ARTÍCULO

La pícara Violetta

Alfaguara, Madrid, 504 págs.
 

Diablo guardián es una novela prolija, incontinente, y a duras penas transitable si se desconoce el habla popular mexicana. Lo último lo soluciona un buen diccionario, pero para contrarrestar la prolijidad y la incontinencia hay que armarse de paciencia. No queda otro remedio, y es muy probable, pese a todo, que el lector llegue a la última página, no ya exhausto por los largos circunloquios de la pícara Violetta, sino sin saber de este personaje mucho más de lo que ya sabe cuando bordea las doscientas páginas. Cuando una novela, antes de su mitad, es ya un cúmulo de reiteraciones, suscita la creencia de que lo que resta son palabras devaluadas, y es indudable que seguir leyendo así, sospechando más de lo mismo, no es el mejor método para apreciar su valor literario. Pero lo peor, no obstante, es que se cumpla la sospecha. Entonces ya no hay nada que hacer. Hay que decirlo pronto: Diablo guardián es una novela que avanza, pero no progresa, y se vacía a sí misma por despilfarro de palabrería. Un fenómeno extraño, o no tan extraño: la charlatanería es un aspecto dominante de la literatura actual, que ha descubierto en la voz de la primera persona los meandros impredecibles de la arbitrariedad, es decir, la deposición convulsa, no sometida al orden del discurso.

Apuntado lo anterior, no cabe desacreditar del todo el interés de Diablo guardián, aunque es un ejemplo muy notable de deposición convulsa. Como suele decirse, a Xavier Velasco se le ha ido la mano. El relato alterna los capítulos con la voz de Violetta, el alma de la novela, que cuenta su vida desde que, a los quince años, escapa de México a Estados Unidos con más de cien mil dólares robados a sus padres (que sus progenitores a su vez han robado), con capítulos de menor enjundia en tercera persona sobre la historia de Pig, escritor todavía sin obra, novio de Violetta, para quien ella graba las cintas con la confesión de su gusto por el dinero, y su inmersión en la compra compulsiva, el chantaje, la estafa, la prostitución, las drogas, en fin, en el descarrilamiento y la disipación, con el fin de que Pig sepa de sus andanzas y convierta este material frenético en la novela que siempre quiso escribir. Pero, dice Pig, muy al comienzo: «Esta historia no admite más primera persona que Violetta». La estrategia de Pig, trasunto del propio novelista, al dejar en bruto la confesión de Violetta, es apostar por la veracidad documental, en detrimento de cualquier otro enfoque, más organizado y literario, que tal vez hubiera echado a perder la amoralidad de Violetta, cuya desvergüenza, infatuación, hedonismo y falta de escrúpulos actualiza el género de la picaresca en su vertiente más transgresora.

«Soy una chica llena de virtudes negociables». He aquí una de tantas descripciones con que Violetta se autorretrata, en oposición a cualquier precepto moral. Más adelante, avanzada la novela, llegará a decir: «No tenía familia de verdad, ni amigos de verdad. No había en mi vida nada que no fuera inventado». Mucho de lo que cuenta, en todo caso lo más importante –el conocimiento de sí misma, pues a fin de cuentas se trata de una confesión–, está deformado por su manera sesgada de afrontar los hechos, que nunca quedan claros y se suceden atropelladamente, acumulándose unos sobre otros, sin que entienda el lector qué origina en esta chica esa sabiduría inversa, ese don por el despilfarro y la buena vida, por los hoteles caros, los relojes de lujo, la ropa de marca, los coches relucientes, la compra de vídeos pornográficos, los juegos de nintendo, pues no deja de ser una niña de travesuras escabrosas, pero una niña que juega a ensuciarse, no de barro, sino de inmoralidad. Un día feliz, para esta trepidante Lolita, madurada en la ambición de ser rica, son «veinticuatro horas inesperadas. O no sé, peligrosas, divertidas, indecentes, y de pronto imposibles». Reconozco, de partida, rasgos atractivos en la hechura inmoral de Violetta, emparentada con la inglesa Moll Flanders o con nuestra pícara Justina, pero no acaba de convencer; lo que parece singular en su peripecia delictiva resulta al final estereotipado; lo impúdico, en una cortesana que se nutre de numerosos «mariditos», demasiado tangencial; y el azar favorable, increíblemente favorable. Su verborrea, por lo demás, es un híbrido de español e inglés americano, sugestivo para los lingüistas, pero de una eficacia narrativa confusa y poco estimulante.

De todo esto se desprende algo muy inquietante: que el texto de la confesión de Violetta, sobrecargado de jerga y giros coloquiales, en vez de documentar sus aventuras, las difumina, incluso las borra detrás de las palabras, de modo que el resultado es poco concreto y, así, de la novela queda la estridencia de su voz, una masa verbal muy espesa sin dirección ni sentido, pero nada de sus experiencias, que hay que suponer variadas e intensas, en la memoria del lector. ¿Es posible escribir quinientas páginas que desaparecen por completo en el punto final? La respuesta es sí. Xavier Velasco exhibe una enorme potencia destructiva que alcanza a invalidar su propia novela. Todo es aquí de una transgresión sin límites. No es la literatura lo que le interesa, sino su derrumbamiento. No la forma, sino el vacío de la forma. No la verdad, sino los disfraces y, más que los disfraces, la invisibilidad. Violetta volverá a México, a casa de sus padres y organizará una muerte falsa, para alcanzar la libertad fuera de las páginas de la novela. Su vida entonces será dependiente de la vida de Pig, su diablo guardián. «Yo no tengo esperanzas, tengo planes», dice Pig. Hay una fábula que cuenta que la mayor astucia del diablo consiste en convencer a los hombres de que no existe. Pig (cerdo en inglés) quiere convencernos, por el contrario, al no estructurar y ordenar el testimonio de Violetta, de que su personaje existe. Pero, ¿cómo puede existir un personaje que ni siquiera sabe en qué lengua está escrito? A Diablo guardián se le otorgó el Premio Alfaguara, que pretende contribuir a que desaparezcan las fronteras nacionales y geográficas del idioma. No queda claro de qué modo esta novela puede responder a tan noble vocación.

01/10/2003

 
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