Estampas de interior

Las historias de Marta y Fernando

GUSTAVO MARTÍN GARZO

Destino, Barcelona, 1999

Premio Nadal, 1999

288 págs.

¿Qué ocurriría si de una historia de amor prototípica se extirpara toda dificultad, si en la peripecia sentimental de los amantes no cupiera sombra alguna de fracaso o de dolor? Ciertamente, no estamos acostumbrados a presenciar el espectáculo de la plenitud amorosa, al menos por lo que a la ficción narrativa se refiere. Lo habitual es que el creador opte por el escamoteo, dando por hecha una general familiaridad del lector con la sustancia de la felicidad. De ahí el «y fueron felices» con que concluyen cautelosamente los cuentos tradicionales, o la relación sumaria con que se suelen despachar los momentos de dicha, como esas secuencias concatenadas de algunas películas en las que se muestra el gozo de los amantes en forma de instantáneas. La felicidad suele ser motivo para la indagación lírica, pero rara vez fuente de interés dramático.

La propuesta de Martín Garzo en su última y premiada novela consiste precisamente en intentar iluminar el espacio de una intimidad amorosa en una algidez sostenida. Marta y Fernando, los dichosos protagonistas del relato, muestran desde el principio una confianza y una pasión sin fisuras, como si, protegidos por un cálido recinto, fueran invulnerables a las acechanzas del desamor o a la rutina conyugal. Se trata, por tanto, de un planteamiento tan inusual como difícil de materializar narrativamente. Si la beatitud es, al parecer, ese estado en que «no pasa nada», entonces la novela se encuentra sin conflicto que vertebre su peripecia.

Por eso la opción de Martín Garzo ha sido, como refleja el título, componer un libro de «historias» donde un narrador omnisciente (excepto en dos capítulos, donde se da paso a las voces de Fernando y Marta, respectivamente) va construyendo a estos dos personajes a través de anécdotas mínimas, de diálogos y relatos que los propios personajes se refieren. A través de esta discontinuidad narrativa, tan cercana a veces al poema, se va alumbrando el universo emocional de Marta y Fernando. No hay una «historia», es decir, no hay una diacronía, una evolución psicológica bien definida, sino simplemente una acumulación de estampas, momentos en los que sus personajes pueden llegar a alcanzar una hondura y una emotividad singulares. Es entonces cuando la novela (aunque este calificativo no le cuadra exactamente) alcanza ese resbaladizo objetivo al que aludíamos antes: hacer del amor en su perfección algo atractivo, más allá de los tópicos con que se lo suele abordar. De este modo, la relación de Marta y Fernando va mostrando una sorprendente variedad de aristas y zonas oscuras. Y con ello se crea una paradoja que hay que sumar en el haber de la novela. Me refiero a la creación de un espacio para la incertidumbre en medio de la «claridad conyugal» en que transcurre la ficción, una sensación de (perfecta) precariedad que transfiere a la relación de los personajes la textura de los sueños. Es justo lo contrario a esa otra paradoja (ésta sí, consagrada por una larga tradición literaria), según la cual el padecimiento amoroso alberga un secreto consuelo.

En realidad, Las historias de Marta y Fernando es una novela que alcanza su plenitud conceptual y estética cuando juega a convertirse en un «tratado sobre el amor» de resonancias casi clásicas (el diálogo y la parábola, como en Platón, son el cauce que modela esas reflexiones teóricas). Sin embargo, junto a momentos de notable belleza, es fácil encontrar otros muchos francamente triviales, cuando no cursis. Es evidente que Martín Garzo ha pretendido crear un microcosmos privado, cálido y tierno, pero la intimidad de una pareja, al menos en su exterioridad, se compone de comportamientos y palabras (el famoso glíglico) cuya difusión extramuros puede provocar el sonrojo de los partícipes, de modo que hay que tomar grandes precauciones para no incurrir en un discurso demasiado edulcorado. Ese es el gran problema de la obra que nos ocupa. En ocasiones el peligro de lo melifluo se sortea hábilmente, como en el relato en el que Marta explica el cómo y el cuándo de su enamoramiento. Pero lo más frecuente es ceder al empuje de los tópicos, incluso a los más vergonzantes: Marta recordando aquel deseo («Que nunca –Fernando– la dejara de querer», pág. 54) formulado ante el espectáculo de una estrella fugaz, o Fernando (pág. 105) indeciso ante el donoso dilema de elegir un lugar por el que empezar a devorar a su costilla. No se trata tanto del qué, sino del cómo. Las zalemas y los arrullos de los amantes pueden ser tan aptos para convertirse en motivos literarios como lo puede ser una magdalena, pero siempre que sean sometidos a una alquimia transfiguradora. Martín Garzo no ha conseguido ser Proust, y su «retórica de la ternura» queda, en muchas ocasiones, plenamente adscrita a lo banal.

El otro gran problema de la novela es la propia configuración narrativa. Por un lado, las peculiaridades de los protagonistas parece exigir esa estructura de escenas y motivos yuxtapuestos. Sin embargo, esa yuxtaposición se ve acompañada por una enojosa tendencia a la reiteración. Es decir, que lo que se silencia entre capítulo y capítulo no es significante. Tal vez sea porque el autor ha olvidado someter a una estructura con alguna ambición de coherencia al material del que disponía: un puñado de historias y estampas líricas de desigual fortuna.

Ficha técnica

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