Retrocesos del progreso (I)
Hace unos años, discutiendo con un colega australiano en un congreso académico celebrado en Amberes, me atreví a calificar la historia de la humanidad como un éxito: juicio ante el que mi interlocutor se revolvió lleno de indignación y en demanda de explicaciones. A su modo de ver, un animal tan destructivo como el hombre, responsable directo o indirecto de la extinción de innumerables especies, no puede verse a sí mismo como protagonista de éxito alguno. Yo aduje que si tomamos como referencia a la humanidad misma, cuya población no sólo ha aumentado de forma constante (un indicador de éxito ecológico nada desdeñable), sino que vive más tiempo y en mejores condiciones materiales, el éxito es indudable. Si, en cambio, tomamos moralmente en consideración al mundo no humano, obviando el hecho de que sólo ahora estamos en condiciones de refinar el violento dominio ejercido sobre él en el pasado, las cosas bien podrían verse de otra manera; por no mencionar el largo historial de violencias perpetradas por los hombres entre sí.






