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La piedra que no cesa

Ahora parece que era otro mundo, pero en realidad no era más que el principio del nuestro. Habían matado a

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Una globalización más

La madrugada del 28 de junio de 1969, la policía de Nueva York entró en el Stonewall, un bar del Greenwich Village. El Stonewall era un local de mala reputación, con conexiones con la mafia, y era conocido porque entre su clientela había numerosos chaperos, travestis y alcohólicos. 

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Las reglas del juego

«Históricamente –afirma Will Gompertz–, el papel del artista era estar subordinado». Los artistas trabajaban para el establishment y el público y se sometían al criterio de esas dos instancias, que para valorar el talento del artista solían preguntarse cosas como: ¿se parece el perro de ese cuadro a un perro de verdad? ¿Nos creemos que esa iglesia pintada en el lienzo es la representación de la iglesia real a la que dice representar? Llegado Vasili Kandinski, prosigue Gompertz, el trato cambió: el pintor manchaba una tela de una manera «encantadora y llena de vitalidad», pero no quería que el espectador buscara una referencia real; simplemente, debía disfrutar con lo que percibía «como lo haríamos al escuchar una pieza de música». Con Kazimir Malévich, el pacto cambió de nuevo, de una manera aún más radical: su obra «era una confrontación directa con el espectador, ya que desafiaba a cualquiera que mirase el Cuadrado blanco a creer que era más que un superficial diseño en blanco y negro». El color y la textura, como decía el propio pintor, «son fines en sí mismos». No hay más que eso: materia.

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El perfecto neocón

Walt Disney estaba convencido de que, después de muerto, su nombre dejaría de identificarse con él –un ser humano con sus sueños, sus obsesiones y sus logros– para pasar a ser, simplemente, el nombre de una empresa. Era algo que le inquietaba: creía haber logrado tantas cosas como individuo que diluirle bajo el nombre de una marca comercial sería una tremenda injusticia. No es que no se identificara con lo que nació como Disney Brothers Cartoon Studio y hoy es The Walt Disney Company: de hecho, aunque en ocasiones se distanciara del día a día de la compañía para refugiarse en los trenecitos eléctricos, creía que toda esa gran maquinaria empresarial no era más que una prolongación de su imaginación (disciplinada, eso sí, por el control financiero de su hermano Roy). Él había hecho el primer esbozo de Mickey Mouse, él había representado ante sus dibujantes todos los papeles de Blancanieves y los siete enanitos para que estos supieran cómo quería que hablaran y se movieran sus personajes, él subía a las atracciones de su parque temático en Los Ángeles para cronometrar la duración de los viajes y asegurarse de que la experiencia era perfecta. Pero estaba seguro de que era algo más que un artista y un patrón de empresa (la ambivalencia entre las dos cosas también le atormentó): creía ser un visionario tecnológico, un gran ideólogo, el fundador de toda una cultura.

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