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John Ford: Pasión de los fuertes

Escueto, directo, sarcástico, Ford mentía descaradamente, pues era un verdadero artista que hizo del cine su vida y su vocación. Eso sí, acabó en Hollywood por casualidad. Su hermano mayor Frank había triunfado como actor y director durante la época del cine mudo. John –o, mejor «Jack», como le gustaba que lo llamaran? le pidió un empleó y consiguió que lo contratara para interpretar papeles menores con él u otros directores. Apareció en El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915) como hombre del Ku Klux Klan, apartándose la capucha mientras cruzaba un río cabalgando. Sería absurdo atribuirle simpatías hacia el Ku Klux Klan, pues Ford era católico. Simplemente, aprovechó la ocasión de meterse unos dólares en el bolsillo, trabajando como extra. Cuando logró su primera oportunidad como director, asumió que su trabajo consistiría en rodar buenas historias, empleando con esmero todos los recursos del lenguaje cinematográfico. Y, en la mayoría de las ocasiones, lo consiguió. Sin apenas mover la cámara, evitando las perspectivas insólitas, aberrantes o grandilocuentes. Nunca utilizaba la grúa. Su forma de narrar era sencilla, clásica, poética y elegante. Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946) es una de sus películas más perfectas, con una magnífica fotografía en blanco y negro, claramente influida por el expresionismo, y una acertada combinación de drama y comedia.

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Sara elige la India

Mi respuesta no debe ser menos clara por mucho que en otras circunstancias hubiera podido ser distinta. Los días de nuestro encuentro en Madrid fueron felices pero breves y podrían haber sido el punto de partida de una historia con otro desenlace. Si yo hubiera vuelto a Madrid y tú no te hubieras ido a Norteamérica, tal vez nuestras vidas hubieran tomado rumbos compatibles, pero yo no te he tenido en mis pensamientos, en el sentido que tú usas esos términos, entre otras razones porque una corriente irreversible me ha empujado hacia una órbita que no me parece que pueda coincidir con la tuya en algún momento futuro. Tengo un vivo recuerdo de aquellos días felices, pero una fuerza superior a la atracción que pudiera haber sentido hacia ti me requería ya sin que yo lo supiera.

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Spin-off

«Madame Bovary soy yo», dejó dicho Gustave Flaubert. Pero, ¿quién es entonces Charles Bovary, el infortunado esposo de la infortunada heroína? En buena lógica, habríamos de decir que también Charles Bovary es Flaubert, el autor omnisciente que sabe todo de sus personajes y recrea mediante la técnica realista el mundo de la burguesía francesa decimonónica. Pero Jean Améry, es decir, Hans Mayer, filósofo austríaco que pasó dos años en Auschwitz y terminó levantando la mano contra sí mismo en Salzburgo a finales de los setenta, discrepa.

Lo hace en un libro que la editorial Pre-Textos ha publicado recientemente en nuestra lengua: Charles Bovary, médico rural. Se trata de un ensayo que plantea cuestiones de interés acerca de los límites del realismo literario, pero también, indirectamente, del realismo sociológico y teórico-político. En una palabra: sobre la naturaleza inevitablemente reductora de las categorías del conocimiento. Es mérito de Améry haber planteado este problema a través de la improbable figura de Charles Bovary, el tonto útil de la novela de Flaubert.

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Gestos (I)

Los japoneses son extremadamente educados y sutiles en sus gestos. Jamás señalan con el dedo, sino con una mano extendida y la palma hacia fuera, más una manera de acompañar el movimiento que de apuntar en una dirección. El intercambio de tarjetas, elemento fundamental de su vida social, tiene un ritual cuidadoso: se entrega la tarjeta con las dos manos y orientada de manera que el interlocutor pueda leerla, mientras se pronuncia el nombre mirándolo a los ojos. El apellido, más bien, entre hombres, que apenas utilizan sus nombres propios. De-Vivero-desu, digo mientras entrego mi tarjeta y me fijo, como ellos, en si por rango o edad corresponde que la mía esté encima o debajo de la del otro. Lo mismo que al brindar: el japonés sabe si su vaso debe estar más arriba o más abajo, las jerarquías están siempre presentes y nadie querrá equivocarse y saltárselas. Se habla diferente, se conjuga de manera distinta según con quien se hable; un mismo tiempo verbal tiene formas diversas si se usa con un familiar, un superior o un desconocido, según se refiera a uno mismo o a otro; se usan unas palabras u otras según se dirijan a alguien de mayor o menor rango o edad; el nuevo empleado de veintidós años debe respeto, y usa, por tanto, un registro lingüístico diferente, a su superior de veintitrés que entró en la empresa un año antes. Un año exacto, por cierto; los trabajos nuevos, sea por contratación reciente o cambio de posición dentro de la empresa, empiezan siempre el 1 de abril, comienzo del año fiscal japonés. 

