ARTÍCULO

Animal grotesco, pero feroz

 

La expresión «corrección política» se generalizó en Estados Unidos y en otros países a partir de los años setenta del siglo pasado, pero lo que esa expresión denota empieza a extenderse antes. Por ejemplo, en 1948, Richard Weaver (1910-1963), un «medio olvidado sabio conservador»Roger Kimball, «The consequences of Richard Weaver», The New Criterion, septiembre de 2006, accesible en Internet en http://www.newcriterion.com/articles.cfm. (algunos dirían reaccionario) norteamericano, escribía en su libro más famoso, Las ideas tienen consecuencias: «Desde que el progresismo se convirtió en una especie de doctrina oficial de partido, se nos ha advertido que conviene no afirmar nada acerca de razas, religiones o entidades nacionales, visto que, después de todo, no hay afirmación categórica que esté desprovista de suposiciones de valor y que los valores fomentan las divisiones entre los hombres. Hemos de abstenernos de definir, subsumir y juzgar. En su lugar, conviene que nos instalemos en la periferia de las cosas y desde allí hagamos gala de sensibilidad hacia la expresión cultural de todas las tierras y pueblos»Richard M. Weaver, Las ideas tienen consecuencias, trad. de Ana Nuño, Madrid, Ciudadela, 2008, p. 77.. Esta descripción se queda, hoy, muy corta, porque desde 1948 ese «hacer gala» relativista se ha extendido a terrenos que Weaver no pudo ni imaginar.
Durante las últimas décadas la «corrección política» (en adelante omitimos las comillas) ha ido colonizándolo todo. Sabemos de qué se alimenta y cómo devasta el paisaje allí por donde pasa, pero, aunque puede observarse casi cada día en las más variadas situaciones, describir el animal no es fácil: no está claro si es molusco o mamífero, su piel es tan viscosa como resbaladiza, tiene conchas y escamas de color cambiante, mil caras, mil patas, ojos y rabos por todas partes. Con frecuencia se comporta como el bufón del circo cultural y político, pero no se rían ustedes, porque ataca, muerde y mata. Está en todas partes, aunque en algunos lugares abunda más que en otros; en el Reino Unido, uno de sus territorios favoritos, la fiera se ha hecho, además, omnívora. Vean si no.
A comienzos de 2010, una pacífica ciudadana, de sesenta y seis años de edad, dueña de una tienda de animales, fue condenada a una fuerte multa, a cumplir una especie de toque de queda durante siete semanas (para asegurar lo cual tuvo que llevar durante ese tiempo una pulsera telemática, como la que se coloca a algunos peligrosos criminales y acosadores sexuales) y a cumplir, además, ciento veinte horas de trabajo comunitario, todo ello por el delito de haber vendido un pez de colores a un menor, un chico de catorce años, sin preguntarle la edad y sin instruirlo acerca de los cuidados que el pez necesitabaNoticia de prensa en 2010.. Poco después, en Londres, un predicador baptista fue detenido y conducido a una comisaría por afirmar en un sermón que, según la carta de san Pablo a los corintios, «la homosexualidad es pecado»Noticia de prensa en 2010.. Y, también en 2010, el blog de un conocido columnista de The Spectator fue censurado por la Comisión de Quejas de la Prensa –una entidad no gubernamental de autorregulación– por afirmar que «la sobrecogedora mayoría de los delitos callejeros, apuñalamientos, tiroteos y crímenes sexuales en Londres son perpetrados por jóvenes de la comunidad afrocaribeña», lo que es una evidencia estadística perfectamente conocida por la policía y los medios de comunicaciónHoracio Vázquez Rial, «Racismo y corrección política», Libertad Digital, suplemento Ideas, 6 de abril de 2010.

 

LAS VISIONES DEL ANIMAL

 

