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Los estadísticos viven –vivimos– de la incertidumbre entendida como, por ejemplo, el no saber con certeza hoy cuál de los posibles valores de una variable de interés se realizará dentro de un día, un año o una década. ¿Cuál será el precio de la electricidad mañana? ¿Cuál el de la gasolina dentro de un año? ¿Cuántos asegurados en un bloque de pólizas de vida fallecerán en el curso del año 2023? ¿Serán Estados Unidos o Francia países autoritarios en diez años?

Un estadístico o economista empírico podría decirnos que su modelo vaticina un precio medio de la gasolina 95 de 1,5 euros en un año y añadiría, con un 95% de confianza, que dicho precio podría situarse entre 1,15 y 2.73 euros, todo ello gracias a sus conocimientos de estadística. Con respecto a la aplicación del conocimiento estadístico a la incertidumbre en la economía y la sociedad, podríamos decir sin ambages que una de las grandes aportaciones intelectuales y materiales al bienestar social es la noción de seguro, en que una prima adecuada al riesgo permite transferir las consecuencias de dicho riesgo del asegurado a la empresa aseguradoraLa idea básica del seguro de vida es la de crear un bloque de asegurados que con sus aportaciones durante, digamos, un año posibilitan el pago del seguro de vida a los beneficiarios de los asegurados que fallezcan durante dicho año. De esta forma, las consecuencias económicas del riesgo de muerte individual se transfieren del asegurado a la compañía de seguros que crea y administra el seguro de vida. Lógicamente, la compañía cubre sus costes y genera beneficios normales en un mercado competitivo y amplio como compensación por dicha transferencia. A pesar de lo sencilla que es la idea básica del seguro de vida, o de cualquier tipo de seguro, la infraestructura legal y económica necesarias para hacerlo viable comercialmente y aceptado por los consumidores son cualquier cosa menos sencillas. No tenemos dudas de que el seguro es una creación verdaderamente civilizadora..

Sin incertidumbre, no hay, por dramatizar un poco, estadísticos. Pero con la incertidumbre, surge el riesgo, ese riesgo que permite ganarse la vida a estadísticos, actuarios y economistas empíricos.

A los riesgos que la incertidumbre acarrea dentro de lo que llamamos «la economía», dedicamos nuestra entrada de la semana pasada. Mucha de esta incertidumbre es genuina, resultado de miles de millones de interacciones entre los agentes económicos, y de la complejidad de un sistema económico-social-político moderno. En la entrada de hoy, el Sapientísimo y yo se lo advertimos, hablaremos de un tipo de incertidumbre más insidiosa. No es nueva. Individuos, grupos de individuos y algunos gobiernos la crean con objeto de aumentar el caos y la desconfianza entre los ciudadanos. Y la tecnología, cada vez más sofisticada, permite que dicha incertidumbre degrade la comprensión de lo que los ciudadanos en sociedades libres y educadas consideran como «la verdad» o «los hechos». Nos referimos a la creación de falsas noticias, la madre de todas las incertidumbres.

Hace un siglo

Hace poco más de cien años, en 1920, Walter Lippmann, un influyente pensador y periodista estadounidense, escribía unas palabras sobre el estado de la democracia en América y Occidente que podrían volver a escribirse hoy: «En un sentido exacto, la crisis actual de la democracia occidental es una crisis del periodismo»Walter Lippmann, Liberty and the News. New York: Harcourt, Brace, 1920. Lippmann es autor de The Good Society (Boston: Little, Brown, 1937), obra en la que se inspira nuestro Blog Una Buena Sociedad.. Con estas palabras, en su obra Liberty and the News, Lippmann hacía referencia a las dificultades del ciudadano de entonces para adquirir y procesar la información que recibía por medio de la prensa y radio, sobre los problemas de la sociedad y sobre la necesidad de tomar decisiones en una democracia. Lippmann hacía referencia también al papel de la censura y la propaganda en la creación de las noticias y opiniones que, desde la prensa y la radio, llegaban a los ciudadanos. El análisis que de estos temas realizó Walter Lippmann arrancó con la publicación de Liberty and the Press, siguió, también en 1920, con A Test of the News (con Charles Merz, en la revista New Republic) y culminó en dos libros fundamentales que escribió en 1922 y 1925, respectivamente, Public Opinion (New York: Harcourt, Brace, 1922) y The Phantom Public (New York: Macmillan, 1925).

