El mejor día de la historia reciente de España

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25 de julio de 1992. La vuelta al mundo de España. Jordi Canal. Taurus. Barcelona, 2021. 255 p.

A lo largo del siglo XX y muy especialmente durante la segunda mitad de la centuria, la historia tradicional, centrada en acontecimientos concretos y en personajes decisivos, fue perdiendo peso específico a favor de las múltiples corrientes de renovación que, stricto sensu, hundían sus raíces en fechas muy anteriores. Si ya el marxismo, con su énfasis en el sustrato económico y las condiciones estructurales, puso en jaque a la historia política de fechas y batallas, tildada de superficial o mera apariencia, la escuela de los Annales –desde 1929- y, más en concreto, el impacto de otras perspectivas analíticas, como la longue durée, establecieron unas pautas de conocimiento del pasado que desplazaron a la peyorativamente considerada histoire événementielle. Desde entonces ha llovido mucho y han sido innumerables las formas con que los historiadores y otros especialistas en las ciencias sociales han intentado renovar nuestra visión del tiempo pretérito. Una de esas corrientes ha sido la llamada microhistoria, que examina de forma exhaustiva lo que ocurre en un lugar muy concreto o hasta remoto –una aldea perdida, por ejemplo-, se centra en un personaje en principio anodino o desmenuza un hecho aparentemente trivial, siempre bajo el supuesto o sobreentendido de que todos esos elementos, antaño despreciados por la historia clásica, iluminan nuestros conocimientos de toda una época o una colectividad.

En este mismo sentido, a la renovación historiográfica propiamente dicha se le ha venido a sumar la demanda de divulgación histórica, propiciando fórmulas imaginativas que algunos profesionales consideran excesivamente frívolas. Me refiero, por poner un caso ilustrativo, al llamado enfoque virtual que, asumiendo el componente azaroso de muchos acaecimientos humanos, individuales y colectivos, tratan de señalar las líneas por las que habría podido discurrir la historia caso de que se hubiesen dado otras circunstancias. ¿Qué hubiera sucedido, por ejemplo, si no se llega a consumar el famoso asesinato de Sarajevo en 1914, resultado de una rocambolesca acumulación de casualidades? O por citar algo todavía más atractivo para el mero aficionado, ¿qué hubiera pasado si Hitler, como parecía casi inevitable antes de 1942, llega a ganar la guerra? Pierdan cuidado, no voy a transitar en este artículo por esos derroteros, pero quería traerlos a colación porque al hilo de la lectura del libro que aquí nos va a ocupar, me vi a mí mismo, de modo casi inconsciente entrando al juego, no de la historia virtual, sino de la catalogación del pasado desde categorías éticas que, a fuer de sincero, debo admitir que tienen un marcado componente subjetivo. Lo formularé en términos sencillos: si tuviera que elegir el mejor y el peor día en la historia reciente de España, ¿cuáles escogería?

Me planteaba esta pregunta ante la colección dirigida por Jordi Canal para la editorial Taurus, que lleva como título genérico La España del siglo XX en siete días. Quien tenga la paciencia de seguirme en este rincón, quizá se acuerde de que hace ya varios meses, me ocupé en esta sección de uno de los primeros ejemplares que llegó a las librerías de la susodicha colección, el excelente ensayo de Juan Francisco Fuentes sobre el 23-F («Cuarenta años después»). El proyecto en cuestión consiste en aproximarse a la historia de España durante el último siglo retratando con minuciosidad un día concreto, que adopta la función de emblema o microcosmos y se convierte así en elemento representativo de un determinado momento histórico. En total son siete volúmenes que desentrañan lo que ocurre en otras tantas jornadas, formando así una simbólica semana que refleja de modo peculiar lo que fue en nuestro país el mencionado siglo (en sentido flexible, porque al arco temporal es 1898-2004).

