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Sentencia 000038/2018: guía de perplejos

Con él llegó el escándalo: con el fallo que ha dictado en primera instancia la Audiencia Provincial de Navarra resolviendo la querella criminal interpuesta por una joven que acusaba a los miembros de un grupo autodenominado «La Manada» de haberla agredido sexualmente durante las fiestas de San Fermín celebradas en Pamplona en julio de 2016. Desde que la pasada semana se hizo pública una sentencia que condenaba a los acusados a nueve años de cárcel y cinco de libertad vigilada por un delito de «abuso sexual continuado» y no de «agresión sexual», como pedían la Fiscalía y la acusación particular, la indignación se ha adueñado del espacio público. Amplios sectores de la opinión pública entienden que una condena por nueve años que tipifica como «abuso sexual» lo que a todas luces y para todos es «una violación» ?delito inexistente en el actual Código Penal? envía un mensaje de impunidad que deja a la mitad de la población expuesta a la brutalidad animal de la otra mitad. Mientras, por debajo de los gritos, se desarrolla un debate más sereno acerca del contenido de la sentencia y las posibles deficiencias de la legislación vigente. 

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John Ford: El sol siempre brilla en Kentucky

El sol siempre brilla en Kentucky (The Sun Shines Bright) llegó a las salas de cine en 1953, un año después del estreno de El hombre tranquilo (The Quiet Man). Sin embargo, parece una película más antigua, casi de otra época. Su fotografía en blanco y negro, su aire de melodrama y la afectación de algunos actores, que interpretan sus papeles con autocomplaciente manierismo, recrean en cierta medida la atmósfera del cine mudo. Si reparamos en que la siguiente película de Ford fue Mogambo, la sensación de anacronismo se acentúa. Quizás el director quiso dejar claro que con El sol siembre brilla en Kentucky (una traducción poco inspirada del título original) retomaba el mundo de Judge Priest, un film de 1934 protagonizado por un magnífico Will Rogers, hoy casi olvidado. Ambas películas se basan en relatos breves de Irvin S. Cobb, cuyas tramas se despliegan en un Sur amable, fatalista y romántico. Sería inexacto hablar de secuela, pero hay una evidente continuidad temática. Con familiares en la judicatura, John Ford utilizó la figura del juez Priest para expresar su visión de la justicia y del sueño americano. 

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Poesía desde Auschwitz

No parece irracional comparar la Shoah con un gigantesco agujero negro, capaz de atrapar y anonadar a millones de inocentes, pero no es un símil convincente. Las leyes de la física no se cumplen en el ámbito del espíritu humano. En mitad de la negrura más terrorífica, casi siempre despunta la vida, exaltando la libertad, la compasión y la alegría. En su Diario de Praga (1941-1942), Petr Ginz escribe: «La simiente de una idea creativa no perece entre el barro y la mugre. Brota incluso allí y florece como una estrella refulgente en medio de la oscuridad». Mercedes Monmany, prestigiosa crítica literaria y notable ensayista, ha intentado explicarnos ese milagro en Ya sabes que volveré, un clarividente ensayo sobre tres extraordinarias escritoras asesinadas en Auschwitz: Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Kolmar. Monmany extrae el título de su obra de un fragmento de la correspondencia de Hélène Berr, una joven judía parisiense que murió en Bergen-Belsen con sólo veinticuatro años: «Volveré, Jean, ¿sabes?, volveré». Monmany no ha añadido dramatismo a unas historias insoportablemente trágicas. 

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In taberna quando sumus

Azorín defendió el ocio como herramienta propicia para la inspiración. Un ocio tranquilo, es cierto, consistente en no hacer nada más que sentarse en el banco de un parque a observar lo que ocurre alrededor. Las páginas no suelen escribirse de manera súbita, nada más plantarse uno ante el papel o la pantalla. Antes de que el negro se pose sobre el blanco, las ideas se entretejen en la mente mientras el escritor hace su vida, mientras reposa o mientras bebe. Es cierto que algunos de los dipsómanos que nos trae Javier Barreiro en este compendio escribían bajo los efectos más profundos del alcohol, pero el alcohol era también la lente con que veían el mundo que iban a contar. Es indudable que la vida alcohólica de todos ellos les sirvió para encontrar no sólo inspiración y sugestiones, como Azorín en los bancos de los parques, sino también una manera de forjarse la experiencia. Y la experiencia es la fuente de la que mana la literatura. Incluso en este libro, porque Barreiro se confiesa bebedor. Sin la experiencia propiciada por el alcohol, quizá podría haber escrito estas páginas minuciosamente documentadas, pero sin poner en ellas el entusiasmo y la diversión que logra transmitir a quien las lee.

