Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

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Para la civilización occidental, los males de la humanidad tienen su origen mítico en la expulsión del paraíso. El recuento escueto de lo que pasó nos dice que algo hicieron antaño nuestros imperfectos ancestros que les acarreó la pérdida de la felicidad para verse obligados a abrazar, en su lugar, la pena, la penitencia y la penuria. Para, desde entonces, tener que ganarse el pan con el sudor de su frente, ellos y todos sus descendientes por lossiglosdelossiglosamén. Ese algo, sigue el mito, consistió en que la humana naturaleza llevó al hombre a tratar de igualar a Dios, tentado por el Demonio.

Como la gente no es idiota, desde muy temprano se percató de que algo no cuadraba en esta simpleza y, desde entonces, no han faltado explicaciones a escala humana para tratar de entender por qué la vida cotidiana es a menudo tan penosa. Desde atribuir los males de la humanidad al azar hasta a la intencionalidad más abyecta (pasando por el materialismo histórico) se han avanzado todo tipo de explicaciones y ensayado multitud de políticas o comportamientos para evitar una vida penosa. Pero no debe ser fácil, si nos atenemos a los hechos cotidianos.

En las dos entradas precedentes del Blog Una Buena Sociedad planteábamos a nuestros avisados lectores el caso de las ciudades. Especialmente las grandes ciudades, como ejemplos admirables de una virtuosa colaboración público-privada que, a lo largo de la historia, ha logrado hacer de ellas los imanes de innumerables oleadas de personas de todo origen, lugar y condición que buscan una vida mejor. Ciudades que han superado ciclos masivos de emergencia y caída para renovarse como el Ave Fénix, resurgiendo de sus cenizas gracias a una impresionante voluntad de sus habitantes organizados alrededor de recursos no menos ingentes e ingeniosas fórmulas de cooperación.

La expulsión del paraíso tiene un correlato moderno en el abandono de los pueblos, aldeas y pedanías. En esta entrada nos proponemos, incomparable gemelo, trasladar el debate acerca de esta fuerza civilizatoria, que es la cooperación público-privada, de las ciudades a las aldeas. No todas las ciudades sobreviven a las catástrofes que les sobrevienen. Lo mismo le pasa a las aldeas, solo que con rasgos muy diferentes.

Cuando la despoblación acecha, el número de aldeas que puede desaparecer es masivo. Muchas de ellas, quedan por debajo de los umbrales de funcionalidad mínimos requeridos para una buena vida, no digamos una buena sociedad.

La despoblación es, a la vez, y por partida doble, un gigantesco fallo de mercado y una fuente de externalidades negativasUn fallo de mercado es una situación en la que un grupo social queda excluido de adquirir bienes y servicios esenciales por carecer de recursos para ello. La oferta de dichos bienes y servicios no aumentará para que estos grupos puedan obtenerlos por la vía del mercado privado pues las empresas no tendrán interés en ofertarlos. Una externalidad negativa es un impacto negativo en agentes terceros causado por otros agentes con sus actividades (ruido, emisiones tóxicas) que no compensan a los primeros por el daño que causan. La Economía Pública, una rama de la economía, establece que los fallos de mercado deben resolverse mediante la oferta de bienes y servicios públicos gratuitos o subvencionados para las personas que no pueden adquirirlos en el mercado privado por carencia de recursos. En el caso de las externalidades negativas, se debe limitar su impacto poniendo impuestos a la producción de los bienes y servicios que los causan, obligando a compensaciones a los perjudicados o, de ser necesario, prohibiendo por completo dichas actividades. El prohibicionismo puede traer como consecuencia la aparición de mercados negros o ilegales, lo que podría ser muy contraproducente. que afectan a todos los viven en estos territorios y a los que se benefician de su funcionalidad en las ciudades, pues esta funcionalidad se ve seriamente amenazada con la despoblación. La funcionalidad a la que aludimos incluye, entre ostros bienes y servicios los productos y recursos básicos generados en los ámbitos rurales, ocio y turismo, bienes culturales y monumentales, paisaje, regulación climática y biodiversidad.

