El coleccionista de asombros. Literatura y vida.
De Sylvia Plath a Jorge Luis Borges
Negra Ediciones, Madrid, 2021,
229 pp.

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El coleccionista de asombros es un libro de Rafael Narbona que constituye toda una galería de retratos de escritores y de personajes. Proceden en su mayoría de “Entreclásicos”, el blog alojado en la revista El cultural, aunque también hay algunos inéditos. Decir de Narbona que es un crítico literario es una denominación que sabe poco y que no se ajusta a la realidad. A menudo un crítico es todo aquel que se pierde en reflexiones formales y de estilo. Suele ser, dicho con todos los respetos, un filólogo, pero no un filósofo de formación como lo es Rafael Narbona que quiere ir al fondo de las cosas. En la literatura ir al fondo significa ir al autor e ir al autor es ir a la vida. De ahí que sea muy acertado uno de los subtítulos del libro Literatura y vida. En efecto, Narbona no separa la literatura de la vida de los escritores. La vida arroja luz sobre sus escritos, aunque eso no significa caer en el recurso fácil, que se ha practicado en todas las épocas, de descalificar una obra literaria en función de la trayectoria biográfica de su autor. Enamorarse de una obra no significa necesariamente enamorarse de su autor. Si fuera así, incurriríamos en el mismo error de una mujer que se casó con un célebre compositor, cuando en realidad lo que le gustaba de él era su música. Pero abordaremos mejor una obra literaria si intentamos conocer a su autor. Este es el mérito de Rafael Narbona: se mete en la piel de los escritores e intenta comprender sus mentalidades, sus motivos de actuación, por muy extraños que resulten a quienes solo ven las cosas desde fuera.

Literatura, vida y asombro

La pluma de Rafael Narbona no traza estilos, sino que presenta almas. No necesita de extensas semblanzas biográficas para demostrar empatía. En algunos casos fluye espontáneamente el afecto y la admiración, y en muchos otros, por no decir en todos, emerge la compasión y ese ejercicio de caridad, tan poco practicado, que pasa por intentar comprender a los demás. Esta síntesis de literatura y vida es además una invitación a la lectura. En ocasiones solo hay referencias a una única obra, si bien la capacidad analítica y empática de Narbona deja a sus lectores con ganas de querer saber más, de querer leer más. Narbona sabe comunicar muy bien su asombro en cada capítulo, y este rasgo es una muestra de su vocación docente. El auténtico docente es aquel que sabe transmitir a los alumnos su propia capacidad de asombro, si bien su tarea se parece bastante al sembrador de la parábola evangélica que siembra a voleo sin preocuparse por la clase de tierra en la que cae la semilla. No le corresponde a él recoger los frutos ni regodearse con éxitos tangibles. Hay que seguir adelante, sembrando y asombrando, sin olvidar nunca que la primera siembra se hace dentro de uno mismo.

Otro de los subtítulos del libro es De Sylvia Plath a Jorge Luis Borges, aunque en realidad es Borges el primero de los autores abordados. La pluma misericordiosa de Narbona no evitar recoger los juicios inmisericordes de Borges sobre algunos escritores, que él nunca compartiría. Sin embargo, se identifica con el amor a los libros del escritor argentino, nacidos en la biblioteca de su padre, una vivencia que le ha acompañado toda la vida. Una variada biblioteca es lo mejor para ser rico en perplejidades. Borges no lo fue nunca en certezas, y nunca pretendió serlo. Pese a calificarse de agnóstico, estaba abierto a los asombros. En mi opinión, quien está abierto a los asombros, no está lejos de la auténtica fe cristiana. Vive en un asombro agradecido, tal y como diría Gilbert Keith Chesterton, tan admirado por Borges. Muy diferente es Sylvia Plath. Narbona comprende todos sus estados de neurosis, insatisfacción, melancolía, duda o angustia. Sylvia solo recupera su salud por medio de la escritura. Probablemente no avanza más en su creatividad porque duda de sí misma. Vivir, escribir y amar son los tres grandes deseos de esta autora, cuya búsqueda acuciante de la belleza pasa por la poesía. Narbona comprende a Sylvia, aunque no puede dejar de sentirse huérfano, como tantos lectores de sus poemas, cuando la escritora decide suicidarse con apenas treinta años.

La definición de clásico que Rafael Narbona da en el prólogo es muy ilustrativa para entender el libro: «Clásica es una obra que nos conmueve hasta el punto de transformar nuestras vidas». Me atrevo a asegurar que las lecturas de los libros mencionados en la obra han debido de contribuir a la transformación interior de su autor. Lejos de alejarlo del resto de las personas en esta sociedad individualista, puede haber contribuido a hacerlo más humano. Narbona representa la lectura que humaniza, pues revela aspectos de nosotros mismos que desconocíamos. Siendo sincero, en un principio me pareció un tanto desordenada la ubicación por capítulos, que no es ni cronológica, ni alfabética, ni de género… Pienso ahora que cualquier disposición tendría mucho de artificial, por lo que el lector puede saborear los distintos capítulos en el orden que desee. El coleccionista de asombros es un libro de encuentros con los escritores, y los encuentros son muchas veces inesperados. Son fruto de la sorpresa y nadie puede buscar en ellos un orden «lógico».

