Paisajes que llevan a más

Poesía

JUSTO ALEJO

Edición, prólogo y notas de Antonio Piedra Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 1998

Tener en las manos toda la obra poética de Justo Alejo es como una quemadura en las palmas, que fuera a la vez la frescura del agua, que fuera a la vez una caja misteriosa de la cual, al abrirla, saliera volando un dado de luz. Ha sido la Fundación Jorge Guillén la que se ha lanzado a tan audaz hazaña y, además, con exquisito cuidado y eficacia.

Justo Alejo, hijo de Rosa Alejo y de «desconocido», nació en Sayago (Zamora) en 1935. Desde la infancia (pobre y pueblerina) –destaca Antonio Piedra– vive «una fertilidad poética y una relación anímica con el arte muy especial y ambiciosa, pues para él arte es todo: "un eterno girar y girar en torno al querer vivir y no poder"». Acaso esto explica sus intereses profesionales e intelectuales, que le llevan desde una Escuela de Formación Profesional de la Renfe, a los 14 años, a la Maestranza Aérea de León, donde inició la especialidad de carpintería, a su ingreso como soldado voluntario de Aviación en la base de Villanubla (Valladolid) en 1954, arma en la que llegó a brigada en 1974, y el hecho de que entrelazara con este oficio el estudio del bachillerato y de las carreras de Filosofía, Pedagogía, Políticas, Psicología y Sociología. Pero lo que ese «querer vivir y no poder» explica, sobre todo, es su suicidio, efectuado de un salto desde una ventana del cuarto piso del Ministerio del Aire donde trabajaba, en enero de 1979.

Ese salto, que le llevó al otro mundo, culminaba también una pulsión hacia lo otro desconocido. Rosa Chacel detectó en su escritura un afán por abrir puertas: «Su buceo en las palabras es análisis en busca de confirmación de lo intuido, y su repetición, el juego de reiteración que es su sistema, tiene casi el aspecto de manía… la manía de ir abriendo puertas». Pero en la vida y en la poesía de Justo Alejo hubo también puertas abiertas de por sí y tan dispares como el canto popular y la arriesgada vanguardia de Francisco Pino o las tertulias de la Librería Relieve, de Valladolid, ese Valladolid que fue crucial en su poesía y su escritura pues no hay que olvidar aquella Prosa errante, que constituía su colaboración en El Norte de Castilla.

Ciertamente Alejo se sitúa entre Francisco Pino y César Vallejo, y esas dos coordinadas subyacen desde sus primeros libros: Poemas tan inconscientes como flores de arrabal o Yermos a la espera, hasta los libros póstumos: El aroma del viento y Materia móvil, pasando por toda su etapa experimental que comprende, entre otros, los títulos: Alaciar, SERojos luNARES (nimBOS), Son netos y SolEDADES sonoras. A pesar de ello una orientación social soterrada en su poesía va dotando a la palabra progresivamente de mayor contenido reivindicativo, si bien su denuncia está también integrada en la experimentación y en la vanguardia. Así, para oponerse a la trivialización del mundo que nos rodea, emplea el lenguaje y la imagen publicitarios en un tipo de texto que abunda en Son netos como el que incluye la reproducción de un cartel con una novia seria, acompañado de las palabras: «contentándose sólo con sonreír… / pero / ESE DETALLE –aunque infantil– NO CARECÍA DE IMPORTANCIA…», o el que dice: «LEJOS / su piso adQUIERA / DE LUJO / en AQUELLA OTRA GALAXIA / para ESO».

Ese mundo que nos rodea, tal cual es, se filtra en la poesía de Alejo en su misma mismidad. Lo que se debate en sus versos son las posibilidades de la realidad metaforizada en palabras y en el modo de emplearlas, de ahí que experimente y que llegue a la misma disección del lenguaje y hasta del papel, sin ahorrarle agujeros, pues la página es el muro de una calle cuyo grafitti soportan las pulsiones y la razón, las sumas y las restas de aspiraciones y desengaños, la visión aumentada a través de la lupa de las letras mayúsculas, y todo ese desmenuzamiento para cuya realización el poeta acude al «estructuralismo y otras quisicosillas». La página es un magma de minerales diversos, muchos de ellos culturales, otros del puro acerbo popular como reflejan estos versos de Alaciar: «Mozos, / al campo, / que aunque buenos mozos son / abril y mayo. / Ni mayo ni abril / son mozos / si no hay mozos / en el campo».

En el prólogo a El aroma del viento, Francisco Pino, refiriéndose al poema «Acendrando en piedra, César», dice: «Sin duda el poema está visto y concebido como quien se pasea, caza o pesca, por un lugar que se llama César Vallejo. César Vallejo se ha convertido en naturaleza y vemos a nuestro poeta echado en el campo de los giros, frases y significaciones del peruano como en una sintaxis que se le ha vuelto paisaje». De hecho esto sucede en toda su poesía: se vuelve paisaje, con sus valles, sus montes y sus piedras alteradoras: «Castilla osamental», «SantoMortal», «Érase una voz», «Tristes tópicos»… «Las palabras se sueltan de su gramática y viven libres en su propio campo», dice también Francisco Pino. Se trata de enfrentarse al reto continuo de atrapar y dar vuelta a la visión caleidoscópica, permitiendo que se transforme tanto en soneto de renovada modernidad, como un poema de gran lirismo, así «Recuerdos» (de Claridad y distancia), donde los árboles vuelan «con un ALA los ALAmos/ el abeto con dos/ con espadas de sombra el ciprés»… Recorrer todos estos paisajes inquietantes comporta un premio: la mente se pone a girar como un torbellino, se alcanza una visión acrecentada y se llega al punto en que, en efecto, se abre para el lector una puerta más.

Ficha técnica

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