Homo faber

La caverna

JOSÉ SARAMAGO

Alfaguara, Madrid, 400 págs.

Trad. de Pilar del Río

La irregular obra narrativa de José Saramago, que cuenta en su haber con hitos memorables, como Memorial del convento, y relatos mucho más febles y hasta obtusos, como La bolsa de piedra, Historia del cerco de Lisboa o Todos los nombres, nace siempre de un humanismo (en el sentido que le confiere el moderno ateísmo, no el renacentista, por supuesto) y una mirada solidaria de las relaciones personales, familiares y amorosas de personajes humildes, por lo general destartalados, los entornos del Sistema, que diría Luhmann, a los que la fábula, alegórica (como buen escritor didáctico, racionalista), ve de redimir en una sucesión de meandros floridos que culminan, o no, con el encuentro final de la pareja: este es el esquema de muchas de sus novelas, y se vuelve a repetir, incidiendo aún más en la carga alegórica, en su última obra, la tan esperada tercera parte de la trilogía que abriera, hace un lustro, con su notable y apocalíptica Ensayo sobre la ceguera.

La caverna recrea el sugerente mito platónico de La república y lo acerca a nuestros días. La caverna, ahora, no es la ignorancia, la cárcel que nos aherroja a un mundo, falso, de sueños y frustraciones compartidas en que tomamos como verdaderas las sombras que se reflejan en nuestro entorno, tan lejos de la verdadera iluminación del mundo real, libre de temores y de esperanzas, y por tanto no necesitado de instituciones protectoras de la Sombra. La caverna, en los tiempos del fin de la historia y del triunfo global del capitalismo, no es un símbolo iniciático de la búsqueda interior de nuestro verdadero ser, sino la representación totémica del triunfo de esa economía y de esa política: un Centro Comercial gigantesco, avasallante, creciente, que se va tragando el entorno (de nuevo Luhmann) y lo asimila, o engulle, en su vasto y protector y aséptico engranaje.

En efecto, la peripecia (muy inflada, tipográfica y narrativamente) relata las vicisitudes de un pobre y viudo alfarero, trabajador manual y artesano de la arcilla, cuyos productos, poco acordes con el plástico rampante y barato, van a dejar de ser asumidos por el Centro: el fantasma del paro, de la pobreza y de la soledad se cierne sobre el bueno de Cipriano (y su familia: su yerno es guardia de seguridad del Centro) que opta, a la desesperada, por la «reconversión»; tras muchas páginas (sobrantes, reiterativas, sostenidas sólo por el estilo demorado y brillante del flamante Nobel) descubrimos que tampoco el esfuerzo de adaptación le servirá de nada, son otros tiempos y sus figurillas de barro y sudor no interesan (esto es, no venden); por otro lado, el Centro da a la familia, a través del yerno, la posibilidad de ser fagocitados como personal residente dentro del complejo: se trata de un Centro-ciudad, en el que hay seguridad, diversión y realidad virtual garantizadas, y hasta cementerio.

Se llega así al desenlace, forzado, inverosímil, del descubrimiento de la «verdadera» caverna de Platón, en las catacumbas del Centro, hallazgo que alienta la huida del mismo y la busca del amor y la luz en un final abierto y vagamente esperanzado con la furgoneta destartalada del alfarero alejándose del Monstruo.

Son muchas las debilidades de esta novela, incluida alguna inverosimilitud, como en la resolución final de la trama, cuando Cipriano, que hasta ese momento parecía más bien analfabeto, o casi, reconoce el mito platónico y hasta es capaz de relatárselo a su hija, o la escasa atención que se dedica, hasta el final, a la relación entre Cipriano e Isaura frente al sobreabundante y acumulativo detallismo con que el narrador se «divierte» a propósito de las artes figulinas. Por otro lado, la decisión de darse una segunda oportunidad, la construcción de las figurillas, sólo reitera el motivo del homo faber y retrasa el desenlace, pero narrativamente no introduce otra novedad que no sea el relleno de páginas: la pérdida del empleo y la decisión, forzada, no querida, de irse a vivir al centro estaba ya tomada mucho antes de ese «intermedio dilatorio» que ocupa la mitad del texto.

Tampoco se subraya suficientemente en la novela algo sobre lo cual el Saramago oral y mediático ha insistido mucho a propósito de ella y que luego no aparece: la búsqueda de seguridad en el centro, un elemento que, elevado a categoría simbólica, al margen de los problemas de robos y asaltos por parte de los chabolistas, me refiero, bien habría valido la pena de ver desarrollado, en tanto que es esa misma necesidad de «protección» la que origina, del neolítico a esta parte, todas las cavernas que en el mundo han sido, en forma de dioses, imperios, polis, patrias, fueros y banderas.

Los méritos del texto residen en el enorme talento de Saramago, en la mirada socarrona y tierna del narrador entrometido y chancero al que nos tiene acostumbrado, en una mejor construcción de los personajes que en fábulas anteriores con las que a mi juicio emparenta, por ejemplo y muy claramente La balsa de piedra, el mismo universo campesino a la deriva, perro incluido, una parecida historia de amor de personajes humildes, educados en la incapacidad de manifestar y expresar los sentimientos. Una novela, en fin, que no va a representar un paso adelante en el singular universo narrativo de Saramago, que aparece más bien como un divertimento, una revisitación entretenida, tras el paréntesis del premio, por algunos de sus temas y personajes más queridos. Si el lector de estas páginas desea conocer el mejor Saramago, lo suyo es que acometa la lectura de El año de la muerte de Ricardo Reis o Memorial del convento, en la maravillosa y transparente traducción de Basilio Losada, a quien también aquí echamos, quizá, de menos.

Ficha técnica

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