La bestia se ha reproducido con éxito en Europa, en Canadá han aparecido ejemplares extraordinariosEn 2011, una pareja canadiense ha decidido mantener en secreto para amigos y familiares el sexo de su tercer hijo/-a con el argumento de que, de ese modo, podrán darle una educación «genderless» (sin género, asexuada), permitiéndole escoger libremente su orientación sexual: noticia tomada de Internet en el portal www.raptureintheairnow.com y en «Political Correctness», http://www.hotheads.com., pero Estados Unidos ha sido y sigue siendo su gran hábitat, como señalaba, hace ya unos cuantos años, Fernando Díaz-Plaja, buen conocedor de la corrección política en su salsa original: los medios universitarios norteamericanosFernando Díaz-Plaja, Confesiones «Políticamente Incorrectas», Madrid, Edaf, 2002.
En un libro publicado en 2006, The Professors, David Horowitz, uno de los más conocidos escritores «antiprogresistas» de Estados Unidos, que en su juventud y primera madurez militó en la extrema izquierda, recogió, con la ayuda de estudiantes, las opiniones, principios docentes y actuaciones académicas de cien profesores «radicales» alineados con la corrección política. Sobreponiéndonos a l’embarras du choix, porque hay muchos ejemplos fantásticos, vean solo los tres siguientes, que pueden considerarse «clásicos»: 
1) Regina Austin, profesora en la Escuela de Leyes de la Universidad de Pensilvania, es defensora de lo que se denomina «Teoría Racial Crítica». Estima que la distinción entre comportamientos acordes con la ley y comportamientos no acordes tiene su origen en la sociedad de los blancos, es un instrumento de opresión de los blancos sobre los negros, por lo que la idea de una ley igual para todos resulta inadmisible. En su opinión, la comunidad de los afroamericanos necesita una fuente de legalidad diferente a la de los blancos. La señora Austin y otros profesores estiman que las violaciones de la ley que podemos considerar «no graves» (por ejemplo, hurtos en supermercados) pueden ser, según las circunstancias, incluso, aceptables o convenientes si se cometen por grupos oprimidos, como los afroamericanos, porque pueden entenderse como «compensaciones» de las injusticias del sistema; en todo caso, su castigo no puede ser el mismo que si se cometen por blancos. 
2) Miriam Cooke, que enseña Lengua y Literatura Asiática y Africana en la Duke University (Carolina del Norte), es defensora del «feminismo islámico»: su idea fundamental es que Occidente debe entender positivamente, con simpatía, la opresión bajo la que viven las mujeres en el mundo islámico como expresión del ser de las mujeres precisamente en ese entorno cultural, aceptando que carecemos de legitimidad para criticar esa situación o proponer cambios inspirados en la cultura occidental.
3) Joe Feagin, profesor de Sociología de la Universidad de Texas, sostiene que Estados Unidos debe pagar una indemnización a todos sus ciudadanos afroamericanos para compensarles por el sufrimiento de sus antepasados esclavos, y esta indemnización ascendería a unos tres billones latinos, es decir, tres millones de millones de dólares (el 25% del PIB de Estados Unidos). 
Fuera de los medios universitarios, los ataques terroristas de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington excitaron a la bestia de modo extraordinario y fueron circunstancia propicia para observarla aún mejor. En su Diccionario políticamente incorrecto, publicado en 2004, Carlos Rodríguez Braun registró algunos de sus más escalofriantes gruñidos. Escuchen los dos siguientes: 1) La actriz Susan Sarandon, tan famosa y admirada, declaró en 2003 que estaba muy preocupada porque «tras el 11-S o estabas en contra de los atentados o estabas a favor»; 2) David Westin, presidente de ABC News, la gran cadena de televisión «liberal» (de izquierdas) de Estados Unidos, prohibió a sus empleados lucir la bandera norteamericana en los días que siguieron al 11-S porque ello podía significar «tomar partido» en la guerra contra el terrorismo, y en una conferencia en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia manifestó que «su objetividad le impedía formular un juicio sobre si estrellar un avión contra el Pentágono era bueno o malo»Carlos Rodríguez Braun, Diccionario políticamente incorrecto, Madrid, LID, 2004, pp. 97, 123, 126, 134 y 148..
¿De dónde viene todo esto? ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

 

LA ESCUELA DE FRÁNFORT Y LA CORRECCIÓN POLÍTICA

 

