RESEÑAS

Cuando España era Celtiberia

Luis Carandell
Celtiberia Show
Madrid, Maeva, 2015
256 pp. 9,90 €

Luis Carandell (Barcelona, 1929-Madrid, 2002) perteneció a esa selecta estirpe del polígrafo o del periodista ilustrado que floreció –en España y prácticamente todo el mundo civilizado– en esa edad de oro de la prensa tradicional que comprende grosso modo el siglo y medio largo que va desde mediados del siglo XIX a las décadas postreras del XX. Y dígase lo que se quiera, a pesar de los cambios revolucionarios de estos últimos decenios, no parece que esa figura esté en peligro inmediato de extinción. Aunque lo usual en nuestros lares –y más en una reseña como la presente– sería deslizar afirmaciones del tipo «ya no quedan especímenes como Carandell en el panorama de la prensa española», lo cierto es que a día de hoy, en la prensa digital y en la convencional, siguen apareciendo firmas que recuerdan lo mejor del periodista catalán que ahora rememoramos. Me refiero, claro está, en primer lugar, a su «saber estar», seguido inmediatamente por su capacidad didáctica y persuasiva, fruto de una dilatada trayectoria profesional que le había llevado a recorrer el globo y a vivir largas temporadas en países lejanos, como Japón, cuando más del noventa por ciento de los periodistas hispanos no sabían idiomas ni, mucho menos, salían del terruño. Carandell, que casi siempre aparecía en público con una sonrisa dibujada en los labios, atesoraba la cualidad de exponer (su gran experiencia y sus vastos conocimientos) sin avasallar, sin perder casi nunca un fino sentido del humor y una elegancia que parecían consustanciales a su persona. De hecho, una fina e inteligente ironía en el análisis de los temas (ya fueran debates parlamentarios, cuestiones de política internacional o ásperos problemas domésticos) parecía ser la «marca de la casa» carandelliana en cualquiera de sus variopintas modalidades: sus artículos de prensa, sus agudas crónicas parlamentarias, su labor como contertulio en radio o como presentador de informativos de televisión.

Aunque, como queda dicho, Carandell se distinguió por su versatilidad (raro era el campo de la actualidad o la situación del mundo que le fuese ajeno y, más raro aún, el medio de comunicación en que no lograra dejar su sello), no resulta exagerado apuntar que la modestísima colaboración que empezó a desarrollar a mediados de 1968 en el semanario Triunfo estaba llamada a ser, aunque nadie podría haberlo adivinado entonces, uno de los legados más asociados a su memoria. Es verdad –apresurémonos a reconocer– que algo hay de injusto en ello, porque su obra es tan extensa como heterogénea y, en sentido estricto, hay muchísimas contribuciones de bastante mayor calado –sus disecciones de otros países, por ejemplo– que las recopilaciones costumbristas del solar hispano que, desde el comienzo, serían conocidas con la sensacional etiqueta (ya de por sí un impagable hallazgo) de Celtiberia Show. Lo cierto es que la página de Carandell se convirtió pronto –o, al menos, así lo percibieron los españoles de entonces– en un fiel reflejo de la situación de un país que tenía bastante de esquizofrénico, aunque sólo fuera porque vivía unos momentos de cambios acelerados y modernización (en la economía, la sociedad o las costumbres), mientras que un régimen caduco, una dictadura desfasada, pretendía mantenerlos sin libertades y en una minoridad permanente.

Así que, al fin y al cabo, no les faltaba parte de razón a los corifeos de dicho régimen: en determinados sentidos, respecto a lo que ocurría allende los Pirineos, España era diferente. Y esa diferencia era lo que reflejaba Celtiberia Show con una técnica que en el fondo bebía del hontanar de la dramaturgia valleinclanesca. Bastaba simplemente poner un espejo. La realidad hispana reflejada en ese gigantesco espejo daba de modo natural el esperpento. De hecho, Carandell se propuso desde el primer momento –y ese fue uno de sus grandes aciertos– no cargar las tintas, prescindir de subrayados y acotaciones de grueso calibre. Tenía razón: hubiera sido redundante. No hacía falta. Bastaba con mirarse en el espejo. Y probablemente esa fue también una de las claves del éxito y de la aceptación popular de Celtiberia Show, con matices de cierta ambivalencia. Los españoles se veían reflejados en ese escaparate. Y, por decirlo todo, digámoslo ya sin ambages: en algunos casos, o para algunos sectores de población, no sin una acusada complacencia.

