ARTÍCULO

WILLIAM H. HODGSON. CUENTOS

 

Hay cuentos de miedo y cuentos de terror; los primeros responden a una turbación de ánimo causada por un mal o un peligro, que en el caso de la literatura son imaginarios; los cuentos de miedo apelan, pues, a nuestra experiencia a través de la imaginación. El terror es un paso más fuerte; ya no se trata sólo de una turbación del ánimo sino que manifiesta signos externos claros de un estado psíquico de alteración. El terror es, por tanto, el pavor de un mal inminente –el miedo admite la distancia; hasta puede ser preventivo– que nos sobrecoge. Literariamente, esa debe ser también su función: sobrecogernos. Pero en tal caso, la capacidad de sugerencia que el autor debe desarrollar ha de tender a operar directa e inmediatamente sobre lo atávico, que es donde anida nuestra experiencia del mal, para mover nuestra imaginación.

Hodgson es un maestro de lo que bien podríamos denominar el realismo sobrenatural. Buena parte de sus narraciones de terror suceden en el mar y el mar está visto con realismo –él fue marino durante unos cuantos años, a finales del XIX – y, al mismo tiempo, como una encarnación latente del mal, de un mal que sigue a su presa sin que ésta lo advierta hasta que se encuentra a su merced. Incluso un mar en tormenta es visto por Hodgson como un ser –no un elemento, sino un ser– que se empeña en devorar a su víctima. Sus relatos, por eso, comienzan casi siempre ya instalados en la inminencia del peligro, comienzan cuando éste está ya encima y lo que sobreviene es el terror. El relato se instala en el terror... y comienza a moverse. Hay que ser muy audaz para operar así. Lo normal es comenzar por el miedo y acabar en el terror tras una conducción cuidadosa del uno al otro. Hodgson no elabora el camino hacia el terror sino que lo instala en nuestras mentes; unas veces, de golpe, como en el relato Un horror tropical, y otras haciendo sentir su aliento desde el principio mientras nos acerca poco a poco a la concreción de ese terror, momento en el cual se convierte en invencible, como en Una voz en la noche. Aparte, existe un tercer tipo de relatos del mar en los que el estado de terror es como un banco de niebla para los personajes que, al final, consiguen salir por el otro lado a mar abierto.

En todos ellos hay un elemento común y es la idea de la Naturaleza como generadora de maldad, lo que no está lejos de esa visión que, separando alma y cuerpo, atribuye a la primera todas las virtudes del espíritu y al segundo todos los vicios de la vida terrena. Es, evidentemente, una visión maniquea y arbitrista, lo que no sucede con la concepción del mundo que se vislumbra a través de los escritos de Hodgson, pero no me cabe duda de que, para él, la Naturaleza contiene una perversión que quizá no sea sino aquel ancestro animal que el hombre dejó atrás al empezar a pensar. De eso, de la amenaza de ese atavismo animal, es de lo que está hecho el terror que se mueve en sus textos.

Sin embargo, incluso el mismo Lovecraft, cuando condena a sus personajes, les envía, en la imaginación del lector, a una especie de condenación eterna, también reconocible en nuestros atavismos. Lovecraft actúa abriendo grietas con habilidad en nuestra imaginación e introduciendo en ellas a ese mundo inferior primordial que toca nuestros arcanos como se toca una terminación nerviosa. Lovecraft llevó más lejos que nadie esa relación con nosotros mismos capaz de conducirnos al horror sin movernos de la butaca.

¿Más lejos que nadie? Quiero volver a insistir en algo que ya aventuré en otra ocasión: nadie –ni siquiera Lovecraft en sus Montañas de la locura– ha llegado tan lejos como Hodgson en uno de sus relatos, el que lleva por título Desde el mar sin mareas.

En el relato titulado El descubrimiento del Graiken se cuenta una historia parecida a la de Desde el mar sin mareas. El escenario es el mismo: el mar de los Sargazos, donde una nave se encuentra atrapada por las algas y perdida en medio de una calma sin esperanza. Es un escenario particularmente dramático porque sitúa al hombre civilizado devuelto a un ambiente precivilizado, varado en un espacio al que no es ajeno por atavismo, pero que es inaceptable para su mente. Así, la muerte previsible es, además, una agonía de lucidez. Los personajes perdidos no sólo saben que están perdidos sino que su supervivencia está impregnada por la conciencia de su espantoso retroceso. Hodgson juega con esa lucidez para apurar el terror al máximo. Sin embargo, mientras en El descubrimiento... el horror es finalmente vencido, en Desdeel mar sin mareas no sucede así.

En Desde el mar sin mareas la situación va más allá de todo horror porque los supervivientes son una pareja que da a luz a una niña, que durante años se mantienen viviendo allí, arrostrando la amenaza constante de algo (lo animal irracional) que va apoderándose del barco, unas formas carnívoras que viven bajo las algas. Y el último mensaje que consiguen enviar explica que están al borde de la muerte, que apenas pueden ya conseguir comida y que la niña, nacida allí, va a quedar absolutamente sola, desamparada, afrontando el horror que acabó con los demás. Es la indecible soledad del ser humano devuelto al estado primigenio de donde salió, abierto a la inasimilable memoria de lo irracional.

La idea de haber dado vida a alguien para que muera allí, donde el hombre empezó a ser, es lo que deja escalofriado al lector, pues la habilidad literaria de Hodgson consiste en trasladar la situación a la imaginación del lector con tal fuerza que, en definitiva, deja la suerte de la niña en sus manos. Y lo hace, sencillamente, fechando el relato hallado en la botella mucho tiempo después de su redacción: así queda suspendida en el ánimo del lector la suerte real y simbólica de aquella niña (y por simbólica, la suya propia, su propio terror).

01/08/1999

 
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