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El microscopista y el pintor

Nacieron ambos en la última semana de octubre de 1632, vivieron en la ciudad neerlandesa de Delft, realizaron grandes contribuciones a la historia del arte y de la ciencia y, sin embargo, no hay constancia de que se conocieran. Ni rastro ha quedado que garantice un diálogo, un encuentro, siquiera fugaz, entre los dos protagonistas de este libro: el pintor Johannes Vermeer y el microscopista Antoni van Leeuwenhoek. Parece improbable que no coincidieran en alguna dependencia del ayuntamiento, quizás en el local de un comerciante de telas o de algún marchante de pinturas. Es casi imposible que el poeta, humanista y diplomático Constantijn Huygens no los presentara, y muy sintomático que el microscopista fuera designado por el consistorio albacea de los bienes (y las deudas) del pintor tras su fallecimiento. Se cree que el geógrafo de Vermeer es el propio Leeuwenhoek. Observadores agudísimos, tuvieron que verse en alguna ocasión. Es difícil que sus miradas no se cruzaran. Sus ojos debieron encontrarse y reconocerse.

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Reír bajo Franco (y II)

He leído en distintas ocasiones recopilaciones de chistes. Con frecuencia dichas antologías se presentan con unos títulos clónicos, como «Los mejores chistes…», diferenciados tan solo por la segunda parte de la propuesta: los mejores chistes cortos, verdes, políticos, de humor negro, de borrachos, etc. Se trata por lo general de obras de ínfima calidad tanto en su contenido como en la propia edición, hasta el punto de que lo habitual es que no figure en ellas ni siquiera el nombre del compilador. La verdad es que el chiste popular pierde mucho, por no decir casi todo, cuando se lee en papel impreso. Como todo el mundo sabe por experiencia, la mayor parte de las veces la gracia del chiste no reside tanto en su contenido propiamente dicho como en el contexto: quién lo cuenta, cómo lo cuenta, dónde se cuenta y, en fin, la circunstancia concreta en que se cuenta. Lo mismo puede decirse hoy día en lo relativo a Internet, fuente inagotable de chistes de la más diversa catadura. La ventaja, no obstante, de Internet con respecto a lo que antes decía del chiste impreso, es obvia, pues en la Red, además de leer chistes podemos escucharlos y hasta verlos escenificados. Aun así, sigue habiendo una diferencia abismal entre el chiste visto y oído en soledad y el chiste compartido.

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Gestos (y II)

La vida en Japón está marcada por gestos: cómo entregar la tarjeta de visita, la posición del vaso al brindar, la manera de envolver una compra o de entregar el paquete, el complejo mundo de las reverencias. Gestos rituales que conducen y facilitan la relación; ése es el sentido original en todas partes de las normas de educación y el protocolo, y en Japón unas y otro son severos y estrictos y comprenden casi todas las cosas de la vida.

Es una gestualidad profundamente vinculada a su lengua. Es cierto que el idioma conforma en todo caso nuestra personalidad ?nuestra manera de estar en el mundo? y parece diferente la mujer que habla inglés con acento neoyorquino que si, ella misma, hablara con el dulce acento del portugués carioca. No es, sin embargo, algo tan profundo lo que varía de una a otra como lo que cambia la «persona» del japonés cuando no habla su lengua. 

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John Ford: El sargento negro

Cuando en 1960 se estrena El sargento negro (Sergeant Rutledge) aún faltan cuatro años para que el presidente Lyndon B. Johnson apruebe la Ley de Derechos Civiles (Civil Rights Act) que pondrá fin a la segregación racial en escuelas, empresas, cargos públicos y comicios electorales. Sergeant Rutledge, un hermoso alegato a favor de la igualdad y la tolerancia, está ambientada en Arizona en 1881. Braxton Rutledge (Woody Strode) es sargento de primera del Noveno de Caballería, una unidad compuesta por soldados negros bajo el mando de oficiales blancos. Son los «Buffalo Soldiers» (Soldados Búfalo), de acuerdo con el nombre que les asignaron los indios tanto por el color de su piel como por los abrigos y sombreros de piel de búfalo que usaban en invierno. La mayoría procedía del IX y X Regimientos del Ejército de la Unión. Casi todos habían sido antiguos esclavos y habían luchado contra la Confederación, a veces después de fugarse de las plantaciones del Sur. Su experiencia en la guerra civil les ayudó en sus escaramuzas contra los indios. Su eficacia en combate alumbró la leyenda del «Captain Buffalo» (Capitán Búfalo), un imaginario soldado ejemplar con unos galones vetados en esas fechas a los afroamericanos, pues Washington había acordado que los soldados negros sólo podrían aspirar al grado de sargento.

