El independentismo catalán contra el Estado de derecho
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Manuel Azaña intentó apoyarse en los nacionalistas vascos y catalanes para llevar a cabo su idea de España, basada en el reformismo y el laicismo. Pensó que las regiones más desarrolladas podrían ayudar a consolidar la Segunda República, promoviendo un patriotismo cívico y moderado, que contemplara el reconocimiento de las demandas autonómicas. Su planteamiento se reveló ingenuo y estéril, pues a los nacionalistas sólo les interesaba independizarse, no modernizar España ni fomentar la cohesión social. La tendencia rupturista lanzó su mayor desafío el 6 de octubre de 1934, cuando Lluís Companys proclamó el Estat Catalá, al mismo tiempo que Asturias iniciaba un levantamiento revolucionario organizado por la Alianza Obrera, dirigida por la UGT y el PSOE con el apoyo de la CNT. El Estat Catalá duró diez horas, pues –entre otras cosas– no contó con el respaldo de los anarquistas. Companys pidió a Domingo Batet, capitán general de Cataluña y oriundo de Tarragona, que se pusiera al servicio de la Generalitat, pero no logró su adhesión. Batet se mantuvo fiel a la República y acabó con los pequeños focos de resistencia con la mínima fuerza posible. A pesar de todo, murieron treinta y ocho civiles y ocho militares.
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Forajidos: la tentación se llama Ava Gardner
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Después de la Segunda Guerra Mundial, la sociedad norteamericana aún mostraba cierta debilidad por la figura del gánster que desafiaba a la ley para huir de la pobreza. Ser un forajido podía interpretarse como un gesto de rebeldía mientras se mantuviera cierto código ético que respetara la vida de los inocentes. Casi nadie simpatizaba con los bancos, a los que se responsabilizaba de la crisis de 1929. Vaciar una caja fuerte a punta de pistola no era un acto criminal, sino una forma de alterar un destino que se había encarnizado con los más vulnerables.

Robert Siodmak (Dresde, 1900-Locarno, 1973) sufrió en sus propias carnes los estragos del Jueves Negro de Wall Street. De origen judío, realizaba tareas de contable en un banco cuando la economía se desplomó. Después de perder su empleo, decidió probar suerte en Berlín. Le acompañaba su hermano Kurt. 
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Gran Torino: un ogro en el porche
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Los ogros muchas veces esconden un corazón tierno bajo unos modales ásperos y una afición desmedida por los exabruptos. De origen polaco, Walt Kowalski (Clint Eastwood) es un viejo veterano de la Guerra de Corea que acaba de perder a su esposa. Condecorado con una estrella de plata, ha trabajado en una cadena de montaje de Ford durante cuatro décadas. Padre de dos hijos, vive en un suburbio de Michigan. Durante muchos años, su barrio conoció la prosperidad generada por la industria del automóvil, pero cuando el sector entró en crisis, las familias blancas abandonaron sus viviendas, que fueron ocupadas por sucesivas oleadas de inmigrantes hispanos y asiáticos. Walt cuida su jardín y repara cualquier desperfecto. Su garaje, repleto de herramientas, custodia un Gran Torino del 72, con la chapa impecable y el motor en perfecto estado. Obra maestra de la ingeniería, el vehículo funcionará como un Macguffin, empujando el relato y conectando a los personajes. En el porche, ondea la bandera estadounidense. No es un detalle ocasional.
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Million Dollar Baby: todo por un sueño
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Algunos periódicos excluyen el boxeo de sus páginas, alegando que constituye un espectáculo cruel y degradante, pero, en Million Dollar Baby (2004), Clint Eastwood presenta el cuadrilátero como un espacio donde es posible soñar, crecer, renacer, redimirse e, incluso, aprender a morir con dignidad. Director, productor y compositor de la banda sonora, Eastwood encarna a Frankie Dunn, un entrenador y mánager que perdió hace mucho tiempo el cariño de su hija. No sabemos lo que hizo, pero todo indica que la abandonó. Lo lamenta sinceramente y le pesa la conciencia. Escribe a su hija cada semana, pese a que le devuelve todas las cartas sin abrir. Su sentimiento de culpa es tan intenso que acude a misa todos los días desde hace veintitrés años, pero esa costumbre no ha aplacado su espíritu sarcástico. Importuna al padre Horvak (Brian F. O’Byrne) con preguntas embarazosas sobre el misterio de la Trinidad o la Inmaculada Concepción, poniendo a prueba su paciencia. Cuando compara a Dios con el muesli, el sacerdote estalla, llamándolo «gilipollas pagano». Frankie no parece un hombre aficionado a la poesía, pero ha estudiado gaélico para leer a William Butler Yeats. 
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Mystic River: lobos, vampiros y pelotas en una alcantarilla
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Existe el destino? ¿Puede lucharse contra la fatalidad? ¿Somos libres para elegir o, sencillamente, sobrevivimos? En Mystic River (Clint Eastwood, 2003), la vida de tres amigos quedará marcada por una brutal agresión sexual acontecida durante su infancia. Jimmy Markum (Sean Penn), Dave Boyle (Tim Robbins) y Sean Devine (Kevin Bacon) juegan al hockey en la calle de un barrio obrero de Boston. Dave es torpe e inseguro; Jimmy, avispado e inteligente; Sean, sensato y tranquilo. Sus personalidades ya están definidas, pero aún permanecen abiertas y permeables. Cualquier incidente podría ser crucial para su futuro. Dave, que juega de portero, envía la pelota a una alcantarilla. Su desafortunado golpe interrumpe el partido. Los intentos de recuperar la pelota fracasan y Jimmy propone coger un coche prestado para dar una vuelta. Sus amigos se niegan, pero aceptan escribir sus nombres en el cemento fresco de una acera en obras con una pequeña navaja. Jimmy y Sean completan sus nombres, pero Dave se queda a medias. 
