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Sucedió hace tres años. Al principio, pensé que fue un sueño; luego, creí que se había tratado de una alucinación. Las casas de pizarra de Algar de las Peñas, con su aspecto de animal prehistórico atrapado en el tiempo, abonaban la tesis de una experiencia estrictamente imaginaria, pero la nitidez y recurrencia de los recuerdos apuntaban que había sido algo real. Al fin pensé que contarlo me ayudaría a sobrellevar aquel misterioso encuentro. No sé si el incidente tiene interés para los demás. Pienso que sí, pues todos sentimos que nuestro yo se escinde en distintos momentos de nuestras vidas. ¿Quién no ha soñado que en su interior viaja otro, escondido en la niebla del inconsciente, aguardando la oportunidad de salir al exterior?

Hace tiempo que todos mis días son iguales. Una inesperada enfermedad me apartó prematuramente de las aulas. Desde entonces, mi existencia es como un círculo. Vivo en las afueras de un pueblo de Castilla. No suelo madrugar, pues me gusta trasnochar leyendo, escuchando música o disfrutando de un clásico cinematográfico. He llegado a una edad donde ya no anhelo nuevos hallazgos. Prefiero revivir viejos placeres. Las novedades me aburren o incomodan. Dedico las mañanas a leer y por las tardes escribo. A veces paseo, recorriendo los caminos de tierra de unos campos dorados que se extienden como un vasto mar hasta el horizonte. Hacia el sur no hay accidentes que interrumpan la mirada. La estepa parece infinita. Hacia el norte, el espacio se contrae, pues se alzan unas montañas con las crestas blancas en invierno, y peladas en verano. No me gusta viajar, ni alterar mi rutina. Sin embargo, a veces experimento la necesidad de alejarme unos días de mi retiro. Subo al coche y circulo por las carreteras al azar. Durante uno de esos vagabundeos, me topé con Algar de las Peñas. Atardecía y los vecinos hablaban en la puerta de sus casas, formando pequeños círculos. Las flores de colores de las ventanas contrastaban con la pizarra negra de las fachadas. Caminé durante unos instantes, observando el pueblo. El cielo arrojaba una luz carmesí que goteaba como una fruta madura. Vi un bar y entré sin dudar. Me atendió un hombre mayor con una boina que dejaba la frente al descubierto, una superficie leñosa y mortecina:

-¿Qué hace por aquí? –me preguntó sonriente.
-¿Me conoce?
-Claro. No sale usted mucho de casa, pero un forastero nunca pasa desapercibido.
-¿Sabe mi nombre?
-Nunca me lo ha dicho. Si un hombre no quiere contar algo, hay que respetarlo.
-¿Me diría usted su nombre?
-Sí, claro. Me llamo Martín.
-Yo me llamo Rafael. Rafael Narbona.
-Mucho gusto.
-¿Insiste en que me conoce?
-Juraría que sí, pero quizás tiene un hermano gemelo. Aunque…
-¿Sí?
-¿Le importaría acercarse a la ventana? Aquí hay poca luz y no distingo bien su cara.

Di unos pasos hacia atrás y me situé junto a la ventana. Me sorprendió que el techo fuera tan bajo. Las vigas de madera casi podían tocarse con la mano. Un espejo picado y con manchas negras duplicaba la estancia, dilatando engañosamente la sensación de espacio.

-Es idéntico a usted, pero más viejo. Debe tener mi edad.

Martín advirtió que intentaba calcular cuántos años tenía y despejó mis dudas:

-He cumplido ochenta.
-¿Dónde está la persona de la que me ha hablado?
-En una casa de las afueras. A veces pasea por el campo, pero nunca se aleja demasiado. Tiene un cucho, un mestizo peludo de tres o cuatro kilos. Se llama Mendy, Mindi o algo así.

Me estremecí pensando en una perra con ese nombre que me acompañó durante ocho años. También era peluda y pequeña. Pedí una cerveza para infundirme valor y salí del bar, buscando la casa de ese anciano que parecía ser yo mismo. Comenzaba a anochecer y las ventanas se convertían en rectángulos dorados, celdillas de ámbar con sombras que aparecían y desaparecían. El azul del cielo se desplazaba hacia el cárdeno, demorando la inevitable negrura. Martín me había indicado que la casa era inconfundible, pues señalaba el final del pueblo. Me detuve delante de la puerta y observé que se hallaba entreabierta. Tosí para delatar mi presencia:

-Adelante –dijo una voz extraordinariamente parecida a la mía, pero con la fragilidad de la vejez.