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Epílogo: Durbar en Ejura (Ghana), diez años más tarde

Silvia y yo estamos llegando a Ejura, la capital de la región maicera, en pleno territorio Ashanti. Vamos en el todoterreno que me tiene asignado la empresa, equipado con doble depósito de gasolina para evitar la frecuente eventualidad de que la gasolinera de turno no pueda bombear gasolina por falta de electricidad. Hemos estado un par de días en el Parque Nacional Digya, donde nos ha llovido la mayor parte del tiempo. Parece que en Ejura lucirá el sol durante el Durbar del Día de la Agricultura, al que tengo que asistir. Silvia ha decidido acompañarme a esta celebración cuando se ha enterado que en ella dará un discurso el duradero presidente de Ghana, Jerry John Rawlings.

Aparcamos a cierta distancia del estadio de futbol donde ha de celebrarse el acontecimiento y enseguida nos subyuga el imperioso ritmo de la música, la potente percusión. Gentes vestidas de vistosos colores se agolpan en todas las entradas, menos en la que da acceso a la tribuna principal, donde nos dan paso tras mostrar nuestras credenciales. El estadio está a rebosar y la ensordecedora música nos incita, sin posible resistencia, a dar pasos de baile. Después de un rato, los miles de asistentes se transforman en un armonioso coro que entona lo que no puede ser sino el himno nacional.

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¡A las armas, ciudadanos!

El presidente de los discursos ha dado un buen discurso: las palabras de Emmanuel Macron en el Parlamento Europeo han resonado a lo largo del continente, llamando una vez más la atención sobre su propósito de combatir el retorno de lo reprimido ?el populismo nacionalista y viceversa? con un antídoto liberal-democrático de acento europeísta. De ahí sus referencias a «la Europa que protege» en un contexto global desordenado, o su reivindicación de la «autoridad de la democracia», que él mismo ha afirmado en su país esta semana pasada con el desalojo por la policía de los huelguistas que ocupaban el centro de la Sorbona en Tolbiac. Para Máriam Martínez-Bascuñán, el valor del discurso de Macron en Estrasburgo reside en una idea de corte liberal: que la democracia está concebida para desarrollar individuos y no pueblos. La paradoja estriba en que el presidente francés parece convencido de que, sin la suficiente unidad en torno a la democracia, no hay régimen liberal-pluralista que pueda sobrevivir. Por eso ha sido tachado de «populista de centro»: alguien que desde la elite pone los instrumentos del populismo al servicio del proyecto democrático europeo.

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Ilustración o contra-Ilustración

Es este uno de los libros más conocidos del gran filósofo británico Michael Oakeshott (1901-1990), cuyo prestigio irá siempre ligado a una filosofía política de posguerra que arracimó a autores de la talla de Leo Strauss, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin o John Rawls. Si, para The Guardian, Oakeshott constituye «quizás el filósofo político más original de la centuria», para The Daily Telegraph fue «el mayor filósofo político en la tradición anglosajona desde Mill o incluso Burke». Justos o excesivos, estos elogios se refieren en buena medida a esta obra, que difícilmente dejará de reeditarse.

Michael Oakeshott fue educado en un colegio mixto donde se cultivaban a la par la responsabilidad social y el individualismo. Estudió Historia y Ciencia Política en Cambridge; y en 1925 se trasladó a Alemania para estudiar Teología. Tras combatir en la Segunda Guerra Mundial, y realizar un breve paso por Oxford, relevó a Harold Laski en su cátedra de Ciencia Política de la London School of Economics hasta 1968.

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Una desolada fábula sobre el mal

Es la novela más compleja y perturbadora de Mercè Rodoreda (1908-1983). La visión del mundo de la autora: terrible, sin consuelo ni piedad, fiero hasta lo grotesco y, sin embargo, con un atisbo de inocencia y de belleza. Su testamento literario, ya que trabajaba en ella en las semanas previas a su muerte, a causa de un cáncer. La muerte llegó en 1983, antes de que fijara la versión definitiva de una novela que abandonó tras haberla corregido entre 1961 y 1963. La inició a finales de los años cincuenta del siglo XX en su exilio de Ginebra y se propuso finalizarla en su retiro de Romanyà de la Selva (Gerona). Una novela de génesis complicada, al ser una alegoría poética y descarnada de la condición humana y una denuncia subyacente de la falta de libertad individual. Su editor, Joan Sales, consideró que la obra mantenía una estructura precisa y un principio y fin definidos y decidió editarla. La mort i la primavera se publicó en 1986, tres años después de la desaparición de la narradora, bajo la supervisión de la editora Nuria Folch, esposa de Sales, que había fallecido un año después que Rodoreda.

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.