La batalla de Waterloo. Memorias de un editor
RAFAEL BORRÁS BETRIU


Pasando página. Autores y editores en la España democrática
SERGIO VILA-SANJUAN

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La llegada de la democracia a España avivó el interés por nuestra historia contemporánea, suscitando no sólo la necesidad de interpretar nuestro pasado, sino también de entender el presente como parte de la historia, una historia in progress de la que somos testigos y protagonistas. Desde hace ya cierto tiempo han ido surgiendo estudios sobre nuestras revistas literarias (la barcelonesa Destino ha sido una de las más favorecidas), aunque sigue siendo un terreno prácticamente virgen. Como lo había sido hasta ahora el dedicado a las editoriales, sin las cuales es imposible tener una imagen realista de los procesos culturales. Por eso hay que celebrar la publicación de La batalla de Waterloo, de Rafael Borràs; Tiempo de editores, de Xavier Moret, publicado en 2002; y la continuación de este proyecto de la editorial Destino: Pasando página, de Sergio Vila-Sanjuán.

El libro de Rafael Borràs (Barcelona, 1935) se basa en experiencias de primera mano de uno de los grandes protagonistas del mundo editorial barcelonés quien, pese a su interés por la investigación histórica, sobre todo la de nuestra historia más reciente, no escribe aquí un libro de investigación sino unas memorias. Esto le permite acentuar el aspecto personal, sus preferencias y sus fobias. A pesar de contener una interesantísima fuente de datos, lo que da vida a estos datos es la presencia del protagonista. Sergio Vila-Sanjuán (Barcelona, 1957) es licenciado en Historia y cursó Humanidades en la Universidad de Boston, es decir, tiene todas las credenciales de un investigador, pero se dedicó desde muy joven al periodismo cultural y en la actualidad es el coordinador del suplemento Cultura/s de La Vanguardia de Barcelona. El adusto Borràs, tan fiel a la amistad como a la enemistad, aparece como protagonista de diversas aventuras editoriales, mientras que Vila-Sanjuán se presenta como un testigo lleno de entusiasmo, con una visión optimista, más abierto a la celebración que a la crítica. La personalidad de ambos decide la interpretación de los hechos narrados. Autobiográfico el uno, cronista el otro, ninguno de los dos se presenta como hombre de letras y sería un error esperar aquí apreciaciones de carácter literario. Lo que nos interesa es conocer los entresijos del complejo mundo editorial y su relación con el destinatario final, el público lector, simultáneamente manipulado, estimulado y temido por lo que tiene de imprevisible. Javier Cercas lo podría decir cantando.

La batalla de Waterloo se propone ser «un testimonio de algún interés sobre la vida editorial, cada vez más difuminada, del último medio siglo». Este primer volumen «abarca los años deaprendizaje y ejercicio, desde 1951 a 1973», y se completará con «los años de ejercicio que finalizan, en condiciones de emérito, en 2003». El desarrollo cronológico, fragmentado por numerosos y larguísimos paréntesis, está marcado no por su formación literaria, sino por su precoz contacto con el mundo de las revistas, que culmina con la fundación de La Jirafa en 1956, con su cada vez más importante actividad en el mundo editorial, coronada con la dirección de la colección Espejo de España, de Editorial Planeta, y por un interés casi obsesivo por lo político.