En The Retreat of Reason. Political Correctness and the Corruption of Public Debate in Modern Britain, publicado en 2006 y traducido en 2010 al catalán con el título Ridículament correcte. El perill totalitari de la correcció políticaAnthony Browne (con un comentario de David Conway), The Retreat of Reason. Political Correctness and the Corruption of Public Debate in Modern Britain, Londres, The Institute for the Study of Civil Society, 2006, pp. 4-5; Ridículament correcte, Barcelona, La Campana, 2010. Anthony Browne, matemático, periodista y asesor del alcalde de Londres desde 2008 es uno de los más interesantes intelectuales tories del momento. , Anthony Browne acepta la explicación que han ido elaborando durante las últimas décadas los medios norteamericanos enemigos de la corrección (conservadores de diversas tendencias, pero también «liberales» de la izquierda clásica) que, realmente, no tiene contestación porque los defensores de la corrección política bien niegan que tal cosa exista –en tal caso, no hay nada que buscar–, bien no rechazan esa genealogíaBrowne, The Retreat of Reason, pp. 29-31. William Lind, The Origins of Political Correctness, varias versiones, citamos por el texto de la conferencia pronunciada en 2000 en la American University, accesible en Internet en http://www.academia.org/the-origins-of-political-correctness/.
Aunque es seguro que en un fenómeno tan complejo pueden encontrarse otras influencias, lo que con el tiempo vinieron a ser los cimientos de la corrección empiezan a construirse en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Fráncfort, fundado en 1923 y clausurado en 1933, después del ascenso de Hitler al poder, y siguen desarrollándose en Estados Unidos, con la instalación allí de casi todos sus miembros, entre ellos, Max Horkheimer (1895-1973), Theodor W. Adorno (1903-1969), Herbert Marcuse (1898-1979) y Erich Fromm (1900-1980)Previsoramente, el Instituto había transferido a Ámsterdam su fondo patrimonial en 1931 y tenía sucursales en Ginebra, París y Londres. De hecho, Ginebra fue durante unos meses su sede principal. Para la historia y el significado de la «Teoría crítica» y las aportaciones de Horkheimer, Adorno y Fromm, seguimos los dos textos clásicos sobre la materia: Martin Jay, The Dialectical Imagination. A History of the Frankfurt School and the Institute of Social Research, Berkeley, University of California Press, 1996 (1ª ed., 1973); y Rolf Wiggershaus, The Frankfurt School. Its History, Theories and Political Significance, Cambridge, The MIT Press, 1995; también hemos consultado la Stanford Encyclopedia of Philosophy, accesible en Internet en http://plato.stanford.edu/entries/horkheimer/.. Después de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de esos exilados, entre ellos Marcuse, se quedó en Estados Unidos, pero las dos figuras principales, Horkheimer y Adorno, volvieron a Alemania; se publica la obra inédita de Walter Benjamin (1892-1940), que fue miembro –excéntrico, en varios sentidos– del grupo y, en 1951, el Instituto se refunda en Fráncfort, apareciendo una nueva figura, Jürgen Habermas. Este conjunto de académicos, en sus varias situaciones, a los que se agrupa bajo el nombre de Escuela de Fráncfort, siguió trabajando hasta los años ochenta en Estados Unidos y en Europa en lo que se conoce como «Teoría Crítica», el estandarte que desplegó Horkheimer en los años treinta.
El objeto fundacional del Instituto fue estudiar la realidad social desde la perspectiva del marxismo. Casi todos sus miembros –la gran mayoría de ellos, judíos alemanes o de cultura alemana– eran marxistas de una u otra persuasión, pero ya no creían en la posibilidad de la revolución socialista tal como el marxismo la había anunciado y esperado hasta la Primera Guerra Mundial. La mayoría de ellos empezaban a no creer que la lucha de clases fuera el motor de la Historia, que la relación entre infraestructura económica y superestructura cultural e ideológica fuera siempre útil como categoría de análisis o que la clase obrera, el proletariado, fuera portador de la misión histórica de llevar a la humanidad hacia un estadio superior, «final», de bienestar, racionalidad y auténtica democracia. No tenían militancia política activa y, de hecho, el Instituto fue muy estricto en mantenerse alejado de cualquier compromiso político práctico, distantes tanto respecto del Partido Socialdemócrata alemán, al que algunos de ellos acusaban de traición a la clase obrera por su apoyo a la guerra, su colaboración en el aplastamiento de las intentonas comunistas y la instauración de la República de Weimar, como del nuevo Partido Comunista alemán, al que consideraban un mero instrumento de Moscú. 
Para los miembros del Instituto, el gran problema en los años treinta era explicar el fracaso de la revolución en los países avanzados, empezando por Alemania, su triunfo en Rusia, donde no debería haberse producido, y el ascenso del fascismo, fenómenos, todos ellos, consecuencia de la inmensa y absurda tragedia de la Primera Guerra Mundial. Recién huidos de Alemania, los profesores agrupados en torno a Horkheimer vivían intelectual y políticamente aplastados y condicionados por el triunfo del nazismo y, de hecho, compartían con la ortodoxia soviética de entonces, al menos, una idea que era, desde luego, sectaria: que el fascismo no era una aberración del capitalismo y del sistema liberal-democrático, sino su verdadero rostro, su inexorable «etapa final», la del capitalismo monopolistaRolf Wiggershaus, op. cit., p. 142.
Desde su fundación, el Instituto consideró necesario unir reflexión teórica e investigación empírica, una orientación que rompía o ampliaba los horizontes del marxismo tradicional. Aunque en el Instituto trabajaron varios profesores de Economía y se publicaron unos cuantos libros sobre diferentes temas económicos, ninguna de sus grandes figuras –Horkheimer, Adorno, Marcuse, Fromm, Benjamin– mostró nunca preocupación por ampliar sus conocimientos económicos o por mejorar su comprensión del funcionamiento del capitalismo o de la Gran Depresión: todos ellos fueron, prácticamente, analfabetos económicos, lo que no fue irrelevante para la Teoría Crítica.
Los dos «productos» de la Escuela, los dos «bloques de ideas» que parecen haber tenido mayor influencia en la formación y desarrollo de la «corrección política» han sido el concepto de «personalidad autoritaria» y la crítica de la «razón instrumental» o «afirmativa», la crítica de la Ilustración. Un tercer «producto», su análisis de la industria cultural y la cultura de masas como instrumentos de dominación en las sociedades capitalistas modernas, no parece haber tenido un papel significativo. Aunque los tres «bloques de ideas» empezaron a elaborarse en los años treinta –y en algunos aspectos, en los veinte– no se divulgaron hasta después de la guerra mundial. 