Entré y un perrito acudió a saludarme. No ladró y me puso las patas en las piernas, enseñándome la lengua. Las canas del hocico y del cerco de los ojos revelaron que ya no era joven. Parecía Mindy, una perrita que falleció en 2018 y sus gestos no nacían solo de una alegría espontánea, sino del alborozo que muestran los de su especie cuando reconocen a alguien. La puerta de la calle comunicaba directamente con el salón, una pieza con una columna de madera sin trabajar, casi un árbol plantado debajo de un techo con las vigas al descubierto. En un rincón, había una chimenea y, cerca de la entrada, una cocina pulcramente recogida. Un hombre se levantó de un sofá y me alargó la mano. La lámpara del techo iluminó su cara: el pelo blanco, la piel deslucida, los ojos azules flotando en una melancolía infinita, una barba corta y canosa, unas gafas redondas. Indudablemente era yo, pero con veinte años más.

-¿Esto es un sueño? –pregunté.
-No, es real –respondió con esa voz que había escuchado en algunas grabaciones, defraudando mis expectativas de reconocerme en un tono grave y reflexivo.
-¿Cómo es posible? Ocupamos dos segmentos distintos del tiempo. El tiempo es lineal e irreversible.
-No, en absoluto. El tiempo se parece más bien a una espiral. ¿Has olvidado tus años de profesor de filosofía, cuando comentabas los diálogos de Platón? Conocer es recordar. Piensa en Azorín, según el cual vivir es ver volver.
-¿Esto es un recuerdo?
-No intentes comprenderlo todo. Yo hace mucho que renuncié a esa expectativa ridícula. Moriré dentro de poco y ya me he resignado a no saber lo que me espera.
-¿Estás solo?
-No, pero lo estaré. La soledad siempre aparece cuando la muerte se aproxima. No es posible compartir el momento en que nuestra conciencia se extingue. No es algo progresivo. Se parece más bien al súbito apagarse de una vela. De repente, todo se vuelve oscuridad.
-¿Y eso es todo?
-¿Quién sabe lo que hay en la oscuridad?

Observé que el salón estaba lleno de libros. Altas estanterías de madera subían hasta el techo, con los volúmenes cuidadosamente alineados. Nunca soporté el desorden.

-¿Te has trasladado aquí con toda tu biblioteca?
-No, solo he traído una parte. Aproximadamente, la mitad.
-O sea, unos cinco mil ejemplares.
-Nunca los he contado.
-¿Qué autores has escogido? 
-En primer lugar a Dostoievski. Fue el que me descubrió la literatura. Siempre recordaré la primera lectura de Crimen y castigo en un Madrid al inicio del verano, con temperaturas que evocaban el calor opresivo de San Petersburgo. Ahí empezó la locura de vivir para las palabras. Les he dedicado toda mi existencia.
-Y aún sigues enredado con ellas.
-Vargas Llosa fue mi segunda elección. A los diecisiete años, La ciudad y los perros corroboró que había elegido un camino sin vuelta atrás. El colegio de curas donde estudié se parecía al Leoncio Prado: violencia, abuso de autoridad, pornografía en las letrinas, gregarismo.
-¿Quién más te acompaña?
-Borges. Es el autor más asombroso del siglo XX. Su prosa es admirable. Bebe de los clásicos. Convierte un adjetivo en un acontecimiento. Sus ocurrencias verbales renovaron el idioma. Sus cuentos y ensayos rebosan ingenio e imaginación. Sin embargo, elude las grandes emociones. Su universo es inhumano. No hay amor, ni apenas amistad. Solo paradojas y perplejidades. No obstante, nunca podré olvidar la lectura de Ficciones, El Aleph, Historia universal de la infamia y Otras inquisiciones. Recorrí esas obras una y otra vez. Mi juventud fue muy desdichada. Apenas tenía amigos y las chicas me ignoraban. Todo el mundo me consideraba tímido y raro. Leer a Borges bajo la sombra de un emparrado de la Rosaleda del Parque del Oeste me ayudó a descubrir que el universo cabe en una página. O quizás en una línea. Un hombre con un libro bajo el brazo no debería ser infeliz.
-Tus elecciones están condicionadas por tu biografía.
-¿Es posible otra cosa? La mejor guía de lectura es la vida.

Pensé en las aguas del río Manzanares, situadas no muy lejos de la Rosaleda. Sucias y escuálidas, no evocaban el río de Heráclito, sino la pesadumbre de Schopenhauer. De joven fui pesimista. Al cumplir los cincuenta, rompí con esa perspectiva, comprendiendo que nacía de una comprensión insuficiente de las cosas. La vida no es una desgracia, incluso si fluye hacia el no ser. En el camino nos topamos con el amor, la amistad, la belleza. El mal se encoge frente a esos hallazgos.

