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Iniciamos esta entrada de Una Buena Sociedad como iniciamos, mutatis mutandis, la del 13 de eneroLa entrada del 13 de enero estaba dedicada a “la (buena) competencia”: https://www.revistadelibros.com/blogs/una-buena-sociedad/la-buena-competencia: “solo hay algo tan bueno, pero no mejor, que la cooperación: la competencia. Esta última no es lo contrario de la cooperación, sino que ambas se complementan muy bien. Lo contrario de la cooperación es la idea de rivalidad o lucha, desinterés en el mejor de los casos, egoísmo (especialmente el que empieza por uno mismo). El desinterés es, a su vez, uno de los mayores enemigos de la democracia, como lo es la desigualdad. Y no por casualidad, ni curiosamente, como a veces decimos abusando del lenguaje, el desinterés y la desigualdad van de la mano. ¿Se deduce de ello, nunca bien ponderado hermano, que la cooperación y la igualdad, antónimos de los anteriores, van también de la mano?”.

El Príncipe Përt Kroptkin, publicó “El Apoyo Mutuo” (Mutual Aid. A Factor of Evolution) en 1902 (apenas cuatro décadas tras la publicación de “El Origen de las Especies” de Charles Darwin en 1895) recopilando una larga serie de profundos ensayos escritos por él mismo entre 1890 y 1896 que reunían y comentaban la evidencia fósil, histórica y científica disponible hasta entonces acerca del comportamiento de las especies animales y de la especie humanaKropotkin, en sus coordenadas temporales, claro, entendía muy bien el darwinismo y, frente a quienes ensalzaban el “darwinismo social” de la supervivencia de los más aptos o fundamentaban la cooperación en una especie de “teoría del amor universal” rouseauniana, enraizó muy certeramente la evidencia sobre la cooperación en el seno de las especies animales y de la especie humana (en sus estadios de savagesbarbarians y ourselves) en el marco general de la adaptación para la supervivencia de los grupos humanos, tribus, sociedades y la entera especie. Un ejercicio que, de haber sido mejor conocido y divulgado en las escuelas en el último siglo nos habría evitado algunos disgustos serios y que todavía hoy amerita debate, divulgación y pedagogía. Una versión gratuita en formato ebook de “El Apoyo Mutuo”, publicada en inglés en 1902 con el título Mutual Aid y subtítulo A Factor of Evolution, puede encontrarse en https://www.gutenberg.org/ebooks/4341. Su gran acierto radica en ver la cooperación como un “factor de la evolución”, lo que hoy denominamos un “rasgo evolutivo”. Es decir, un comportamiento desarrollado evolutivamente, en el seno de una especie determinada, a la que caracterizaUn rasgo evolutivo nace de una mutación aleatoria ventajosa para la reproducción de una determinada especie, seleccionada genéticamente a lo largo de la escala temporal evolutiva, durante decenas de miles de años.. Rasgos que se encuentra en muchas especies de insectos, vertebrados y mamíferos y, especialmente, en la especie humana.

Kropotkin realizó un gran trabajo que debería estudiarse en las escuelas, junto al de Darwin, por cierto, que, si se estudia, es de “aquella manera”. En palabras del gran paleontólogo, biólogo evolutivo y divulgador de Harvard, Stephen Jay Gould, “Kropotkin no estaba chiflado”Véase su ensayo de 1988 para Natural History, revista en la que escribiera más de 300 ensayos divulgativos, titulado Kropotkin was not KrackpotNatural History, vol. 97, no. 7, 1988, 12-21 (disponible en https://www.marxists.org/subject/science/essays/kropotkin.htm). En este ensayo convergen, de manera muy diferente, tres piezas clave del pensamiento y las ideas de la historia de la humanidad: la religión, el marxismo y la ciencia. Uno (y otro) duda(mos) de si la primera y la segunda no pertenecen a la misma categoría, pero estamos seguros de que ninguna de estas pertenece a la misma categoría que la tercera. Jay Gould, no sin cierta solemnidad, escribe al final del artículo que se referencia: There are no shortcuts to moral insight. Nature is not intrinsically anything that can offer comfort or solace in human terms – if only because our species is such an insignificant latecomer in a world not constructed for us. So much the better. The answers to moral dilemmas are not lying out there, waiting to be discovered. They reside, like the kingdom of God, within us – the most difficult and inaccessible spot for any discovery or consensus..

