Una de las novedades más notables de este fin de siglo es, sin duda, ese nuevo modo del ocultamiento consistente en la proliferación desmesurada y caótica de todo. La posibilidad de conocer, de dominar cualquier aspecto de la realidad es una tarea cada vez más penosa dadas las dimensiones y la confusión reinante en lo que constituye el objeto de conocimiento. La literatura no es una excepción a este fenómeno. En la década anterior aún era frecuente encontrar estudios sobre el «estado de la cuestión» en los que se resumía, con bastante precisión, el panorama literario nacional, sus corrientes principales y las secundarias. El volumen de publicaciones actual, la diversificación de tendencias y la ineptitud de cierta crítica influyente a
¿Qué ocurriría si de una historia de amor prototípica se extirpara toda dificultad, si en la peripecia sentimental de los amantes no cupiera sombra alguna de fracaso o de dolor? Ciertamente, no estamos acostumbrados a presenciar el espectáculo de la plenitud amorosa, al menos por lo que a la ficción narrativa se refiere. Lo habitual es que el creador opte por el escamoteo, dando por hecha una general familiaridad del lector con la sustancia de la felicidad. De ahí el «y fueron felices» con que concluyen cautelosamente los cuentos tradicionales, o la relación sumaria con que se suelen despachar los momentos de dicha, como esas secuencias concatenadas de algunas películas en las que se muestra el gozo de los amantes
Las primeras novelas suelen ofrecer indicios sobre las futuras entregas de su autor. En el caso de la de Juan Bonilla, Nadie conoce a nadie, había al menos dos facetas que suscitaban expectativas de muy diversa naturaleza. Por un lado, estaba la indudable facilidad de su escritura, el ingenio de sus símiles, de sus juegos y guiños más o menos literarios, que si no certificaban el talento del autor, sí alentaban su promesa. Pero, por otro lado, el verbo florido (demasiado florido) de aquella primera obra no ofrecía una coartada de peso que le confiriera razón de ser: personajes, sentido e incluso planteamientos narrativos, todo parecía convocado arbitrariamente o como excusa para el lucimiento de la pluma, y siempre sin
Dos escenas simétricas abren y cierran este libro. En ambas (un hombre en una, una mujer en otra) encontramos a alguien subido en una barca equidistante a las orillas de un río; la izquierda, donde está la iglesia negra rodeada de zarzas, y la orilla derecha, un gran jardín en cuyo centro se erige la iglesia blanca. Tanto el hombre como la mujer (que no reciben nombre alguno) están sometidos a fuerzas de atracción que les hacen desear, respectivamente, la orilla derecha y la izquierda, aunque una fuerza misteriosa les impide colmar sus anhelos. En estas dos estampas se concentran, no sólo los elementos fundamentales que configuran el sucinto paisaje del relato, sino algunas de las claves fundamentales con las
Leo Salgado es un joven que vive en un barrio periférico desamparado y ceniciento. Vive con Laura, su madre, que trabaja en una librería del aeropuerto y arrastra una vida de frustraciones junto a su marido, Julio, que es un nuevo rico insensible y vacío. Éste, un buen día, regala una cámara de vídeo a su hijo, sin saber, claro, que con ello está activando un mecanismo perverso e imprevisible. Porque Leo establece enseguida un vínculo enfermizo con Sonia –que así llama a su cámara– por el que nada de la realidad que él vive resulta ajeno al ojo del aparato. Su ambición, a la que Leo denomina «transparencia» o glasnost, es construir una película cuya sustancia sea la realidad
Atento lector, con su permiso voy a reproducir algunas de las palabras que aparecen en el prefacio de este libro: «Conoceréis a personajes que se entregan a sus vidas, y a veces a sus muertes, dejándose llevar por sus pasiones, sin reflexionar demasiado sobre las consecuencias de sus actos» (pág. 14). Terminada la lectura de la novela puedo dar fe, no sólo de que, en efecto, los personajes son apasionados e irreflexivos, sino también de que la obra en su conjunto (sentido, narración y lenguaje) es, en solidaridad con aquéllos, apasionadamente insensata, como si, raptado por sus personajes y víctima de un extraño síndrome de Estocolmo, el narrador hubiera acabado actuando (literariamente) igual que ellos. Pura vida, finalista del Premio