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Reír bajo Franco (I)

El sentido del humor es algo muy subjetivo. A menudo esquematizamos de forma harto elemental a las personas, distinguiendo entre quienes lo tienen (el susodicho sentido del humor) y quienes no lo tienen. En algunos casos, la diferenciación puede ser de alguna utilidad, pero, no nos engañemos, en la inmensa mayoría de los casos es pura filfa: es verdad que hay gente siesa, malaje, estirada o, simplemente, con nulo sentido del humor, pero entre quienes tienen este don las categorías son casi ilimitadas. Nadie o casi nadie, por ejemplo, puede ver todas las contingencias de la vida bajo el prisma del humor y, si alguna vez nos topamos con un sujeto que ligeramente se aproxima a ello, terminamos por huir de él como de la peste, porque pocas cosas hay más cargantes que un individuo que se empeña en bromear a toda costa todo el tiempo. O es un pelma, o es un imbécil, o, mucho más probablemente, ambas cosas a la vez. Normalmente nuestro humor es selectivo o, por decirlo en términos más tradicionales, hay cosas que nos hacen gracia y otras que maldita la gracia. 

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¡Jóvenes de todos los países, uníos!

En un reportaje especial titulado «The Young. Generation Uphill», The Economist nos informaba de que aproximadamente una cuarta parte de la población mundial tiene una edad comprendida entre los quince y los treinta años. En muchos aspectos, continúa el semanario británico, son el grupo de jóvenes más afortunados de la historia. Tienen más ingresos que cualquiera de las generaciones anteriores, disfrutan de una esperanza de vida más larga, están mejor educados y no les va a tocar sufrir la polio, ni a Pol Pot, ni (con un poco de suerte) la moda de las hombreras o el pelo cardado de los años ochenta. Si uno es mujer o gay, en muchos países va a disfrutar de un grado de libertad inimaginable hace tan solo dos o tres generaciones. ¿De qué se quejan entonces los jóvenes? ¿No estaremos ante la generación más afortunada de la historia, pero también la más narcisista e insustancial?

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Industrias y andanzas del Huérfano

La Historia del Huérfano es una interesante obra que nos ofrece, editada con esmero, Belinda Palacios en Biblioteca Castro, con el cuidado que caracteriza la impresión de estos libros. En tiempos en los que han desaparecido la mayoría de colecciones de clásicos (una de las consecuencias de la incomprensible y dañina relegación de la literatura a un lugar decorativo en todas las etapas de la enseñanza), la labor que sigue realizando Biblioteca Castro es encomiable: es una tabla de salvación para los estudiosos de tales textos y, por tanto, para la divulgación de nuestro patrimonio literario en cuidadas ediciones.

La editora presenta la obra como «curiosa ficción escrita a modo de biografía, firmada bajo seudónimo probablemente por el agustino Martín de León y Cárdenas, que ha permanecido inédita hasta ahora, a pesar de su indudable interés». 

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Un barroco no nacionalista

En lo que llevamos de siglo se han publicado cuarenta libros de Eugenio d’Ors, la mayoría de ellos en la primera década. Sobre el propio d’Ors, aparte de tesis, artículos y otros textos académicos, son trece títulos, dos de ellos en 2017. No parece que d’Ors sea una figura arrumbada que haya que rescatar o reivindicar, al menos hasta que nos preguntemos cuántos lectores han tenido esos ejemplares. Según Andrés Trapiello, uno de sus editores, Eugenio d’Ors es un escritor sin lectores y sólo apto para d’orsianos. Aunque así fuera, no cabe duda de que los d’orsianos se han empeñado en que su autor sea leído, así que no estaría de más que pudiéramos indagar en su pensamiento y en su obra para decidirnos a formar parte de la tertulia.