Tres clásicos del pasado reciente

No agoto el interés por el libro si me fijo especialmente en algunos de sus personajes. Exponer una opinión sobre todos y cada uno sería privar al lector del placer de la sorpresa. En primer lugar, me referiré a algunos autores del pasado reciente como Bécquer, Galdós y Chéjov. Bécquer no es en este libro el poeta de los enamoramientos y los salones románticos. El poeta sevillano es un digno continuador del espíritu de El genio del cristianismo de Chateaubriand, el hombre que descubre la grandeza de las catedrales y otros templos españoles. Es el representante de una aristocracia del espíritu, que aborrece el progreso materialista, y está dotado de una sensibilidad no diferente a la de Chopin y Leopardi, por mucho que las críticas y las modas fugaces hayan intentado arrinconarlos. La crítica injusta también se ensañó con Galdós, pues el mundo de los escritores, particularmente los españoles, parece abocado al fratricidio, que siempre es un fruto de la envidia. Para Narbona Misericordia es la gran obra del novelista canario, una apoteosis de la misericordia y de la compasión que nunca demostraron en sus páginas los grandes literatos europeos del realismo y del naturalismo. De Chéjov se dice que se presentaba como agnóstico, liberal y pragmático. Estos calificativos no pueden elevar a nadie a la gloria literaria, pero Chéjov la alcanzó al conseguir plasmar las vivencias de la gente corriente. Muchas de sus narraciones tienen el aspecto de relatos inacabados, sin duda porque la vida ordinaria no se caracteriza por un cúmulo de perfecciones. Pese a todo, Chéjov no es pesimista, pues hace gala en su producción de humor, tolerancia y ternura.

Escritores de ética y de nihilismo

Un profesor de filosofía como Rafael Narbona no puede dejar de lado la dimensión ética. La encuentra en escritores como Unamuno, Chaves Nogales y Delibes. Son tres representantes de la tercera España, ninguneados y calumniados por las otras dos. Quiso, al igual que Ortega, una «rectificación de la República», pero previno a los militares sublevados del peligro de vencer sin convencer. Narbona nos presenta a Unamuno como un místico, aunque sin fe. La gran inquietud de su vida fue buscar siempre la verdad. El periodista Chaves Nogales es también un espíritu libre, incómodo entre la forzada elección entre «fascismo» y «revolución», un hombre que considera inaceptable matar por ideas. Su libro de relatos A sangre y fuego es un ejemplo de la auténtica memoria histórica, que es aquella que no elude las verdades incómodas. Por su parte, Delibes es presentado como un escritor que detesta el patriotismo de cartón piedra, que no se identifica con el intelectual sino con el hombre de pueblo, el hombre castellano de raíces sólidas. Es el gran representante del mejor de los ecologismos: el ecologismo humanista.

Narbona no elude presentar a escritores con una visión nihilista y desesperanzadora como Bernhard, Cavafis y Pessoa. De Thomas Bernhard analiza su obra El malogrado, dedicada al pianista Glenn Gould, que se autoexcluye de la sociedad en nombre de su actividad artística y se encierra en el círculo de la desesperanza. Por su parte, Constantino Cavafis es un poeta descontento con su trabajo burocrático, aunque lo desarrolle con eficacia, un griego en la cosmopolita Alejandría de las primeras décadas del siglo XX, con nostalgia del mundo helenístico, pero no es en absoluto un nacionalista sino alguien que sueña con la ucronía, aunque el mundo que le rodea sea a la vez sublime y miserable. Melancolía, tristeza y desaliento son rasgos del espíritu de Fernando Pessoa, sobre el que parece pesar la fatalidad de escribir. Es hombre de la contemplación del instante, que no pone sus ojos ni en el pasado ni en el porvenir. Por eso no se fija metas, pues es un peregrino que camina sin rumbo. Narbona hace un magnífico retrato de Pessoa, y nos recuerda que es que una de las voces más poderosas del siglo XX.

