas y prósperas de La Laguna no les gustaban los chinos porque suponían una amenaza para su estatus. A los grupos de poder de hoy no les gustan los estudiantes, porque las escuelas normales regionales de México son un lugar donde tal vez se formen personas con una conciencia de la justicia social. Lo estudiantes son un grupo estigmatizado.

Escribe Herbert: «Reprimir (y aun: exterminar) a un grupo determinado de la población tomando como pretexto el bien público y el orden, no es otra cosa (incluso cuando se trata de delincuentes) que una ilusión esquizoide: la legalización subrepticia del caos». Toda víctima de la violencia de Estado se obsesiona con obtener alguna forma de reconocimiento público, idea no muy alejada de la justicia poética. La Ley de la Memoria Histórica aprobada en España en 2007 y que ampara a las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo es un ejemplo. En el caso de la matanza de 303 cantoneses en Torreón, se contó la historia de tal forma que no saliera mal parado el Gobierno de entonces. La versión oficial aseguró que fue una masa enloquecida la que mató a los chinos: fueron maleantes y criminales, fueron los malos quienes lo hicieron. El Gobierno mexicano nunca pagó la indemnización pactada con el Gobierno chino: el pago se negoció y se retrasó en sucesivas ocasiones hasta que prevaleció el silencio.

¿Por qué, entonces, hay que leer este libro? No creo haber explicado todavía si La casa del dolor ajeno forma parte de determinado branding editorial o no: ¿el de la literatura norteña? ¿El de los nuevos cronistas de Indias? Tengo la sensación de que no será muy comercial fuera de México, y no sé si en China. Pero todo esto son conjeturas. Importa el porqué, ahora. Pienso que, con seguridad, el mercado editorial cuya meca está aquí haría bien en promocionar a estos autores. Tal vez esta crónica tan lírica como fehaciente, tan inteligente como digresiva, sea una metonimia de la literatura que está escribiéndose.

Laura Pavón es filóloga y crítica literaria.

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