La colaboración público-privada se reduce a su mínima expresión en una pedanía de dos docenas de habitantes y esta expresión implica a menudo una implicación privada excesivamente onerosa directa (en coste y tiempo) e indirecta (en términos de oportunidades perdidas) escasamente pareada con esfuerzos público que, incluso, se van reduciendo en los casos más críticos.

En España hay en la actualidad unos 1.400 municipios (lugares, son varias veces más) con menos de 100 habitantes. Si un municipio con 1.000 habitantes puede soportar servicios mínimos imprescindibles (una escuela, un ambulatorio, un comercio, un bar, un par de frecuencias de un coche de línea), un municipio de 100 habitantes no puede permitirse ninguno de estos servicios.

Si (redondeando) los aproximadamente 47 millones de personas que viven en España en la actualidad se repartiesen uniformemente en ciudades de amaño estándar, digamos, 23.500 habitantes cada una, solo tendríamos 2.000 municipios en vez de los más de 8.000 actuales, una cifra inmanejable en el plano administrativo.

Siendo más realistas con la distribución actual, si el 3% de la población de los municipios de más de 1.000 habitantes se trasladase a los municipios de menos de 1.000 habitantes, casi se duplicaría el tamaño de estos últimos. En efecto, solo unos 1,5 millones de personas pueblan en la actualidad los municipios de menos de 1.000 habitantes, de forma que los 45,5 millones restantes de personas residentes en el país viven en municipios de más de 1.000 habitantes. El 3% de estos últimos alcanza justamente la cifra de 1,4 millones de personas.

Obviamente, un proceso como el recién descrito es imposible de contemplar en plazos verosímiles, incluso si, de repente surgiesen las condiciones para tal repoblación. Pero tan difícil como lo anterior, si no más difícil, se nos antoja haber logrado lo que se observa en la actualidad. Dos terceras partes del territorio español están severamente afectadas de riesgo de despoblación. ¿Cómo la cooperación público-privada puede lograr que las aldeas se conviertan en lugares en los que vivir una vida de calidad sin sentir que las oportunidades a las que tienen acceso los habitantes de las ciudades no están al alcance de los habitantes de aquellas?

La despoblación no es un problema grave en países como Francia, Alemania o Dinamarca, entre otros. Curiosamente, en estos países, las clasificaciones europeas (EUROSTATEstas clasificaciones se basan en dividir el territorio en cuadrículas de 1 km2 y agrupar estas en áreas uniformes caracterizadas como de «predominantemente urbanas», «predominantemente rurales» e «intermedias», atendiendo a su densidad de población. Véase https://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php?title=File:Share_of_land_area_using_different_typologies_(%25_of_land_area)_update.png para una descripción de las clasificaciones mencionadas.) nos dicen que la proporción de la población que vive en núcleos rurales es sensiblemente mayor que en España. Así, mientras en España la población rural, según estas clasificaciones homogéneas, es de un 3,6% y ocupa el 16,9% del territorio, en Francia es de un 32,4% (en un 53,8% del territorio), en Alemania de un 16,1% (el 38,5% del territorio) y en Dinamarca de un 29,4% (y un 51,6% del territorio). Pero la imagen que tenemos de ellos no es precisamente la de países en los que domina la funcionalidad rural, sino de países avanzados con importantes polos urbanos y de servicios distribuidos en el territorio.

Las condiciones orográficas o climáticas en estos países son muy diferentes a las de España. También lo son las condiciones culturales y la trayectoria histórica, o los estilos de planificación territorial. Francia, por ejemplo, es un país fuertemente centralizado, pero su estructura territorial es bastante más uniforme que la española y la dimensión municipal se tiene muy en cuenta. En Francia existen 34 mil comunes, frente a los 8 mil municipios españoles. Las clases profesionales en estos países encuentran en el medio rural un lugar idóneo de residencia e interacción vecinal, siempre que esté bien comunicado con polos de empleo provinciales o regionales, en los que también se encuentran los centros de servicios. Pero son escasos los entornos rurales sin conexión con estos polos de empleo y servicios.

El rural, en estos países, constituye un espacio definido por el paisaje, un poblamiento ligero y actividades y usos del suelo diferenciados que, si bien modifican el paisaje e imponen una «naturalidad» inevitablemente artificial, preservan características que ya no se encuentran en las ciudades y que atraen a grupos de población con estilos de vida avanzados.

En España, el éxodo rural se produjo más tardíamente que en los países europeos más avanzados y ello sigue marcando hoy en día el imaginario español en esta materia. La imagen negativa de la vida en los pueblos, proyectada por los habitantes de estos y las respectivas diásporas, sin embargo, se contradice con la realidad de que el nivel de vida no es muy diferente que el que se observa en las ciudades, o que este indicador (renta por habitante o por hogar) tiene menos dispersión en los territorios rurales que en los urbanos. Algo que también sucede, incluso más marcado, en los países europeos avanzados.

Te preguntarás, incomparable gemelo, ¿habrá que esperar a que, dado el retraso en el éxodo rural español, se corrija solo el actual desequilibrio rural-urbano en España? Mejor no. En ninguno de estos países se disfruta hoy de un equilibrio rural-urbano envidiable por casualidad, sino que ha sido la atención constante de los departamentos federales, centrales o provinciales del ramo en estos países la que ha ido definiendo el patrón. En materia de transporte, vivienda, promoción de polos de empleo y servicios diseminados en el territorio a escasa distancia de los territorios rurales. Creando las infraestructuras necesarias y financiándolos con recursos extraídos del conjunto de la población, mayoritariamente urbana.

La complicidad de las clases medias y profesionales, que han ido repoblando los espacios rurales, nunca enteramente abandonados, y dándoles carácter, ha sido clave para acompañar el despliegue de las redes e infraestructuras de servicios, estimulándose ambos procesos mutuamente. La cooperación público-privada se ha desplegado sin cesar, a lo largo del tiempo durante muchas décadas. Reforzándose con la utilización del paisaje como atractor de turistas y visitantes ocasionales; como un recuso productivo más.

El territorio rural, por fin, además del patrimonio natural y paisajístico, que debe conservarse, alberga un ingente patrimonio inmobiliario, arquitectónico, monumental, etnográfico y cultural cuya conservación corresponde a todos. Un patrimonio plagado de olvidos, atentados seculares, mal documentado y peor conservado. No podremos levantar la mirada mientras no hayamos dedicado energía y recursos suficientes, públicos y privados a levantar esa memoria de inmenso valor que no debe perderse. Solo de esa manera nuestro futuro se reconciliará con lo que hemos sido. Y solo puede hacerse desde la plena consciencia del valor y la excelencia de nuestro legado.

Imagínate, hermano, vivir rodeados de ese legado, disfrutándolo y girándolo como un activo más, preservándolo cada día en un marco avanzado de relaciones con el entorno y entre la ciudad y la aldea recuperada. No va a ser fácil, pero la nueva ruralidad puede construirse con visión de futuro y pensando en los nuevos estilos de vida facilitados por la revolución digital y una nueva longevidad que prolonga sin cesar el tiempo de disfrute de la vida. Todo está llamado a un cambio acelerado que debe ser equitativo, excelente y sostenible en todos los planos. También en el territorial. Y no lo será sin que la cooperación público-privada encuentre nuevos modelos de expresión y gestión de este cambio.


[1]

[2] Estas clasificaciones se basan en dividir el territorio en cuadrículas de 1 km2 y agrupar estas en áreas uniformes caracterizadas como de «predominantemente urbanas», «predominantemente rurales» e «intermedias», atendiendo a su densidad de población. Véase https://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php?title=File:Share_of_land_area_using_different_typologies_(%25_of_land_area)_update.png para una descripción de las clasificaciones mencionadas.

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