ARTÍCULO

Thomas Nagel, de la mente a la política

Fondo de cultura económica
Trad. de Jose Issa
342 págs.
Paidós, Barcelona, 192 págs.
Trad. de J. Francisco Álvarez
Fondo de Cultura Económica, México
Trad. de Alfonso Montelongo
83 págs.
 

Thomas Nagel es uno de los filósofos vivos más citados y leídos y también uno de los más brillantes y originales. El lector de lengua española, al que tan a menudo se le sirven con presteza obras de tercera o cuarta fila de corrientes filosóficas pedáneas, sólo tenía a su alcance hasta hace un par de años algún artículo breve de este autor (a quien, huelga decir, no debe confundirse con el filósofo de la ciencia Ernest Nagel) y su recopilación de 1979 Mortal Questions. En un breve lapso de tiempo, esta extraña laguna ha quedado colmada con la traducción de su obra maestra de 1986 The View from Nowhere, de su libro de 1991 Equality and Partiality y también de What Does It All Mean?, una breve y fecunda introducción elemental a la filosofía. Al mismo tiempo que los editores españoles e hispanoamericanos abrían sus puertas a Nagel, recopilaba éste veintidós artículos cortos y comentarios críticos con el título Other Minds.

Voy a referirme aquí sobre todo a los dos primeros libros, aunque empezaré con un par de comentarios muy breves sobre los dos últimos. No sé si ¿Qué significa todo esto? está destinado o no a servir como libro de texto en el COU o en el nuevo bachillerato. Sospecho que no lo estará, aunque creo que debería estarlo. Se divide en diez capítulos muy breves dedicados respectivamente al escepticismo y la certeza, las otras mentes, el problema mente/cuerpo, el significado, la libertad, el bien y el mal, la justicia, la muerte y el sentido de la vida. Seguramente la lista podría alargarse o abreviarse, pero sólo gentes muy dominadas por prejuicios de escuela negarán que ésos son aproximadamente los problemas de que se ocupa la filosofía. Quien esté familiarizado con los usos de la enseñanza media española debería leer con provecho el librito de Nagel. Da la saludable impresión de que la filosofía trata de cosas que merece la pena discutir por sí mismas y de que no tiene nada que ver con lo que en España se hace pasar por tal: esa disparatada mezcolanza de doctrinas provenientes de épocas y autores lo más diversos posible que invita al estudiante a cualquier cosa menos a interesarse por ella.

Sobre el tipo de cultura filosófica de que forma parte la obra de Nagel es muy ilustrativa la introducción a Other Minds. Nagel dice estar interesado por un ethos «más o menos científico», detesta una filosofía dominada por «la ignorancia, la incompetencia o la propaganda política» y desdeña el papel del intelectual como figura pública. Presta una cuidadosa atención a la obra de sus colegas (colegas como Rawls, como Parfit o como Searle) y le gusta la argumentación minuciosa. Ninguno de los anteriores son rasgos que quepa predicar de las culturas filosóficas mediterráneas, y seguramente basta para que mucha gente desista de leer a Nagel. Quienes lo ignoran todo de la filosofía analítica –y en particular quienes desconocen la filosofía anglosajona de los últimos veinticinco años– suelen creer que esta corriente o estilo de pensamiento se ocupa de banalidades o de cosas nimias, que es conservadora en lo político y que su principal obsesión es pasar todo problema filosófico por el cedazo de la ciencia natural. Si este tipo de lectores leyera a Nagel vería que lo que le preocupa son asuntos tradicionales de la gran filosofía, tales como la relación del sujeto con la objetividad, la identidad personal, el realismo y el escepticismo, el libre albedrío o la sociedad justa, cosas que no tienen por qué interesar a todos los lectores pero que distan mucho de ser nimias. También comprobaría que las intuiciones políticas de Nagel corresponden a lo que en Europa sería una nada complaciente (aunque sí pesimista) socialdemocracia bastante más ocupada de lo concreto que la media de los hermeneutas y postestructuralistas conocidos. Respecto de lo tercero, quizá los lectores renuentes estén de acuerdo en que «sólo cuando no se capta con la debida fuerza el carácter únicamente filosófico de ciertos problemas, es fácil abandonarse al cientificismo (scientism), a la idea de que toda pregunta que en verdad sea tal puede tratarse como parte del desarrollo de una visión científica del mundo o, de lo contrario, o es una pregunta real» y en que «la filosofía parece destinar a la exportación sus peores productos, según ha ocurrido en este siglo con el conductismo y el positivismo lógico y su influencia sobre las ciencias sociales y la psicología». Pero estas dos citas no son de Adorno ni de Gadamer ni de Deleuze: son de Nagel.