Para Borràs, «una de las notas características de la revista fue su comprensión de las razones de los otros». Se presenta a lo largo del libro como un liberal en tierra de dogmáticos. Abiertamente republicano, es un crítico severo de la Generalitat pujolista, del mediocre proyecto político de la derecha y de la socialdemocracia, o de la insensatez de Bush. Pero este afán de tolerancia se revela más como un espejismo que como un espejo. En realidad Borràs es un personaje torturado y sus opiniones políticas son expresión de este conflicto. Lo que puede llevarle a afirmaciones tan peregrinas como que «frente al talante de Destino, donde una de las secciones más celebradas era la crítica municipal, La Jirafa suponía la apertura de ventanas a otros horizontes más complejos e interesantes». Pero es precisamente esta vulnerabilidad la que inspira las mejores páginas del libro. La distanciada, casi despectiva imparcialidad con la que narra sus experiencias editoriales interesa poco y enriquece poco. Lo mejor de este libro son los abundantes retratos de los personajes que lo pueblan. Su héroe es Dionisio Ridruejo, «hombre sugestivo, inteligente, de gran elegancia dialéctica, gallardía [sic] y segura honradez personal». Y elogia la integridad de José Antonio, como si integridad y fanatismo de pistolero no pudiesen ir juntos. Y Pilar Primo de Rivera «me pareció una viejecita encantadora, una de esas tías que, en tantas casas, constituyen muchas veces el auténtico puntal de la familia». Más entretenidos resultan los dardos a sus enemigos, especialmente los que dedica a Joan Reventós Carner, «una de las inutilidades menos ilustres que ha dado este país», a José María Gironella o a Sebastián Auger, del que «era notoria su afición a apuñalar por la espalda a muchos de sus colaboradores». Pero al terminar este libro el lector siente que se ha quedado con las manos vacías, que se está hablando de una época muy lejana, de un mundo muy cerrado y desangelado; y ni siquiera sabemos a quién se está dirigiendo, como si se tratase de un monólogo que ni él mismo estuviese escuchando.

Como contraste, Pasando página es un libro que, desde su acertado título, trata de seducir al lector. En el prefacio se nos dice que se propone «explicar las relaciones entre autores y editores en España desde 1975 hasta el presente, con especial atención a los testimonios de sus protagonistas», ateniéndose a las técnicas del periodismo cultural: «recopilar la máxima información, interpretarla, ordenarla y exponerla de forma que permita una lectura lo más fluida posible». Vila-Sanjuán cumple con creces. La investigación es realmente exhaustiva. Hay una clarísima línea cronológica que recorre la década de los setenta, la de los ochenta y la de los noventa, en la que se nos habla de la censura, del erotismo, de las distintas etapas narrativas, de los distintos tipos de editorial, desde las minoritarias y las exquisitas a las multinacionales, de la promoción, el star system, de la Feria de Fráncfort, los premios y un infinito etcétera. Los retratos son excelentes, las abundantes apreciaciones literarias concisas, haciendo suyas las cualidades que atribuye a José Antonio Marina, «un autor que comunica muy bien, con claridad y contundencia, y además se ocupa de un abanico de temas que preocupan a un público amplio». La claridad expositiva es aquí un visible atractivo. Y otro atractivo de verdadero periodista es el gusto por la anécdota que no siempre lo es, como el enfrentamiento entre editores o entre editores y autores.

Por supuesto, hay fallos. Vila-Sanjuán no establece una distinción entre gustos y modas. Y parece creer no que sin bienestar económico no hay bienestar espiritual, sino que el bienestar económico conduce automáticamente al bienestar espiritual, al igual que parece sugerir que los best sellers nos acercan inevitablemente a la buena literatura. Por eso puede concluir que «el mundo editorial constituye un espacio de privilegio donde se ponen en contacto la cultura y el comercio. Ese encuentro no es negativo, sino todo lo contrario», cuando en realidad es más exacto decir que este encuentro no debería ser negativo. De otro modo, ¿dónde está la diferencia entre Alfaguara, Planeta, Anagrama, El Acantilado, Lengua de Trapo y Huerga y Fierro? En uno dominan las exigencias comerciales y en otros las culturales. Y no deja de ser sintomático que sólo mencione de pasada a John LeCarré, uno de los autores de best sellers literariamente más dignos, o que el apartado más pobre sea el dedicado a la poesía. Finalmente, si es justo celebrar el buen humor, echamos en falta un poco de mal humor, es decir, cierta irritación crítica. Pero hay aquí dos cualidades que faltan en el libro de Borràs: no sólo es sumamente ameno, sino que resulta imprescindible como libro de consulta. No son las memorias de un individuo, sino las de una época.

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