La solidez de la argumentación de Lippmann, su rigor en el análisis de la realidad y su prosa persuasiva y didáctica, hicieron que estas obras tuvieran un impacto duradero en áreas que van desde el periodismo, hasta la ciencia política y la sociología. Daremos dos ejemplos.

En A Test of the News, Lippmann y el periodista Charles Merz analizaron más de mil números del diario New York Times, entre marzo de 1917 y marzo de 1920, con objeto de contrastar la veracidad de la cobertura de la Revolución Rusa por este diario, que disfrutaba de una gran reputación por su pretendida imparcialidad y precisión. Lippmann y Merz demostraron que la cobertura de la Revolución Rusa por el New York Times no era ni imparcial ni precisa, «citando sucesos y atrocidades que nunca ocurrieron, e informando en no menos de noventa y una ocasiones que el régimen Bolchevique estaba a punto de derrumbarse»Ronald Steel, Walter Lippmann and the American Century. Atlantic – Little, Brown and Company, 1980, página 172.. Lippmann y Merz concluyeron que «los principales censores y propagandistas fueron los deseos y temores de los periodistas y editores» del New York TimesRonald Steel, Walter Lippmann and the American Century. Atlantic – Little, Brown and Company, 1980, página 172..

En Public Opinion, Lippmann criticó, aún más que en A Test of the News, la idea central de la primitiva ciencia política del momento, según la cual un público educado y bien informado sería capaz de tomar decisiones inteligentes por medio de un sistema electoral democrático. Su experiencia durante la Primera Guerra Mundial en que vio desde dentro como el Committee on Public Information (CPI), creado por el presidente Wilson, se convertía en una agencia de censura y propaganda sin precedentes en Estados Unidos, y su observación de las desestabilizadoras consecuencias de la frágil paz europea, llevaron a Lippmann a un análisis detallado de la capacidad de las mayorías electorales para tomar decisiones inteligentes basadas en información imparcial y precisa, llegando a varias conclusiones que tuvieron enorme importancia en el desarrollo la ciencia política, la psicología social y hasta la aparición de las encuestas públicas. Entre sus conclusiones, las más importantes fueron que los sesgos del ciudadano moderno convertían a sus opiniones en verdades parciales de forma que lo que suponen ser hechos no lo son, que no existe un periodismo que presente los hechos más relevantes de forma imparcial y precisa, y que el ciudadano medio está incapacitado para entender temas de gran complejidad y votar en consecuencia, tales como la política de aranceles, los presupuestos de defensa y cuestiones de guerra y paz –no olvidemos que estas obras se escriben tras la Primera Guerra Mundial–Ronald Steel, Walter Lippmann and the American Century. Atlantic – Little, Brown and Company, 1980, páginas 180-185..

A pesar de su curiosidad intelectual e inteligencia, Walter Lippmann nunca fue capaz de resolver de forma constructiva las tensiones que sus conclusiones crearon en su fuero interno, es decir, el contraste entre lo negativo de sus conclusiones, reforzadas en su siguiente obra sobre el mismo tema, The Phantom Public, y su deseo de encontrar una fórmula satisfactoria para reforzar la democracia en medio de los sesgos acariciados por unos, la desinformación generada por otros y la complejidad del mundo moderno.

Hoy

Las ideas y sentimientos conflictivos de Walter Lippmann sobre el periodismo y la democracia resonarían hoy con fuerza inusitada y hasta podrían dar lugar a conclusiones todavía más pesimistas de las que él alcanzó. Es cierto que el pesimismo de Lippmann se vio confirmado a corto y medio plazo por la destrucción de la democracia occidental en buena parte de países europeos. Pero también es cierto que los principios democráticos occidentales en los países en que sobrevivieron proporcionaron el ímpetu y la energía necesarios para acabar con las amenazas fascista y nazi tras la Segunda Guerra Mundial, a la que sucedió un avance importante en la prosperidad y la salud democrática sin precedentes. Hasta la desaparición de la Unión Soviética pareció abrir las puertas, y las abrió en países del este europeo, a una mayor democratización.