El primero de esos conceptos, el de «personalidad autoritaria», nació del intento (que empezó con Fromm en los años veinte) 13 de utilizar el psicoanálisis para construir una psicología social que explicase la aparición del fascismo y el fracaso de la revolución socialista cuando parecían haberse dado todas las condiciones para su triunfo, algo que, según Horkheimer y sus colaboradores, no podía hacer el marxismo únicamente con sus instrumentos y conceptos tradicionales. 
La personalidad «autoritaria», contrapuesta a la personalidad «democrática» (inicialmente, se la denominó «revolucionaria», pero hubo un cambio de vocabulario después de la guerra) y a la «ambivalente»Michael Minnicino, «The Frankfurt School and Political Correctness», Fidelio, invierno de 1992, accesible en Internet en el portal del Schiller Institute: http://www.schillerinstitute.org/fid_91-96/921_frankfurt.html , era un «tipo psicoanalítico», producto del capitalismo dominado por los monopolios, cuyo núcleo, según Fromm, era la mezcla de sadomasoquismo y conformismo, residencia anímica del antisemitismo y del fascismo entendidos como perturbaciones o afecciones mentales. Después de diversos ensayos preliminares, y disponiendo ya de un amplio trabajo de encuestas realizadas en Estados Unidos y en varios países europeos, la primera versión de la idea apareció en 1936, en un libro publicado en París, en alemán, coordinado por Horkheimer: Estudios sobre autoridad y familiaEn el libro participaron, además, Adorno, Fromm y Marcuse.. Una segunda entrega apareció en 1941, en Estados Unidos: Escape from Freedom (en español y otros idiomas se publicó con el título traducido de la versión inglesa de 1942, El miedo a la libertad), de Erich Fromm, aunque, por entonces, Horkheimer y Adorno ya se habían distanciado de Fromm y este había sido despedido del Instituto. Y en 1950, dentro de una serie de estudios sobre prejuicios y antisemitismo, apareció la obra considerada definitiva sobre la materia: La personalidad autoritaria, el más conocido de cuyos coautores fue Adorno. 
La explotación del concepto de «personalidad autoritaria» para explicar el fracaso de la revolución y el ascenso del fascismo se apoyaba en el papel y funciones de la familia, la institución social crucial en la reproducción de ese tipo psicoanalítico. Horkheimer lo intentó, pero no llegó a elaborar una teoría de la familia burguesa que él mismo considerase consistente; de hecho, la Teoría Crítica nunca llegó a elaborar una teoría de la familiaMark Poster, Critical Theory of Family, Nueva York, Seabury Press, 1978, capítulo 2, «The radicalization of Eros», accesible en Internet en http://es.scribd.com/doc/45094331/Critical-Theory-of-Family. Sin embargo, entre 1929 y 1933, años antes de la publicación de Estudios sobre autoridad y familia, un discípulo de Freud, Wilhelm Reich (1897-1957), que no fue nunca miembro del Instituto, había publicado varios librosFueron Materialismo dialéctico y psicoanálisis (1929), La imposición de la moral sexual (1932), Análisis del carácter (1933) y Psicología de masas y fascismo (1933). sobre la relación entre carácter, represión sexual, autoritarismo, familia y fascismo con ideas cercanas a las de Fromm y otros miembros del Instituto. 
Para Reich, la familia tradicional, patriarcal y monogámica, fundamentada en la dominación económica del varón, exigía la represión sexual, era el gran vehículo de reproducción y reforzamiento del autoritarismo y, por eso, tenía una gran parte de culpa –si no la culpa– en el ascenso del fascismo. La conclusión era que la revolución solo podría llegar tras la abolición de la familia tradicional, de la monogamia, la superación de la represión sexual, etc. Las ideas de Reich, simples y, desde luego, escandalosas –incluso para el marxismo tradicional y, aún más, para el soviético y también para los miembros de la Escuela de Fráncfort–, se difundieron a la vez que, y junto a, la Teoría Crítica y, con el tiempo, fue haciéndose una amalgama entre ambas cosas. Ya desaparecido Reich, en los años sesenta y setenta, algunas de sus ideas tuvieron una segunda vida, aunque metamorfoseadas, con Marcuse. 
El segundo «bloque de ideas» es la crítica de la Ilustración. En 1947, Horkheimer publicó dos de las aportaciones más importantes a la Teoría Crítica: Dialéctica de la Ilustración (en alemán; no se tradujo al inglés hasta 1972), en colaboración con Adorno, y Eclipse de la razón (en inglés). Su contenido fundamental era la crítica de lo que se denominó «razón instrumental», que había llevado a enormes avances científicos y materiales, pero también había hecho posible el fascismo y la barbarie nazi, la guerra, el Holocausto y la posibilidad de la aniquilación de la humanidad en una guerra nuclear: la Ilustración había terminado convirtiendo la racionalidad en irracionalidad. Curiosamente, aunque Horkheimer no fue nunca –y menos aún después del aplastamiento del nazismo– defensor del sistema soviético o de Stalin, el gulag y el totalitarismo comunista aparecían solo de modo borroso en el listado de horrores del siglo XX.
Para Horkheimer y Adorno, la «razón instrumental», la razón que ha sido el motor de la cultura occidental desde el siglo XVIII, lo que llamamos «Ilustración», es parcial (no pretende integrar sus conocimientos en un todo, a diferencia de los grandes sistemas filosóficos), trata de dominar la naturaleza (lo que conlleva su destrucción y, a largo plazo, la de la humanidad), su función es proporcionar medios para conseguir fines, sin cuestionarse estos. El rechazo de la razón de la Ilustración lleva, entre otras cosas, al repudio del positivismo experimental, de los criterios de verdad pretendidamente independientes de circunstancias históricas y sociales –lo que abría la puerta a todos los relativismos–, y una posición más abierta hacia los grandes sistemas metafísicos que, en sus orígenes, la Escuela repudiabaEn 1977, Habermas intentó, en un largo diálogo con Marcuse, aclarar el concepto de razón o racionalidad defendido por este, sin conseguir, finalmente, y aun esto con dificultad, más que lo siguiente: «La racionalidad reside […] en el impulso de la energía erótica [tendente] a detener la destrucción». Habermas no estaba de acuerdo en que esta descripción o definición fuera satisfactoria y dejaron el asunto abierto: Jürgen Habermas, «Diálogo con Herbert Marcuse» (1977), accesible en la red en español en http://estafetagabrielpulecio.blogspot.com/2010/08/jurgen-habermas-dialogo-con-herbert.html. Pero la crítica fundamental, la que ha tenido una influencia decisiva en la construcción de la «corrección política», es la que se refiere a su indiferencia en cuanto a la suerte de los débiles y al sufrimiento humano. 

