Rodante y Dosicles. Teodoro Pródromos


Florio y Blancaflor
ANÓNIMO
Padilla Libros, Sevilla, 1996


Rodante y Dosicles
TEODORO PRÓDROMOS
Ed. Clásicas, Madrid, 1996

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Conviene distinguir bien entre las novelas griegas y las bizantinas, como señala quien ha traducido con fiel empeño y buen estilo algunas de estas últimas, como las dos reseñadas y Livístro y Rodamna (Sevilla, 1994) e Imberio y Margarona (en prensa). Junto a ellas están la de Calímaco y Crisórroe, la de Ismene e Ismenias, y alguna más, que dan una idea de cómo floreció el último género literario griego casi mil años después en la imperial Bizancio. Desde el siglo XII al XIV la novelística bizantina reiteró los esquemas narrativos y el romanticismo algo acartonado de las tramas de amor y aventuras de una pareja de jóvenes amantes principescos acosados por el tempestuoso azar hasta lograr su merecido final feliz. Los arquetipos de tales relatos (ahora en verso) estaban en la novela griega, pero es muy curioso observar cómo persiste el mito romántico con su erotismo solapado en ese decorado bizantino, convencional en muchos arcaísmos e imágenes. Al tiempo que en el Occidente europeo se componían las primeras novelas corteses. ¿Pero cómo sería el público lector en la enroscada Bizancio? José Antonio Moreno Jurado es quien más relatos bizantinos nos ha traducido, en primeras versiones, fieles y doctamente prologadas. (Llamar bizantinas a las novelas griegas del siglo II es todavía usual entre estudiosos de la tradición novelesca, pero convendría llamarlas sólo griegas y marcar la distinción para dejar a los bizantinos su parcela de gloria en la historia del género. Por más que su originalidad sea dudosa, su manejo de los tópicos revela un cierto virtuosismo y sus relatos no carecen de una rara seducción.)

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