El populismo en Europa y en América


Populismos. Una inmersión rápida
Carlos de la Torre
Barcelona, Tibidabo, 2017
164 pp. 12.95 €

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En 1831, Alexis de Tocqueville realizó un viaje de nueve meses por los Estados Unidos de América. La razón profunda de tal viaje era que el mundo de la restauración borbónica, que le era tan querido en tanto síntesis de modernidad y tradición, había quedado definitivamente cancelado el año anterior por la revolución de julio, o de las trois glorieuses. Es como si la lógica igualitaria que había animado la terreur se hubiese vuelto a poner en marcha en Francia y la aprensión por lo que pudiera traer el futuro impeliese a Tocqueville a adelantarse a los acontecimientos e intentar conocer directamente al porvenir, es decir, la sociedad democrática que se avizoraba en el horizonte y que ya estaba plenamente realizada en Estados Unidos. En los nueve meses de viaje se gestó la monumental La democracia en América.

Carlos de la Torre, profesor ecuatoriano de la Universidad de Kentucky, uno de los expertos más reconocidos mundialmente en el estudio del populismo, nos anuncia al inicio de su obra que «el siglo XXI será probablemente recordado como el siglo de los populismos» (p. 9). Como prueba que valide su profecía, nos ofrece una larga lista de políticos y partidos populistas que han alcanzado visibilidad pública, y también presidencias y gobiernos, en estas casi dos décadas ya recorridas del nuevo siglo. Pero, al contrario que el francés, que cruzó el Atlántico hacia América en busca de respuestas sobre el futuro de la libertad en las sociedades igualitarias, De la Torre nos ahorra el viaje y mucho tiempo de lectura al ofrecernos un librito sintético y organizado en el que nos anticipa a los europeos aquello que nos espera: «El populismo adquiere toda su fuerza una vez que llega al poder […]. Es por esto que los populismos americanos dan pistas sobre cuáles serán los efectos del populismo en las democracias de otras regiones» (p. 13).

Por supuesto, de la Torre es muy consciente de que las diferencias en los sistemas políticos presidencialistas o parlamentarios tienen consecuencias sobre la capacidad de embridar o no el populismo, pero la idea de que podemos aprender en experiencia ajena atraviesa toda su obra. Y, a diferencia del francés, el mensaje sobre el futuro no es optimista. Si, para Tocqueville, la democracia social, la persecución a toda costa de la igualdad, se conjugaba con la democracia política en América y, al hacerlo, se protegía a los individuos de las mayorías y, por tanto, se garantizaba su libertad, el mensaje de Carlos de la Torre es más sombrío. La experiencia del populismo en América se caracteriza por la deriva autoritaria. Y lo que es peor aún, la experiencia de la realización autoritaria del populismo no significará su refutación: «aunque muchos líderes populistas fracasen, el populismo no desaparecerá de la escena política. Resurgirá y cuestionará las exclusiones, prometerá mejores democracias y aun la redención». Y a continuación añade: «es de esperar que los sectores progresistas y democráticos no se dejen seducir por sus promesas que, como se argumentó a lo largo de este texto, decantaron en regímenes que atentaron en contra de la democratización de la sociedad» (p. 160).

Pero, antes de llegar a tan melancólica conclusión, De la Torre nos explica qué es el populismo, y para ello nos presenta de forma ordenada las teorías que han intentado explicar tan proteico fenómeno por medio de la exposición sintética de las mismas. El tono del autor, como corresponde a la naturaleza del libro, es, en general, equilibrado e informativo, pero eso no quiere decir que no tenga una tesis propia y que no la plantee con toda claridad. La tesis del autor puede inferirse en parte de lo reproducido en el párrafo anterior y sería la siguiente: el populismo plantea, sobre todo, un desafío a la izquierda, porque el lenguaje que utiliza es el de la democratización, esto es, es el lenguaje de la crítica a la democracia existente, constituida, adoptado por la nueva izquierda de los años sesenta tras la pérdida de fe en el marxismo. Lo que resulta tremendo para el autor es que el lenguaje de la emancipación frente a la insípida democracia burguesa sea vehículo, no de su mejora, sino de su degradación en autoritarismo.

Es por ello que este lector no puede por menos de sonreír al leer cosas como que «la respuesta democrática al populismo tiene que aceptar muchas de sus críticas al poder constituido y promover una democracia más compleja, participativa y representativa» (p. 45), para, a continuación, citarnos a venerables autores como Claude Lefort, Jean Cohen y Andrew Arato, que, sinceramente horrorizados por el totalitarismo de las sociedades de la Europa Oriental anterior al hundimiento del comunismo (1989-1991), sacaron la conclusión de que la democracia burguesa podía democratizarse y, de esta manera, se conjuraría el peligro totalitario que anida necesariamente en la revolución social. Es decir, para De la Torre, como para sus mentores intelectuales del universo de la nueva izquierda, no hay una conexión necesaria entre la democratización de la democracia y el autoritarismo populista, de modo que éste podría verse como un atajo equivocado y finalmente sin salida, en el camino de la democratización de las democracias representativas. Algo que sigue pareciéndole una buena idea.