Tan inmediato o espontáneo fue el éxito de la sección carandelliana, que muy poco después, hacia finales de 1970, apareció en forma de libro una antología de estos «tesoros carpetovetónicos», por decirlo con la terminología del autor. Desde esa lejana fecha, sucesivas ediciones impresas con el rótulo de Celtiberia Show han cosechado el favor del público y el aplauso de varias generaciones de españoles. ¿Cuántas obras de la época pueden presumir de haber roto la barrera de las veinte ediciones de un modo sostenido a lo largo de casi medio siglo?

El volumen que da pie a este comentario se presenta de modo destacado en la portada y en la solapa como la edición del 45º aniversario. Se trata, por otro lado, de una edición que, para bien o para mal, no arroja novedad alguna con respecto a las anteriores, si exceptuamos un insulso prefacio de Pablo Motos que, en el fondo, nada aporta al mejor conocimiento del personaje, su obra o la España de su tiempo. Se reproducen los dos prólogos que escribió en su momento Carandell: los correspondientes a la primera edición y a la de 1994. En este segundo se desliza una afirmación menos trivial de lo que a primera vista parece. Dice el autor –y no podemos estar más de acuerdo con él– que, cuando fueron entregadas por vez primera a la imprenta, estas «perlas» trenzaban «un retrato muy fidedigno de un país y de una situación social y política que tuvo que vivir toda una generación de españoles». Un cuarto de siglo después, empero, argumenta Carandell, aunque quizá «lo celtibérico siga produciéndose», es preciso «convenir que tiene un carácter residual» o, por decirlo desde otra perspectiva, simplemente pintoresco. Y también en este punto mostramos nuestro acuerdo.

Dicho de otra manera: si convenimos que –en el mejor de los casos– Celtiberia Show es un acertado retrato sociológico (todo lo sui generis que se quiera) de una determinada España, hay que decir que, en efecto, debe acotarse esa España a la que estamos refiriéndonos en el espacio (pues la mirada carandelliana es inevitablemente selectiva) y, sobre todo, en el tiempo. Celtiberia Show constituye uno de los retratos posibles de una sociedad y un país en un momento muy concreto de su devenir histórico. No es poco, desde luego, pero es eso y no más. No es que lo diga yo desde la atalaya del tiempo transcurrido. Es que el propio Carandell en el susodicho prólogo de 1994 reconocía que, por todo lo anteriormente expuesto, «al preparar esta edición de Celtiberia Show, no haya añadido nada y […] suprimido muy poco». En efecto, el lector de las sucesivas ediciones del libro y, por supuesto, el lector de esta edición conmemorativa, va a encontrarse, pese al tiempo transcurrido y los cambios producidos, con el mismo libro. Casi todas las notas, noticias, anuncios, ilustraciones, titulares de prensa, hojas parroquiales, avisos, declaraciones, albaranes, esquelas y boletines que se reproducen en estas páginas pertenecen a un lapso muy específico, entre finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta. Lo subrayo porque creo que es deber del reseñista hacerlo, sin que en ello deba percibirse un tono reprobatorio. Hasta puedo admitir que quizá fuese esa la mejor opción: dejar el libro como espejo de la España que fue.

