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Les pensions de retraite

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Las pensiones públicas vuelven a movilizar a los ciudadanos en las calles y plazas de las ciudades francesas y hoy cruzamos los Pirineos, con viaje de vuelta, para poner el acento sobre la endiablada dialéctica social y política que tanto en el país vecino como en el nuestro propio –y en muchos otros países ricos– se viene generando desde hace años por la realidad de la financiación y distribución de las pensiones públicas. Una realidad que, abusando del lenguaje, podríamos calificar como surrealista por las profundas raíces de las que se nutre y por la aparente imposibilidad de reformar, aunque sea para los próximos setenta años –seamos realistas–, un sistema de pensiones públicas.

El surrealismo de la realidad de las pensiones públicas es insidioso y desesperante. Es insidioso porque bajo la apariencia de un toma y daca entre los agentes sociales para redistribuir recursos escasos, se esconde una insuficiencia –cada vez más grave– del sistema económico y social en que se intenta redistribuir tales recursos escasos. Una insuficiencia que lo contamina todo: el empleo, los salarios, los beneficios, el número de empresas, el ahorro, la recaudación fiscal, la sanidad pública, le educación pública… y las pensiones. Y es desesperante porque esta insidia no se discute lo suficiente, ni se discute con la urgencia con que tendría que discutirse. Y es todavía más desesperante porque la probabilidad de que se produzca un consenso social que permita remediar la insuficiencia a que nos referimos se reduce con cada vuelta del tiovivo dialéctico y conflictivo en que se enfrentan los agentes sociales.

En nuestra entrada de la semana pasada cuantificábamos el grado de generosidad de las pensiones públicas en España, que es mucho. Hoy, chupando rueda de las multitudinarias protestas en el país vecino, que nos muestran una dinámica social muy parecida en el fondo, si no en la forma, a la que se viene produciendo en España, trataremos de ir al fondo de la insidia. ¡Que Dios reparta suerte!

Francamente…

Desde el martes 7 de marzo pasado, millones de franceses se vienen manifestando en París y muchas otras ciudades francesas en oposición al plan legislativo del presidente Macron, a ser discutido por el parlamento el próximo 26 de este mes. La huelga es nacional y renovada cada día, presionando a Macron para retirar su plan antes de su discusión en el parlamento. La oposición al plan del presidente no solo viene de las dos terceras partes de los votantes franceses, o de los sindicatos. Tanto los partidos de izquierda, liderados por el incansable Jean-Luc Mélenchon, como los de centroderecha, que dicho sea de paso propusieron medidas similares en 1995 y 2010, se han opuesto por acción u omisión a los planes del presidente Para esta sección, véanse https://www.economist.com/europe/2023/03/09/france-is-in-a-stand-off-against-emmanuel-macrons-pension-reform y https://www.economist.com/leaders/2023/03/09/strikes-at-home-and-war-in-ukraine-test-the-french-president..

Dos medidas en el plan de reforma de las pensiones públicas han sentado especialmente mal. Una es el aumento de la edad mínima de jubilación de los 62 a los 64 años. Esta edad mínima es muy importante en Francia ya que los franceses tienden a jubilarse muy poco después de la edad mínima, lo cual explicaría parte de la intensidad de la huelga, aunque la pensión máxima se obtenga a los 67 añosPara una comparación de varias características de los sistemas de pensiones europeos, véase https://www.lemonde.fr/en/les-decodeurs/article/2023/03/01/french-pension-reform-why-comparing-european-systems-is-hardly-relevant_6017744_8.html.. La otra es la propuesta de elevar de 41 a 43 el número requerido de años de contribución para tener derecho a la pensión máxima, que puede llegar hasta un 50% del salario medio utilizado para el cálculo de la pensión.

Macron es inteligente, visionario en algunas cosas (una Europa más capaz de defenderse a sí misma), erróneo en otras pero capaz de aprender (en su proximidad inicial a Rusia y su más reciente apoyo incondicional a Ucrania), y es un positivo neto para Francia que hoy es un país más competitivo y eficiente. Pero es también arrogante y no siempre acertado con sus iniciativas de política exterior (léase su pobre exhibición en África, donde Rusia, China y Turquía están comiéndole el terreno a Francia, a pesar de contar esta con el tercer aparato diplomático más importante del mundo).