Lorenzo Silva sabe crear personajes con garra, seres que inmediatamente se liberan de los tópicos a los que, en principio, parecen condenados por su incardinación social. Si en su anterior novela, La flaqueza del bolchevique, la peripecia de un joven ejecutivo se abría, sin estridencias, a una hermosa fábula sobre la culpa y la redención, en la obra que ahora nos ocupa el protagonista es un poco convencional sargento de la Guardia Civil, licenciado en Psicología y portador de un apellido (Bevilacqua) tan sonoro como poco cañí. Éste, acompañado por la joven guardia Chamorro, acude a Mallorca para esclarecer el asesinato de Eva Heydrich. La astuta indagación del sargento y su ayudante confirmarán el presentimiento de que nada es lo
Hay que esperar mucho (a la última página de la novela, nada menos) para saber cuál es la verdadera naturaleza del Maligno, esa esquiva deidad bajo cuya férula los personajes de Escrito por Luzbel han padecido engaños, arrostrado vicios y cedido a tentaciones hasta entonces inconcebibles. Esa naturaleza última, cuya revelación prepara el narrador con tanta pompa como ineficacia, se reduce a una doble definición basada en unos versos de Francisco Brines: Dios es el engaño y Lucifer el olvido. No debe temer el lector que acabemos de destripar el desenlace de esta última novela de Fernando Delgado, porque cuando afronte su lectura podrá comprobar que cualquier final, hasta el más improbable, tiene cabida en un relato gobernado por el
Todo juicio entraña un lugar y unos parámetros desde donde ejercerlo y defenderlo. Pero cuando de literatura se trata, ese lugar no está enteramente (o no debe estar) en quien valora, sino que emana en gran medida de la propia obra, de las expectativas que suscita y de las reglas que ella misma instaura y que definen su especificidad. Cuanto más próximas estén esas reglas a las convenciones heredadas de la tradición, con mayor comodidad se podrá emitir el juicio. En cambio, a mayor heterodoxia (es decir, cuanta mayor es la renuncia a los moldes previos, especialmente los de género), más necesario se hace fijar los criterios de valoración en aspectos intrínsecos del texto. Este es el reto que surge
La trayectoria de Ignacio Martínez de Pisón demuestra una atención cíclica al relato breve que lo distancia de la práctica habitual por la que ese género queda reducido a simple trampolín del que, una vez consumado el salto a la novela, nunca más se sabe. Esta última entrega, además, presenta el atractivo añadido de explorar una fórmula de cuento de extensión más reducida, frente a la opción por un tipo de relato cercano a veces a la novela corta, como ocurría sobre todo en El fin de los buenos tiempos (1994). Precisamente porque aquel modelo de relato extenso parecía el cauce en el que el autor se encontraba más cómodo, lo que sorprende de Foto de familia es la capacidad
La aparición de una obra completa ofrece a menudo la oportunidad de constatar evoluciones y tanteos en la trayectoria de un autor, direcciones reiteradas junto a experimentos aislados y fallidos. A veces, por el contrario, revela fidelidad a una concepción personal del hecho literario, una coherencia que, sin renunciar a la maduración constante, hermana textos separados por el tiempo e ignora títulos y azares editoriales. Esta sensación de unidad es la que, a buen seguro, percibirá quien recorra las páginas de la narrativa breve de José María Merino. Unidad en sentido profundo, pues los relatos de Merino coinciden en algo que trasciende su mera adscripción a un tipo de cuento (el de corte fantástico), y es la confianza en el







Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.
El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.
Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.
Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.
Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.
Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.