Segundo nacimiento

LO QUE ME QUEDA POR VIVIR

Elvira Lindo

Seix Barral, Barcelona

268 pp. 18 €

Si la vida pudiera repartirse como los temas de un disco podríamos decir que Lo que me queda por vivir, título que nos recuerda una canción bella y olvidada del grupo Los Lunes, constituiría un estribillo sentimental, repartido en ocho canciones. Conocimos a la Elvira Lindo de Manolito Gafotas, que supuso su consagración como guionista, presentadora y actriz de radio, sus cinco libros de temática infantil protagonizados por Olivia y, al mismo tiempo, a la escritora introspectivamente adulta que se reveló en El otro barrio (1998): la vida de un chico huérfano de padre al que la vida, contradiciendo a su apellido –se llama Ramón Fortuna–,va a ponerle en el disparadero justo cuando cumpla quince años.

Al margen de géneros y registros, advirtamos que hay una sola Elvira Lindo y que esa integralidad se manifiesta en Lo que me queda por vivir: novela o summa emocional, entre la evocación autobiográfica y la radiografía del material sensible que hace llorar en la intimidad como las «pequeñas cosas» serratianas. Continuando con el símil musical utilizado para presentar Lo que me queda por vivir, diremos que el último capítulo es el que nombra la novela y expresa claramente el leitmotiv o estribillo que la recorre. Dice así: «El recuerdo todo lo literaturiza, lo sé, la nostalgia embellece lo perdido y crea símbolos donde no los hay, pero ese temor a la cursilería no debiera convertir en prosaico aquello que fue conmovedor».

La escritora juega limpio: su trasunto literario se llama Antonia, porque llamarse Elvira haría tambalear el pacto de la ficción para pasar al egodocumento. La autora se autodescribe sin autocomplacencia y «significa» cada pasaje de su biografía para poder explicarse como persona. Practica en algún momento de su relato cierto funambulismo entre los recuerdos de la adolescencia y parece que está a punto de caer al vacío de la nostalgia almibarada, pero pronto recupera el equilibrio para representar su época, aquel Madrid de los ochenta y autorrepresentarse desde los «motes» y complejos de la infancia que todos acarreamos de por vida, aunque pretendamos haberlos olvidado. Se escucha en Lo que me queda por vivir, la banda sonora de un tiempo y también el memorial de agravios que produce el fracaso amoroso y las ilusiones perdidas. Para no embarrancarnos en los personajes que atraviesan la vida de la narradora diremos que el balance arroja una madre separada y un hijo al que ella intenta hacerle la vida más habitable, salvando los muebles del afecto y la imaginación que puede deparar universos alternativos. Universos infantiles a veces condenados por el dogmatismo marxistoide, como las canciones de Disney que la protagonista le pone al niño los sábados. Sus compañeros (se supone que de la SER), «en permanente demostración de que eran trabajadores de la radio más progre del país me habían afeado la conducta por querer enseñarle a un niño ese producto baboso, tóxico, fascista, cruel y sentimentaloide a un tiempo». Una «nutrición» musical que se completa con una canción, otro título idóneo para definir esta novela: la Mother and Child Reunion de Paul Simon. Una cultura popular que no conoce etiquetas y que Elvira Lindo vindica al repasar sus veranos adolescentes en casa de sus tíos: de los batallones alemanes de Sven Hassel a los Episodios galdosianos pasando por Blasco Ibáñez, Dickens, las Brontë y, cómo no, Tintin, Celia y Guillermo Brown.

El inventario literario resulta pertinente para entender los percances vitales de la protagonista y su manera de afrontarlos o de ocultar sus heridas con sus «dos o tres recursos (los libros leídos, la escritura solitaria y avergonzada, cierta agudeza psicológica)». Una escritura que en Lo que me queda por vivir deja de ser «solitaria y avergonzada». Rescatar y compartir recuerdos sin ornamentarlos, pero tampoco envenenándolos brinda una novela sincera, una dosis de autoconocimiento. Reencontrarse es como volver a verse con los amigos del pasado, advierte la autora: «Son poseedores del catálogo de los defectos de fábrica y no van a aceptar que ni el tiempo, ni el dinero, ni tan siquiera los lógicos cambios que propician la experiencia y la educación, borren lo que fuimos. Lo gordos, lo bajos, lo maniáticos, vulnerables y risibles que fuimos».

Todo ese repertorio surge de toda la obra de Elvira Lindo: un profundo conocimiento de la relación maternofilial, la autoironía que soslaya la tentación de mitificar los años de la movida madrileña, el problemático equilibrio entre los orígenes de provincia y la vida en la gran capital que propicia relaciones «suburbializadas», la alternancia entre la reflexión elevada y las pequeñas miserias de la vida vulgar y el paso del tiempo que no permite aplazamientos en nombre de un futuro harto cuestionable en la sociedad líquida de precarios contratos laborales y amorosos. Un monólogo, al principio de la novela, ilustra crudamente lo que, ahora y aquí, cuestiona el porvenir de muchas parejas: un minipiso por pagar asomado a un patio interior que hiede a col podrida. Un matrimonio maniatado por la hipoteca. Jornadas interminables con salarios mileuristas e hijos que mantener. Intentos baldíos de consolar la rutina pensando en el futuro, cuando ya «no hay futuro que valga», sino presente que urge. De esas urgencias del presente habla Elvira Lindo al literaturizar vivencias que le conmovieron y señalaron. Para vivir con plenitud convenía «ir reconstruyéndose, recogiendo los pedazos de quien yo había sido antes». Tras la catarsis personal sobreviene, casi siempre, un segundo nacimiento.

Ficha técnica

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