ARTÍCULO

Biografía de un «maldito»

Temas de Hoy, Madrid
Prólogo de Paul Preston
423 págs. 21 €
 

«Soy un hombre de orden». Estas palabras pronunciadas por Juan Negrín en plena guerra, en el transcurso de una conversación privada, recuerdan otras muy parecidas de Manuel Azaña en una cordial entrevista que mantuvo con el dirigente de la CEDA Manuel Jiménez Fernández, poco antes del comienzo de la Guerra Civil: «Tienen ustedes que convencerse –le dije riendo– de que la derecha de la República soy yo». El estallido de la guerra unas semanas después llenó de sentido aquella boutade de Azaña, en la que se trasluce, como en la de Negrín dos años después, la voluntad de encarnar una moderación política que alguien, con la legitimidad necesaria, debía reivindicar en el campo republicano. La desastrosa marcha de la guerra hasta mayo de 1937 acabó de convencer a Azaña de la urgencia de un giro radical en la política republicana que, frente al descontrol de la retaguardia y al hundimiento de los frentes, permitiera poner en pie un verdadero Estado y un ejército disciplinado y competente.

Y aquí es donde aparece la polémica figura del doctor Negrín, un socialista afín a Indalecio Prieto, más conocido hasta entonces por su labor intelectual que por su trayectoria política. El documentado libro que le ha dedicado Ricardo Miralles contribuye a desmontar algunos de los mitos que han perseguido desde entonces a uno de los grandes «malditos» de la Historia Contemporánea de España, acusado desde casi todos los frentes de haber entregado la República a los comunistas y haber actuado como hombre de paja de Stalin en la Guerra Civil española. En realidad, futuros antinegrinistas y anticomunistas acérrimos como Prieto, Largo Caballero o Luis Araquistáin, viejo amigo suyo, hicieron mucho más que él, y mucho antes, por obtener el apoyo soviético que la República necesitaba, y obtenerlo al precio que fuera, incluido el famoso oro del Banco de España. Como recuerda Miralles, apenas unos días antes de la decisiva crisis de mayo de 1937, un hombre como Araquistáin, que se pasará el resto de su vida acusando a Negrín de haberse vendido a los rusos, aconsejaba a Largo Caballero que llegara a un acuerdo con ellos lo antes posible, porque, de lo contrario –le decía–, lo haría Prieto, su gran rival en el partido. Entre las razones por las que fue Negrín, y no su jefe de filas, Indalecio Prieto, el que recibió el encargo de fomar gobierno, Miralles destaca el íntimo designio de Azaña de hacer del nuevo presidente el artífice de una política exterior que sacara a la España republicana de su aislamiento internacional y de su dependencia de la Unión Soviética. Azaña se sintió cautivado, además, por la fama de hombre templado, trabajador incansable y gestor eficaz que se labró Negrín en los meses anteriores como ministro de Hacienda. Todo ello hizo que, en mayo de 1937, empezara una estrecha relación personal entre ambos que duró hasta el final de la guerra y que, tras una breve luna de miel, no tardó en deteriorarse irremediablemente. Al fin y al cabo, como dice Ricardo Miralles, fue «una broma pesada del destino» que a partir de 1937 coincidieran al frente de la República la terca determinación de Negrín –«la victoria es un asunto de voluntad», llegó a decir unos meses antes de la derrota– y el lúgubre –y lúcido– pesimismo de Azaña, convencido desde fecha muy temprana de las escasas posibilidades de la República en el campo de batalla.