-¿Qué otros autores han viajado contigo hasta Algar de las Peñas?
-Sería imposible citarlos a todos. Me limitaré a unos pocos nombres. Juan Ramón Jiménez. Aprecio mucho su poesía, pero siento predilección por Platero y yo. No me importa parecer sentimental. Para mí es el quinto evangelio. Por su preferencia por lo humilde y los pequeño, por su ternura hacia los parias y los enfermos, por su amor franciscano por la naturaleza. Siempre que releo alguno de sus capítulos siento que he bebido de una fuente de vida y esperanza.

El otro, que soy yo mismo pero más viejo, paseó sus ojos por las estanterías. 

-Gabriel Miró también está aquí. Leer su prosa es como caminar por la orilla del Mediterráneo o internarse en un pueblecito de Levante. Muy cerca de Miró, están Antonio Machado y Valle-Inclán. Con ellos tengo la impresión de deambular por un jardín modernista que se interrumpe abruptamente, mostrando la España negra, con sus páramos y sus odios ancestrales. No podía faltar Pío Baroja, que ofrece un cauce a mis momentos de ira y frustración. Sucede lo mismo con Cernuda. Miguel de Unamuno me ayuda a sentirme menos desolado cuando despuntan la angustia y la desesperanza. Thomas Mann me hace sentir que el bien y la belleza mantienen un estrecho vínculo. Proust, Faulkner y Capote me recuerdan que todos albergamos demonios. Shakespeare es la grandeza del espíritu humano en todo su esplendor. No dejo pasar un mes si leer una de sus obras. Con Cervantes siempre llego a la conclusión de que el idealismo puede sobrevivir a cualquier desengaño. Los cantos de Dante me muestran que lo humano es inagotable y felizmente diverso.

-También veo libros de Gracián, Quevedo, santa Teresa, Chesterton, Rilke, Zweig.
-Vivo en medio de una multitud.
-Sí, pero aquí hay un silencio claustral.

Mindy ladró unos instantes, desmintiendo mi observación.

-¿Verdaderamente es Rafael Narbona? –pregunté, dejándome llevar por la incredulidad.
-Claro que sí.
-¿Puede darme alguna prueba?
-Voy a contarte cosas que no podría saber otra persona. En la casa del barrio de Argüelles donde viviste hasta los veinticinco años había un almirez de bronce. De niño, cuando te quedabas solo, lo agarrabas con fuerza para combatir el miedo. El pasillo de veinte metros alrededor del cual se encontraban las habitaciones te inspiraba terror, especialmente cuando se hacía de noche. La biblioteca que cubría sus paredes escondía en una segunda fila ejemplares de una biblioteca ambulante de la Segunda República. Así lo acreditaban los sellos que salpicaban sus páginas. Tu madre te explicó que procedían del frente. Al fondo del piso, detrás de una cocina con fresquera, un armario empotrado guardaba placas fotográficas de tu abuelo Mariano y una vieja cámara con un fuelle.
-Quizás solo te estoy soñado.
-¿No has pensado que podría ser al revés?

Desconcertado y algo asustado, exploré una vez más el salón. Descubrí el Bracket que mi madre heredó de sus padres, un reloj inglés de sobremesa fabricado por Robert Rem en 1868, con caja de caoba, aplicaciones en bronce dorado y números romanos sobre un disco plateado con filigranas doradas.

-El reloj daba las horas, las medias y los cuartos –comentó el otro-. La cuerda duraba ocho horas. De niña, tu madre y su hermanito tiraban del cordel que hacía sonar las distintas melodías hasta estropear el mecanismo.

Comprendí que era inútil resistirse a las evidencias. El otro, el que me hablaba con una rebeca gris, una camisa blanca y un pañuelo de seda anudado al cuello, era Rafael Narbona. Y todo es demasiado claro y preciso para ser un sueño.

-¿Cómo será mi vejez?
-No puedo contarte nada. Un hombre que conoce su porvenir es un hombre desdichado. ¿Qué persona sensata desearía saber las pérdidas que le aguardan?
-¿Eres feliz aquí?
-En la vejez, la felicidad se llama serenidad y yo disfruto de ella.
-¿Y mi mujer? –me atreví a preguntar.
-También está aquí, pero es mejor que no la veas.
-¿Está enferma?
-No, pero debemos respetar la intimidad de los que amamos. Su futuro solo le pertenece a ella. Yo he podido compartirlo contigo porque también es tu futuro.

Salí de la casa aturdido y perplejo. Antes de subir al coche, me detuve delante de la iglesia, observando su fachada:

-¿Quiere entrar? –preguntó una voz a mi espalda.

Volví la cabeza y me encontré con un sacerdote joven.

Antes de doblar la curva que ocultaría Algar de las Peñas, sentí que durante unos instantes había contemplado una de las infinitas caras de la eternidad.

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