 

DEFENSA DE LOS DEBÉRES Y DE LA RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL

 

La adolescencia y primera juventud de Horkheimer, líder indiscutido de la Escuela, transcurrieron, igual que para muchos de sus colegas en el Instituto de Investigaciones Sociales, en los años de la Primera Guerra Mundial y en el caos de la posguerra, algo que en su caso, como en muchos otros, fue decisivo para su formación y su sensibilidad política. El sufrimiento humano estuvo siempre en el centro de sus preocupaciones y el objeto de la Teoría Crítica, su auténtica justificación, era, para él, evitar o disminuir el sufrimiento. Pero incluso al final de su vida, cuando se hizo más comprensivo con el papel que podían desempeñar los sentimientos religiosos (no las iglesias organizadas) para conseguirlo, y había abandonado casi todas sus convicciones marxistas, no se refería al sufrimiento ligado a la naturaleza humana, sino al imputable a las irracionalidades de la sociedad capitalista. Según Horkheimer, lo que debe hacer la Teoría es determinar quién sufre y quién hace sufrir, qué grupos tienen poder sobre qué grupos para, justamente, terminar con su dominación y el sufrimiento. 
Pues bien, la definición de Anthony Browne, la corrección política entendida como una «ideología que clasifica a ciertos grupos de personas como víctimas que necesitan protección»Browne, The Retreat of Reason, pp. 4-5., refleja, desde luego, la posición de Horkheimer. Por su parte, en La ley del más débilAndré Lapied es profesor de Economía en la Universidad Paul Cézanne de Aix-en-Provence. La loi du plus faible se publicó en 2006 (París, Les Belles Lettres). La edición española tiene algunos problemas: se traduce «n’importe quel être humain» (p. 61 de la edición francesa), «cualquier ser humano», por un galicismo (y anglicismo) innecesario: «no importa qué ser humano» (p. 63 de la edición española); «tout en substituant le communautarisme à l’universalisme» (p. 152 de la edición francesa) se traduce por «sustituyendo el comunitarismo por el universalismo» (p. 146 de la edición española), con lo que en español está diciéndose lo contrario de lo que se dice en francés; aunque las palabras «roborativo/-a,» «exutorio» y «provisorio» están en el Diccionario de la Real Academia, la mayoría de los lectores habrían agradecido, seguramente, el uso de palabras menos pegadas al francés y más comúnmente inteligibles (pp. 61, 79, 92 y 100); por otra parte, en tres ocasiones (pp. 25, 113 y 145) aparece el condicional negativo «si no» escrito como la conjunción «sino»., André Lapied profundiza en esa definición, analizando el que es el principio activo más potente de la corrección política, la «protección de los débiles», y su corolario, la «defensa de la irresponsabilidad individual». «El débil –escribe Lapied– juzga malo a quien no es él: el fuerte. Así, siempre será posible acusar a un fuerte de las desgracias que se abaten continuamente sobre los débiles»Lapied, op. cit., pp. 23-24.. Quien no es débil, es malo: «Solo los débiles tienen valor y [eso] se traduce por la sacralización de los valores pretendidamente femeninos: dulzura, amor, paz, compasión [...]. El valor de las mujeres como género y no como individuo […] proviene del hecho de que se las supone oprimidas […]. Quizá, más aún que las mujeres, los homosexuales sufran la opresión que les otorga valor»Id., pp. 25-26.. Igual que las mujeres, los niños son débiles, y el hecho de que todavía no estén contaminados por la sociedad, es decir, el hecho de que estén más cerca de la naturaleza que los adultos, acrecienta su valor: «Lo bueno de la bondad natural del hombre no es el hombre, sino la naturaleza. Es bueno en tanto que ser natural, no en tanto que humano»Id., p. 34.
Lo políticamente correcto exige hallarse siempre del lado del más débil. Para Lapied, «esta actitud constituye la baza fundamental de los extremismos de izquierda»Id., p. 46. que se desarrollan durante las últimas décadas en torno a dos ejes: primero, las desigualdades son siempre excesivas e injustas y deben ser compensadas o, cuando la compensación es difícil o imposible –como ocurre con las capacidades intelectuales–, simplemente, negadas o anuladas en sus consecuencias prácticas; segundo, las minorías, «pueblos» real o pretendidamente oprimidos o grupos sociales diversos, siempre «poseen un derecho franco a la violencia»Id., p. 50
Los débiles pueden y deben quejarse, pero para ello deben tener algún temor, lo que es siempre legítimo: «En el origen de los grandes miedos del mundo moderno se encuentra, frecuentemente […] la acción humana»Id. p. 35. El calentamiento del planeta, los miedos alimentarios, la globalización, las reformas en el Estado del bienestar suelen ser, dice Lapied, objeto de tratamientos oscurantistas, «en flagrante contradicción con la confianza en el progreso de la ciencia de la que alardea lo políticamente correcto […]. [Pero] lo políticamente correcto no es y no pretende ser coherente […] [porque] no resulta de la voluntad […] que construye un sistema filosófico o de una iglesia que funda una religión, sino […] de un conjunto de fuerzas que ejercen su voluntad de poder […]. Lejos de contentarse con una protección contra los abusos del poder, lo políticamente correcto invita a las minorías a imponer sistemáticamente su voluntad a la mayoría […] las libertades individuales no tendrían valor salvo en la medida en que permitan a las minorías expresarse […]. El pluralismo, la alternancia constituyen una contradicción de lo políticamente correcto [la cursiva es nuestra]»Id., pp. 37-39.
Los débiles sufren porque los fuertes les oprimen, pero –es forzoso reconocerlo– no siempre por eso. A veces sufren porque se equivocan, porque la sociedad o su herencia genética les lleva al error o al delito. Así, de la «defensa de los débiles» surge otro motor de lo políticamente correcto: la negación de la responsabilidad individual. «Si las acciones humanas están enteramente determinadas por factores genéticos y sociales, la creación individual, el espíritu libre, la responsabilidad se esfuman […]. Al carecer de libertad […] el hombre es irresponsable» Id., p. 59.. Este componente de la corrección política, un mar de fondo capaz de provocar los naufragios más violentos e inesperados, tiene efectos en diversos campos, entre ellos, muy conocidos, en el tratamiento de la delincuencia y en la aplicación de las penas, pero alcanza a otras cuestiones, como el rechazo de la meritocracia, de la lógica del mercado e, incluso, señala Lapied, la distinción entre riqueza u opulencia aceptable y no aceptable (es aceptable la opulencia del gran deportista profesional, del famoso cantante o del afortunado en la lotería; inaceptable, por supuesto, la del empresario o banquero). 
La defensa del débil y de la irresponsabilidad individual se lleva a cabo –y estos son rasgos característicos, cuyas primeras manifestaciones pueden situarse en Rousseau– desde el supuesto de la bondad original del ser humano y desde la indignación ante los males que la sociedad le inflige, una indignación que considera intolerable cualquier duda o tibieza: «En gran parte del discurso público de Gran Bretaña, la confianza en la razón se ha visto sustituida por la confianza en el aliciente emocional de un argumento»Browne, Ridículament correcte, p. 35.. Al políticamente correcto parecen darle igual los resultados contrarios a los deseados de su acción indignada. «La idea de que […] la piedad o la conmiseración autorizan la irracionalidad es tan perniciosa como popular […]. Lo que importa […] es que […] yo mantengo mi posición a partir de mis sentimientos, que son buenos y correctos, porque yo soy bueno» Jamie Whyte, Crimes against Logic, Nueva York, McGraw-Hill, 2005, p. 156. Thomas Sowell lleva muchos años explicando que las medidas de discriminación en favor de la minoría negra han contribuido al empeoramiento de su posición social y económica dentro de la sociedad norteamericana.

