
Paul McCartney, el Beatle tranquilo
John Lennon ha pasado a la posteridad como el principal genio creativo de los Beatles. Sus propias declaraciones contribuyeron a promover esa imagen: «Yo empecé la banda. Yo la disolví. Tan simple como eso». Paul McCartney siempre ha ocupado un lugar secundario, lastrado por la fama de blando y sentimental. La trágica muerte de John Lennon consolidó su condición de mito moderno. No ya sólo del pop, sino de la cultura, donde ocupa un lugar privilegiado como un espíritu inconformista, provocador y visionario. Su oposición a la guerra de Vietnam, su pacifismo militante y sus originales performances lo situaron más allá de la música, aproximándolo a una especie de santidad laica. Aunque algunas biografías han cuestionado esta interpretación, aireando sus flaquezas y sus miserias, el apego al mito ha prevalecido sobre cualquier intento de rebajarlo. Mientras tanto, la figura de Paul se ha mantenido en el plano de los mortales. Nadie ha negado su talento musical, pero su celebridad nunca ha disfrutado de una connotación mítica. Simpático, sencillo y avispado, podría ser el hijo de un vecino de escalera. Su éxito colosal produce asombro y quizás envidia, pero la fama no lo ha transformado en una leyenda. Podría ser el yerno perfecto, cariñoso y atento o, sencillamente, la estrella que no ha olvidado a sus amigos. ¿Verdaderamente es así? ¿Lennon debe ser recordado como un genio que ha trascendido el terreno de la música, y McCartney como un brillante compositor, pero con una mente mucho menos inspirada y una trascendencia artística notablemente menor?