La elección de esos días emblemáticos resulta, como bien pueden imaginarse y, por otro lado, es poco menos que inevitable, puramente convencional, aunque no desde luego arbitraria. Desconozco si el propio Canal fue el autor de la selección o si habrá sido la editorial la responsable de la misma o una mezcla de ambas opciones, pero lo cierto es que el balance me parece cuanto menos curioso: el predominio de las jornadas negras es abrumador, empezando por el aciago día del 98 en que España perdió los restos de su Imperio y pasando luego por el 18 de julio del 36, el día del magnicidio de Carrero Blanco (20 de diciembre de 1973), el antes aludido intento golpista de Tejero y la fecha de la mayor matanza terrorista de nuestra historia, el 11 de marzo de 2004. Tan solo dos de los días tiene un carácter inequívocamente positivo: el que firma José-Carlos Mainer sobre el surgimiento de la generación del 27 y el del director de la colección sobre la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Esta constatación conduce de modo casi inevitable a reforzar la convicción de que en nuestro país somos más propensos a recordar o incluso conmemorar frustraciones y derrotas –vividas incluso con una pátina de manifiesto masoquismo como desastres– que acontecimientos jubilosos o simplemente positivos.

Contemplado en perspectiva, ¿fue nuestro siglo pasado tan infausto? Es obvio que la Guerra Civil y sus secuelas represivas, por no hablar de la dictadura que se extiende durante casi cuatro décadas, configuran un panorama decididamente sombrío, se mire por donde se mire. La inestabilidad política del primer tercio y los diversos experimentos fallidos –régimen liberal, dictadura, monarquía y república- tampoco contribuyen a una estimación positiva. Solo el último cuarto de siglo aparece con muchas más luces que sombras. Aun así, no olvidemos -para poner las cosas en su sitio- que, como ya destacaron en su momento voces ilustres, como Isaiah Berlin, Octavio Paz y muchos otros, el siglo XX fue terrible en casi todas partes, quizá en términos absolutos el más terrible de la historia de la humanidad, porque los avances tecnológicos hasta entonces desconocidos se pusieron al servicio de la muerte y la destrucción masivas. España esquivó las dos grandes hecatombes que arrasaron el suelo europeo: comprendo que es imposible hacer un volumen sobre el día en que nuestro país no entró en la Gran Guerra ni el día en que nos libramos de participar en la Segunda Guerra Mundial, pero las catástrofes que nos ahorramos –y que sufrieron nuestros vecinos europeos- también deberían contabilizarse a la hora de establecer un balance ecuánime.

Sea como fuere, lo cierto es que, como les decía antes, no pude resistirme al juego de escoger yo mismo una fecha alegórica de lo mejor y lo peor de la pasada centuria. En el campo negativo, no tendría muchas dudas en señalar el 18 de julio como el día nefasto por antonomasia de nuestra reciente historia, el momento en que se desencadena en la península la guerra civil que marca indeleblemente la trayectoria española. (A propósito, no puedo entrar aquí en su contenido, pero es excelente la monografía de Pilar Mera Costas sobre la jornada –uno de los siete días de la colección, como antes apunté- en que se desata la lucha fratricida). Desde el punto de vista positivo, mi voto sería para el 12 de junio de 1985, el día en que España firma el tratado de adhesión a la Comunidad Europea, pues en ese momento se hace realidad una aspiración secular de las elites españolas (y luego de la sociedad en su conjunto): la plena integración de nuestro país en la estructura económica y política del sector occidental del Viejo Continente. Dicho eso, tengo que reconocer que tampoco está nada mal la fecha escogida por Jordi Canal: el 25 de julio de 1992 –annus mirabilis, por otra parte, como luego comentaré-, o sea, el día en que comienzan los Juegos Olímpicos en la capital catalana y, como dice el subtítulo del libro, el momento que en cierto modo significa la vuelta al mundo de España. Así que, siguiendo la argumentación anterior y haciéndome eco del planteamiento del autor, tomaré esta fecha como el mejor día de la historia contemporánea española.

