Mala letra
Sara Mesa
Barcelona, Anagrama, 2016
200 pp. 16,90 €

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A menudo inquietante y siempre inteligente, la narrativa de Sara Mesa (Madrid, 1976) se ha vuelto una referencia ineludible en la literatura española actual. Mesa empezó su andadura hace un decenio, publicando en pequeñas editoriales y cosechando premios regionales, pero muchos lectores (y no me enorgullece decirlo) apenas tuvimos noticias de ello hasta que su novela Cuatro por cuatro (2012) quedó finalista del Premio Herralde. Desde entonces, las noticias no han dejado de multiplicarse. Su siguiente novela, Cicatriz (2015), obtuvo reseñas entusiastas, agotó varias ediciones y quedó en la lista de los diez libros del año según Babelia. Dos meses después aparecieron los cuentos de Mala letra.

Un cínico diría que la editorial aprovechó el tirón, pero sólo un tonto se lo echaría en cara. Hay mucho que celebrar en este nuevo volumen. Sus once cuentos continúan la exploración de la incomodidad, lo fuera de lugar y lo decididamente bizarro que poblaba de manera tan original las dos novelas anteriores. Si Mesa había retratado el día a día en un internado en el que las alumnas desaparecían sin explicación, o la vida de un cleptómano con veleidades anticapitalistas, ahora se concentra en situaciones entre molestas y desesperadas, a menudo vividas por personajes femeninos. Una madre joven se pierde con su hijo pequeño en un bosque; una profesora de instituto va a casa de un alumno gravemente minusválido a hacerle un examen; una cartera «nueva en el barrio» llega a entregar unas facturas impagadas a un exmilitar franquista medio loco, que le abre la puerta desnudo; una escritora recuerda a un compañero de colegio que se suicidó cuando, según dice al pasar, era habitual que «las abuelas se tirasen por los balcones».

La última frase, repetida con variaciones a lo largo del cuento «Mármol», crea un enigma que nos obliga a preguntarnos por lo que se oculta más allá de lo contado. Es típico de Mesa narrar de esa forma. En cierta medida, eso la vincula con la tradición del relato moderno que cuenta dos historias, una de las cuales permanece sumergida (por ahí va la famosa teoría del iceberg de Hemingway), pero su voz no siempre busca la revelación final. En «Mármol», nunca nos enteramos de qué obligaba a las abuelas a tirarse por los balcones. La trama da por supuesto precisamente lo que querríamos ver explicado. Y el desenlace se cierra sobre lo personal: la narradora sólo se pregunta «cómo era mi vida cuando pasó lo de Mármol» (el niño suicida). La revelación es una ausencia de revelación.

«Mármol» no está libre de defectos; sus conflictos son un tanto difusos y el pulso emocional apenas se oye. Pero el cuento nos alerta sobre algo que Mesa hace muy bien: sugerir un panorama amplio a través de un punto de vista muy pequeño, o mostrar cómo una persona percibe a medias las circunstancias en que se encuentra. Las distorsiones de esa percepción, los juicios dudosos a los que lleva, el ombliguismo que a veces comporta, ofrecen una buena excusa para dosificar la información y asombrar al lector. Nunca eso se logra de mejor manera que en «Palabras piedra», un cuento sobre una adolescente rebelde que va cumpliendo años delante de nuestros ojos («A mis catorce años, encerrada en la habitación…») y se mete en apuros cada vez peores cada año que pasa. Poco después de resumir sus amoríos a la edad de quince años, acaba diciendo: «era verdad que a mis dieciséis años recién cumplidos sólo faltaban unos pocos meses para que apareciese con un bombo». No se refiere a su vocación musical.

Siempre de soslayo, con mucho humor, pero también con observaciones penetrantes sobre aquello que Philip Larkin llamó «la fuerza y el dolor de ser joven», el cuento acaba delineando una arquetípica familia disfuncional, vista a través de quien no comprende la función de la familia ni sabe nada de arquetipos. Hay otros dos que exhiben una bravura narrativa comparable. Uno es el de la profesora y el alumno minusválido, titulado «Apenas unos milímetros» en referencia a la capacidad de movimiento del chico. «Debo reconocer –dice al principio la primera– que me costaba, y mucho, mirarlo como si no pasara nada, como si aquello fuese de lo más normal, ese cuerpo aplastado, deformado, el cráneo casi plano, los brazos sin músculo, las piernas escuálidas bajo las sábanas». La incomodidad no decae en veinte páginas. Y los esfuerzos absurdos de la docente por dar a entender que no pasa nada multiplican el patetismo. La profesora piensa al final en «la culpa de la vida frente a la muerte» y advierte que ese pensamiento sonaría «solemne» y «cursi» si no fuese «ineludiblemente verdadero». Un poco a la defensiva, el cuento ataja cualquier eventual acusación de cursilería.