La economía francesa genera tasas de paro dos o tres veces menores que la española. Hoy la tasa de paro francesa se sitúa en un 7,2%, casi la mitad que la española del 12,9% y aun así el doble que la observada en Estados Unidos o Gran Bretaña. En principio, la economía francesa podría disponer de espacio para un consenso nacional sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones público. Pero parece ser que no.

En España, tampoco existe ese espacio. No ya porque la economía española adolece de mayor debilidad para crear empleo, sino también porque con una tasa de sustitución del salario del 80%, frente al máximo del 50% en Francia, los derechos adquiridos se consideran seriamente amenazados con cualquier anuncio de reforma.

En todo caso, ya sea en España o en Francia, la crisis de sus sistemas de pensiones públicas es una manifestación de tendencias a largo plazo. Una de estas tendencias es el inmisericorde aumento de la esperanza de vida de las respectivas poblaciones. Inmisericorde desde el punto de vista de financiar a duras penas vidas más largas, que por lo demás la creciente esperanza de vida nos parece muy bien. La otra tendencia es el desplome de la natalidad. Cómo calificar este desplome es complicado. Por un lado, si la economía va a seguir siendo improductiva, generando malos empleos, una mayor natalidad es como seguir apostando a un caballo perdedor en el hipódromo. Por el otro, una economía que pueda absorber productivamente empleados, y empleadores, al comienzo de sus carreras laborales y emprendedoras es la virtud condensada en esa ratio definitiva que es la proporción de trabajadores por jubilado.ç

Ya anticipamos, el Sapientísimo y el Incomparable, sus modestos corresponsales, por donde van a emplazarnos nuestros inteligentes lectores. Veamos.

Reinventar el Estado de Bienestar

La esperanza de vida aumenta sin cesar, para casi todas las edades, incluidas las más normales en que se jubilan los trabajadores europeos. Si los recursos disponibles para financiar la mayor longevidad con la misma calidad de vida, aunque sea a nivel del consumo únicamente, no aumentan adecuadamente, la calidad de vida se deteriorará.

Una de las formas obvias de aumentar los recursos disponibles es aumentar las cotizaciones de la seguridad social. Y este aumento se puede hacer de dos formas. Una es aumentar la tasa de cotización (reduciendo los salarios netos) y otra es aumentar el empleo y los salarios (más productividad). ¿Cuál de las dos prefieren ustedes?

Es más, con más empleo y mejores salarios hasta sería posible reducir la tasa de cotización sin reducir el monto de la pensión media. Y, quien sabe, quizá fuera posible una tasa de sustitución (del salario medio) más reducida y razonable, al ser los salarios mejores, sin necesidad de reducir el monto de la pensión media, ¿o no?

Consideremos a continuación la dinámica de población y la inmigración. Los hijos son las piezas habituales de conversación más caras que existen (no incluimos yates oligárquicos), especialmente cuando se nos agarran por tres o más décadas. No es de extrañar que las sociedades ricas quieran tener cada vez menos. En el contexto en que la consideramos, esta situación tiene el inconveniente, habida cuenta de la mayor longevidad, de comprometer la distribución de recursos hacia los jubilados. Recuerden esa ratio definitiva de trabajadores por jubilado.

El problema es mayor de lo que parece porque la potencial solución de fomentar la natalidad es una proposición perdedora si la economía es incapaz de aumentar el empleo y la productividad. En estas condiciones, lo caro se convertiría en prohibitivo y la conversación aumentaría de volumen hasta niveles intolerables.

¿Y la inmigración? Ah, sí, la inmigración. En España y en Francia, y en otros países europeos, hay robusta inmigración, entre países del continente y de otros continentes como África o LatAm. Inmigrantes jóvenes, posiblemente entrenados en diversidad de trabajos, y si no es así con ganas de aprender y prosperar, tienen la ventaja de llegar directamente al mercado de trabajo sin pasar por la cuna, la preescolar, la primaria y la secundaria. En principio, una excelente oportunidad. El mundo menos rico está lleno de personas que desearían emigrar de sus países, se estima que mil millones de almas.

