ARTÍCULO

La cotidiana levedad del ser

Alfaguara, Madrid, 1998
272 págs.
 

La levedad del ser acaso sea insoportable, pero es, en parte, un elemento fundante de la experiencia cotidiana de la vida; o es, sin más, la propia vida. Sin duda así ha de parecérselo a los lectores de Juan José Millás. Seguro que por buenas razones. ¿Alguien ve su imagen proyectada en estos personajes?, ¿son los lectores de Juan José Millás como los protagonistas de sus novelas?, es decir, ¿sufrieron aquellas crisis de la adolescencia que los arrojaron a un mundo escindido entre el ser y el debe ser?, ¿se asustan de su propia imaginación? Acto primero: «Algunas noches, al meterme en la cama, intentaba imaginar un mundo sin palabras». Acto segundo: «Si me dormía con estas imágenes, despertaba al poco huyendo de la pesadilla de haberme quedado mudo». El mundo puede que sea un desastre, pero el universo personal del protagonista de El orden alfabético está a la altura del exterior. La conducta que aconsejarán experiencias semejantes será la de intentar pasar por el mundo, deliberadamente, protegido por ese perfil social borroso que corresponde al héroe por accidente, una anomia muda: «No tengo hábitos de consumo de conversaciones trascendentes»; y, a su vez, respecto de ese otro mundo del pensamiento que se encierra en los libros, siempre lejano, inabordable, que vuela por los cielos, que se pudre cuando cae a la tierra, o que es sepultado en los sarcófagos de las enciclopedias, se cultivarán sorprendentes hábitos depredadores: «Cada vez que caía una idea, yo corría hacia ella, le inyectaba un líquido que la inmovilizaba sin matarla, para que se mantuviera fresca, y me retiraba de nuevo a un lado de la red. Luego, cuando tenía hambre de ideas, me acercaba a ella y la digería parsimoniosamente».

No sólo es interesante considerar cuál es el grupo social que se representa en los personajes de Juan José Millás –clase media-baja, agraciada con un empleo más o menos precario, pero siempre mal retribuido, que nutre toda suerte de intercambiables frustraciones personales–, sino que además es interesante considerar si ese grupo, una vez identificado, en general se representa en sus imágenes más conocidas mediante alguna forma de reflexión, aunque sea paródica, aunque sea una simple reproducción, que socave de forma tan radical las pretensiones de mejora de la humanidad. Es decir, ¿no hay desequilibrio o contradicción entre las pretensiones intelectuales de muchos de los personajes, entre su aguda conciencia política, y la clase social a la que pertenecen, la cual, acaso tanto como otros sectores sociales, se ha distinguido, de forma mayoritaria, en el pasado y en el presente por un deseo palmario de vincularse incluso a las formas más humildes de participación social y política?, ¿por integrarse en una sociedad que sólo deja sitio a la integración? Lo interesante de esta delimitación del campo de observación no es tanto señalar una contradicción, que quizá sólo exista en la mente de un lector, sino la comprobación de que, en esta obra, cuando menos, incluso las formas más banales de integración y conformismo ocultan en un interior no muy bien definido tal vez inexpresables pero vastos océanos de desacuerdo. Este parece ser el contexto apropiado para señalar la dirección de uno, al menos, de los vientos que soplan en este escenario político; y en este contexto las manifestaciones de protesta carecen de sentido, porque ni siquiera poseen un lugar cómodo desde el cual dejar testimonio de sí, desde el que hacerse visibles; estas manifestaciones, al menos las que adquieren forma artística, se convierten en testimonio personal de desintegración. Lo que se solicita del lector, a través de las páginas de esta novela, bien puede ser esa mirada que sea capaz de ver algunas zonas del envés de la realidad, de los fundamentos íntimos de lo que se reúne bajo el nombre de realidad.

El orden alfabético se ocupa de dos fragmentos autobiográficos de un tal Julio, separados ambos por un inexplicado hiato, que se corresponden el primero con la pre-adolescencia; y, el segundo, con la vida adulta. El primer fragmento está dominado por la enfermedad del protagonista y por la agonía de su abuelo; el segundo, por la muerte del propio padre del protagonista. La enfermedad, pues, proporciona a los lectores el decorado ante el cual actúan los personajes.

La pre-adolescencia del protagonista de esta obra es ese momento en que se conciben los más radicales proyectos revolucionarios, esos proyectos que incluso piden la abolición del «orden alfabético», la supresión de toda hipocresía y de toda atadura. La vida adulta trae consigo la aquiescencia nihilista con un orden que carece de significado. Los sueños y pesadillas de la infancia y adolescencia se diluyen ante el poder conformador de una cotidianidad trivial. Las pesadillas han perdido el mordiente y las aristas de la infancia; la angustia y la más excelsa exaltación se neutralizan en la insignificancia del gris horizonte personal; las ilusiones, lisa y llanamente, se han evaporado. Lo malo de descubrir, en el momento inadecuado, que el orden alfabético, sobre el que descansa el resto de los órdenes, es un puro accidente, una arbitrariedad; lo malo de ese descubrimiento, digo, es que suele concluir en una vida adulta en la que el individuo será cliente favorito del sin sentido. La enfermedad rige y corona los dos momentos de la vida del ser humano: infancia-adolescencia y vida adulta.

Es acaso en esta segunda etapa de la vida humana donde la novela de Juan José Millás es más interesante; y lo es por mérito de ese inquietante retrato de un individuo de clase media cuya biografía está sometida a tales vaivenes del azar que ella misma se modifica con la plasticidad que otorgan los mensajes difundidos por los medios de comunicación, que se impregna de fragmentos de conversaciones escuchadas de forma casual, que se proyecta incluso en las conversaciones triviales de los métodos de aprendizaje de idiomas, que se hunde en la banalidad de lo eterna e indiferentemente intercambiable. La falta de orden es de forma esencial una rigurosa falta de sentido, y es, asimismo, una completa falta de substancia.

01/10/1998

 
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