Ni una ni trina

Los juegos feroces: el día del Watusi

FRANCISCO CASAVELLA

Viento y joyas

FRANCISCO CASAVELLA

El idioma imposible

FRANCISCO CASAVELLA

Se haya debido a requisitos editoriales o haya obedecido a exigencias de autor, hay que admitir de entrada que la decisión de publicar El día del Watusi en tres entregas ha conseguido generar el ambiente de expectación crítica que le convenía a una apuesta tan ambiciosa como la planteada por Francisco Casavella. De hecho, tras la aparición del primer volumen, Los juegos feroces, no fueron pocas las voces que creyeron reconocer, además de una excelente novela, la primera parte de lo que se perfilaba como uno de los proyectos narrativos más notorios de los dedicados a la España de la transición. No obstante, como suele ocurrir que a las apresuradas previsiones entusiastas les siguen después muy hondas decepciones, con el alumbramiento de la segunda entrega, Viento y joyas, comenzaron a sobrevenir los desengaños, y los entusiasmos se acallaron con la misma rapidez con que habían surgido. Publicada la totalidad del conjunto, se puede afirmar ya que ni la maniobra editorial ni la ambición de la propuesta han sido suficientes para enmascarar las limitaciones de un planteamiento que acaba resultando más pretencioso que arriesgado y, a pesar de las apariencias, demasiado endeble en su andamiaje.

Se trata, en efecto, de una fragilidad paradójica en la medida en que no proviene precisamente de la austeridad del utillaje con que se da forma a la sustancia narrativa, sino que son, muy al contrario, numerosos y reconocibles en la tradición novelística española los recursos y referentes de los que se ha pertrechado la obra. El más evidente de todos ellos es el esquema en el que se cimienta la estructura de la peripecia y la configuración del protagonista. Éste, Fernando Atienza, se encuentra en el Tibidabo con un empleado de Ernesto del Pistacho, conocido empresario catalán recién condenado a prisión (es el año 1995), y recibe el encargo de redactar un informe sobre la trayectoria de un tal José Felipe Neyra. Valiéndose de esta añagaza, que unifica, como leve marco argumental, las tres partes de la obra, elabora Atienza, como impone el género picaresco, su historia de vida.

Los juegos feroces es la parte del informe que corresponde a su primera juventud, en concreto, al 15 de agosto de 1971, cuando en el Montjuïc de las chabolas donde vive, sufre la experiencia iniciática que marcará su futuro: el asesinato de Julia, la hija de uno de los capos de la zona, y la atribución del crimen al Watusi, misterioso héroe local a quien, junto a su amigo Pepito el Yeyé, buscará Fernando por los bajos fondos de Barcelona para prevenirle de lo que ambos consideran una inculpación injusta. Así, a lo largo de un intenso día, el periplo de los dos jóvenes va conformando una humorística anécdota policíaca (la sombra de Mendoza es alargada) en la que los hechos (que están articulados con un buen pulso narrativo) no son, sin embargo, tan importantes como la atmósfera que los acoge.

Porque si Los juegos feroces alcanza su verdadero propósito, el de convertirse en la nostálgica epopeya de la Barcelona arrabalera del tardofranquismo, no es sólo gracias a la peripecia narrada, sino sobre todo a una estética que consigue dotar a ese ambiente de sugerentes tintes míticos. En este sentido, a Francisco Casavella hay que reconocerle una especial habilidad para pergeñar en un todo homogéneo modelos de diversa procedencia; así, entre la deformación del esperpento y la heroicidad caricaturesca del cómic, o entre el sórdido hiperrealismo de películas como las dedicadas a El Vaquilla y el mundo de fabulación gloriosa de las aventis que cuentan los personajes niños de Marsé (su sombra es aún más alargada), halla el autor la modulación feroz, tierna y noble al mismo tiempo, que necesitaba la épica de barrio alentadora de este relato.

Viento y joyas responde también a ese mismo aliento que –cada vez con más frecuencia– reivindica para la ficción el apropiamiento de un período histórico que, si bien todavía parece mostrarse impermeable al revisionismo crítico por la falta de perspectiva (aunque ejemplos notables hay que lo contradicen), ofrece su aderezo estético más evidente para el fácil reconocimiento del lector. Estamos ante el volumen correspondiente a la formación del protagonista y a los primeros tiempos de la transición. Después de abandonar el barrio y trasladarse con su madre a la ciudad, Fernando Atienza encuentra en la época de cambalache que vive Barcelona un territorio propicio para medrar, y se aprovecha de las maniobras de un grupo de aristócratas catalanes, que se han subido al carro de la democracia como formación política aledaña al partido de Adolfo Suárez, para llegar a la cumbre de toda buena fortuna que su condición de pícaro ansía. Su mirada desarraigada (el día del Watusi es el leitmotiv de su conciencia), como es previsible, presenta el trayecto de forma paródica y dibuja un panorama zarzuelero en el que la dignidad personal es el único valor que no cotiza. Sin embargo, quizás era esperable también que la narración, además de en algunas escenas de florido alarde verbal (que parece ser el único resorte coherente de esta historia), se sostuviera en una trama sólida, no en una arbitrariedad en la disposición de las anécdotas sólo comparable al tedio que convocan sus digresiones, y que la visión cáustica y expresionista de la realidad trascendiera la mera sucesión de referentes y de figurones tópicos embozados bajo el prestigio de la novela en clave o bien justificados por el novedoso y muy disidente recurso de hacer convivir, sin más ni más, seres reales y ficticios.

En verdad, tanto a Viento y joyas como a El idioma imposible, que es la crónica, en clave de «movida» (cocaína, música pop, psicodelia…), del desengaño de Fernando Atienza después de su incursión en «la cultura del pelotazo», les afecta el mal de la literatura anaerobia. Como alguna serie televisiva de mucho reconocimiento actual, este tipo de escritura se caracteriza por encontrar en la documentación histórica (el tercer volumen de Casavella es todo un despliegue de erudición posmoderna) y en el color de época el único garante del éxito; los conflictos sociales se diluyen entonces en ajetreado costumbrismo, los personales en automatismos de masa (más o menos culta) y de la vida sólo interesa recoger, desustanciados, sus despojos. El día del Watusi, con su intención crítica y su afán de totalidad, ha querido recrear más de veinte años de historia en una novela de carácter unitario que se revelaba, además, como texto fundacional de todo un período, pero sólo ha conseguido amontonar pecios de memoria en un organismo complejo al que le falta continuidad para ser uno y pluralidad para, al menos, ser trino.

Ficha técnica

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