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Las dos palabras que dan título a este artículo suenan casi iguales, porque «tz» y «st» apenas se diferencian en la pronunciación. Son como los nombres de Hernández y Fernández (Dupont y Dupond), la famosa pareja de detectives clónicos de Tintín.

Sucede además que Müntzer y Münster evocan un mismo tiempo -la primera mitad del siglo XVI, o sea, de 1500 a 1550- y un mismo espacio, Alemania: el Sacro Imperio Romano Germánico, a la sazón, que desde 1520 tenía a Carlos V, nuestro Carlos I, a la cabeza. Una sociedad de campesinos, como en toda Europa, que, debido a la altísima presión fiscal, sobrevivían malamente y que compatibilizaban esa aspereza existencial con una profundísima fe cristiana. En ese contexto, el Papado -o sea, hasta 1521, León X-, que necesitaba dinero para construir lo que hoy conocemos como la basílica de San Pedro del Vaticano, puso en marcha, como instrumento de recaudación, la venta de las célebres indulgencias («Tan pronto la moneda en el cofre resuena, el alma al cielo brinca sin pena»), que mucha gente (pobre) interpretó como un factor discriminatorio a la hora de la salvación.

Típica situación explosiva, a la que acompañaba además el cambio en la tecnología, porque se acababa de poner en marcha la imprenta. La  historia es conocida. Aunque con precedentes, tuvo su arranque el 31 de octubre de 1517, cuando un monje agustino, un tal Martín Lutero, clavó en la puerta de la Abadía de Wittenberg, en el actual Estado de Sajonia-Anhalt, un papel llamado a la eternidad, las noventa y cinco tesis. Poco después, en 1520, publicó La libertad cristiana, todo un manifiesto a favor de la desintermediación entre el hombre y Dios. La llamada reforma -de la Iglesia Católica- devino una ruptura dentro del cristianismo: una fosa, sobre todo a partir del Concilio de Trento y la contrarreforma. Y poniendo el debate sobre el bautismo en un lugar central, como se demostraría en las polémicas que enseguida se abrieron. ¿Cuándo hay que dispensar ese sacramento? ¿A los recién nacidos, como se venía haciendo de siempre -el paidobaptismo– o, por el contrario, solo cuando se es adulto y las cosas se pueden discernir? ¿O acaso en las dos ocasiones, siendo esta segunda una suerte de reválida de la primera? Los que defendían esta última tesis fueron denominados como anabaptistas (de ana, en griego de nuevo), en expresión inicialmente acusatoria -dar las aguas dos veces a una misma persona era algo condenable desde el Código de Justiniano- pero cuyo uso se normalizó enseguida. El protestantismo dio lugar a muchísima variedad de creencias y el anabaptismo, entendido ahora como el bautismo solo en la edad adulta, estuvo muy presente en varias de ellas.

Trenzada con esas discusiones teológicas -ideológicas, diríamos con nuestra mentalidad secularizada- se desató, como suele suceder, la contienda por razones económicas: los pobres se hartan de serlo y deciden ponerle un hasta aquí a su postración, alzándose contra los ricos y poderosos. Fue, sobre todo en el sur -el actual Land de Baden-Württemberg, capital Stuttgart-, la llamada guerra de los campesinos alemanes, que se extendió entre 1524 y 1525 y sobre cuya interpretación histórica -¿preludio de revolución burguesa o incluso anticipo de 1789?  o ¿por el contrario, movimiento reaccionario al modo de la que un siglo largo más tarde sería la Fronda bajo la regencia de Ana de Austria en Francia, entre 1648 y 1653?- está abierto un debate como el que nosotros tenemos desde hace más de un siglo acerca de los comuneros de Castilla de 1520-1521. Se conoce que ese periodo, la tercera década del siglo XVI, se mostró muy convulso en todas partes. Recuérdese, para completar el cuadro, que en 1527 el Emperador, queriendo ponerle al Papa los puntos sobre las íes, emprendió el famoso Saco de Roma.

