Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

La poesía póstuma de Charles Bukowski: a medida que el espíritu se desvanece, la mierda aparece

Editar poesía no es nada del otro mundo: pasa a diario. Ahora bien, hay correcciones normales y correcciones atroces y lamentables. Se han dado casos famosos de correcciones desmesuradas, como por ejemplo cuando Maxwell Perkins editó la obra de F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe, o como cuando Gordon Lish hizo lo propio con la de Raymond Carver. Ambos reescribieron, recortaron y eliminaron párrafos enteros sin miramiento alguno. Hay quienes dicen que mejoraron así el texto original, mientras que otros aseguran que lo deslucieron y echaron a perder. Para no variar, la belleza es subjetiva.

De los veintitrés poemarios que compiló y publicó John Martin, el editor de toda la vida de Charles Bukowski, once aparecieron mientras el autor aún vivía y los otros doce se publicaron a título póstumo. Los diez últimos poemarios póstumos, desde Lo más importante es saber atravesar el fuego (trad. de Eduardo Iriarte, Barcelona, La Poesía, Señor Hidalgo, 2002; Madrid, Visor, 2015) hasta El padecimiento continuo (trad. de Silvia Barbero, Madrid, Visor, 2010), sufrieron drásticos cambios editoriales. 

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Hitler y sus financieros

La objetividad histórica adquiere vida cuando se recrea con la frescura y la elegancia de lo imaginario. Galardonada con el premio Goncourt en 2017, El orden del día, de Éric Vuillard (Lyon, 1968), aborda la connivencia entre Hitler y los grandes empresarios de su tiempo con una fórmula que ya había empleado Laurent Binet en HHhH (acrónimo de «Himmlers Hirn heißt Heydrich», esto es, «El cerebro de Himmler se llama Heydrich»), que obtuvo idéntico premio en 2010. Binet reconstruye el atentado contra Reinhard Heydrich cometido por Jan Kubiš y Jozef Gab?ík el 27 de mayo de 1942. Organizado desde Londres, se escogió como nombre clave «Operación Antropoide». Vuillard recrea la reunión de Hitler con los empresarios alemanes que lo financiaron y la anexión de Austria, con sus tormentosas negociaciones y claudicaciones. Ambos autores emplean las técnicas narrativas de la ficción literaria, pero cada uno escoge un camino diferente.

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Apuntes para una historia de la sexualidad en la España contemporánea

A pesar de que teóricamente se admite –incluso con pretendida naturalidad? que ningún reducto de los afanes humanos debe hurtarse al escrutinio del investigador en general (o del historiador, en el caso que nos ocupa), lo cierto es que determinadas parcelas de la vida privada siguen consideradas asuntos subalternos, casi a nivel de anécdotas o curiosidades que sólo añaden pinceladas de color en el cuadro general de los grandes temas. Se catalogan como tales la economía, la política o la organización social, las relaciones internacionales, la cultura o la demografía. El historiador serio se consagra naturalmente a estas cuestiones trascendentales. Frente a ellos, un puñado de excéntricos se empeñan en husmear en parcelas tradicionalmente oscurecidas o postergadas por la historiografía establecida. Es verdad que ya hace tiempo han conseguido un cierto reconocimiento, pero, con todo, sus campos de trabajo o investigación siguen ocupando un puesto muy subsidiario al catalogar las variables fundamentales para entender el pasado.

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La posibilidad del crimen

Un título descriptivo para este libro podría ser: «Textos sobre las aportaciones del totalitarismo caribeño al control social de especies intelectuales y afines». El autor, con buen criterio, ha preferido titular con una imagen alusiva, inspirada en una cita del narrador cubano Leonardo Padura que aparece al comienzo del libro como motto del mismo.

Si traducimos el eufemismo, surgirá diáfano el tema y motivo de la presente antología: «el compañero que me atiende» es el «seguroso» (magnífico hallazgo verbal), es decir, el oficial de la Seguridad del Estado encargado de vigilar, escuchar, observar, en definitiva, «atender» al escritor, artista, poeta, periodista, de forma que sepa que es sometido a «cuidados» tan solícitos como intimidatorios, para que no cometa «errores» o desviaciones respecto de la «verdad» revolucionaria. 

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