La noche en que fui traicionada
ANDRÉS SOREL
Planeta, Barcelona
200 págs. 16 €

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Cuando los personajes de una ficción abandonan su condición esencial de entes vivos para convertirse en portavoces de las ideas de su creador; cuando sus vivencias son, tan solo, un precario telón de fondo; cuando, en fin, el texto pierde su condición literaria para adentrarse en los caminos del sermoneo político, no queda más opción que desgranar argumentos que establezcan, en términos objetivos, el estatus real de estos productos pseudoliterarios. Porque, en efecto, La noche en que fui traicionada, de Andrés Sorel, transita, con palmario atrevimiento e inanidad, los oscuros recovecos del panfleto, esto es, la carencia absoluta de un espíritu objetivo y, sobre todo, el regusto por asuntos –la guerra civil– que, si bien, claro está, no deben nunca ser olvidados, se vuelven a revestir de un polvo añejo más propio de los tiempos de trincheras que de nuestro presente.

Pero digámoslo de forma más simple. La última novela de Sorel constituye, con todo rigor, una crónica testimonial a mayor gloria de la Segunda República española y una destructora diatriba contra los insurrectos, males de todos y cada uno de los problemas que han sido, son y habrán de ser en nuestro país. Para llegar a tal conclusión, Sorel se vale de un esquema y unos presupuestos argumentales bastantes manidos: una historia de apasionado amor que se desarrolla en tres momentos diversos de nuestra historia reciente, a saber, los instantes previos e inmediatamente posteriores al levantamiento militar del 18 de julio de 1936, la España de treinta años después y, por último, la situación en torno a la triste efemérides en el cincuenta aniversario de la contienda civil. Amén de una división de la materia argumental que denota, lo viciado de las intenciones, La noche en que fui traicionada no pasaría de ser una almibarada –a ratos folletinesca– novelita de amor que pudiera recrear tardes de ocio veraniego si no fuera por las interminables cuñas de ideología republicano-comunista que salpican de cabo a rabo la obra. Voy más allá: al modo de los infumables relatos y anodinas piezas teatrales que sirvieron de asueto y propaganda política a los sacrificados soldados de la guerra civil, en La noche… la ideología subyace como un elemento condicionante en el comportamiento y caracterización de los personajes y, por supuesto, en el desarrollo global de la trama. Así, la cándida e inmaculada Silvia constituye, junto con su familia, un cúmulo de virtudes que más quisieran para sí nuestros poetas místicos del Siglo de Oro. Y es que, como era de prever, tanto ella como sus congéneres han sido educados en la libertad republicana y representan, hasta el exceso, la ecuanimidad y el más puro sentido de la justicia. En el lado contrario está Enrique, su enamorado, joven con proyección dentro de la Falange y ejemplo palmario de las contradicciones internas del movimiento. Alrededor de ellos, una pléyade de marionetas de cartón piedra que se distribuyen, sin más, en buenos, en tanto miembros del ala roja, y perversos, por cuanto integrantes del bastión fascista.

El sectarismo ideológico está tan incardinado en la ficción que invalida, por completo, los vuelos líricos perseguidos por Sorel. Así, al pretender analizar con un mínimo de coherencia las epístolas que abundan en la obra, nos topamos con interminables páginas en las que Enrique ––presunto enamorado– diserta, sin tapujos, sobre las excelencias del movimiento falangista y los beneficios que pueden derivarse de la implantación de su ideario en la maltrecha España. El nunca satisfecho afán ridiculizador de la facción nacional –esperpéntica per se– obliga a Sorel a renunciar a uno de los ingredientes básicos de una narración de estas características: la verosimilitud. Resulta insólito –por no decir risible– que un joven prendado de amor por la bella Silvia utilice las cartas –ámbito de plena intimidad– como vehículo de adoctrinamiento político. Baste, tan solo, un ejemplo: «Escribo estas páginas para ti, Silvia, mi amor infinito, eterno. […] Queremos al contrario ser los elegidos, los mejores, los guías que conduzcan a la formación, más que de un nuevo Estado, de una España diferente. […] Te diré que nuestra violencia es una violencia regeneradora […], sajar para purificar la sangre aunque duela hacerlo» (págs. 31-32).

Si todo esto no fuera suficiente, la obra está impregnada de largas nóminas de intelectuales republicanos, cuya presencia en el texto, aleatoria e inoportuna, presume una incapacidad de avanzar en la acción y una hinchazón artificial, por medio de toques culturalistas, del relato.

Sorel, sin más, pervierte el ejercicio literario al convertirlo en un transmisor viciado de ideas políticas. Es cierto que la gran literatura tiene siempre un trasfondo político, en tanto decanta un modo de ver el mundo y de entender la sociedad; sin embargo, esa visión subyace tras las palabras y no las utiliza en virtud de un objetivo completamente ajeno a la belleza. La noche… huele a literatura monocorde, forjada bajo el palio de las bombas en la urgencia de grandes palabras para la causa. Sin más, un olor rancio que sigue impregnando las huellas del pasado.

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