Escritoras rebeldes e inadaptadas

Además de Sylvia Plath, Rafael Narbona presenta en su libro a otras escritoras. Una de ellas, casi desconocida, es Carmen Baroja y Nessi, hermana de Pío y de Ricardo, y como ellos, una mujer del 98. Era una enamorada del arte y de la ciencia, que eran su verdadera religión. En contraste, la argentina Alejandra Pizarnik y la inglesa Virginia Woolf, son «hermanas» de Sylvia Plath, y no solo porque compartieran su misma suerte con el suicidio. Narbona describe los sentimientos y las frustraciones de Alejandra, que hacía del escribir una necesidad imperiosa porque necesitaba desahogarse y mostrar públicamente sus sensibilidades. Virginia, destacada representante del grupo de Bloomsbury, tuvo una refinada educación propia de las mujeres de la era victoriana, pero se rebeló contra dicha educación en su vida y en la literatura, pues pensaba que contribuía a la marginación femenina. Su actitud de rebeldía está muy presente en su estilo. En sus obras llega a desdeñar la trama. No le interesa la realidad sino ir más allá de la misma. Para Virginia importa más el texto que el contexto, y quizás la frustración en la que vivió en sus últimos años, probablemente procediera de no haber podido sobrepasar más todavía los límites de una trama argumental. Otra de las escritoras presentada por el autor es la estadounidense Carson McCullers, una escritora del Sur, que no quiso dejarse asfixiar por un ambiente refinado y decadente. Carson pertenece a la misma categoría de escritores sureños como Tennessee Williams y Truman Capote, inadaptados y rebeldes, presos de sus emociones. Para ellos ser escritor equivalía a ser vagabundo.  Son autores que despliegan la imaginación, que les resulta más realidad que la verdad, aunque son incapaces de diferenciar la realidad de sus sueños.

Dos escritores españoles contemporáneos

No menos interesantes son los capítulos dedicados por Narbona a dos escritores españoles contemporáneos, Arturo Pérez Reverte y Javier Marías. Pérez Reverte es un hombre marcado por sus experiencias de corresponsal de guerra. Desde entonces, la novela de aventuras, ligada a tantos recuerdos de infancia, no podrá ser como las de antes. El húsar, novela de las guerras napoleónicas, es un descubrimiento de que la guerra es solo barbarie. La saga del capitán Alastriste es aventura y camaradería, pero también expresa amargura y desencanto. La última de sus novelas, La línea de fuego, ambientada en la batalla del Ebro, le valdrá a este autor el gratuito calificativo de «revisionista», cuando en realidad se ajusta escrupulosamente a la verdad histórica. Narbona destaca la simpatía del escritor por anarquistas y requetés, que son precisamente los que menor reconocimiento e influencia tuvieron en sus respectivos bandos. Respecto a Javier Marías, lo califica como exquisito, distante e incisivo. Pienso que son tres adjetivos que definen muy bien al escritor y su obra. Al igual que otros escritores, y también sucede en otras ramas de la cultura, está obsesionado por la intimidad. Se convierte así en uno de tantos niños eternos que se niegan a ingresar en el club de los adultos. Se me ocurre que quizás sea este el secreto del novelista de los secretos, en cuyas tramas encuentra Narbona paralelismos con películas de Hitchcock, y una explicación, hasta cierto punto, de que personas muy celosas de su intimidad sean auténticos entusiastas de sus artículos y de sus libros.

De los personajes de cómics a Hannah Arendt

El coleccionista de asombros es también un libro de homenaje a personajes del cómic, una lectura que apasiona al autor desde sus tiempos infantiles. El primero que aborda es Corto Maltés, de Hugo Pratt, un antihéroe muy diferente a los héroes valientes, generosos y altruistas que Narbona admiró en sus primeros años de lector de cómics. Corto Maltés es un pirata con rasgos de Byron y, sobre todo, de Jack London. A mí me personalmente me recuerda al good badman que en el cine fue sustituyendo a los héroes de los westerns clásicos. Es un hombre de mar que nunca recalará en ningún puerto. Pura expresión de fatalismo. Por contraste, he disfrutado con la lectura de los capítulos dedicados a Tintín y al capitán Haddock. En el primer caso el personaje es inseparable de la vida de su creador, Hergé. Representa un humanismo en estado puro, si bien a Narbona le apasionan más todavía los personajes secundarios, en particular el capitán Haddock, hombre de carácter enérgico, aunque a la vez muy entrañable. Lo que más admira el autor de este libro en este capitán escocés es su sentido de la amistad. Por último, está el personaje del capitán Trueno, creado por Víctor Mora en 1956. A Narbona le recuerda su rostro al de Gregory Peck. Quizás esté pensando en el personaje de Atticus Finch, en Matar a un ruiseñor. El capitán del cómic no solo es un caballero cristiano de la Edad Media. Es además un amigo leal, un defensor de las causas justas, pero sus reflexiones le convierten también en un maestro y educador. Detalles en los que no han reparado, porque no se desciende a los detalles cuando uno está atrapado en la horma de las ideologías, aquellos que relacionan al capitán Trueno con la época del franquismo.

Cierra el libro un bello e inédito capítulo dedicado a Hannah Arendt. Es una filósofa interesada por la política, cuyo objetivo, según ella, debería ser convertir al hombre en ciudadano, con sus derechos y responsabilidades. Esto supone unir la ética y la política, algo que separan intencionadamente los adoctrinamientos, de cualquier signo, en nombre de sus ideologías. Narbona hace referencias, además, a las grandes obras de Arendt como Los orígenes del totalitarismo, Eichmann en Jerusalén y La condición humana. En ellas nos previene de la uniformidad implantada por los totalitarismos, que empiezan donde acaba el individuo, y nos pide que salvaguardemos la polis, la creación más asombrosa del ser humano, para que no caiga en manos de los bárbaros.

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