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John Ford: Pasaporte a la fama

Se ha dicho que John Ford nunca rodó un film noir, pero Pasaporte a la fama (The Whole Town’s Talking, 1935) es una película parcialmente ambientada en el mundo del hampa. Un inspirado Edward G. Robinson interpreta a dos personajes completamente distintos, pero físicamente idénticos. Por un lado, es el inofensivo y dulce oficinista Arthur Ferguson Jones. Por otro, el sanguinario gánster «Killer» Mannion. Jones vive en un modesto piso de soltero, trabaja en una oficina como contable y come solo en una cafetería. No tiene amigos, ni familia. Sólo cuenta con el afecto de su tía Agatha, que lo visita de tarde en tarde. «Killer» Mannion se mueve en escenarios totalmente diferentes: el patio de la cárcel, sucios callejones, un sótano que sirve de refugio entre crimen y crimen. Jones tiene un canario y un gato, a los que cuida con ternura. Intenta escribir una novela, pero nunca pasa del primer párrafo. Está secretamente enamorado de la joven y atractiva señorita Clark (Jean Arthur), una mujer ingeniosa, mordaz e independiente. Todo en él es limpio y claro, pero también un poco triste. De «Killer» Mannion no sabemos gran cosa, salvo que vive de robar y asesinar, que no le importa disparar por la espalda y que sólo le interesan las mujeres para pasar un buen rato. Su vida es turbia, sucia y violenta. Se ríe a menudo, pero su sonrisa hiela la sangre.

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Un posible destino africano

Sara, llevo meses ?¿dos años?? escribiéndote entre líneas la carta que hoy no quiero dejar de enviarte, que pretende ser por completo explícita y vencer la casi insalvable barrera de mi torpeza y mi timidez. Mis cartas anteriores, no muy distintas de las tuyas, han sido meras enumeraciones de actividades, intercambios de anécdotas, pero hoy quiero referirme a lo que realmente me importa, a lo que ha invadido sin cesar mis pensamientos durante todo este tiempo. Iré al grano desde el principio.

Quedé prendado de ti desde que te conocí en aquella fiesta de primavera, y en los inolvidables días que siguieron germinó en mí la idea de que me gustaría pasar junto a ti el resto de mi vida. Reconozco que no fui capaz de expresarte mi sentimiento y que tú tampoco, ahora lo pienso, me diste a entender de forma clara si sentías algo por mí, pero me bastó que admitieras mi asidua compañía durante aquellos días para que la idea fuera echando raíces en mi conciencia. Sé que nuestro tiempo en común fue tal vez demasiado breve para establecer una relación como la que te propongo, aunque para mí fue suficiente y desde entonces te he tenido presente en todo lo que he hecho. Siento si esta declaración es en exceso brusca. No sé manejarla de otro modo.

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Destinos animales

Hay un pasaje en Bajo la mirada de Occidente, la novela de Joseph Conrad sobre los revolucionarios rusos del exilio, donde se dice que, si algo distingue a los animales de los hombres, es la incapacidad de los primeros para revolverse contra quienes los sojuzgan. Miss Haldin, dame de compagnie de un ambiguo personaje de la resistencia antizarista, se expresa así:

Los animales tienen sus derechos; aunque, en sentido estricto, no veo razón por la cual no deberían sufrir como lo hacen los seres humanos. ¿Y usted? Claro que nunca sufren tanto. Eso es imposible. Sólo que su caso es más lastimoso, porque ellos no pueden hacer la revolución.

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Una injusticia común entre filósofos

El filósofo francés François Jullien, gran conocedor de la filosofía clásica y de la cultura china, se enfrenta en este breve ensayo ante lo que parece una cuestión eminentemente práctica. ¿Cómo integrar a los inmigrantes en una Francia desnortada que sufre la lacra de la radicalización de muchos de sus jóvenes musulmanes? En su respuesta, no tan práctica, defiende que blandir una «identidad cultural» es, cuando no un contrasentido (la «identidad» es singular y la «cultura», colectiva), la forma perversa que tiene el nacionalismo de levantar «una muralla» contra dos amenazas.

Por arriba, estos nacionalistas temen la globalización (caracterizada por Jullien de forma simplista), cuyos dictados de eficiencia económica nos condenan a la uniformización de todo en todas partes. Por abajo, la amenaza la encarnan grupúsculos que Jullien califica de «comunitaristas» y que asocia con minorías intolerantes.

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.