Claro está que las razones de las desavenencias que muy pronto surgieron entre ellos no se reducen a sus enormes diferencias de talante y personalidad. Esa condición de «hombre de orden» de la que, como hemos visto, alardeaba Negrín no se correspondía exactamente con lo que Azaña entendía por tal cosa, ni con lo que el presidente de la República esperaba de él: una gestión eficaz y una autoridad firme que hiciera respetar la legalidad y el orden. En realidad, lo que hizo Negrín no fue restablecer el Estado de Derecho en la retaguardia republicana, sino concentrar el poder en un mando único que no dudaría en emplear los métodos más expeditivos para combatir al enemigo interior y atajar la tendencia del Frente Popular a la disgregación. En una palabra: Negrín sustituyó el terror disperso y anárquico de los primeros meses de la guerra por un terror centralizado, que se manifestó en actos de una inoportuna brutalidad, como el «visto bueno» del gobierno a cincuenta y ocho penas de muerte tan solo ocho días después de que Azaña pronunciara su famoso discurso de las tres pes («Paz, Piedad y Perdón»), una decisión gubernamental que este último interpretó como una afrenta a su persona.

Las tormentosas relaciones entre Negrín y Azaña constituyen una parte especialmente lograda del libro de Ricardo Miralles. El dramatismo y el hondo significado del conflicto entre ambos se resumen en la reacción de Negrín al enterarse de una gestión política hecha por Azaña a espaldas del gobierno: «Por mucho menos que eso he firmado yo enterados de penas de muerte». Las otras dos grandes cuestiones que se dirimen en estas páginas son la política de resistencia a ultranza preconizada por Negrín y el supuesto trato de favor que dispensó a los comunistas. Sobre esto último, origen en buena medida de la leyenda negra que lo acompañó hasta su muerte, la tesis exculpatoria de Miralles se apoya en datos y argumentos de gran solidez. Era inevitable que el empeño de Negrín por hacer de la unidad y la disciplina la clave de su política lo llevara a entenderse con los comunistas mejor que con cualquier otra fuerza del Frente Popular, aunque, en contra de lo que se ha venido diciendo, esa buena sintonía no se tradujo, según Miralles, en la entrega al Partido Comunista del aparato de poder republicano. Más difícil de defender resulta el empecinamiento con el que pretendió continuar la guerra más allá de toda posibilidad razonable de resistencia, basándose en esa especie de cuento de la lechera al que se aferró el presidente del gobierno en vísperas de la derrota: que el inminente estallido de la guerra en Europa provocaría un vuelco completo de la situación en España, por la retirada de la ayuda italoalemana a Franco y por el apoyo a la República de las democracias occidentales, a las que la nueva guerra mundial sacaría finalmente de la inopia. Así pues, si se conseguía alargar la contienda lo suficiente, la generalización del conflicto podía ser, según esta hipótesis, la salvación de la República. Era muy poco probable, sin embargo, y eso es lo que hacía ilusoria la estrategia negrinista, que la guerra europea empezara antes de que terminara la Guerra Civil española.

Aunque Miralles reconoce el elevado coste que la política de resistencia numantina tuvo para la República, creo que en este punto no consigue despegarse del todo de los argumentos autojustificativos de su personaje. En cambio, podemos admitir con el autor que durante mucho tiempo no hubo alternativa real a la política de Negrín, y que las pocas posibilidades de la República de sobrevivir a la guerra pasaban por su opción voluntarista: unidad, disciplina, una fe fanática en la victoria y el convencimiento de que el tiempo bélico, administrado con habilidad política, podía jugar a favor de los republicanos españoles. Esta caracterización del negrinismo como una suerte de ideología de la supervivencia es la que lleva a Miralles a establecer un sugerente paralelismo entre Negrín y aquellos líderes políticos, como Clemenceau y Churchill, que en las dos guerras mundiales encarnaron el espíritu de resistencia de las democracias occidentales. Es, sin duda, un brillante colofón para un libro magnífico, a la altura de un personaje fascinante y todavía misterioso, a pesar de lo mucho que esta biografía nos descubre de su enigmática personalidad. De él y de su política se podría decir, en todo caso, lo que un español de finales del siglo XVII dijo del conde-duque de Olivares, con el que lo comparó en su día Edward Malefakis: «Es así que nos vamos acabando, pero en otras manos hubiéramos acabado más presto».

01/02/2004

 
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