Entre el cielo y el suelo


EL VIENTO DE LA LUNA
Antonio Muñoz Molina
Seix Barral, Barcelona
320 pp. 20 euros

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Mientras los primeros televisores llegan a Mágina, en la España del sur, la expedición estadounidense del Apolo XI está a punto de llevar al primer hombre a la Luna. Es el verano de 1969. Un adolescente de trece años vive al mismo tiempo en Mágina y en esa nave espacial. No resulta una tarea fácil. En su casa no hay ducha, mientras que los astronautas usan unos trajes especiales con un sofisticado sistema de refrigeración. Él tiene que llevar unos calzoncillos largos diseñados y cosidos por su madre y por su abuela que le avergüenzan enormemente cuando tiene que cambiarse en las clases de gimnasia, mientras que los astronautas manejan aparatos de alta tecnología que les permitirán alunizar y más tarde regresar a la Tierra. En el colegio se enseña con el método del poli bueno, por la vía del Concilio Vaticano II del padre Peter, y del poli malo, por la vía del orden y el castigo del Padre Director, pero con la misma intención de preparar a los alumnos más aptos para que sean capaces de escuchar la llamada de Dios, mientras que los astronautas para lo que están preparados es para recoger materiales del suelo lunar.

La materia que utiliza Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) en El viento de la Luna la utilizó ya en El jinete polaco, que recibió el Premio Planeta: una infancia solitaria, los sueños, la vida familiar, las lecturas de libros de aventuras o el recuerdo muy caliente todavía de la República y de la Guerra Civil.Y no resulta difícil pensar que este nuevo libro es la versión real de algo que ya conocíamos convertido en ficción.

En Ventanas de Manhattan (Seix Barral),Antonio Muñoz Molina intentó un experimento de exilio: en el dietario reflexionaba sobre la posibilidad teórica de convertirse en un exiliado. El exilio permanente de lo «diferente» en España: el de los judíos y moriscos, el de los ilustrados, el de los liberales, el de los demócratas. Esa reflexión acababa convertida en una cierta nostalgia del exilio que resultaba extraña. Para ensayar ese «exilio» en Nueva York recreaba una España, si no negra, sí gris, todavía encallada en sus males históricos: como si el franquismo de su infancia y de su juventud no se hubiera afortunadamente acabado. Se presentaba como un escritor hecho a sí mismo, ajeno a todo grupo: pájaro solitario, que anuncia también su voluntad de exilio. Escribía: «Despojado de circunstancias y añadiduras exteriores, salvo de la presencia de quien conmigo va, como dice el romance, soy la médula y el hueso de mi identidad personal, lo que uno es más en el fondo de sí mismo, una cierta manera de estar en el mundo, de revivir lo más valioso y decisivo de lo ya vivido, los episodios del aprendizaje que lo ha llevado a uno a ser quien es, los descubrimientos y los entusiasmos que en la vida normal ocupan un lugar estable en el pasado y que aquí recobran su puro fervor de novedad».

Y parece que El viento de la Luna surge de ese autoencargo de revivir los episodios del aprendizaje, sumergirse en las «profundidades del olvido y del sueño», como lo había sido también Ardor guerrero (Seix Barral), en el que contaba su experiencia en el servicio militar.Y creo que no será el último libro en que Antonio Muñoz Molina vuelva a contar, ya como propios, algunos hechos que haya hecho vivir a los protagonistas de sus novelas: a Manuel, el traductor simultáneo de El jinete polaco, o a Mario, el delineante de En ausencia de Blanca (Alfaguara), o a Claudio, el profesor universitario de Carlota Fainberg (Alfaguara). El viento de la Luna tiene mucho de libro de aprendizaje. Las lecturas obsesivas, de H. G.Wells a Albert Camus, pasando por Jacques Monod, que son vistas desde fuera, y constantemente, como enfermizas, y que van conformando una personalidad crítica, agnóstica, científica y racional. La aparición del deseo sexual, identificado con los cuerpos de Monica Vitti, de Julie Christie, de Fay Wray, de Faye Dunaway y, también, con su punto de incesto, con su tía Lola, y de la masturbación compulsiva, en episodios que traen a la memoria aquellos estupendos de El lamento de Portnoy de Philip Roth, al que Antonio Muñoz Molina a menudo quiere acercarse.Y, finalmente, el surgimiento del solitario introvertido, opuesto a un mundo hostil y volcado en la ficción y en las partes de la realidad que parecen menos reales, como la posibilidad de pesar quinientos kilos si se está en Júpiter.

También tiene mucho El viento de laLuna de «crónica sentimental», con una banda de sonido en la que no falta la radio, con Simplemente, María, y con la voz glacial y siempre acertada de Elena Francis, ni falta el cine, ni faltan las coplas que se cantan en el campo, como diamantes que brillan en la página («En tiempo de aceituna / se hacen las bodas. / La que no sale al campo / no se enamora»), ni falta la televisión, a la que se quedan pegados, como hipnotizados. En este fresco social que combina las miserias de la posguerra rural con el incipiente pop del desarrollismo urbano, consigue Antonio Muñoz Molina algunos de las mejores momentos. El viento de la Luna suena a veces demasiado cargado, solemne, pero cuando en la narración gana la partida la vida, aunque se presente a menudo áspera, todo fluye mejor. El eco del neorrealismo italiano y de las comedias de Berlanga y Azcona tienen su punto: como la ducha casera, y sin agua corriente, realizada por el tío Pedro, o como las comidas familiares, con «conejo frito con tomate, una botella de vino y otra de gaseosa» que hasta hace poco todos comían en la misma fuente, en las que la fobia de su abuelo a lo nuevo, especialmente centrada en la tecnología, aflora una y otra vez.

El viento de la Luna es un libro que llegó como un fantasma, en sueños, aéreo, pero que se agarra con las manos y con los pies a un suelo todavía de tierra.

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