Tópicos (I)
Por esta vez, no me andaré por las ramas y lo diré con una contundencia que no deje la más ligera sombra de duda: me encantan los tópicos. Sí, me gustan los tópicos y voy a dedicar este artículo a contar por qué y argumentar a favor de ellos. Por supuesto, sé perfectamente que con esto me expongo a que más de uno que yo me sé me mire desde las alturas de su superioridad intelectual con una mezcla de desprecio y conmiseración. ¡Qué digo! ¿Más de uno? En realidad, lo difícil sería encontrar una excepción a la regla general de desaprobación. Simplemente calificar algo de tópico en una controversia política, en una tertulia o en la más modesta charla insustancial, deja inerme al así interpelado: «¡Eso que dices es un tópico!» «¡No estás más que sosteniendo tópicos!» ¡No se hable más! La consideración de tópico ?¡y no les digo ya nada de topicazo!? deja un argumento para el arrastre y al que lo sustenta en una posición más que incómoda, a la defensiva, con apremiante necesidad de justificarse. ¡Hombre, sí, quizás, pero…!