 

NUEVOS TERRITORIOS

 

Si no quieren decaer y perder poder político, social y –muy importante en esta guerra– académico, los defensores de los débiles necesitan una ampliación continua de su territorio. Tiene que ir más allá de la protección de las víctimas, reales o impostadas, de agresiones o injusticias que tienen su origen en discriminaciones sexistas o raciales, históricamente el primer campo de batalla de la corrección. Hay que defender a los habitantes de los países pobres de la explotación de los países ricos; a los sujetos de otras culturas de la dominación de la civilización cristiano-occidental y de sus convenciones; a las minorías (en particular, musulmanas) en los países de Europa occidental; a las personas con minusvalías, etc., etc. La corrección política ha llegado a la discusión sobre el cambio climático; la investigación biológica; la relación entre padres e hijos y entre los seres humanos y los animales; muchos episodios históricos; las grandes obras literariasMark Twain ha sido la víctima más reciente. En una edición de Huckleberry Finn publicada en 2010 se han censurado los términos nigger e indian. Sobre corrección política y cuentos infantiles es interesante la lectura de Antonio Rodríguez Almodóvar, «La corrección política mata los cuentos», en el portal de Internet Madridiario.es, 9 de junio de 2010. En Estados Unidos, una comisión rechazó la inclusión en un texto escolar de la fábula de Esopo «El zorro y la gallina» debido a que, a su juicio, no es aceptable que el zorro –macho– aparezca como inteligente, mientras que la gallina –hembra– se presente como tonta y alocada. Véase Geoffrey Hughes, Political Correctness. A History of Semantics and Culture, p. 55.; los cuentos infantiles; las letras de las canciones pop; los fumadores «pasivos»; los obesos; las víctimas de errores médicos; los pasajeros que padecen retrasos en sus viajes en avión; los dueños de coches con defectos de fabricación; las víctimas de medicamentos o de intoxicaciones alimentarias, etc. El celo de la corrección llega a todas partes.
Unas cuantas de las ideas que defiende la corrección están cerca de algunos estereotipos de la izquierda y puede pensarse que la desaparición de la Unión Soviética y del «socialismo real» y la casi universal desaparición –o reducción a la irrelevancia– de los partidos comunistas inspirados en lo que se denominaba «marxismo-leninismo» o en el colectivismo soviético abrieron, hace ya dos décadas, un vacío que la corrección política ha llenado. Pero tampoco eso está claro.
En diversas cuestiones como, por ejemplo, la energía nuclear, la industrialización de los países más pobres, los alimentos transgénicos, las relaciones con grupos humanos primitivos y las relaciones con el islamismo, la corrección política defiende posiciones reaccionarias, anticientíficas o arcaizantes, alejadas de lo que, cabe pensar, defendería, si todavía existiese en algún sitio, el «socialismo real», tal como lo conocimos hasta el derrumbe de los años noventa. Entonces, ¿de qué se alimenta esta expansión? Como señala Browne, el relativismo culturalBrowne, Ridículament correcte, p. 77. (que necesita el relativismo cognitivo, pero también el moral y el estético) parece desempeñar un papel importante, brindándole a los protectores del débil un amplísmo nuevo mercadoAlan Sokal, Más allá de las imposturas intelectuales. Ciencia, Filosofía y Cultura, Barcelona, Paidós, 2008, pp. 231-232; Browne, Ridículament correcte, p. 77.
El relativismo cognitivo, que es el cimiento de los demás relativismos, sostiene en su versión más radical que lo que consideramos «verdades» son, fundamentalmente, convenciones o acuerdos sociales que se alcanzan y son válidos en cada cultura y cada época, y eso se aplica a todos los conocimientos que consideramos «científicos», las ciencias que hacen predicciones acerca de la realidad, como la Física, la Química, la Biología o la Astronomía, pero también a las ciencias que no hacen –o apenas– predicciones, pero trabajan y pretenden fundamentarse en pruebas materiales, testimonios o documentos accesibles a todos y comprobables objetivamente, como la Historia, la Lingüística o la Sociología. Esta clase de relativismo era un componente de la Teoría Crítica desde su nacimiento. En 1934, Horkheimer escribía: «La lógica no es independiente del contenido. Frente a la realidad de que lo que es barato para la parte favorecida de la Humanidad resulta inalcanzable para otros, la lógica no partidista sería tan no partidista como un libro [un código] de leyes igual para todos»Richard Horkheimer, Dämmerung, citado por Martin Jay, op. cit., p. 55. En Estados Unidos, el relativismo cognitivo ha tenido como más conocido portavoz a Richard Rorty (1931-2007): véase Alan Sokal, op. cit., pp. 315 y ss.
La explotación por la corrección política de los diferentes relativismos representa, dice BrowneBrowne, Ridículament correcte, pp. 33-34., un asalto tanto a la razón como a la democracia liberal. Es un asalto a la razón porque la vara de medir de lo aceptable de una creencia ya no es su verdad, establecida objetivamente, o los conocimientos históricos o sociológicos mejor documentados. En el universo relativista, el concepto de «verdad establecida objetivamente», verdad como correspondencia con la realidad, carece de sentido; lo que importa es cómo encaja o no encaja cada explicación u opinión en las pautas de la indignación moral o de las convenciones o acuerdos sociales políticamente correctos. Y es un asalto a la democracia porque esa explotación justifica y sostiene los ataques a la libertad de expresión y al debate abierto.