Pero Mesa no tiene de qué preocuparse. Pruebas de su inmunidad a la cursilería aparecen en el otro gran relato de la colección, «¿Qué nos está pasando?», cuya ejecución, en manos menos capaces, podría conducir a moralejas sentimentales. El planteamiento es el siguiente: una tarde cualquiera, dos amigas «sarcásticas, risueñas y no precisamente inocentes» se emborrachan alegremente con su jefe, hasta que la situación se les va de las manos. La trama, sin embargo, no agota los temas. Si el drama culmina en una tentativa de violación, el conflicto caracterológico se concentra en las tonterías que pueden hacer los adultos cuando, agobiados por las responsabilidades, se comportan irresponsablemente como unos críos (no en vano hay escenas periféricas sobre la difícil vida matrimonial de los protagonistas). Mesa parece tomarle incluso el pulso a toda una generación.

Mala letra explora circunstancias casi siempre vinculadas con la alienación o la soledad, pero lo hace de muy diversas maneras. A diferencia de las dos novelas anteriores de la autora, el libro combina diferentes estilos, y no me sorprendería que los cuentos hubiesen sido escritos a lo largo de varios años. El primero, «El cárabo», contiene oraciones de un tenso lirismo descriptivo: «Nubes rosadas y cárdenas se deshilachaban dejando pasar los últimos rayos de luz. De la tierra se levantaba una humedad inhóspita»; el registro contrasta marcadamente con el de «Apenas unos milímetros», que está narrado en laxos períodos como los de Thomas Bernhard, con profusión de subordinadas y yuxtaposiciones:

La pedagoga se acercaba ahora al chico, le tomaba la mano y se la acariciaba hablándole con dulzura, como si fuese un crío pequeño, a pesar de que ella misma me había estado recordando durante el trayecto que su edad mental era exactamente la que le correspondía, esto es, que era un chico de quince años con mentalidad de quince o aún más, decía, porque su reclusión hace que lea sin parar y que estudie todo lo estudiable y eso ha hecho que desarrolle una gran inteligencia, añadido a un carácter entusiasta y curioso y, aunque parezca increíble, unas arrolladoras ganas de vivir, así que no olvides, háblale como si le hablases a cualquier otro de tus alumnos, hacer lo contrario sería hiriente para él, y yo había asentido mirando al frente, sin soltar el volante, imaginando algo bien distinto de lo que tenía ahora ante mí.

No cabe duda de que Mesa, aun tomándolo prestado, sabe controlar los enredos de ese estilo: la oración recién citada, sin ir más lejos, presenta de manera efectiva dos momentos que se superponen en una misma conciencia. Pero la autora se desempeña mejor en la concisión que en la amplificación, y su prosa resulta más fluida cuando se apoya en una sintaxis más convencional. Convencional suele ser también el léxico, lo que no quiere decir que caiga en lugares comunes. Mesa rehúye el cliché no menos que las florituras literarias. Y su escrupulosidad redunda no sólo en una prosa clara, sino en una imaginación precisa. Colocando las palabras más adecuadas en el orden más natural, nos transporta sin traspiés al universo de su relato. Es una virtud más rara de lo que parece.

Así como ensaya distintos estilos, Mala letra explora distintos géneros. El realismo emocional de «El cárabo» reaparece en «Papá es de goma», donde el mayor de tres hermanos intenta ocultar a los más pequeños que sus padres los han abandonado; hay una especie de fábula sobre la redención en «Creamy milk and crunchy chocolate», donde un hombre lidia con la culpa de haber causado un accidente fatal; y al menos dos relatos, el citado «Mármol» y «Mutélidos», apelan a la autoficción, con protagonistas escritoras que al parecer publican cuentos «de insinuaciones oscuras». En este sentido, la autora no escapa a la manía autorreferencial que acosa a tantos escritores de su edad. Pero la regla, en estos casos, también confirma la excepción. Y el talento de Sara Mesa es excepcional.
Martín Schifino es traductor y crítico literario.

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