Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué
FRANCISCO UMBRAL
Planeta, Barcelona, 1998
275 págs.

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Y en esto llegó Umbral. En el «año del 98», cuando la España oficial celebra el centenario de una generación literaria, tan aceptada por unos como puesta en entredicho por otros, y cuando cada medio y cada pluma echan su cuarto a espadas para airear los nombres, las anécdotas y los recuerdos de sus integrantes, llega Francisco Umbral para, aprovechando el tirón, aclarar que Valle-Inclán es el más moderno de todos –«porque nos trajo la modernidad junto a Rubén y Juan Ramón»–, el más inmortal y el único que constituye por sí solo todo un idioma.

Todo un emotivo y particular homenaje al dramaturgo, al novelista, al columnista de prensa y al poeta. Conviene advertir al lector, sin embargo, para evitar equívocos, que este libro no es un relato biográfico, ni un estudio erudito sobre la figura y la obra de Valle, ni tampoco un ensayo de crítica literaria, como anuncia la nota editorial en la solapa. Admitamos que se trata de un ensayo peculiar, a la manera que acostumbra nuestro popular grafólogo, en el que el autor vierte una sucesión torrencial de afirmaciones y sugerencias, siempre intuitivas, y a menudo gratuitas y repetitivas, sobre aquellos aspectos que le interesan, o le tocan de cerca, de su personalidad y su obra. Unas afirmaciones y sugerencias, por otra parte, que pueden ser muy oportunas para los mitómanos de efemérides y para los fastos de actualidad, pero que rara vez aportan algo nuevo al estudioso o al lector apasionado de la literatura valleinclanesca.

Se trata, pues, de un conjunto de afirmaciones que, o bien nadie discute a estas alturas (a saber, la importancia del escritor gallego en la lengua y en las formas literarias de nuestro siglo, sus contactos con el expresionismo, su actitud estética casi exclusiva pero crítica, su técnica narrativa coral, su estructura fragmentaria y simultánea, su renovación modernista y esperpéntica, sus fuentes e influencias –ya muy estudiadas por cierto–, su vanguardia en el teatro y su identidad como actor de un libro tramposo. Se equivoca a menudo, unas veces por capricho o manía, sobre todo con Benavente, y otras por desidia, por no comprobar las cosas (vea el lector como muestra, en pág. 80, una conjetura imposible: el título Luces de bohemia no puede estar influido por Luces de la ciudad de Chaplin; la película de Chaplin es posterior en más de diez años al esperpento de Valle).

Y lo peor: las trampas. Umbral recurre a la autoridad de críticos y estudiosos que a él le interesa adular –sus nombres están en el libro–, mientras cita a otros para convertirlos en centro de sus ataques viscerales –es el caso de Montesinos, al que dedica unas cuantas páginas–, y silencia a otros ineludibles, como Ricardo Gullón, de quien, sin nombrarlo en ningún momento, sigue sus conocidas teorías sobre el modernismo y el 98, expuestas en numerosos libros y artículos, al tiempo que por mala fe o por ignorancia se las aplica a críticos recientes. Lo mismo podría decirse de las continuas referencias a Romero de Torres en perjuicio de Gutiérrez Solana, muy relacionado con la estética valleinclanesca, a quien sólo cita dos veces y de pasada.

En fin, no espere el admirador de Valle-Inclán un libro deslumbrante ni sorprendente sobre su figura y su obra, sino una muestra excesiva de egocentrismo autocomplaciente en el que un escritor, Francisco Umbral, decide escribir sobre otro escritor, no para engrandecer al personaje y enaltecer su obra, sino para engrandecer y enaltecerse a sí mismo. Umbral, fiel a su disfraz –creado por él– de hijo literario natural de Quevedo, de Larra o de Gómez de la Serna, también cree serlo ahora de Valle. Todo lo que dice de él, como quien barre para casa o arrima el ascua a su sardina, parece estar aplicándoselo a él mismo.

Tampoco espere el admirador del estilo de Umbral uno de sus mejores ejemplos de escritura. El libro contiene vulgaridades y descuidos que el escritor no ha dejado de achacar a otros, a veces injustamente, en aras de la pulcritud estilística. Léase, a propósito de La guerra carlista, en pág. 43, una muestra: «Este riquísimo libro, tan nutrido de significaciones, tenemos la idea de que nunca ha sido bien estudiado».

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