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El cuarto poder
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El columnista de un gran periódico a veces no se diferencia mucho de un gánster. En Sweet Smell of Success (Chantaje en Broadway, 1957), J. J. Hunsecker (Burt Lancaster) cuenta con el apoyo de sesenta millones de lectores. Su columna en The New York Globe forja o arruina reputaciones. J. J. Hunsecker es narcisista, autoritario y egocéntrico. Se codea con senadores, empresarios, estrellas de cine y teatro. Aficionado a las palabras grandilocuentes, invoca el patriotismo y la ética, pero sus artículos se abastecen de chismes, calumnias y venganzas personales. Sidney Falco (Tony Curtis) es su agente de prensa, un joven sin escrúpulos que sueña con llegar a lo más alto. Su única preocupación es no defraudar a Hunsecker para algún día ocupar su lugar. Cuando Hunsecker le encarga que rompa el idilio entre su hermana Suzie (Susan Harrison) y un guitarrista de jazz, Falco recurre a las artimañas más sucias, desencadenando un drama de consecuencias imprevistas.
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Los placeres prohibidos en los Estados Unidos de Lillian Hellman
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Nadie cuestiona el talento de William Wyler, pero carece del reconocimiento reservado a los directores a los que se atribuye un estilo propio. De origen francés, Wyler (1902-1981) desarrolló toda su carrera en Hollywood. Su forma de dirigir es limpia y elegante. Su colaboración con Bette Davis (JezabelLa carta La loba) puso de manifiesto su habilidad para dirigir a grandes actores, preservando su intensidad al tiempo que contenía sus excesos. Las películas de Wyler se caracterizaban por un fuerte acento literario, donde prevalecían los finales amargos (La heredera) o levemente esperanzadores (Los mejores años de nuestra vida). Vacaciones en RomaHorizontes de grandeza y Ben-Hur aligeraron el trasfondo dramático, demostrando que podía manejarse con fluidez en el terreno de las grandes superproducciones. Ese giro restará profundidad a su cine, acercándolo a un público menos exigente, que le dará la espalda en la década posterior. Wyler se embarcará entonces en proyectos más modestos, pero más sinceros. The Children’s Hour (La calumnia, 1961) pertenece a esa época. 
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Doce hombres airados
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Sidney Lumet (Filadelfia, 1924-Nueva York, 2011) empleó el lenguaje cinematográfico para explorar los sótanos del sistema político y judicial, sin retroceder ante ningún dilema o conflicto moral. A veces menospreciado por sus orígenes televisivos, Lumet nos ha legado una obra desigual, pero con las inequívocas señas de identidad del cine de autor, con un estilo fluido e innovador que se preocupa igualmente por las cuestiones éticas y formales, sin perder en ningún caso la perspectiva del intelectual que se debate entre el compromiso y el desencanto. Hijo del actor judío Baruch Lumet y de la bailarina Eugenia Wermus, Lumet ambientó la mayor parte de su filmografía en Nueva York, transformando la ciudad de los rascacielos en el principal escenario de sus ficciones: «He vivido en Nueva York toda mi vida y es como una segunda piel para mí». Lumet debutó como actor de teatro en los escenarios de Broadway, con sólo cuatro años, y comenzó a dirigir a finales de los años cuarenta, rodando varios episodios de las series televisivas Danger You y You Are There. En 1957 inició su carrera de director cinematográfico con Twelve Angry Men (Doce hombres sin piedad). 
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Comanchería: los amos del llano
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La supervivencia del western como género cinematográfico no depende de nuevas versiones −casi siempre poco inspiradas− de los clásicos, sino de la capacidad de aplicar sus planteamientos estéticos y morales al mundo actual, no menos violento y despiadado que la Norteamérica del siglo XIX, cuando cowboys, pieles rojas, granjeros, forajidos, prostitutas y sheriffs luchaban duramente por sobrevivir, soportando toda clase de penalidades. Comanchería (Hell or High Water, David Mackenzie, 2016) es un brillante ejercicio estilístico que narra el sufrimiento de la «white trash» (basura blanca) en una época en la que ya no existe una última frontera, un territorio virgen y salvaje donde empezar de nuevo, huyendo de la pobreza, las humillaciones, el tedio y la falta de expectativas. En la Texas del siglo XXI, miles de familias subsisten miserablemente en viviendas prefabricadas, con un patio inhóspito y polvoriento, invadido por las malas hierbas y colmado de inmundicias. En el mejor de los casos, los niños disponen de viejos columpios de hierro, con despintados asientos de madera. 
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Héroes de celuloide
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Nunca me ha gustado James Bond. No creo que sea un héroe, sino un macarra con esmoquin. Indiana Jones no está mal, pero es tan inverosímil como 007. Ambos están más cerca del territorio del cómic fantástico que de la ficción cinematográfica con pretensiones de credibilidad. Los verdaderos héroes son amables, discretos y pacíficos, como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), magistralmente interpretado por James Stewart. Entiendo que la ficción y la realidad constituyen dominios diferentes, pero cuando confluyen y logran conmovernos, se produce el milagro estético o lo que los griegos llamaron catarsis. La peripecia de George Bailey nos hace experimentar piedad y terror. Piedad porque su sufrimiento nos parece injusto e inmerecido. Terror porque revela nuestra propia fragilidad, el riesgo de perderlo todo por un golpe de fatalidad. 
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