Para los antifranquistas, los largos años de dictadura se convirtieron simplemente en la noche. El símbolo se popularizó en la poesía y fue recogido por los cantautores del tardofranquismo y la Transición. Cuando tuvieron lugar los últimos fusilamientos del franquismo, Luis Eduardo Aute escribió una de sus canciones más conocidas y celebradas, Al alba. Al amanecer tenían lugar las ejecuciones y por ello, cantaba Aute, «presiento que tras la noche, / vendrá la noche más larga, / quiero que no me abandones, / amor mío, al alba». Otro de los más famosos trovadores de la época, el valenciano Raimon, cantaba –cuando las autoridades se lo permitían- una de sus composiciones más representativas, La nit, y todo el mundo entendía lo que quería decir cuando comenzaba diciendo «La nit / La nit és llarga, la nit» y luego concluía casi desgarrándose «Que llarga que és la nostra nit. / La nit». Por todo ello, me parece especialmente acertado que Canal empiece su libro con una larga referencia a otro de los cantautores emblemáticos de la época, el catalán Jaume Sisa y, sobre todo, a su composición más conocida, Qualsevol nit pot sortir el sol. El simbolismo es tan obvio que no necesita glosa alguna pero, por si acaso, el propio autor lo explicita páginas más adelante. En aquella tarde-noche del verano de 1992, España no solo miraba a Barcelona sino que se miraba en ella, pues «convertida en centro universal de atención y [con] la ciudadanía de todo el país orgullosa y reconfortada, se hizo realidad un bonito sueño: cualquier noche puede salir el sol».

La aclamada canción de Sisa tenía aún otra dimensión, como el propio Canal se encarga de enfatizar. En sus distintas estrofas el cantante incluye a los más variados personajes infantiles, vengan de donde vengan, con una manifiesta voluntad inclusiva: ¡todos son bienvenidos, sin importar su apariencia, su carácter o su rango! «Los personajes de los cuentos de ayer y hoy, de los cómics y de los tebeos, del cine y de los seriales radiofónicos (…) confluyen en un espacio extraordinario en el que todo el mundo puede tener su lugar». Esta última frase podría servir muy bien para expresar el objetivo fundamental de los artífices de la transición y, por extensión, de la democracia española tras la noche franquista: frente a la exclusión, la voluntad expresa de construir un ámbito de convivencia en el que cupieran todos los españoles y en el que las diferencias se dirimieran mediante pactos y consensos y no a balazo limpio. A las alturas de 1992, tras no pocos sobresaltos, desde el terrorismo etarra a los intentos involucionistas, parece claro que el susodicho objetivo se ha alcanzado. Los Juegos Olímpicos que se celebran en Barcelona y, en general, los fastos que tienen lugar ese año en diversos puntos del país pueden verse de este modo como una celebración colectiva. Canal lo expresa en unos términos quizá algo hiperbólicos –pero, ciertamente, no injustificados- como una satisfacción más que comprensible porque en aquellas fechas, que hoy nos parecen tan lejanas, «se afianzó visualmente la vuelta al mundo de España».

Canal hace un uso muy eficaz de los distintos elementos simbólicos que confluyen en el evento deportivo. No en vano este último –sobre todo siendo unas Olimpiadas- es en sí mismo un gigantesco símbolo de confrontación pacífica y confraternización. Como es sabido, de un tiempo a esta parte, se ha generalizado la pauta de identificar la celebración de los Juegos en una ciudad con una mascota, que adquiere así rango de representación oficial de esa edición y del país que la acoge. En Barcelona-92 fue, como bien recordarán, un perrito, Cobi. Continuando hasta sus últimas consecuencias la línea interpretativa antes expuesta, Canal desentraña con agudeza el profundo significado de un chucho que, en principio, parecía insustancial. «Cobi era un poderoso símbolo: el de una Barcelona moderna y no ensimismada, el de una Cataluña mestiza, bilingüe y no uniformizada y, finalmente, el de una España pujante y relativamente optimista, hija de una exitosa transición a la democracia, normal en la anormalidad, plural en la unidad y con nítida presencia en un mundo que estaba a punto de ingresar en un nuevo milenio». Uno, el que suscribe, hubiera tendido a pensar que Canal volvía a exagerar un poco si no fuera porque en el párrafo siguiente, el autor, apoyándose en El llarg procés de Jordi Amat, asevera que por esas mismas razones antes apuntadas, Cobi fue la bestia negra de los nacionalistas: «matar a Cobi» se convirtió en «uno de los grandes objetivos del proceso independentista del siglo XXI». A los nacionalistas, Cobi «siempre les pareció feo y peligroso: representaban lo que no querían para una Cataluña de su supuesta propiedad».

