John Ford: Pasión de los fuertes
Escueto, directo, sarcástico, Ford mentía descaradamente, pues era un verdadero artista que hizo del cine su vida y su vocación. Eso sí, acabó en Hollywood por casualidad. Su hermano mayor Frank había triunfado como actor y director durante la época del cine mudo. John –o, mejor «Jack», como le gustaba que lo llamaran? le pidió un empleó y consiguió que lo contratara para interpretar papeles menores con él u otros directores. Apareció en El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915) como hombre del Ku Klux Klan, apartándose la capucha mientras cruzaba un río cabalgando. Sería absurdo atribuirle simpatías hacia el Ku Klux Klan, pues Ford era católico. Simplemente, aprovechó la ocasión de meterse unos dólares en el bolsillo, trabajando como extra. Cuando logró su primera oportunidad como director, asumió que su trabajo consistiría en rodar buenas historias, empleando con esmero todos los recursos del lenguaje cinematográfico. Y, en la mayoría de las ocasiones, lo consiguió. Sin apenas mover la cámara, evitando las perspectivas insólitas, aberrantes o grandilocuentes. Nunca utilizaba la grúa. Su forma de narrar era sencilla, clásica, poética y elegante. Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946) es una de sus películas más perfectas, con una magnífica fotografía en blanco y negro, claramente influida por el expresionismo, y una acertada combinación de drama y comedia.