El problema entonces no estaría ni en el libro propiamente dicho ni en su autor, sino en la mirada de todos los que, siguiendo su estela y deslumbrados por su éxito, nos hemos empeñado en prolongar el marchamo de Celtiberia Show aplicándolo a las realidades que han seguido produciéndose en el solar patrio. Porque eso nos lleva a la pregunta clave que puede y debe hacerse ante un libro como este en el momento que nos ha tocado vivir: ¿qué queda de esa Celtiberia en esta España de hoy? Desde el punto de vista de las ciencias sociales, y más concretamente de la sociología o de la historia, la respuesta sería contundente. No ya sólo se constataría que la España actual tiene poco en común con aquella España, sino que la propia categoría de especificidad hispana quedaría desechada como paradigma válido de análisis social o historiográfico. Sin embargo, desde una perspectiva más a ras de tierra, más cotidiana, todos los que aquí vivimos sabemos por experiencia que la alusión a lo celtibérico constituye un socorrido recurso cuando se trata de juzgar críticamente las cosas que ocurren en nuestro ámbito de convivencia, como atestiguan expresiones de larga prosapia: «¡Cosas de España!», «¡Este país!», «¡Qué país!» o, ya directamente, calificativos de celtibérico, castizo o carpetovetónico.

No es cuestión tan baladí como a primera vista pudiera parecer. De ese venero se nutre, por ejemplo, la ideología que sustenta el independentismo catalán (una Cataluña moderna frente a una España castiza). No deja de resultar significativo complementariamente que en la controversia política siga endilgándose el marbete de celtibérico a todo lo que nos molesta o, ya puestos, directamente al adversario. Comentando hace algunos años una edición anterior de Celtiberia Show, Alejandro Muñoz Alonso se atrevía a enmendar la plana al propio Carandell respecto al carácter menguante de lo celtibérico, ¡no en los años noventa del siglo pasado, sino en el primer decenio de este nuevo siglo!: «Apenas llegó Zapatero, aquel celtiberismo residual no sólo no terminó de esfumarse sino que se incrementó, hasta adueñarse del escenario nacional. Si Carandell hubiera vivido habría hecho las delicias de todos comentando […] las hazañas de Blanco, de la anterior ministra de Cultura o de la actual de Igualdad y la de tantos otros que se han prodigados en este peculiar ruedo ibérico durante este ya largo mandarinato de Zapatero».

Que no son alusiones circunstanciales o casuales lo pone de manifiesto el hecho de que, ahora mismo como quien dice, al comentar esta misma edición de Celtiberia que nos ocupa, desde el otro lado del espectro político, Josep Borrell lance una andanada parecida –¡hasta los mismos términos!– mirando al tendido contrario. Tras plantearse si en la actualidad tiene sentido un nuevo Celtiberia Show y contestarse a continuación que «sin duda alguna», da un paso más para afirmar que «ni en los mejores años de la “Marca España”, cuando ésta triunfaba en el mundo como la cerveza San Miguel y su anuncio del “Paquito, el Chocolatero”, se ha conseguido superar ese supuesto lastre genético de “lo celtibero”. Ya no digamos en la actualidad, en los que a causa de la crisis –de tantas cosas–, parece que regresemos al pasado al comprobar como todo un ministro del Interior invoca a la Virgen en su política antiterrorista».

Una muestra más de que los españoles –empezando, claro está, por los que escriben en los medios o en las redes sociales– se resisten a prescindir de las categorías ideológicas de lo celtibérico y otras similares (hoy tienden a decir marcaejpaña, que viene a ser lo mismo, obviamente), es que hay más de un blog por ahí que reivindica, asume o pretende proseguir el trabajo de recopilación carandelliano con incorporaciones adaptadas a los nuevos tiempos. Todo lo cual, paradójicamente, contradice, como hemos tratado de argumentar, no ya sólo el espíritu carandelliano (más o menos interpretable), sino sus propias palabras, que siguen figurando en las páginas iniciales de esta nueva edición de Celtiberia.

