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Regreso de Londres. Han sido tres días de insólito calor húmedo; casi parecía Madagascar. Sólo la abundante población de origen indio sobrellevaba los rigores del sol con dignidad, muy tapaditos. He viajado por esta ciudad que cubre una extensión de unos ochenta kilómetros, como de aquí a Toledo, en interminables e intermitentes trayectos subterráneos; no había otra manera de manejarse con la ciudad bloqueada por triunfales desfiles en honor de los atletas paralímpicos. Sí, odio el metro y odio los desfiles, pero sobre todo detesto la buena conciencia.

Sigo; lo que antes se llamaba underground ahora es simplemente un tube. Se trata de una palabra que ilustra a la perfección la vida que hoy lleva la gran mayoría de la gente, la en otro tiempo tutelada clase media y baja, contenta con sus zarpazos de dicha, eso que los publicistas vendían como «calidad de vida», porque la verdad es que ¡se podía salir al exterior! El tube es el paradigma del moderno limbo ergonómico. Sus paredes se adaptan como un guante de plata a nuestros curvados lomos, a los horarios comprimidos, a la falta de intimidad –«si el arte nos enseña algo es que la condición humana es privada», escribía Joseph Brodsky–, a una higiene funcional, al runrún de las conversaciones ¿de trabajo? Por otro lado, la velocidad, como cualquier persona razonable sabe, no es un bien, así que nada me consuela. Aquí abajo todo está rotulado y reconoces en esa manía didáctica al viejo imperio. Por ejemplo, cuando te tropiezas con Temple, piensas en los lóbregos abogados insaciables de Dickens, y en la estación de Tower Hill, notas cómo la sangre de las reinas se derrocha, aunque ya no llegue al río. De hecho, la siniestra Torre, rodeada de rascacielos de perfiles fantasiosos, se ha contagiado del estilo Disney y tiene un aire ridículamente conciliador. Vamos, relimpio.

¿Qué hacer? Subir a la intemperie y pasear por Regent’s Park, un lugar civilizado y poco melodramático, donde, a resguardo de los fanáticos cisnes negros, descubres aquí y allá bancos de madera pintada con una chapita metálica en la que un deudo ha mandado escribir «In loving memory of…». Sentados indolentemente, con los pies hinchados y la mirada fija en la animada vida de las ardillas, descansan sin miedo ciudadanos de cierta edad, ajenos a la escalada o derrumbamiento de los mercados. Son los mismos pulcros vagabundos que frecuentan en días inclementes The British Museum, el más acogedor de los espacios públicos, ya que no hay que pagar nada para entrar y los inexistentes controles policiales evitan colas y aglomeraciones. Así, junto a ellos, como una más, contemplé durante un ratito los mármoles de Elgin recorridos por el soplo de una antigua brisa que riza la crin de los caballos y arremolina las túnicas de las danzantes, y olvidé por completo a mi tozudo enemigo, The Tube. Justo cuando remataba esta página he sabido que en el Estado mexicano de Guanajuato, puesto que no hay dinero para el transporte escolar, han empezado a mover a los felices niños en burros. Circulan unos diecisiete. Ralenticémonos. Animalicémonos.

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