De historias muertas

La puerta de Damasco

ANTONIO PIÑERO

Bell Book, Cenlle (Orense)

La novela histórica cumple, en mi modesto entender, dos misiones fundamentales. En primer lugar, alumbrar con nueva luz –matizada de colores– épocas y personajes que el paso del tiempo haya colocado en el cruel sendero del olvido; en segunda instancia, transitar los fértiles campos de lo que Unamuno llamara «intrahistoria», esto es la vida cotidiana de las mil y una existencias que nos han precedido, a fin de que nuestro conocimiento del pasado sea algo más que unas pocas líneas –difusas y parciales– estampadas en un libro de texto. Desde esta doble vertiente, el escritor se enfrenta al legado común de nuestro ayer con el propósito de colorear una superficie virgen, de construir un retablo en el que importe más el arrobamiento estético del espectador que la fidelidad del artista. En otras palabras: a partir del momento en que decidimos hacer novela de la historia, la condición que la realidad haya otorgado a sus actores pierde su componente esencial para convertirse en un simple telón de fondo decorativo de unos personajes cuyo único interés radica en su enfrentamiento respecto del mundo que les rodea.

Reflexión tan, en apariencia, obvia se hace necesaria para enfrentarse a la lectura y enjuiciamiento críticos de La puerta de Damasco –amén de otras novelas históricas de reciente aparición que adolecen de las mismas trabas–. Para esta ocasión, Antonio Piñero, excelso conocedor de la tradición clásica, escoge como marco espacio-temporal la Palestina del siglo I d. C. Sin embargo, lejos de aprovechar la controvertida circunstancia histórica del momento elegido, Lapuerta de Damasco resulta, a fin de cuentas, un ejercicio de personalización centrado en Herodes, verdadero motor y presencia omnímoda de la narración, y, a la vez, síntesis de todos los males achacables a la novela. El Herodes pergeñado por Piñero es un héroe de cartón piedra, increíble por la desmesura de sus defectos: pérfido, ambicioso, cruel y, claro está, sabio delectador de los placeres del fornicio. En este sentido, el novelista no crea para la historia un personaje complejo y de facetas versátiles, sino que se yergue como un fiel reproductor de la visión atávica impuesta por el cristianismo. Lo dicho hasta aquí puede extenderse a larga nómina de dramatis personæ que acompañan al monarca palestino (Marco Antonio, Cleopatra, Antípatro…), simples títeres, carentes de vida propia, y cuya única función en el relato es ilustrar la relación de poder establecida respecto de Herodes.

Tampoco pueden argüirse grandes aciertos en el estilo. En efecto, La puerta de Damasco carece, de principio a fin, de la agilidad exigible a este tipo de relatos. La labor de creación es, una vez más, sustituida por otra meramente acumulativa de un ingente material de documentación, dispuesto linealmente, que acaba por desacreditar una novela sensu stricto inexistente. Parece, pues, que el objetivo del autor es hacer gala de un conocimiento exhaustivo –que no hay que negar– del contexto histórico en que sitúa su obra, más que seleccionar dicho material y convertirlo en el legado imprescindible para la existencia de un conjunto de personajes.

Por último, he de referirme a una más de las innumerables trampas que encierra la novela. Fabular sobre los hechos acaecidos en la Palestina del siglo I d.C. no significa, en ningún caso, verse forzado a narrar al modo de los historiadores romanos de la época, por mucho que sea nuestro conocimiento de la literatura latina. Si, por el contrario, convencidos de nuestra pericia imitativa, acogiésemos dicho procedimiento, nos veríamos obligados, por pura coherencia interna del relato, a mantenerlo de principio a fin. Sin embargo, Antonio Piñero parece tomar un camino intermedio, erróneo en todo punto. Se limita a mechar La puerta de Damasco, en modo aleatorio y circunstancial, de construcciones y léxico arcaizantes, a fin de dotar su obra de una especie de «color de época» que no hace sino entorpecer el desarrollo de la trama histórica. Así, en imprevisto homenaje a Homero: «Como el Bóreas que baja desde el norte helándolo todo paso, descendió Herodes desde Galilea» (pág. 88); o, reproduciendo estructuras gramaticales propias del latín clásico: «Siendo cónsules Marco Agripa y Caninio Galo…» (pág. 106).

En fin, si a todo ello se une una edición muy descuidada y plagada de errores, no podemos por menos que esperar mejor empleo de una labor investigadora, esta sí, inestimable. Más allá de tratamientos maniqueos, la historia hecha novela es vida y no simple disposición de documentación arqueológica.

Ficha técnica

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