La virtud del (neo)republicanismo


Republicanismo y democracia liberal. Una crítica del pensamiento político republicano
Marco Vinicio Agulló Pastor
Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2016
543 pp. 20 €

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¿Es usted republicano? La pregunta parece sencilla y clara, pero no lo es. Si se formulara en los Estados Unidos, estarían preguntándole si apoya la economía de mercado, el liderazgo global de Estados Unidos, su más que bicentenaria Constitución, leyes de inmigración más estrictas y los valores fundacionales del país. ¡Ah!, también querrían saber si está en contra de un gobierno federal sobredimensionado. Si la pregunta se la formularan en Francia, ésta carecería de sentido, porque allí todos son republicanos, aunque para nuestros vecinos esto significa creer en un Estado fuerte que controle la economía y el bienestar social. Desde la extrema izquierda populista de La France insoumise de Jean-Luc Mélenchon al populismo del Front National de Marine Le Pen, pasando por Les Républicains y el Partido Socialista, la república y los valores republicanos son la salmodia que cura todos los males. De lo que se trata es de saber quién es más republicano. Si la pregunta se la formularan en Irlanda, estarían inquiriéndole si es nacionalista católico y si fuera en Gran Bretaña, bueno, entonces le preguntarían si es irlandés o seguidor académico de Quentin Skinner, jubilado Regius Professor de la Universidad de Cambridge.

¿Y en España? Pues aquí estarían preguntándole si cree que la malhadada Segunda República es el alfa y el omega de la democracia en esta tierra, y si está de acuerdo con que cuarenta años de monarquía parlamentaria y figurar en el cuadro de honor de los rankings serios de calidad democrática no son nada cuando se comparan con la soberanía popular presidida por Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Azaña. Pero a esto ha de añadirse, desde hace poco más de una década, algo más. Con la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al Gobierno de España en 2004, el republicanismo adquirió un nuevo significado político: ya no calificaba únicamente la nostalgia por la República de los años treinta del siglo XX, sino que pasó a denominar la ideología bajo cuyos principios enmarcaba su acción de gobierno el dirigente socialista. Pero, ¿no acabamos de decir socialista? ¿No tenía ya una ideología y unos principios que guiaran su acción de gobierno? ¿No formaba parte de un partido centenario, decimonónico, que los había perseguido infatigablemente?

Sí, pero el socialismo se encontraba en su hora más triste y, lejos de despertar entusiasmo, su sola mención provocaba indiferencia o rechazo. En 1989 comenzó la implosión del mundo del socialismo real, que quedó consumada en 1991 con la desmembración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En el año mismo del inicio de este proceso, Francis Fukuyama, hasta entonces un desconocido funcionario, publicó un artículo, «¿El fin de la Historia?», en el que, en un lenguaje propio de la teleología histórica hegeliana tan querido al marxismo, se nos anunciaba la derrota del socialismo y la victoria total e inapelable del liberalismo en la batalla de las ideas y en el futuro de las sociedades. Esta crisis del socialismo más allá del Telón de Acero afectó también a la socialdemocracia europea que, buscando zafarse de la distopía en ruinas, alumbró un proyecto conocido como la tercera vía, mediante el cual, en nombre de la modernización, se reconciliaba la socialdemocracia con el liberalismo económico y social. Así pues, para cuando Zapatero alcanzó el Gobierno en España, el socialismo estaba muerto (Anthony Giddens dixit) y el liberalismo se había vuelto hegemónico. De ahí que su propuesta de una «nueva vía» encontrara afinidad con un republicanismo que había nacido en las cátedras de filosofía política anglosajonas, a mediados de los años noventa y que, replicando un movimiento anterior en la historiografía estadounidense, había empezado a utilizar esta denominación como ideología alternativa o antagónica al liberalismo. Philip Noel Pettit (no confundir con el famoso funambulista Philippe Petit), filósofo y exseminarista irlandés fue quien primero formuló este republicanismo como alternativa a la filosofía del liberalismo en su obra Republicanism. A Theory of Freedom and Government (Republicanismo. Una teoría de la libertad y del gobierno), de 1997. Rodríguez Zapatero lo integró en la ya extinta y accidentada Fundación Ideas, el laboratorio que habría de producir su ideología, y le encargó que su primera legislatura fuera evaluada de acuerdo con los principios «republicanos» de democracia: fue calificado con sobresaliente, y si no recibió matrícula fue debido a la política penitenciaria aplicada a los terroristas de ETA (Philip Pettit, Examen a Zapatero, Madrid, Temas de Hoy, 2008). Este cruce entre las necesidades ideológicas de una socialdemocracia huérfana de ideología y unos académicos que se sentían privados de una filosofía radical desde la que impugnar la complacencia liberal y prescribir la sociedad ideal es lo que explica el momento republicano en la izquierda académica y en España.