 

EL LENGUAJE CORRECTO

 

La protección de los débiles, la defensa de las víctimas de toda clase, el canto a la irresponsabilidad individual o la adhesión al relativismo cultural se han manifestado, de forma muy visible en la manipulación del lenguaje: palabras prohibidas, palabras obligatorias, neologismos, circunloquios aconsejados, palabras cambiadas de significado, etc. La corrección política ha infectado el lenguaje de los medios de comunicación, de los políticos, de la Administración y la literatura, de los libros de historia, y ha llegado hasta a censurar ilustres diccionarios clásicosHughes, Political Correctness, capítulo 3.; realmente, ha infectado todos los lenguajes, pero no solo los escritos, sino también el de las imágenes.
La corrección política ha consistido, sobre todo, dice Hughes en Political Correctness, «en poner nombres o en cambiar nombres»Hughes, Political Correctness, p. 15. y eso se ha conseguido mediante la utilización de eufemismos y el uso de lo que en inglés se llama misnomer, que podríamos traducir en español por «nombres engañosos» o «apelativos engañosos», sin excluir los términos recién inventados, neologismos que son, con frecuencia, a la vez, eufemismos y nombres engañososPara la distinción entre eufemismos y nombres engañosos, véase Hugues, op. cit., pp. 17-21. La corrección política tiene antecedentes históricos en conformismos «impuestos por grupos de presión que exigían acatamiento a determinados valores o definiciones». En ese sentido, «puede ser vista como una nueva forma de ortodoxia», pero con diferencias importantes respecto a otras ortodoxias históricas. Id, pp. 7 y 23-24.  No la impone ninguna autoridad reconocida, ni está amparada por ninguna ideología específica; en sus orígenes no hay un partido político, una secta o iglesia organizada, sino minorías militantes dispersas. Por eso, el lenguaje políticamente correcto actual no es, predominantemente, un newspeak orwelliano de significados invertidos –aunque eso también se da–, ni el lenguaje estereotipado, hecho de lemas y consignas, de la agit-prop de los totalitarismos del siglo xx, por más que incorpore muchos de sus recursos semánticos. El lenguaje de la corrección política es, más bien, un lenguaje edulcorado, que suscita poca oposición, que no espera influir –o muy poco– en las creencias, pero aspira, desde luego, a influir en las conductas.
El inglés ha sido y sigue siendo pionero y líder en esta deriva. Es también la lengua en que se han inspirado o que han imitado otras, como el español y el francés, para «purificarse». Hughes comenta un buen número de términos y expresiones víctimas o producto de la corrección y aquí solo podemos traer algunos ejemplos, que complementaremos con otros, en inglés y francés, sacados de los abundantes diccionarios y léxicos de la corrección que pueden consultarse en Internet.
La Gran Palabra Prohibida del inglés de Estados Unidos es, desde luego, nigger, una de las varias corrupciones o derivaciones en inglés americano del español o portugués «negro», que, al menos hasta no hace mucho, era correcto utilizar en Estados Unidos en algunos contextosEn los años treinta del siglo xx se fundó en Estados Unidos el National Council of Negro Women, que sigue conservando hoy el mismo nombre.; actualmente, el término correcto es, siempre, Afro-american y, en algunos casos, puede utilizarse black; queer (marica o maricón) está estrictamente prohibido y en su lugar debe usarse gay, aunque se tolera fag según quién lo usa y el contexto; cripple (tullido) está también prohibido: las personas con alguna clase de malformación o incapacidad física tampoco deben ser calificadas de disabled, sino, más bien, de differently abled o physically challenged.
Junto a las palabras prohibidas, están las palabras de sustitución aconsejada. Por ejemplo, visually impaired es preferible a blind (ciego), lo mismo que sucede en francés políticamente correcto, que considera non-voyant preferible a aveugle. Otras palabras a sustituir son, en inglés, prostitute (por sex worker) y drug addiction, que se reemplaza por substance dependence. En francés casi no puede utilizarse la palabra gitans, hay que utilizar la expresión perfectamente difusa gens du voyage; la palabra chômage (paro o desempleo) se sustituye a veces por parcours de recherche d’emploi (literalmente, «recorrido de búsqueda de empleo»), de igual modo que chômeur (parado, desempleado) se sustituye por offreur de services («oferente de servicios»). Y también tenemos nuevas palabras: una, muy conocida y utilizada, y relativamente inocua, para designar al presidente de una reunión, compañía, etc., es chairperson, en lugar del tradicional chairman; otra, que produce cierta estupefacción cuando se oye o lee por primera vez, es herstory en lugar de history, debido a que her y hers son adjetivo y pronombre femenino, mientras que his es adjetivo y pronombre masculino.
En el campo de los eufemismos, tenemos dos categorías: los que son solo eufemismos (terminated pregnancy por abortion, o technicien de surface por balayeur (barrendero)) y los que son, en la terminología de Hughes, a la vez, eufemismos y nombres engañosos. Un buen ejemplo es industrial action para denotar strike (huelga), una expresión aparecida a comienzo de los años setenta del siglo xx, que es engañosa, «porque lo que significa esencialmente es ‘inacción’, un ejemplo de lenguaje doble y cínico raramente utilizado en el discurso ordinario»Hughes, Political Correctness, p. 17. Otro buen ejemplo, este rozando el newspeak orwelliano, es la repressive tolerance, el nuevo concepto de «tolerancia» elaborado por Marcuse en 1965, cuyo significado era, en realidad, absoluta intolerancia hacia el pensamiento conservador, liberal o cualquier idea política o social que rechazara el izquierdismo utópico de los años sesenta.
Y no solo las palabras, como se ha apuntado, sino también las imágenes. Entre otros muchos casos, podemos recordar uno muy notable ocurrido en Francia. En 2005, los organizadores de una gran exposición sobre la vida y la obra de Jean-Paul Sartre modificaron varias fotos –entre ellas, una en el cartel de la exposición– eliminando los cigarrillos y colillas que aparecían entre sus dedos, tratando de ocultar algo que nadie ignoraba: que Sartre había sido, toda su vida, un gran fumadorSimon Leys ha recordado este episodio cumbre de la idiocia de lo políticamente correcto en La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas, trad. de José Ramón Monreal, Barcelona, Acantilado, 2011, p. 57.
 

