ARTÍCULO

Cuentos sobre un tiempo sostenuto

Anagrama, Barcelona
Trad. de Jaime Zulaika
234 pp. 15 €
 

Gracias a una de las escuálidas becas del programa europeo Erasmus, pasé el último y primaveral trimestre académico del curso 1990-91 en la universidad inglesa de Leicester. La verdad es que durante los meses que estuve allí no recuerdo haber dedicado mucho tiempo a mis estudios de historia contemporánea de España, entonces la materia principal de mis inquietudes universitarias, salvo quizá las conversaciones que al respecto mantuve en un inglés del todo demencial con el que en Inglaterra era mi tutor, el profesor Jonathan Osmond. Sin embargo, lo que sí recuerdo con suma nitidez son las largas tardes en la biblioteca de la universidad hojeando libros curiosos (uno dedicado, por ejemplo, a estudiar cómo eran las manos de Franz Lizst); las noches en mi habitación de las Mary Gee Houses intentando perfilar algún poema; las películas subtituladas en una municipal institución cultural del centro de la ciudad donde daban un café infame; los conciertos de la Royal Philharmonic Orchestra en la sala Monfort Hall; el modesto pero interesante museo de la ciudad, con unas fascinantes salas egipcias de un kitsch impagable; el monumento a los ciudadanos de Leicester que murieron combatiendo en la Guerra Civil española; unas modestísimas representaciones de Rigoletto y Don Giovanni cantadas en inglés y que, curiosamente, no sonaron del todo mal; los spaguetti a la boloñesa de unas vecinas italianas de muy buen ver; los tés de madrugada con mi amiga Emilia Guisado en la cocina de su alocada casera miss Patsy; y las frecuentes referencias en los ámbitos culturales de la ciudad a dos de sus hijos más talentosos: el actor y cineasta Richard Attenborough y el escritor Julian Barnes. En efecto, el que es considerado como uno de los mayores narradores ingleses de las últimas décadas vino al mundo en la anodina ciudad de Leicester en 1946, y como muy probablemente sepa ya el lector, en nuestro país comenzó a ser conocido sobre todo a raíz de la publicación de su novela El loro de Flaubert, que obtuvo un rotundo éxito de crítica y logró interesar a una notable cantidad de lectores. Lectores cuyo número, todo hay que decirlo, intuyo que no se ha incrementado en exceso con el paso de los años y la aparición en las librerías españolas de otros títulos con la firma de Barnes, como, por ejemplo, El puercoespín, Hablando del asunto, Amor, etcétera, Inglaterra, Inglaterra, Una historia del mundo en diez capítulos y medio... Y es que tengo la certeza de que quien se acerca por vez primera a las novelas de Julian Barnes, recordemos, «uno de los mayores narradores ingleses de las últimas décadas», no suele encontrar lo que espera, es decir, el trabajo de un narrador inglés en el sentido quizá más tradicional y decimonónico del término, un narrador preocupado esencialmente por insuflar vigor, tensión, robustez y una sólida linealidad a su historia. Este tipo de narración arraigada en la tradición británica, y que ofrece ejemplos tan brillantes y no muy lejanos a nosotros en el tiempo como los de Graham Greene, Muriel Spark, Lawrence Durrell o Evelyn Waugh, presenta una realidad indiscutida elaborada mediante un código colectivo y unos planteamientos que podríamos valorar como objetivos. Sin embargo, la obra de Julian Barnes creo que proviene de otra corriente narrativa inglesa que hoy ya se ha convertido también, claro, en consolidada y rancia tradición. Me refiero a la que con claridad aparece con y tras el «modernismo», y que fusionando la herencia de determinados autores en inglés (Sterne, Henry James o Conrad) con el legado francés de Proust o Flaubert, procura dar forma, desde lo subjetivo y el aprovechamiento de nuevas técnicas narrativas, a una actualidad cuyo pesimismo y negatividad hacen añicos cualquier intento serio de construir un andamiaje del sentir y el crear dentro de un tiempo histórico que podríamos calificar como contemporáneo.Virginia Woolf, Katherine Mansfield, D. H. Lawrence, el Joyce maduro, Anthony Burgess, Iris Murdoch o algunos de los escritores que fueron llamados en los cincuenta «jóvenes airados» (Amis, Osborne, Sillitoe...), deben citarse entre los miembros conspicuos de esta corriente narrativa, virtuosa del subjetivismo y del distanciamiento con todo lo que pudiera oler lejanamente a condescendencia íntima con el establishment social y cultural británico. Sí, en efecto, las novelas de Barnes presentan para su análisis casi todos los rasgos característicos ya reseñados en el párrafo anterior. Junto al uso de procedimientos metaliterarios o la evidente apuesta por técnicas narrativas poco usuales (por ejemplo, la continua sutileza en el tratamiento del punto de vista y sus permanentes cambios), siempre está presente en sus historias el agudo análisis, nunca exento de ironía, de