El fenómeno tuvo, sin embargo, una vida breve. La crisis económica negada durante la campaña electoral que le dio una segunda legislatura a Rodríguez Zapatero y negada durante su acción de gobierno, acabó por desacreditar el republicanismo asociado a su gobierno, hasta el punto que el final de su mandato quedó marcado por la respuesta del movimiento iniciado con una manifestación el 15 de mayo de 2011, conocido como 15-M. Este movimiento se llamó también de los indignados como consecuencia de un panfleto escrito por Stéphane Hessel en 2010, un socialista francés que buscaba soliviantar a los jóvenes de Francia contra los conservadores, pero que al traducirse al español en febrero de 2011 produjo un efecto de fuego amigo sobre el Gobierno socialista de España. Curiosamente, el mes anterior a la puesta en práctica del llamamiento de Hessel en un contexto inesperado, Pettit fue invitado a la Universidad Autónoma de Madrid, donde, ante un gran auditorio, intentó dirigir la indignación de los jóvenes no contra el Gobierno, sino contra los «verdaderos culpables» de la crisis: los capitalistas y sus amigos conservadores. El buen gobierno socialdemócrata, si había pecado de algo, decía, era de ingenuidad, por no haber domeñado a todos estos desaprensivos bajo un Estado fuerte. En ese acto tuve la ocasión de preguntar a Pettit si el naufragio capitaneado por Rodríguez Zapatero no constituía una refutación práctica de la doctrina republicana seguida por su discípulo. Su respuesta fue que la influencia que él ejercía sobre el presidente del Gobierno se había exagerado extraordinariamente. No hubo, pues, examen del segundo mandato de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, en septiembre de 2011 publicó unas «Reflexiones republicanas sobre el movimiento 15-M» en las que parecía asumir algo más de responsabilidad.

Pero el hecho de que el momento republicano fuera efímero no quiere decir que no fuera intenso en publicaciones. Y aquí es donde el libro de Marco Vinicio Agulló Pastor resulta esencial, pues todos los autores y temas del republicanismo español contemporáneo son presentados al detalle, conectados con sus inspiradores foráneos, organizados, sistematizados y discutidos con una minuciosidad realmente sobresaliente.

