
Las reglas del juego
«Históricamente –afirma Will Gompertz–, el papel del artista era estar subordinado». Los artistas trabajaban para el establishment y el público y se sometían al criterio de esas dos instancias, que para valorar el talento del artista solían preguntarse cosas como: ¿se parece el perro de ese cuadro a un perro de verdad? ¿Nos creemos que esa iglesia pintada en el lienzo es la representación de la iglesia real a la que dice representar? Llegado Vasili Kandinski, prosigue Gompertz, el trato cambió: el pintor manchaba una tela de una manera «encantadora y llena de vitalidad», pero no quería que el espectador buscara una referencia real; simplemente, debía disfrutar con lo que percibía «como lo haríamos al escuchar una pieza de música». Con Kazimir Malévich, el pacto cambió de nuevo, de una manera aún más radical: su obra «era una confrontación directa con el espectador, ya que desafiaba a cualquiera que mirase el Cuadrado blanco a creer que era más que un superficial diseño en blanco y negro». El color y la textura, como decía el propio pintor, «son fines en sí mismos». No hay más que eso: materia.