La cooperación es universalmente aceptada como una vía para evitar conflictos, aunque a veces se instrumenta para provocarlos entre grupos animales o humanos enfrentados. Y, especialmente, como una vía para superar dificultades materiales o frente a catástrofes, netamente superior al egoísmo o, incluso la competencia. Si el egoísmo puede causar la destrucción del planeta debido al calentamiento climático, que tiene su origen en un comportamiento egoísta, avaricioso o, simplemente, irracional, la cooperación puede ayudarnos a evitarlo. O a evitar la guerra. O reducir la pobreza. En algunas entradas de Una Buena Sociedad hemos destacado el papel de la miopía y el cortoplacismo como una da las causas de la sobreexplotación de los recursos, lo que es extensible a muchos otros problemas de la sociedad. La miopía puede exacerbar y hasta causar el egoísmo. Y no es solo cuestión de irracionalidad, que obviamente incluye esta miopía. Quizás habría que destacar también la incapacidad de hacer cálculos de costes suficientemente, de los límites del saber científico y técnico y del marco legal que define qué coste se puede cargar y cómo con arreglo a criterios, por lo general, obsoletos y muy reacios al cambio.

Si la competencia, en el mercado y en un orden liberal de este, multiplica la productividad por la vía de la innovación, estimulada, a su vez, por el beneficio privado derivado de aquella, la cooperación también puede multiplicar la productividad y el beneficio social. Sería insensato aplaudir a la competencia y denostar la cooperación, de la misma manera que sería insensato aplaudir la cooperación y denostar la competencia. Ambos comportamientos son rasgos evolutivos en el sentido que se ha comentado antes y contribuyen a hacer de nosotros los seres que somos. Ambos.

Una de las características más acusadas de nuestra especie es el sentido moral, directamente vinculado a la riqueza de matices que se desprenden del “choque” entre la cooperación y la competencia. El sentido moral, incluso, podría elevarse también a categoría de rasgo evolutivo, como hacen científicos tan fascinantes como Michael TomaselloLa moral, como comportamiento pro-activo (cercano a La Ética) y re-activo (cercano a La Justicia) es objeto intenso de estudio por las ciencias conductuales, neurológicas y biológicas, especialmente en su vertiente evolucionista. Véase el soberbio artículo divulgativo de Michael Tomasello “The Origins Of Human Morality” en el no menos soberbio número extraordinario de Scientific American de Septiembre de 2018, Humanshttps://www.scientificamerican.com/article/the-origins-of-human-morality/. Para Tomasello, the seeds of human morality were planted some 400,000 years ago, when individuals began to collaborate in hunting-and-gathering exploits. No puede estar más claro, la cooperación dio paso a la moral. El sentimiento de auto interés, por otra parte, surgió en los homínidos hace unos seis millones de años. El enlace al número extraordinario citado de SA es: https://www.scientificamerican.com/magazine/sa/2018/09-01/.

Así pues, la cooperación y la competencia son dos rasgos estrechamente vinculados, ora lado a lado ora enfrentados, cuya expresión conjunta bien podría ser el sentido moral de nuestros actos.

Hay modelos bio-matemáticos que ilustran muy elocuentemente el juego alterno de la cooperación y la competencia. Las simbiosis y las parasitosis son frecuentes en la naturaleza, y muestran claramente las ventajas de la cooperación evolutiva, las primeras, y la colonización más o menos amable de la vida de un organismo por un parásito, las segundas. Estos modelos permiten simular espectaculares interacciones entre especies “presas” y “depredadoras”, que ciertamente se observan en la realidad, en abierta pugna por atrapar (las segundas a las primeras) o escapar (las primeras de las segundas)Véase, aunque es bastante técnica, una explicación de la dinámica (competitiva) de un ecosistema formado por dos únicas especies, una que es la presa y otra que es la depredadora..

No hay escape a la acción de los rasgos evolutivos que nos determinan tan potentemente… ¿o sí, admirado gemelo? Salvo una buena gestión individual, civil y social de los sistemas educativos y las reglas de toda índole que nos permitan encauzar y domeñar esa fuerza tan expresiva de rasgos que nos hacen ser lo que somos, por una parte, y, por otra, nos fuerzan a actuar cometiendo errores graves. La evolución es ciega y el resultado de su “algoritmo de optimización” no siempre coincide con lo que la “razón” humana dictaría. AfortunadamenteLa evolución está llena de lo que se conoce como “callejones evolutivos sin salida” (evolutionary dead ends). Antiquísimos clanes o tribus que se han extinguido por tabúes y prácticas culturales absurdas, especies enteras condenadas a la extinción por la disfuncionalidad de mutaciones que, momentáneamente, han tenido éxito adaptativo y que, a largo plazo, se han revelado letales para la especie, etc. Hay autores que ven en el cambio climático la expresión de uno de estos callejones evolutivos sin salida de nuestra especie humana. Véase https://web.stanford.edu/~learnest/earth/fantasy.html.

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