El republicanismo contemporáneo o neorrepublicanismo (etiqueta que me parece más apropiada) se caracteriza por tres rasgos definitorios: en primer lugar, a diferencia del socialismo, es un ideal no contrastado y, por tanto, está a salvo de la enojosa evaluación de sus realizaciones (salvo el primer Gobierno de Rodríguez Zapatero). En segundo, para legitimar su autoridad, apela a un largo linaje que incluye la práctica totalidad de los pensadores del canon político de Occidente. Esto es, los santos del republicanismo son de probada calidad y van desde Aristóteles a Tocqueville, pasando por Locke y Montesquieu. En tercer lugar, el neorrepublicanismo ofrecía una balsa de salvamento en la que todos los temas de la nueva izquierda nacida en los años sesenta (la democracia participativa, la emancipación de los distintos grupos y minorías de la sociedad, la justicia social) encuentran allí acomodo sin necesidad de enarbolar la ya enojosa bandera del socialismo. Esto significa que el neorrepublicanismo es heterogéneo y asistemático y, por ello mismo, difícil de tratar, lo que hace que sea más meritorio este nuevo libro.
Marco Vinicio Agulló Pastor inicia su libro con un capítulo en el que siembra dudas sobre lo fehaciente de la reconstrucción historiográfica neorrepublicana. Aquí habría que decir que el autor peca de prudente, porque se trata de una ideación puramente fantasiosa que ofende a la historia de las ideas políticas. El asunto es grave, porque algunos de los proponentes del neorrepublicanismo, fundamentalmente Quentin Skinner, se hicieron una reputación como historiadores siguiendo la metodología de la Escuela de Cambridge ?el estudio de las ideas en su contexto? y han acabado por sacar las ideas de contexto para formar una ideología.
Polibio, el historiador griego, llegó a Roma como prisionero de guerra en el siglo II a. C. y, una vez allí, se le hizo natural preguntarse por el sistema político que había permitido que una única ciudad conquistara con tanta rapidez todo el mundo conocido y mantuviera su estabilidad durante siglos. Como traía en su cabeza la reflexión griega sobre las formas puras de gobierno y su degeneración y corrupción, no pudo por menos que proyectar las teorías de Aristóteles sobre el gobierno sobre una historia algo fantasiosa de la grandeza y estabilidad de Roma y, al hacerlo, formuló por primera vez la teoría republicana de la política.

En ésta, la república es presentada como superior a la monarquía, la aristocracia y la democracia, porque evita la degeneración de las formas puras y su conversión en gobiernos corruptos. Al hacerlo obtiene la deseada estabilidad y la soñada grandeza. El secreto de la república era, por tanto, que eludía la rueda de generación y corrupción de las formas puras de gobierno, porque las integraba simultáneamente y evitaba su consecución degenerativa. De este modo, la república romana se convertía, por obra de la creatividad de Polibio, en el gobierno mixto aristotélico: integraba simultáneamente la monarquía, la aristocracia y la democracia, pues permitía el acceso en grado distinto de todos los ciudadanos al proceso político (patricios y plebeyos), estableciendo un sistema de equilibrios y controles entre los distintos grupos de la sociedad por medio de los vetos de cónsules, senado y tribunos de la plebe. La república no era el gobierno de uno, ni de unos pocos, ni de muchos: la república era Senatus Populusque Romanus (SPQR), esto es, el gobierno diferenciado y controlado de todos. Puesto que la república nació como rechazo a la monarquía de Tarquino el Soberbio, se la asoció desde un principio con una oposición a la monarquía. Pero la república era tan enemiga de la tiranía (monarquía corrupta) como de la oligarquía o la democracia.

Si Polibio mitificó la historia de la república romana al describirla con el vocabulario de Aristóteles, más de cien años más tarde Cicerón la convirtió en un ideal cuando ya agonizaba para dar paso al imperio. La elocuencia de sus escritos y discursos, la épica de su combate con Catilina y, finalmente, su muerte atroz y la desmembración de su cuerpo dieron a Cicerón y a la república un aura de santidad que sigue aún vivo en nuestro presente. Otra cosa es que Cicerón practicara las virtudes que predicaba y que la república encarnara tal ideal virtuoso. Lo importante es que la fama de la república estaba fundada en su historia centenaria, en su gloria indudable y en la elocuencia de sus apologetas. Es decir, se había convertido en un recurso político que estaba dispuesto para ser utilizado por cualquiera que precisara de una potente retórica política frente a los excesos de tiranías, oligarquías o democracias.