En consonancia con esta hipótesis, De la Torre dedica su segundo capítulo a los liderazgos populistas, que critica por su paternalismo, su patrimonialismo, su personalización de la política y, en general, por su abuso autoritario del poder omnímodo en tanto figuras patriarcales. Sin embargo, lo que uno echa de menos aquí es una discusión en profundidad de la conexión entre estos hiperliderazgos autoritarios y la defensa de una democracia más verdadera como poder del pueblo. Porque desde la obra legitimadora de la dictadura como democracia de Robert Michels, sabemos que el poder personal ilimitado de estos personajes se transmuta en democracia al presentarse como voz del pueblo, como encarnación física de un sujeto difuso y mítico que se llama pueblo; en esta teoría de la democracia superior, estos caudillos hacen de su voluntad personal verdadera democracia, puesto que sus decisiones no están mediadas ni por los políticos ni por las instituciones.

De la Torre dedica el tercer capítulo de su libro a desacreditar la idea de que los líderes populistas sean el pueblo, al mostrar lo que esconden debajo de su alfombra: clientelismo, propaganda y manipulación de los medios de comunicación, instrumentalización de la sociedad civil y proscripción del pluralismo de la sociedad. En suma, nos encontramos con que el populismo enuncia la verdad de la democracia superior, pero su realización refuta el ideal que dice defender. Para De la Torre, sin embargo, la realización amorfa de la promesa no falsa el valor de la promesa misma ni, al parecer, desmiente el ideal. Como señala en un conmovedor párrafo final del capítulo, todavía hay algo de esperanza en relación con algunos populismos de izquierda como «Syriza y Podemos. Estos partidos no construyen al pueblo-como-uno, ven al pueblo como diverso y es de esperar que sus organizaciones sean más tolerantes con el pluralismo» (p. 98). La frase produce de nuevo sonrisas a cualquiera que haya prestado atención a la construcción deliberada del hiperliderazgo de Pablo Iglesias, convertido en icono o significante vacío en la estrategia de su partido, y que no tiene problemas para cercenar el pluralismo interno cuando desafía su poder personal. Por lo demás, Pueblo-Patria-Podemos es una cadena equivalencial que utiliza masivamente este partido y que se corresponde mal con la construcción pluralista del pueblo que, según De la Torre, sustentarían los nuevos populistas españoles.

El cuarto capítulo está dedicado a las promesas democratizadoras del populismo y a la inclusión populista. De nuevo, y ahora de manera más amplia, De la Torre reitera su idea de que hay una verdad en el populismo y esa verdad se llama la democratización de sociedades oligárquicas. Así nos es presentada en los casos de América Latina, donde los caudillos y conductores que conforman la nómina de sus populismos clásicos habrían sido, al margen de sus defectos, agentes de la democratización de la sociedad. Este capítulo es particularmente interesante en relación con la posición del autor, porque las certidumbres en que se fundaba la ideología de la nueva izquierda aparecen enunciadas en un tono de franca reivindicación: «cuando los populismos retan al poder, presentan sus facetas incluyentes y democratizadoras. Politizan temas que se percibían como técnicos, como son las políticas neoliberales […]. Desafían modelos de democracia que limitan la democracia al voto y que transforman a los ciudadanos en consumidores. Provocan un renacer de la política y se viven momentos excepcionales en los que el pueblo busca reapropiarse del poder secuestrado por las oligarquías» (p. 99).

Confieso que ,después de leer estas palabras, no sabía si estaba leyendo un panfleto de Jorge Eliécer Gaitán, el truculento y malogrado caudillo liberal colombiano, o al profesor de Kentucky que firma el libro. Pues bien, son palabras de Carlos de la Torre y resultan muy reveladoras porque traslucen la idea del autor de que el problema de las democracias defectuosas de América Latina no es su débil institucionalización, sino su modelo de democracia. Es decir, la democracia representativa se asocia a la dominación oligárquica y su remedio no es la mejora de sus instituciones, sino el ejercicio pleno e ilimitado de la soberanía popular. Una vez tomada esta senda, que me parece gravemente errada, asistimos a manifestaciones preocupantes de apología de la política como acción. Hay en De la Torre una reivindicación implícita de la vita activa arendtiana, del momento de la constitutio libertatis como el momento político por excelencia, del valor extraordinario del poder constituyente del pueblo en acción frente al poder constituido. Todo esto me parece el tipo de frivolidades propias de la New School for Social Research, lugar donde tanto el autor del libro como el de esta reseña pasaron algún tiempo en su juventud.

