ARTÍCULO

Virgilio Euskaldún

 

Aristóteles autorizó en la Poética la idea de que la épica, cuanto más larga, mejor. Épica y bastante larga es Verdes valles, colinas rojas, la ambiciosa trilogía de Ramiro Pinilla que, con Las cenizas del hierro, el tercer volumen que se publica ahora, culmina un proyecto tan extemporáneo como raro. A estas alturas, una obra tan bien urdida ­con recuperaciones de información espaciadas y un empleo magistral de las analepsis y de las prolepsis­, un texto capaz de mantener el pulso narrativo y sostener las tensiones de la intriga durante casi dos mil páginas, resulta difícil de encontrar.
Verdes valles, colinas rojas podría definirse como una saga coral que, a primera vista, narra la historia reciente del País Vasco a través de dos familias de Getxo, los Altube y los Baskardo, desde el apogeo de la revolución industrial durante la Restauración hasta la última década del siglo XX . Las cenizas del hierro comienza con las dudas iniciales del nacionalismo vasco cuando se produjo el pronunciamiento militar de 1936; relata el terror de la posguerra; los intentos de resistencia obrera y nacionalista; el surgimiento de un separatismo «marxista», ETA; y termina abruptamente con la reconversión industrial de los últimos veinticinco años, aunque lo hace al modo de Stendhal en La cartuja de Parma, cuando ya se había cansado de su materia poética.
Los narradores en Las cenizas del hierro son Moisés Baskardo, Asier Altube y su tío Roque.Además, para terminar la trilogía, Pinilla ha incorporado, aunque en una intervención casi anecdótica, al maestro de escuela y especialista en cuestiones de Getxo, don Manuel Goenaga. Durante la guerra, Moisés Baskardo, hijo esquizofrénico de la peneuvista y riquísima Cristina Oiaindia, servirá de enlace entre los grandes chatarreros de Neguri aparentemente fieles a la Segunda República y sus socios, que pasan la guerra encerrados en las bodegas de varios barcos en el puerto de Bilbao.
El otro narrador principal,Asier Altube, es un adolescente cuando estalla la guerra. Durante la terrible represión inicial del franquismo, contactará en Bilbao con un grupo de anarquistas, y hará suya esta ideología pese a que «se era nacionalista simplemente por ser de Getxo». Asier se involucra en la poca vida clandestina de reivindicación obrera existente en la ría, participa en la huelga de 1947 y observa con una mezcla de estupor y ansiedad el abismo que separa la vida de Getxo de la de Bilbao; el mundo premoderno y atávico del caserío de su familia, sus amigos de cuadrilla y sus maestros; y el de la modernidad que representan sus compañeros en la lucha obrera.
Curiosamente, estas dos voces masculinas se encargan de relatar un mundo donde las mujeres, sobre todo la madre de los Baskardo legítimos, Cristina Oiaindia, y la de los Bascardo espurios, Ella, además de la maestra doña Mercedes, ocupan el espacio central reservado a las urdidoras de los hechos fundamentales. Ellas son objeto de escarnios y depositarias del honor de los hombres, como en el teatro áureo. Pero lo esencial de Las cenizas del hierro no radica en casi nada de lo dicho hasta ahora. Lo fundamental es que Ramiro Pinilla ha escrito la épica definitiva del nacionalismo vasco, como Virgilio escribió la del imperialismo romano en la Eneida o Camoens la del colonialismo portugués en Os Lusíadas (Virgilio en latín, Camoens en portugués y Pinilla en castellano). El juicio que se haga de Verdes valles, colinas rojas, por lo tanto, siempre estará condicionado por la percepción que se tenga de ese nacionalismo. No obstante, nada deslegitima el intento de observar la obra en tanto que artefacto literario, como dirían los formalistas.
Para ello hay que vencer varias tentaciones, como la de ver en el «Getxo» de la novela una sinécdoque del País Vasco, entre otras cosas porque hubo, hay y probablemente habrá un País Vasco no nacionalista que la novela niega por omisión (y en esto refleja estremecedoramente la realidad actual de Euskadi), dejando en su lugar algunas sombras siniestras. Otra tentación a reprimir es la de hacer una lectura provincialista, en la trillada clave sentimental de «qué bonito es lo nuestro» o, peor aún, «somos pequeños pero, ¡qué grandes somos!». La novela de Ramiro Pinilla merece más. Éste es, al fin y al cabo, el canto más sobresaliente que se ha hecho de los orígenes legendarios y de la conquista de la modernidad en Euskadi,con toda la carga de mitificación ­a ratos irónica, en ocasiones sospechosamente literal­ y victimización neurótica ­aunque los propios personajes se rían de ella­ que comporta.
Como es normal, una novela de esta grandeza tiene sus achaques. Por ejemplo, la altísima densidad simbólica de algunos momentos ­las luchas entre la iglesia y la taberna por el altar­, o el solipsismo obsesivo que entraña interpretar todo lo que sucede en clave de ese metafísico, trascendente y homogéneo «ser vasco». Son cargas difíciles de acarrear.Tan difíciles que hay momentos en que parece un tratado teológico en el que Dios es sustituido por «lo vasco», y en una novela lo vasco ­o lo ruso, o lo chino­ interesa tal vez menos que lo humano. El nacionalismo vasco o, como dice Asier Altube, «El gran tema Getxo», fascinará a quienes padecen el síntoma y gozan la enfermedad. Los demás preferirían, por poner un ejemplo, saber más de Benito Muro, el malvado alcalde nacionalista (español) que vendió los planos del Cinturón de Hierro. En un texto tan sobresaliente, sin embargo, los peros son anecdóticos.

01/09/2006

 
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