los elementos constitutivos más quebradizos de la clase media británica a lo largo y ancho de las últimas tres décadas. Análisis que en mi opinión es claro deudor del realizado en su día por dos de los más grandes narradores de la modernidad occidental, Gustave Flaubert y Henry James, al menos en cuanto a los siguientes elementos: la renuncia a tomar partido en el discurrir de la narración mediante juicios de valor o comentarios, la creación de una atmósfera de rabiosa ambigüedad y la paulatina progresión de la historia por medio de la acumulación de escenas, a menudo sin una ilación inmediata entre sí. A grandes rasgos, estos elementos constitutivos de la forma de contar historias de Julian Barnes también pueden rastrearse en sus dos libros de cuentos aparecidos hasta la fecha: Alotro lado del canal (1996), y el más reciente que hasta estas páginas nos convoca, La mesa limón (2005). Dos colecciones de cuentos construidas cada una de ellas en torno a un nexo argumental: la vida de los británicos en Francia en la primera, y la vejez y sus circunstancias en esta segunda entrega compuesta por once cuentos. Para comprender el significado del título del libro hemos de leer la última de sus historias, «El silencio». En ella se nos cuenta que para los chinos el símbolo de la muerte era el limón, y que a comienzos del siglo XX existía en Helsinki un café con una mesa limón cuyos usuarios estaban obligados a hablar de la muerte. Dicho café era frecuentado en esta historia de Julian Barnes por el protagonista de la misma, Jean Sibelius (1865-1957), uno de los últimos grandes sinfonistas del siglo XX, y en cuya boca Barnes pone la reflexión que en mi opinión vertebra la idea central del escritor en torno a la vejez, la idea central sobre la que se levanta este espléndido conjunto de relatos. Dice Barnes transmutado en Sibelius y utilizando un vocabulario propio del mundo de la música quizá para dar mayor verosimilitud a la escena: «¿Por qué tenemos que esperar que el movimiento final de la vida sea un rondo allegro? ¿Cuál es la mejor manera de indicarlo? ¿Maestoso? Pocos tienen tanta suerte. Largo..., todavía un poco demasiado digno. ¿ Largamente ed appassionato? Un movimiento final podría empezar así..., mi Quinta lo hacía. Pero la vida no desemboca en un allegro molto en que el director despelleja a la orquesta para que toque más aprisa y más alto. No, para su movimiento final la vida tiene a un borracho en el estrado, a un viejo que no reconoce su propia música y que no sabe distinguir un ensayo de un concierto. ¿Poner tempo buffo? No, ya lo he hecho. Indicar simplemente que es un sostenuto, y que sea el director quien decida. Al fin y al cabo, hay más de una manera de expresar la verdad». Como vemos, el final de la vida es para Barnes-Sibelius un tiempo sostenuto, es decir, un tiempo que, si lo despegamos un tanto de su estricto y específico sentido musical, podríamos calificar como de disolución constante en una inercia sin ritmo, dependiendo sólo del protagonista de ese tiempo el que dicha inercia sea de un signo u otro, el que sea aceptada y vivida de manera más o menos consciente, dramática, desasosegada, pueril... Así, los once relatos que integran La mesa limón deben ser considerados, si continuamos con el símil musical, como once variaciones construidas en torno al tiempo sostenuto ya definido más arriba. O, con otras palabras, son once aproximaciones al tiempo final de la vida humana planteadas con evidente virtuosismo literario, por un lado, y siempre con un pulso de fuerte carácter existencial, por otro. Julian Barnes, y proseguimos explotando el aquí eficaz recurso de lo musical, se ha vestido de frac y, sosteniendo con pericia una batuta, ofrece en las páginas de La mesa limón once formas distintas de deambular y vivir un mismo tiempo vital: el sostenuto de la vida humana, la vejez y lo que ésta indefectiblemente acaba llevando a cuestas consigo. Me refiero al canto elegíaco por el tiempo y los amores perdidos; la visión de la propia vida como un despliegue de incontestables fracasos; la rutina como anclaje en un mundo que ya no te pertenece; o la repetición sistemática de gestos, palabras y pensamientos hasta convertirlos en manías que a modo de muletas ayudan a seguir adelante, a continuar aferrado a la noria que da vueltas. Y esta «sinfonía» sobre la vejez en tiempo sostenuto la ha escrito Julian Barnes en once movimientos o variaciones utilizando como elementos básicos de la composición la elegancia de la sencillez, la ferocidad que esconde la ternura, la tristeza del juego, la crueldad del compromiso con las diferentes caras de la verdad y el humor propio del inconformismo que no se presenta a sí mismo como trascendente. Una lectura que merece la pena. Un Barnes que ensaya teorías contando historias.

01/11/2005

 
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