El rostro oculto

Mordake o la condición infame

IRENE GRACIA

Debate, Madrid, 190 págs.

El mundo de Irene Gracia (Madrid, 1956) suele estar poblado por extrañas criaturas que aspiran a proclamar su diferencia. Ya en su primera novela, Fiebre para siempre (Premio Ojo Crítico, 1994), había algo de cuento de hadas trágico y perverso, donde la ambientación contemporánea resaltaba el drama de un personaje atrapado en sus ansias de singularidad. Singulares eran, también, las hermanas de Hijas de la noche en llamas, que revivía una antigua leyenda griega alusiva a las doncellas de Argos. En esta ocasión la autora se ha inspirado en un hecho verídico. En concreto, la historia de Edward Mordake, un joven aristócrata de la era victoriana que nació con una malformación craneal aberrante: en la parte posterior de su cabeza tenía la cara de una mujer.

Irene Gracia aborda, pues, un tema clásico en la literatura –el combate entre el Bien y el Mal–, ubicándolo en una época que dio joyas como Alrevés, de Huysmans; El extraño casodel Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, o El retrato de Dorian Gray, de Wilde. De hecho, esta novela transmite mucha de aquella atmósfera y de aquella batalla moral, pero Gracia introduce el valiosísimo testimonio de la parte femenina. Porque ese rostro labrado en la nuca de Mordake, aborrecido por todos e Innombrable, viene a ser su demonio de la guarda. En este sentido, la novela podría interpretarse como una ingeniosa parábola sobre la eterna sumisión de la mujer y su combate por ser libre para realizar sin trabas sus pulsiones secretas. A fin de cuentas, el apetito sexual femenino se consideraba patológico en la era victoriana y podía sancionarse con encierros de por vida. Uno de los aciertos de Mordake es invertir el tópico conflicto entre el empuje masculino y la pasividad femenina. En realidad, Mordake permanecería resignado en los salones de su mansión, pero la Innombrable le aboca con sus susurros maléficos a salir al mundo. La división de roles sexuales –lo angélico es femenino y lo diabólico, masculino– deviene, por tanto, falsa, tal como reflejó Sarah Grand en The Heavenly Twins (1893), donde unos mellizos crecían en la androginia hasta la floración de sus rotundas divergencias.

Irene Gracia no elude tampoco el tema de la Belleza, concepto tan caro a los decadentistas ingleses, que supieron ver en ella una flor que crecía por igual en el ámbito más puro del espíritu y en las ciénagas de lo prohibido. Mordake o la condición infame permite, además, revisar la Inglaterra victoriana y una Venecia insólita donde el carnaval halla su impecable reverso en una feria ambulante poblada por criaturas fellinianas que parecen anunciar La parada de los monstruos de Browning. La alternancia de los monólogos masculino y femenino consigue un crescendo contrapuntístico de gran eficacia. Y la novela posee una luminosidad perversa que no excluye episodios en clave irónica como la iniciación sexual del protagonista, un caso de sodomía involuntaria. En este universo de ambigüedad moral, decadencia e hipocresía, Irene Gracia se mueve con soltura admirable merced a una prosa sólida y evocadora. También le pertenecen temas como la locura, los conflictos familiares o la pérdida de la inocencia…, todo ello escrito con el magma del subconsciente, con sabor a pintura simbolista y alto voltaje emocional. Si esta excelente novela se hubiera publicado a finales del siglo XIX, hablaríamos aún de un libro que reflejó el lado oscuro de toda una época. En la era atómica, en cambio, el drama femenino va camino de resolverse. Pero los horrores del individuo escindido, torturado por su naturaleza impar, siguen creando desdichadas y asombrosas criaturas a la estela de Mordake que merecen el honor de las palabras.

Ficha técnica

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