¡Qué noche la de aquel día!

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Mi primer elepé –por entonces, no se hablaba de vinilos? fue Let It Be. Mi primer single –un formato maravilloso que desapareció hace mucho tiempo? fue ¡Qué noche la de aquel día! Aún conservo esas dos joyas, notablemente desgastadas por más de cuatro décadas de fervor musical. Todavía hoy, pincho de vez en cuando sus canciones en un viejo plato que desafía al tiempo, obstinándose en funcionar más allá de cualquier expectativa racional. Su sonido no puede competir con la tecnología digital, pero posee un encanto especial que permite rescatar recuerdos sepultados por el tiempo. No es la magdalena de Proust, pero se parece bastante. El single, comprado a principios de los años setenta en Galerías Preciados, contiene cuatro temas: «Tell my Why», «And I Lover Her», «I’ll Cry Instead» y «I’ll Be Back». En esas fechas, mis conocimientos de inglés no eran ni siquiera elementales, lo cual me ayudaba a disfrutar más de las canciones. Creo que aún no había visto Bienvenido Mr. Marshall, pero ya dominaba el inglés camelo. Era una virtud unánime en los niños de mi edad, que imitaban sin un ápice de vergüenza a unos ídolos musicales aborrecidos por casi todos los adultos. No voy a mentir. En 1973, no había muchos niños españoles que escucharan a los Beatles, pero los que lo hacíamos, disfrutábamos lanzando gritos guturales y mascullando palabras inexistentes. No sé si éramos una elite instigada por la inteligencia de unos pocos padres inconformistas, pero desde luego nos diferenciábamos de una mayoría embrutecida por los himnos patrióticos y las insufribles canciones de iglesia.

Yo tenía un hermano mayor rebelde y antifranquista, pero en esas fechas ya no vivía en casa, sino en París, donde pensó que hallaría su camino. No fue así, pera esa es otra historia, como diría el barman de Irma la dulce. Fue mi madre quien me compró los discos de los Beatles. Como estimó que mi educación musical debía ser amplia y diversa, casi al mismo tiempo me regaló un elepé con los éxitos más conocidos de Elvis Presley y las Sinfonías núms. 40 y 41 de Mozart bajo la dirección de Karl Böhm. Puedo decir, por tanto, que Elvis, Mozart y los Beatles entraron en mi vida casi cogidos de la mano. La cara de Karl Böhm me resultaba antipática. De hecho, el director austríaco era –según los testimonios de sus contemporáneos? bastante antipático. Quizá sería más justo decir que era serio, solemne, ceremonioso. Puede ser, pero esa batería de adjetivos significa lo mismo para un niño de nueve años. Elvis, al menos en la portada de mi elepé, parecía demasiado salvaje, con su insólito tupé, su mirada de golfo incurable y su sonrisa descarada. No me daba miedo, ni me desagradaba, pero me resultaban más simpáticos los Beatles.

En mi single, sus caras ocupan veinte celdillas bordeadas por un azul suave. Esa la misma portada que la del elepé, pero tardé tiempo en descubrirlo. Cada fotografía es diferente. La primera línea pertenece a John Lennon, que esboza una sonrisa, entrecierra los ojos, simula unos prismáticos con los dedos, aprieta los labios o extiende las manos. De niño, no sabía que Lennon era mucho más salvaje que Elvis, que consumía anfetaminas hasta echar espuma por la boca, que se liaba a mamporros con cualquier pretexto y que no le causaba ningún problema mantener relaciones sexuales en un baño público o un portal. Y hablo únicamente de las giras por Hamburgo. Sólo Paul y, más tarde, Yoko Ono, lograban aplacarlo cuando se ponía furioso, lo cual sucedía a menudo.

Las fotografías de George Harrison transmiten timidez y dulzura. Con la barbilla apoyada en la mano, la boca entreabierta, de espaldas o con un cigarrillo en la boca, parece un chico afable, tierno, creativo. El cigarrillo ?¡ay!? acabó matándolo. Su entusiasmo por la meditación trascendental del maharishi Mahesh Yogi sólo rivalizó con su ininterrumpida pasión por el tabaco. Desahuciado por los médicos, afrontó la muerte con enorme dignidad y una inquebrantable fe en Dios, pero no en el Dios iracundo de la tradición bíblica, sino en el Dios amable y compasivo aclamado en su célebre tema «My Sweet Lord». Las fotografías de Paul son particularmente encantadoras. Incluso cuando posa con cara de asco, se nota que es un tipo estupendo, el amigo ideal para intercambiar una confidencia, viajar en tercera clase o acometer un proyecto disparatado. Las fotografías de Ringo desprenden melancolía, incluso tristeza. Serio, retraído, más serio todavía, titubeante, pensativo. Sin embargo, Ringo es alegre, bromista y alocado. Quizás esos rasgos esconden un  temperamento taciturno y meditabundo, como sucede en el caso de muchos cómicos geniales. Se ha comparado a Ringo con Groucho Marx. Yo creo que se parece más a Buster Keaton, pero con el estilo interpretativo de Harold Lloyd.

De niño, bailaba con mi madre las canciones de los Beatles. Cuando nos cansábamos, escuchábamos a Mozart. Sólo ha transcurrido mes y medio desde su muerte. Aunque tenía noventa y dos años, la muerte siempre es prematura y desconsiderada. Cuando quiero recordarla, no buscó el disco de Mozart, con sus últimas sinfonías, sino el single de los Beatles. No me atrevería a decir que no creo en Dios, pero sí soy capaz de proclamar que creo en los Beatles, pues cada vez que escucho sus canciones, siento que mi madre sigue a mi lado.

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