Carandell, en definitiva, no se propuso otra cosa que hacer, en la línea de otros trabajos suyos, un retrato sin grandes pretensiones de una cierta España en un momento muy concreto de su trayectoria histórica. Era, ya entonces, una España medrosa, encerrada en sí misma, claramente a la defensiva, renuente a unos cambios que, por otro lado, desde una óptica progresista, Carandell juzgaba con toda la razón inevitables. Era la España de los curas montaraces, de los capitalistas católicos, de empresas devotas, de los pluriempleados en oficios pintorescos, de los maletillas que pedían una oportunidad, de las cruzadas infantiles antiblasfemas, de las fans del club Raphael, de los alcaldes devotos de María, de las mujeres llenitas, de cabreros y muleros, del nihil obstat, del biquini como escándalo, de la observancia peculiar de la Cuaresma, de la furia española, de los toreros como paladines de la raza y de tantos otros rasgos, que a algunos nos retrotraen a nuestra infancia y a otros, más jóvenes, sumergen en la perplejidad.

Por sus propios objetivos, planteamientos y metodología –recopilación y yuxtaposición de elementos heterogéneos–, la labor de Carandell quedaba limitada al terreno de la observación costumbrista, la pincelada satírica, la crítica mordaz ma non troppo. Era, si se permite la licencia casticista –ya que estamos en ello–, el típico libro para leer como Baroja por su casa: en pantuflas, albornoz y mesa camilla. Y para pasar un buen rato. Ni antes ni mucho menos ahora tendría sentido exigirle lo que no podía dar: un análisis riguroso y en profundidad de un tiempo y de un país que se resistía a morir. Era obvio que para un purista o simplemente alguien exigente, Celtiberia Show presentaba muchos flancos débiles: era caótica, superficial, deslavazada, irregular… Se quedaba corta con frecuencia –¡ay, la censura, que a menudo se nos olvida!–, su crítica era demasiado tenue, parecía a veces complaciente en exceso y se dejaba llevar en no pocas ocasiones por un paternalismo bonachón. Esas y muchas otras cosas más podrían decirse sin faltar a la verdad, pero al mismo tiempo errando el tiro. Porque Celtiberia Show estaba confeccionada casi a imagen y semejanza del Carandell que describíamos al principio: exponía con elegancia, argumentaba sin dogmatizar, denunciaba sin perder la sonrisa, acusaba sin acritud, ironizaba sin excomulgar, plasmaba lo que veía sin mayores disquisiciones…

Quizá, como dicen algunos, la España de hoy sigue presentando ribetes celtibéricos. Yo, desde luego, no los llamaría ya así –por las connotaciones que tiene el término–, pero no podría dejar de reconocer que siguen manifestándose en nuestro solar peninsular acontecimientos y actitudes que fuerzan al asombro. Pero, en fin, esa es, como quien dice, otra historia. En cualquier caso, la España reflejada en las páginas de esta Celtiberia Show ya no existe, por el bien de todos. Lo cual no empece para que el lector de hoy pueda seguir disfrutando con la lectura de estas páginas. En ellas encontrará «perlas» de todos los tamaños, colores y formas: «Se prohíbe bajar en el ascensor a la servidumbre». «Dios y los toros», conferencia del Padre Cué. «La Circuncisión de Nuestra Señora». «Asesino sí, pero no de personas, sólo se dedica a las mujeres». «No horinace en el azensol». «Mantecados Santo Cristo Amarrado a la Columna». «Huevos frescos: del culo a la boca». «Pirri: Mi fútbol no tiene más particularidad que la de su esencia absolutamente española». «Necesito casas para derribar libres de inquilinos». Y, finalmente, el que en mi opinión puede servir como símbolo de aquella España, aquel cartel con grandes letras mayúsculas que rezaba: «PATRIMONIO NACIONAL. PROPIEDAD PRIVADA».

Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid, Marcial Pons, 2014).

05/10/2015

 
COMENTARIOS

Agustín 07/10/15 20:36
Carandell sería, pues, involuntario responsable de reafirmar el regusto español por darnos de latigazos. Una pena que nos falte un punto de autoestima. La misma que le sobra a los nacionalismos imperantes actualmente (o sea, los periféricos). Añoranza de Carandell en mi propia visión de la España contemporánea, para solaz de mis alumnos: https://youtu.be/giFjsRu5jeU

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