Hoy pocos comparten el optimismo con que se vivieron los primeros años noventa. El agotamiento del estado de bienestar en los países avanzados y los estragos de la crisis financiera de 2008, el mediocre o escaso progreso en prosperidad y libertades en África y Latinoamérica –con algunas excepciones–, la ascendencia de regímenes autoritarios en muchos países y la degradación de la democracia en Estados Unidos –un proceso que lleva décadas en funcionamiento pero ha saltado a las primeras páginas hace no más de seis o siete años y que no sabemos a dónde llevará en otros cinco–, han creado un caldo de cultivo en que los sesgos de los ciudadanos, la proliferación de desinformación y falsas noticias, y la intervención de agentes estatales en elecciones de otros países proliferan como virus malignos.

Una cosa es la incertidumbre resultante de los shocks de oferta o demanda en una economía compleja y otra muy diferente es la incertidumbre creada por la diseminación de falsedades y deformación de medias verdades que se convierten en moneda de cambio en la vida pública y política de una nación. Los expertos en que Walter Lippmann puso su pasajera esperanza hace cien años han resultado ser tan humanos como los demás. La tecnología es obviamente incapaz de decidir si va a contribuir al desarrollo de las sociedades humanas o a su destrucción. Los mercados, los gobiernos y hasta los consumidores deciden en este respecto. Y los gobiernos están compuestos por individuos no muy diferentes de los demás, pero con mucho más poder.

La inteligencia artificial promete importantes avances en la productividad y organización de las actividades económicas. Pero también ofrece a los agentes interesados en la degradación de la democracia ventajas claras en persecución de sus objetivos. Un vídeo reciente pretendía mostrar al presidente Zelenski de Ucrania animando a sus soldados a rendirse a Rusia. Una aplicación digital, apropiadamente llamada DALL-E en referencia a un artista notorio por su ambigüedadSi piensan en Salvador Dalí, no andan descaminados: https://techcrunch.com/2021/01/05/openais-dall-e-creates-plausible-images-of-literally-anything-you-ask-it-to/.,puede crear deepfakes (ultrafalsos, en su traducción al español), imágenes y vídeos cuya veracidad es virtualmente imposible de desmentir, una realidad que hace perder el sueño a expertos en ciencia forense digitalUna entrevista muy reciente con uno de estos expertos en ciencia forense digital puede escucharse y leerse en: https://www.npr.org/2022/07/03/1109607618/as-tech-evolves-deepfakes-will-become-even-harder-to-spot.. Y no es para menos. Pensemos que, de la misma forma en que el poder arbitrario se ejercita, la tecnología arbitraria se hace porque se puede hacer. No es necesaria una justificación ética o moral y si lo es, se inventa. Cuando el poder arbitrario se combina con la tecnología arbitraria, el resultado es diabólico. La historia está repleta de ejemplos.

Lo preocupante de estas tecnologías es que, si la mentira no se puede distinguir de la verdad, ¿cómo va a ser posible distinguir qué es verdad y qué no lo es? Un candidato inflamando a los votantes, un vídeo mostrando violaciones de los derechos humanos…

Si los ciudadanos medios serían incapaces de discernir la realidad de los hechos en estas condiciones, los legisladores y gobernantes no son mucho más capaces de hacerlo y, lo que es peor, las agencias que dirigen y que podrían contrarrestar los efectos malignos de estas tecnologías son mucho menos sofisticadas que los creadores de ultrafalsos, a menos que sean dichas agencias las creadoras.

La incertidumbre creada por la diseminación de falsedades y deformación de medias verdades es hoy, como habrán ya adivinado nuestros lectores, la madre de todas las incertidumbres a que nos referimos en el título de esta entrada. No pensamos que sea imposible neutralizar el desarrollo maligno de estas fuentes de incertidumbre. Hay muchas formas de reconocerlas y evitarlas. Existen prensa, radio y televisión responsables. Incluso las redes sociales ofrecen excelentes análisis y fuentes de datos. Muchos ciudadanos y ciudadanas están informados, muy bien en muchos casos. Existen empresas e ingenieros, regulaciones y agencias gubernamentales que operan con responsabilidad y con miras de progreso. Pero las divisiones políticas y sociales que han degradado la democracia en muchos países durante las tres últimas décadas subsisten y quieren ser aumentadas por los enemigos de la democracia. Las democracias occidentales acabaron demostrando su energía y capacidad en la segunda mitad del siglo pasado. Lo hicieron creando algo nuevo. Hoy tenemos una ventaja que ellas no tuvieron en su momento: la evidencia de su triunfo para animarnos y de sus errores para prevenirnos. ¿Tenemos su energía y capacidad?

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