Lutero, cuyo nombre y algunas de cuyas ideas invocaban como bandera muchos de los campesinos rebeldes, tuvo un momento inicial de contemporización, pero, a partir de la masacre de Weinsberg, acabó tomando partido por los nobles. Pues bien, fue precisamente en esas circunstancias –hemos de volver a los dos nombres que aparecen al inicio- donde entra en escena el primero de ellos. Thomas Müntzer fue un predicador alemán con la triple condición de ser partidario de la reforma, defensor del anabaptismo y, en fin, caudillo de los campesinos rebeldes: tres en uno. Tanta intensidad no podía durar mucho: el hombre fue ejecutado el 27 de mayo de 1525, cuando solo contaba treinta y cinco años. Ernst Bloch le dedicó un libro famoso, en cuyo título le calificaba nada menos que de Teólogo de la revolución.

Ese es, así pues, el primero de los dos: Thomas Müntzer. Una persona física. Münster es, por el contrario, una ciudad, situada en Alemania pero al norte, en Westfalia. Allí se firmó en 1648 uno de los dos instrumentos del Tratado que conocemos precisamente como Paz de Westfalia. Y desde 1780 es sede de una conocida Universidad, por cierto con una magnífica Facultad de Derecho.

Pues bien, allí había tenido lugar, diez años después del final de la guerra de los campesinos, un fenómeno tampoco insólito en la historia: una revuelta popular, sí, aunque por así decir de la clase de los suicidas. La gente decide pasar a vivir bajo una dictadura y además de la estirpe de las teocráticas. Se abolió la moneda y la propiedad privada, los bienes devinieron comunes y todo ello – «la nueva Jerusalén» – se presentó como la plasmación de una utopía. El anabaptismo era en teoría la creencia oficial, pero lo cierto es que los gobernantes organizaron las consabidas escabechinas y no quedaron a salvo ni tan siquiera los que profesaban esa idea, la de bautizar a los adultos. La aventura duró apenas un año -el obispo retomó el control el 24 de junio de 1535- pero entre tanto no había quedado títere con cabeza.

También aquí tenemos un libro clásico, llamado precisamente Historia de una demencia colectiva, de Friedrich Reck-Malleczewen, escrito durante el nazismo y bajo la idea de que aquello tuvo mucho de anticipo de lo que había más tarde. Existe, dicho sea de paso, una excelente edición en español de 2018.

Así pues, ahora ya tenemos los datos: Müntzer, con tz, fue una persona física y Münster, con st, es -todavía hoy- una ciudad. Suenan muy parecido y evocan cosas cercanas -Alemania, siglo XVI, reforma protestante, anabaptismo-, pero no se debe caer en el equívoco de confundir los términos. Todo lo anterior viene a cuento de algunos libros muy recientes. Sobre lo primero, la revuelta de los campesinos, está el libro de Éric Vuillard, de fecha septiembre de 2020, llamado La guerra de los pobres. Un texto breve, de menos de 100 páginas, pero vibrante desde el principio hasta el final. Una semblanza de Thomas Müntzer, más incluso que una mera biografía. Muy recomendable.

Sobre lo segundo -la delirante y espantosa Münster de 1534-1535- no hay, hasta donde se conoce, ninguna novedad editorial en la lengua de Cervantes. Pero, para el lector de nuestros días, pueden hacer sus veces algunas recreaciones. Una, ya hace algunos años, en 2013, El manicomio catalán, de Ramón de España, con el subtítulo Reflexiones de un barcelonés hastiado. Y otro, de 2018, llamado Cataluña para marcianos: Tópicos, falacias y ensoñaciones del nacionalismo independentista, de un tal Jaume Pi i Bofarull. Pero es un pseudónimo y además de un escritor muy conocido y bueno.

Y es que Münster no es solo un lugar, sino también y sobre todo un concepto. Y lo peor de todo: para muchos, un ideal. Las utopías no siempre terminan materializándose, pero empiezan causando un gran daño desde mucho antes, aunque haya gente que se siente muy a gusto recreándose en ellas: hay a quien sufrir el timo del tocomocho no solo no les ofende sino que diríase que lo buscan.

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