Tras la noche oscura de la Edad Media, el Renacimiento trajo consigo la recuperación del legado clásico. Las ciudades comerciales quisieron convertir su riqueza en poder político en disputa con los poderes universales, que pugnaban a su vez por la hegemonía. Y puesto que eran ciudades como Roma, muchas de ellas aspiraron a convertirse en repúblicas, haciendo que ambas palabras acabaran por significar lo mismo. Y dado que disputaban el poder político con el papa y el emperador, recurrieron ya desde la Baja Edad Media al mito republicano articulado por Polibio para, de esta manera, reclamar su libertad, esto es, su autogobierno. Para ello remedaron en menor o menor medida las instituciones de Roma, haciendo del gobierno un ejercicio colectivo de los ciudadanos y no únicamente decisión de una persona. Por supuesto, este gobierno de las ciudades se pintaba como república en los ideales en que buscaba legitimarse, pero, por lo demás, ni había gobierno virtuoso ni ciudadanos virtuosos, sino corrupción infinita, tal como nos dejó escrito Montesquieu.

Las primeras repúblicas de la edad contemporánea, los Estados Unidos de América y Francia, apelaron, naturalmente, a todos estos mitos: la corrupción de la monarquía sería reemplazada por el gobierno de la virtud. En el caso de los primeros, la separación de poderes evitó que el exceso de virtud acabara en un baño de sangre y, como señaló Madison en The Federalist, se trataba de establecer una república y no una democracia. En el caso de Francia, se proclamó a partir de 1793 que su república no tenía precedentes porque estaba creando algo completamente nuevo. Es decir, se ignoró la teoría política republicana y la revolución se hundió en el terror. ¿Qué tiene que ver todo esto con el neorrepublicanismo o republicanismo contemporáneo? Nada. Es decir, nada salvo que los autores que se adscriben a esta corriente dejan caer estos nombres como si los hubieran leído y apoyaran sus tesis.

Marco Vinicio Agulló Pastor, constatado todo esto, no se arredra y da una explicación de por qué merece la pena seguir con el estudio del neorrepublicanismo. Si nos interesa y valoramos la democracia representativa, nos dice, debemos estar atentos a las insuficiencias que detectan sus críticos. Así, la virtud del neorrepublicanismo radicaría en que su crítica nos permite estudiar mejor la democracia y para ello realiza una enumeración de los temas esgrimidos como impugnaciones de la democracia liberal por estos autores. Con este propósito, examina con detalle, y en referencia al abultado elenco de neorrepublicanos españoles, los temas de la libertad negativa y positiva; la virtud pública; la democracia ideal; la democracia participativa o deliberativa; y la soberanía popular y la representación política. Su tratamiento de los autores y de los temas, como ya he señalado, es exhaustivo y viene respaldado abundantemente en la bibliografía. Una vez realizada esta exposición de autores y temas, sin embargo, Agulló Pastor emprende con la misma parsimonia una impugnación completa y exhaustiva de las propuestas neorrepublicanas, en la que, admitiendo la perfectibilidad de la democracia, constata lo desacertado de la propuesta.

Aunque profundamente crítico con el neorrepublicanismo, el libro de Agulló Pastor es, sin duda, el mayor homenaje realizado al numeroso grupo de académicos españoles que cultivaron el neorrepublicanismo. En ningún otro sitio se encuentran todos reunidos; nunca fueron tan cuidadosamente leídas sus obras; jamás fueron sistematizados sus temas; y, claro, nunca recibieron respuesta tan cumplida. Agulló Pastor ha encontrado la virtud del neorrepublicanismo en que es un espejo en el que podemos mirar la democracia liberal para mejorarla, pero los autores neorrepublicanos habrán de reconocer en el autor la virtud extraordinaria del generoso homenaje que les ha prestado.

Ángel Rivero es profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid. Su último libro es La constitución de la nación. Patriotismo y libertad individual en el nacimiento de la España liberal (Madrid, Gota a gota, 2011).

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