 

DE QUIMERA EN QUIMERA

 

Como señalaba Martin Jay a comienzos de los años setenta, la Escuela de Fráncfort se ocupó de diversos «temas modernos» –la ecología, la liberación de las mujeres, por ejemplo– décadas antes de que la opinión pública o académica se interesase por ellasMartin Jay, op. cit., p. 298.Su condición de precursora es indiscutible. Pero nunca pretendió proponer soluciones a los problemas de la sociedad capitalista, cuya existencia era para sus intérpretes y creadores El Gran Problema, así, con mayúsculas. Tampoco, por cierto, a los problemas del colectivismo soviético, al que casi siempre tendió a considerar, más bien, una desviación –irreconocible y, a veces, criminal, pero desviación, al fin y al cabo– del Gran Ideal, también con mayúsculas, siempre indefinido. 
Los miembros de la Escuela nunca pensaron que fuera su deber moral o filosófico ir más allá de la «pura razón negativa», que la ausencia escrupulosa de cualquier compromiso con la realidad afectase a la validez o interés de sus críticas, y se mantuvieron en esa torre de marfil en las tres etapas del Instituto –Fráncfort, Estados Unidos y, de nuevo, Fráncfort. Marcuse, el gran transmisor y gran protagonista de la Teoría Crítica para el público norteamericano y, de ahí, en realidad, para todo el mundo, no solo no siguió el camino de Horkheimer hacia posiciones más realistas y conservadoras, sino que se mantuvo en ese Olimpo de desentendimiento absoluto de la realidad, lo que le permitió, todavía en 1947, defender el modelo de partido leninista como único posible actor de la revolución, y treinta años después, en 1977, negarse a sacar ninguna conclusión de la comparación entre los países del «socialismo real» y los del capitalismo democráticoRolf Wiggershaus, op. cit., p. 391; véase también el diálogo (1977) ya citado entre Habermas y Marcuse.
Los intérpretes más celosos de la corrección política son los que más enfáticamente niegan su existencia. Dicen que se trata solo de «una quimera, un monstruo imaginario [creado por la derecha] para desacreditar a los que quieren cambiar el statu-quo»Hughes, op. cit., p. 61. Imaginario, o no, come todos los días y, aunque es viejo, goza de excelente capacidad reproductiva y amenaza constantemente, y en todas partes, nuestra libertad y nuestra cultura. 
Sobre la pervivencia y fuerza de las ideas, Keynes escribió en las «Notas de conclusión» de la Teoría General aquello tan famoso de que algunos «hombres de acción» (hombres de empresa, etc.) no lo saben, pero son esclavos intelectuales de algún economista difunto. La corrección política nos acosa con las ideas vulgarizadas y deformadas de un grupo de profesores que, hace ochenta años, se propuso explicar por qué el marxismo había fracasado en sus predicciones. El intento se saldó –con independencia de la riqueza y originalidad de algunas de las intuiciones sociológicas, políticas y estéticas que generó– con un nuevo fracaso, porque la Teoría Crítica no pudo entender, ni, por ello, explicar nada de lo que ocurrió entre el fin de la Primera Guerra Mundial y la desaparición de la Unión Soviética: sus ideas sobre el nazismo eran equivocadas; sus ideas sobre el sistema soviético eran equivocadas; sus ideas sobre el capitalismo democrático eran equivocadas. 
La corrección política nos castiga por el fracaso del marxismo con ecos deformados y retales sueltos de la Teoría que quiso explicar y, de alguna forma nunca precisada, superar ese fracaso. Resulta sorprendente, pero eso es lo que hay, que diría un castizo.

01/11/2011

 
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