Como en seguida va a verse, hay otro hecho que le convierte en un autor extraño a nuestra cultura filosófica. Por fortuna para él, ignora Nagel la existencia de casillas administrativas y muestra con desparpajo que los problemas metafísicos importantes desembocan en cuestiones éticas, que la filosofía práctica puede beneficiarse de un trato asiduo con la filosofía de la mente, que los problemas epistemológicos son a veces análogos a los políticos y licencias por el estilo, sumamente naturales para todo aquel que no tenga al Boletín Oficial del Estado como lectura de cabecera y esté poco al tanto del catálogo vigente de áreas de conocimiento.

Pero repasemos muy rápidamente Una visión de ningún lugar e Igualdad y parcialidad. Al lector poco familiarizado con la filosofía contemporánea (aunque acaso también al experto) cabe recomendarle que empiece la lectura de Una visión de ningún lugar por el último capítulo, dedicado al nacimiento, la muerte y el sentido de la vida. El hecho de que uno ha nacido en un tiempo y un lugar determinados y de que tiene que morir son cosas con las que uno ha de contar porque le suceden a cualquiera y uno no puede liberarse de ser cualquiera. Sin embargo, la muerte y el nacimiento propios poseen un valor cuando se adopta el punto de vista personal e individual de uno y otro muy distinto cuando se adopta el supuesto de que uno es cualesquiera (es «un alguien»). En el primer caso, mi nacimiento y mi muerte lo son todo para mí: antes de nacer y después de morir no soy nada, y no lo soy ni en cuanto un yo irreductible a los demás ni en cuanto un ser humano cualquiera. En el segundo, mi nacimiento y mi muerte son irrelevantes para un mundo que puede prescindir de mí por completo. El primero es el punto de vista personal, particular o subjetivo; el segundo es el objetivo e impersonal que da lugar a «una visión desde ninguna parte». Nagel cree que ninguno de esos dos puntos de vista es eliminable, que entre ellos existe un claro conflicto (manifestado en todos los órdenes de la vida y de la teoría), que los seres humanos tendemos a hacernos coincidir en una única perspectiva que los integre y que esa perspectiva integradora no existe ni puede existir. «Nuestro problema no tiene solución, pero al percatarnos de ello nos acercamos tanto como es posible a vivir a la luz de la verdad» (pág. 330). Somos «criaturas particulares con capacidad para la objetividad» (pág. 320) y esto implica que necesitamos una constante alternancia entre los dos puntos de vista.

Lo anterior vale para la filosofía de la mente, para la epistemología y también para la filosofía práctica. El «conflicto entre una concepción subjetiva y otra objetiva de la misma cosa» es insoluble y reconocerlo así invita a precaverse contra el peligro de la «excesiva impersonalidad» y el de la «falsa objetivación» (pág. 126). Así, la folk psychology o concepción ordinaria de la mente no puede sustituirse por ninguna forma de materialismo o de reduccionismo: no es anticartesiano quien quiere, sino quien puede, y a los seres humanos no nos es dado hacerlo durante un rato demasiado largo. Tampoco cree Nagel que una concepción de la identidad en la que el yo personal sea reducible o eliminable (aquí el enemigo es Derek Parfit) pueda resultar digna de crédito. Nuestro punto de vista subjetivo nunca dejará de trabajar en su contra. En teoría del conocimiento, Nagel profesa el realismo («aunque un milagro nos pusiera en posición de concebir en principio todo lo que existe, su realidad no dependería de esto», pág. 134), pero este realismo tan sólo socaba la tesis idealista (la de que «lo que existe, en el sentido más amplio, debe identificarse con lo que debemos pensar, en el sentido más amplio», pág. 159) y no puede nada contra «las posibilidades escépticas conocidas y desconocidas, [que] constituyen el otro aspecto de cualquier visión realista» (pág. 125).