En conjunto, bien pudiera decirse que el libro que comentamos es nada más y nada menos que eso: la crónica detallada de un éxito indiscutible en la organización y en lo deportivo –quizá solo sobra ese permanente ribete desmesurado: «los mejores Juegos de la historia»- pespunteado de  modo tenaz por las acciones (y omisiones) de los nacionalistas para boicotearlo o, en todo caso, reducir su trascendencia al ámbito exclusivamente catalán. La obsesión era que España no se pudiera apuntar el tanto en ningún caso. En el fondo ansiaban un imposible, que se hablara tan solo de Barcelona o de Cataluña (y solo en catalán, claro), obviando el territorio nacional en que estaban ubicadas. Jordi Canal abarca, como es inevitable en una obra de estas características, el conjunto de los días en que transcurrieron las competiciones, pues la jornada inaugural del 25 de julio que figura en el título opera, como ya hemos explicado, como referencia y punto de partida, amén de símbolo del evento. El aspecto propiamente deportivo está recogido con toda suerte de detalles pero el libro, como bien puede comprenderse por lo dicho hasta ahora, trasciende con mucho esa dimensión y aspira a ser un retrato sociológico, cultural y, por encima de todo, político de lo que significó aquel julio del 92, no solo en Barcelona, sino en el conjunto de España.

Retengamos a este respecto dos elementos fundamentales: el primero que, como ya adelanté antes y todos recordarán, 1992 fue también el año de la Exposición Universal de Sevilla –la que tuvo a Curro como mascota-, pero no solo eso porque, como consigna Canal de una forma tangencial, ese mismo año fue la fecha elegida para que Madrid, la capital del Estado, brillara a su vez con su propia luz como capital cultural de Europa. Desde el punto de vista político-institucional, es relevante destacar que se utilizó la fecha emblemática del Quinto Centenario para celebrar la II Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, evento ciertamente previsible pero que constituía un nuevo espaldarazo a la presencia internacional de España tras el éxito diplomático de unos meses antes, cuando Madrid acogió (finales de octubre-principios de noviembre de 1991) la Conferencia de Paz sobre el Próximo Oriente. Todo ello, con ser importante, no debe distraer la mirada de lo fundamental: la elección de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos supuso un espaldarazo internacional a la capital catalana –millones de personas pusieron por primera vez la ciudad española en un mapa- y una auténtica revolución urbanística en su configuración. Dicho en otros términos, turismo y modernización fueron de la mano, auspiciando una época de prosperidad que, aunque breve, superó incluso en brillantez etapas anteriores. Más que nunca, Barcelona era la ciudad de los prodigios (título del afamado libro de Eduardo Mendoza). Prolongando esa estela y convirtiéndola en legendaria, el éxito internacional de La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, publicada nueve años después, en 2001, hizo de Barcelona una ciudad mítica aunque, para la mayor parte de los extranjeros (y desesperación de los nacionalistas catalanes), sin perder su pátina española.

El segundo elemento que quería citar se refiere a los prohombres que hicieron posible el refulgir hispano del 92 desde los más altos puestos de responsabilidad. ¿Cabe hablar de protagonismos en este libro que retrata un éxito colectivo, el de toda España? Es obvio que la respuesta debe ser afirmativa y para ello habría que referirse a cinco grandes nombres propios: Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional; Pasqual Maragall, alcalde de Barcelona; Jordi Pujol, presidente de la Generalitat; Felipe González, presidente del Gobierno y, en la cúspide, no ya solo como figura más representativa en aquel momento de la nueva España, sino como auténtico deus ex machina del evento, el rey Juan Carlos I. Choca esta estimación con la consideración actual del monarca -el prestigio dilapidado- pero, como bien recuerda el autor, un momento como el actual, tan marcado «por el presentismo y la memoria desmemoriada» no debe ni puede hacernos olvidar que aquel fue un momento excepcionalmente brillante para España y en ello tuvo una contribución decisiva el titular de la Corona.

No es menos cierto, por otra parte, y así debe explicitarse, para que no quede nada en el tintero, que los personalismos y los mezquinos intereses políticos jugaron también –como por otro lado es inevitable en todos los asuntos humanos- un papel relevante. Sin ir más lejos, baste dejar constancia de que el quinteto de personalidades mencionado líneas arriba mantuvo actitudes aparentes de cooperación pero quien más, quien menos, procuraba al mismo tiempo llevar el agua a su molino, cuando no boicotear de modo sibilino el buen rumbo de la organización. Cada uno de ellos defendía sus propios intereses, no siempre coincidentes, en algunos casos complementarios, en otros divergentes o incluso contrapuestos. No descubro nada que no se sepa si menciono a Pujol como el elemento más perturbador en este sentido como ya antes apunté, al referirme a la esquizofrenia nacionalista ante un acontecimiento que rompía sus esquemas. Hace bien el autor en destacar en diversas ocasiones que, tras la fachada impoluta de una España pujante, moderna, unida y tolerante -que al cabo se terminó imponiendo- se escondía una trastienda miserable: se estaba incubando el huevo de la serpiente. Aunque entonces pudiera ser un asunto controvertido, hoy lo podemos saber con absoluta certeza.

Como suele suceder en la mayor parte de las grandes ocasiones históricas, los que vivimos el momento estábamos lejos de ser conscientes de su significado y trascendencia. Esta estimación solo puede venir de la mano de la perspectiva histórica. No es que esta nos haga más sabios: simplemente transforma nuestra percepción o tasación de los hechos. Digo todo esto, como bien pueden imaginarse porque, mirado desde la atalaya de hoy, aquel 92 nos parece mucho más lejano de las escasas tres décadas reales que nos separan de aquel annus mirabilis. Ninguno de los dirigentes de entonces está hoy en ejercicio –Samaranch, incluso, falleció en 2010-, aunque persiste una continuidad evidente en las instituciones y el entramado político: seguimos con la misma Constitución, el mismo sistema político (el hoy bastante más denostado régimen del 78), la misma forma de Estado y hasta el mismo partido político en el poder. Pese a todo esto –o quizá precisamente por ello mismo- percibo que nuestra valoración de la trayectoria reciente de España es ahora bastante más negativa: al menos dos grandes ciclos de crisis económica, una extendida contestación al sistema establecido (que empezó con el 15-M), un patente deterioro de la arquitectura institucional y una suerte de insurrección de los nacionalismos periféricos –en especial, el catalanismo devenido en independentismo- han supuesto un duro golpe al prestigio exterior de España y a la autoestima de los españoles.

Usando la simbología que despliega Canal y que mencionaba en los primeros compases de este comentario, en aquel momento llegamos a convencernos de que cualquier noche puede salir el sol. En la actualidad, muy posiblemente, la sensación reinante en la opinión pública es que cualquier día se puede llegar a oscurecer tanto que, en el momento más imprevisto, surja una nueva noche. Es más que probable que el impacto imprevisto de la pandemia no sea ajeno a esta estimación, aunque es imposible por otro lado disociar la crisis sanitaria de la aneja crisis económica -¡otra más!- y el deterioro político, con el recorte de derechos y libertades y un insólito enfrentamiento entre el ejecutivo y el poder judicial. ¡Si hasta la rutilante Barcelona del 92 es hoy una ciudad víctima de su propio éxito, hastiada de un turismo de garrafón y sumida en el ambiente provinciano de un nacionalismo identitario ramplón y cutre! Los más reacios a dejarse llevar por el pesimismo enfatizarán enseguida que en todas partes cuecen habas. Sea como fuere, si 1992, como dice Canal, constituyó el año de la vuelta al mundo de España, este 2021 en el que escribo ahora supone una especie de reencuentro con la realidad más prosaica y una nueva constatación –por si hiciera falta- de que la trayectoria de los países, lejos de ser lineal, está hecha de ascensos y caídas que, por su propia naturaleza, siempre serán provisionales. Sic transit gloria Barcinonis.

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