Digo frivolidad, porque episodios tan trágicos como las consecuencias perdurables de violencia y conflicto que desataron el asesinato de Gaitán en Colombia aparecen de alguna manera justificadas como conducta apropiada del pueblo como actor democrático por excelencia. De la Torre nos niega que sea la irracionalidad lo que caracteriza el comportamiento de las masas y nos habla «más bien de la racionalidad de la violencia popular que atacó los símbolos e instituciones que los excluían de la política y de la esfera pública» (p. 107). El problema de este fenómeno de la masa convertida en actor político no es para el autor que la afirmación de un sujeto soberano ?y, por tanto, absoluto? hace necesariamente desaparecer los derechos de los individuos y en particular de las minorías, sino su encarnación en la figura de un líder que deviene en autoritario. Esto es lo que denomina De la Torre «ambigüedades de la democratización populista» (p. 111).

Creo que, más que de ambigüedades, habría que hablar de una paradoja que precisa desanudarse: el populismo realiza el autoritarismo perfecto en nombre de una democracia superior que se contrapone a la democracia imperfecta. Pero el problema no está para de la Torre en ese modelo de democracia que se contrapone a la democracia existente (en su caso); el problema está en que la realización del ideal acaba indefectiblemente en autoritarismo. Lo normal, me parece, sería revisar el valor práctico de esa democracia ideal, aunque para De la Torre la consecuencia parece ser intentarlo de nuevo.

Esta visión del populismo como ariete valioso frente a la falsa democracia, pero como sistema autoritario criticable (con matices) una vez instalado en el gobierno, llega a su paroxismo con el cuadro que nos pinta de las democracias europeas. Al parecer, nos dice el autor siguiendo a Jan-Werner Müller, la raíz de los populismos europeos radica en que, tras la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, los países europeos occidentales establecieron «modelos restringidos de democracia que se fundamentaron en un gran recelo a la soberanía popular», estableciendo una serie de mecanismos «para restringir la soberanía y la voluntad del pueblo», de modo que los «valores de la ideología democrática, como la igualdad y la soberanía popular, fueron catalogados como ilusorios» (p. 125). Luego vino el neoliberalismo, que no es sino confirmación de todo lo anterior, y de ahí surgen los populistas, que prometen dar «fin a formas de democracia restringida y reclamando la soberanía nacional» (ibídem). Vamos, que la semilla del populismo se plantó en Europa hace setenta años y no ha germinado hasta antes de ayer. Parece que esto al autor le parece perfectamente normal.

En la lógica de argumentación del profesor de Sociología de la Universidad de Kentucky, el quinto capítulo está dedicado al populismo en el poder, merecidamente criticable para el autor por no atender a sus promesas de democratización. Bajo su punto de vista, como he señalado, el populismo encuentra su espacio de legitimidad en la crítica justificada a la democracia existente desde la perspectiva de otra democracia. Por ello valora la promesa democratizadora del populismo y, sin embargo, recusa sus prácticas «autocráticas» (p. 155). Aquí se condensaría la conclusión del libro: el populismo tiene razón como crítica de la democracia, pero es recusable en su desempeño del gobierno, puesto que no devuelve el poder al pueblo, sino que deviene en autocracia.

Entonces, ¿cuál es la lectura que debemos hacer los europeos de la experiencia americana con el populismo? El mensaje de Tocqueville era muy claro: la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad de culto, la libertad de asociación, protegidas por las instituciones de la democracia representativa, son los mejores baluartes para permitir el ejercicio de la libertad como expresión de la diferencia en un mundo que tiende a la igualación. Pero, ¿qué nos dice De la Torre? ¿Cómo podemos conjurar la amenaza populista, esto es, el probado autoritarismo de sus realizaciones? El autor parece decirnos que debemos convertir nuestras insuficientes democracias a la doctrina del valor superior de la participación política y del ejercicio verdadero de la soberanía popular. Sin embargo, hemos visto cómo la receta de «menos liberalismo y más democracia» acaba siempre en la tragedia de la autocracia. El libro de Carlos de la Torre es, sin duda, la mejor introducción al populismo de que disponemos en lengua española, pero su receta conduce lamentablemente al autoritarismo que condena.

Ángel Rivero es profesor de Teoría Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor La constitución de la nación. Patriotismo y libertad individual en el nacimiento de la España liberal (Madrid, Gota a gota, 2011). Recientemente ha publicado, con Javier Zarzalejos y Jorge del Palacio (coords.), Geografía del populismo. Un viaje por el universo del populismo desde sus orígenes hasta Trump (Madrid, Tecnos, 2017).

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