Tampoco en lo tocante a qué debemos hacer y a cómo es bueno que vivamos es posible evitar el abismo entre «estar de frente al mundo» y «volverse parte de él» (pág. 165). Una moralidad que fuese por completo neutral respecto de los agentes no sería «una meta humana razonable» (pág. 266). El tipo de ética que merece la pena elaborar ha de consistir en «una especie de trato entre nuestro yo superior y nuestro yo inferior» (pág. 290), y el trato que propone Nagel no es estrictamente ético sino político: transferir a las instituciones la mayor parte de las exigencias impersonales y dejar a los individuos en libertad para buscar el bien singular de sus propias vidas (pág. 297). Una sociedad así llevaría a cabo una «división normativa del trabajo» y podría conducir de manera paulatina a que las demandas objetivas «formen parte cada vez más de la concepción que cada individuo tiene de sí mismo» (pág. 269).

Más bien que ecléctico, Nagel es un pensador trágico. Una visión de ningún lugar muestra una larga lista de soldaduras y ensamblajes que acaso nos gustaría lograr pero a los que tenemos que ir renunciando. Es un resultado de imposibilidad, que guarda con las tesis filosóficas constructivas una relación semejante a la que el último teorema de Fermat tiene con el de Pitágoras: no muestra cómo son las cosas, sino que dice que ciertas cosas no pueden ser. Sin embargo, Nagel no renuncia a dar pistas sobre cómo desempeñarse con objetivos imposibles, y de esta tarea es un buen ejemplo Igualdad y parcialidad. Las sociedades contemporáneas, se nos viene a decir ahora, no tienen un ideal político aceptable por los mismos motivos que impiden la soldadura de los puntos de vista objetivo y subjetivo en filosofía de la mente, en metafísica, en epistemología y en ética. El gran problema de toda teoría política imparcial (sobre todo de las utópicas, pero no sólo) es que «las personas de carne y hueso encuentran imposible vivir como exige la teoría» (pág. 27). Dado que los argumentos morales no pueden modificar radicalmente a las personas (pág. 32), se necesita una teoría que emplee «razones para la acción relativas al agente» más bien que «razones neutrales» (pág. 45). De nuevo la división normativa del trabajo puede ser una buena ayuda, pero esta división sólo es la forma (no el contenido) que la solución tiene que adoptar (pág. 66). Nagel desconfía de que haya un vínculo sólido entre las instituciones democráticas y la igualdad: «Tal como están las cosas, la democracia es enemiga de una igualdad amplia, una vez que los pobres dejan de ser mayoría» (pág. 95), y formula un dilema para los defensores de la igualdad: o rebajamos la ambición de nuestras metas y nos contentamos con un acercamiento paulatino y parcial a los ideales de igualdad, compatible con las motivaciones de la conducta humana tal como son, o confiamos en una mudanza radical de las motivaciones y de las instituciones (pág. 128). La segunda opción correspondería al punto de vista objetivo y es poco plausible; la primera, que expresaría el subjetivo, es poco satisfactoria. Nagel parece creer que uno de los efectos de abogar por la primera opción podría ser el colocarnos en condiciones de cumplir (dentro de ciertos límites de modestia) con lo que propone la segunda. En el muy brillante capítulo 12, dedicado a las desigualdades que no es bueno eliminar, se defiende una concepción de «lo valioso por sí mismo» que en Una visión de ninguna parte apenas se había vislumbrado. Ciertos bienes, como las manifestaciones más sobresalientes del arte y de la ciencia, deben fomentarse, cree Nagel, aunque no interesen a casi nadie, porque son absolutamente valiosos sin necesidad de atender a su generalización igualitaria. La tesis es plausible, pero creo que obliga a su autor a elaborar una teoría del valor más completa que la que ha elaborado hasta ahora (y quizá a revisar algunos de sus supuestos esenciales). Quizá sea fecundo cotejar este problema de los bienes intrínsecamente valiosos pero no generalizables con la cuestión de la tolerancia, que se examina en el capítulo 14. ¿Hay cosas intrínsecamente intolerables aunque no haya casi nadie que las reconozca como tales (e incluso sin necesidad de que nadie –o casi nadie– las reconozca)? Si se responde que sí, puede que el resultado sea un cierto realismo ético distinto al del punto de vista objetivo y llamado a modificar sensiblemente la descripción que Nagel le da a éste. Me parece que haría bien Nagel en enfrentarse a este problema, por más que ello lo lleve a tener que volver sobre sus pasos en más de un punto.

01/11/1997

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
5 + 3  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE ANTONIO VALDECANTOS
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 187
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL