Fuego a discreción

Fuego de mis entrañas: esa es la más tremenda de las jaculatorias con las que, desde la prisión, invoca a Lolita su viejo amante Humbert Humbert, aquel «viudo de raza blanca» que morirá de nostalgia y lascivia. El fuego ha estado unido al amor desde el principio de los tiempos: en el corazón de toda su simbología hallamos siempre la sexualidad. El movimiento de la llama –lengua– invita a la danza, pero también es un trasunto del falo en activo. O de la vulva, como sugieren algunos mitos relatados por Frazer. La pasión devora como el fuego: lo sabe Calisto, pero también los místicos y los héroes byronianos que en ella se consumen. El último Freud –el que ha llegado a dudar de que el psicoanálisis «cure» y ya no parece interesado en la clínica– lo constata a su modo en un extraño artículo («Sobre la conquista del fuego», 1932): «La calidez que el fuego irradia evoca la misma sensación que acompaña al estado de la excitación sexual». Claro que en el mismo escrito formula su hipótesis de que el requisito para que los hombres se apoderen del fuego, principio de la civilización, «ha sido la renuncia al placer –de tinte homosexual-de extinguirlo mediante el chorro de orina». Así, y siguiendo una atrabiliaria línea interpretativa que haría las delicias de los surrealistas, el padre del psiconálisis destripa el mito de Prometeo, uno de los muchos avatares del ladrón sacrílego que roba el fuego («de donde nacen todas las artes», dice Esquilo) a los dioses, sus únicos propietarios de pleno derecho, para entregárselo a los hombres.

La adquisición del fuego permanece ligada en todas las culturas a un acto de transgresión primordial. El fuego es de los dioses y forma parte de su naturaleza exclusiva. Para conquistarlo, los más astutos (no hombres corrientes, sino dioses o semidioses) tienen que recurrir al delito. Pero el hurto sacrílego se purgará eternamente, no sólo por los males que Pandora globaliza, sino por el sacrificio propiciatorio: las víctimas ofrecidas en holocausto para aplacar la ira de los dioses se quemarán hasta convertirse en humo, que es el camino que el fuego encuentra para regresar al cielo y convertirse en alimento de los transmundanos.

Que Dios es fuego lo saben los adoradores del Sol, sea cual sea la máscara simbólica que adopte: desde el disco radiante y de brazos infinitos de Akhenatón, hasta la pequeña llama que luce siempre en la lámpara de aceite de la sinagoga o el templo cristiano, recuerdo del fuego sagrado que protegían las vestales romanas con su vida. Yahvé se revela a Moisés como arbusto que se quema eternamente (Éxodo, III, 2: «Vio que la zarza ardía en el fuego, pero la zarza no se consumía»): es el mismo Espíritu, «dador de vida», que desciende en Pentecostés en forma de lenguas ígneas que transmiten conocimiento sagrado.

El dios-fuego pasa por el filtro de la primera razón teórica y se convierte en fundamento cósmico. Heráclito lo eleva a la categoría de principio originario en un célebre fragmento en el que, de paso, ejerce de economista clásico: «Con el fuego tienen intercambio todas las cosas, y todas las cosas con el fuego, tal como con el oro las mercancías y las mercancías con el oro». Empédocles lo cita entre los cuatro elementos, y Aristóteles precisa que es el único de ellos que se eleva hacia el cielo. La razón moderna también lo considera origen y destino: nuestra existencia se fraguó en el Big Bang de fuego y terminará dentro de cuatro o cinco mil años más, cuando el sol se apague y la vida se extinga.

Del antiguo origen divino nos queda su carácter de principio de purificación: ahí tenemos Sodoma y Gomorra, las hogueras para las brujas, el infierno para los impíos musulmanes (azora XVIII del Corán: «La caverna»), los hornos crematorios para los judíos o la quema de libros de mayo de 1933 en la Bebelplatz berlinesa. En el Apocalipsis veremos el mismo fuego de la Gehenna, el valle al oeste de Jerusalén en que se quemaban las basuras, y que terminó convirtiéndose en la puerta del infierno.

El fuego objeto de adoración y culto. Y principio de la cultura: su uso imprimió velocidad a la evolución de los homínidos hace unos 400.000 años. Y no ha habido horda o grupo social que no haya sido consciente de los rasgos radicalmente nuevos que les confería la posesión de esa herramienta sagrada y de ambigua naturaleza moral y cultural. El fuego puede ser a la vez benefactor y maléfico, según ese doble significado que ya señalaba San Agustín en La ciudad de Dios (12-4): «No deben, por consiguiente, prestarse oídos a quienes alaban en el fuego la luz y vituperan el ardor, porque consideran no su naturaleza, sino su propia comodidad o incomodidad». Se trata del fuego de los dioses y el del infierno de los malvados, que se encuentra en el centro de la Tierra o, incluso, en el Sol, como afirmaba el teólogo británico Thomas Swinden que, aplicando la lógica ilustrada, consideraba que el primer lugar ya se había quedado pequeño para albergar a la inmensa multitud de los condenados que se acumulan desde la expulsión del Paraíso de los ángeles rebeldes. Todos los fuegos el fuego, como dijo Cortázar. El que prolonga la luz y el calor y, por tanto, se convierte en el primer desafío del hombre a la Naturaleza, y el que trae la desgracia y la muerte en forma de catástrofe y guerra. El fuego alquímico y el de Faraday, el de la pólvora y el fósforo, el que cauteriza y el que mata.

El fuego como motivo literario (el poeta está animado de «fuego sagrado») y como fascinación de los pintores de lo sublime: el Vesubio enfurecido o los incendios de Roma (año 64), Londres (1666) o Moscú (1812), unos provocados y otros fortuitos, llegaron a convertirse en subgénero pictórico. El fuego a la vez matérico y abstracto de Turner y la viñeta de color con la que Giotto ilustra su Infierno. O Wagner sugiriéndolo musicalmente en su Götterdämmerung. El fuego de San Telmo, pura electricidad atmosférica, con el que Ahab galvaniza a sus hombres para la caza sagrada (y psicoanalítica) de Moby Dick, y el fuego fatuo y errático de los cementerios de la novela gótica (y del cine de terror de la Hammer), producido por la inflamación del fósforo que desprende la materia orgánica en descomposición. Las artes del fuego –la cerámica, el vidrio– y el fuego del arte: la pasión que inflama la juventud y que se consume en las cenizas. El ave Fénix.

Infinidad de rituales ancestrales que lo celebraban y cuyo significado hemos olvidado al transformarlos en la fiesta sin raíces de quienes creen no precisar de las liturgias para hacerlo propicio. Su historia inacabable sugerida por la magia eterna de la danza de la llama ahora, aquí mismo, en esta chimenea frente a mí, en la que el fuego vuelve a desmentir su naturaleza de mero proceso de desprendimiento de luz y calor, puro efecto de la combustión de un cuerpo, para convertirse de nuevo en objeto de observación hipnotizada. O, como señaló en su momento Bachelard, «en el primer fenómeno ante el que el espíritu humano ha reflexionado». Tu hazaña fue impagable, Prometeo.

Ficha técnica

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