Pero miren el estado de la cuestión hoy en Europa. Observen, además de los inmigrantes acogidos, aceptados, integrados, productivos, contribuyentes como el que más a las sociedades donde viven, ciudadanos ya muchos de ellos, seguramente la mayoría; observen, decimos, las constantes y desoladoras noticias de muertes en ese Mare Nostrum, el rechazo y la división que provocan en sectores nativistas de algunos países europeos, la explotación a la que se ven sometidos por empleadores sin escrúpulos, y las pésimas políticas de integración. Y sumen a ello la desidia con que los dirigentes de países de emigrantes, especialmente en África, evitan la emigración casi forzosa de sus ciudadanos, creando considerables riesgos para los mismos emigrantes. ¿De verdad creen que esta situación está cerca del libre movimiento de inmigrantes trabajadores que facilitaría la dinámica poblacional y el aumento del empleo tan necesarios para un sistema de pensiones públicas sostenible?

Pero es que nada de lo que venimos discutiendo tiene visos de ser una solución si la economía de un país no es lo suficientemente productiva. Muy al contrario, una dinámica demográfica vibrante, ya sea por nacimientos o inmigración, en un modelo poco productivo, acabaría convirtiéndose en una losa al cuello, suponiendo que alguien quisiera tener hijos o aceptar inmigrantes en tal caso.

La esperanza de vida va a seguir aumentando y la demografía va a seguir su casi inexorable curso. Y a la inmigración más perfecta posible no se la ve llegar por ninguna parte. Contra este panorama, el deterioro de las finanzas de las pensiones publicas en España, Francia, y otros países europeos seguirá aumentando cuanto más arbitrarias y menos realistas sean las soluciones que se proponen.

Por lo tanto, ¿por qué se rechazan soluciones (temporales) como el aumento de la edad mínima de jubilación o se inyectan soluciones que no lo son, como el aumento de tasas de cotización que ya son abusivas? ¿Por qué no es posible crear un consenso social en el que lo importante sea la construcción de un modelo económico que permita no ya mejores pensiones sino todo lo que enumeramos al comienzo de esta entrada?

«Ah, no seáis ingenuos», nos dicen nuestros respectivos avatares de juventud, «¿no os dais cuenta del conflicto social existente, de la lucha de clases, de los de a pie contra los de a caballo, de los que trampean un pelín contra los que hace trampas y trampas y trampas? ¿Cómo queréis que sean los de siempre quienes paguen los platos rotos? ¡Váyanse a chiflar a la vía!» Sí, claro que nos damos cuenta. Y creemos que esta es una de las razones por la que se rechazan soluciones razonables, aunque sean temporales, y se inyectan soluciones que no lo son.

Sin duda, la desigualdad que surge del privilegio y la falta de oportunidades, y hasta de la corrupción y trampeo a gran escala, es un impedimento grave para crear un consenso social. Y es imperativo que este impedimento, que corroe muchos más logros que las pensiones públicas, se resuelva. Pero no es el único impedimento. En Francia, los oponentes de Macron son partidarios del cuanto peor, mejor, o de la oposición hipócrita y vengativa. En España, la polarización en uno de los países «más felices del mundo» solo la entendería Francisco de Goya. Y todos los políticos a este y el otro lado de los Pirineos son socialdemócratas mal que les pese, aunque se vayan por los cerros de Úbeda, y herederos de un Estado del Bienestar que hace agua a marchas forzadas. El que surgió en Europa a la cola del New Deal y de la Segunda Guerra Mundial se está agotando. Estaba, seamos realistas, basado en la extracción de rentas imperiales y coloniales tanto como lo estaba en la innovación y progreso social europeos. Estaba basado tanto en la generosidad estadounidense (Plan Marshall, no nos engañemos) y la defensa y energía baratas como lo estaba en la solidez industrial alemana e inglesa. Y hoy está Europa a casi dos velas. ¿Será capaz de recrear un Estado del Bienestar de verdad, genuino? Mientras se siga sugiriendo o, peor aún, verificando, que las pensiones públicas mejoran los salarios, no.

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