Laín y sus circunstancias

VOLUNTAD DE COMPRENSIÓN. LA AVENTURA INTELECTUAL DE PEDRO LAÍN ENTRALGO

Diego Gracia

Triacastela, Madrid

718 pp. 39 €

Al terminar la primera década de este nuevo siglo, han ido redoblándose los esfuerzos por ver claro en el pasado reciente. Y en esa tarea cuentan mucho los estudios de las vidas individuales que de un modo u otro fueron sus protagonistas. Pedro Laín Entralgo es, sin duda, uno de los nombres centrales en la vida española de ese tiempo. Fue muchas cosas: investigador, científico, historiador y filósofo; también autor teatral, y ensayista, rector en años difíciles de la Universidad de Madrid, intelectual falangista y católico que, incapaz de lograr una apertura del régimen, contribuyó con su prestigio al proceso de restablecimiento de la democracia.

Intelectual implicado en la vida pública, creyó un deber personal el rendir cuenta públicamente de sus proyectos, sus logros y sus fracasos. Ajustó sus cuentas personales, de modo valiente y melancólico, en su Descargo de conciencia, libro que muestra el drama de quien ve sus ideales frustrados y desea descargar su conciencia y rectificar con honestidad. Estas y otras mil reflexiones nacen al hilo de la reciente biografía de Pedro Laín Entralgo escrita, de modo exhaustivo, por quien, sin duda, fuera su mayor discípulo, Diego Gracia, a su vez discípulo y gran conocedor del maestro de Laín, Xavier Zubiri, de cuya fundación es ahora el director responsable de sus actividades.

Ajustado a lo que Ortega llamara «el método de Jericó», este libro penetra en la persona y sus proyectos, sus convicciones y sus mudanzas, sus muchos saberes y sus rectificaciones. Laín está lejos de ser «el hombre de un solo libro», pero tuvo un tema o móvil casi permanente: le movió siempre una honda voluntad de comprender al hombre, enfermo y sano, y a su sociedad, que veía como un hondo problema. Tras estudiar química y medicina, y hacer unos tímidos ensayos en psiquiatría, eligió de modo consistente el bíos theoretikós, el quehacer intelectual en sus más varias formas.

Laín encarnó en su biografía las tensiones que, de modo macroscópico, dominaron en el mundo hispano de su época. Y sus etapas sucesivas se encadenan con una lógica implacable. Vivió una juventud marcada primero por un catolicismo intelectual, que tenía como núcleo vivo el Colegio de San Juan de Ribera en Burjasot, centro con hondo impacto en el mundo intelectual del siglo XX. Ese catolicismo le hizo decantarse pronto hacia la filosofía, singularmente hacia el pensamiento católico de Max Scheler y Xavier Zubiri, este último su mentor y guía filosófico hasta el fin de sus días. Su destino parecía llevarlo hacia unos ámbitos más propios de la antropología.

La guerra cortó esa trayectoria. Y se adhirió al sector nacionalista y católico, fuertemente atraído por el elemento social reformador del falangismo de José Antonio Primo de Rivera. Formó parte del grupo que, fuertemente cohesionado por la figura de Dionisio Ridruejo –Rosales, Vivanco, Torrente Ballester y algunos más–, dedicaron sus esfuerzos a promover la nueva cultura de la ideología «del Imperio» en notables revistas de corta vida (Fe, Jerarquía), o no tan corta, como Escorial, donde ya se inició una apertura buscando una recuperación de la convivencia intelectual, que pronto fracasó.

En la nueva dinámica de la posguerra, Diego Gracia pone de relieve que aquella primitiva pretensión antropológica se orientó, pragmáticamente, hacia tales temas a través de la historia de la medicina, una especialidad que en altísimo grado él, con un puñado de discípulos, determinó, impulsó y logró que alcanzara un nivel internacional muy alto.

El esfuerzo de apertura y comprensión en torno a España dio como resultado una historia tematizada de las reflexiones que desde el 98 fueron tomando cuerpo en torno al tema de España. Así vino a surgir un libro clave, España como problema. Tematizó así el núcleo conceptual de lo que Ortega llamó desvertebración de nuestra sociedad desde su vertiente intelectual. En unos días de reivindicación de las glorias imperiales del pasado, el solo planteamiento del problema suponía ya toda una insolencia. Hubo quien se apresuró a contestar, con un guiño de complacencia hacia el dictador, con otro libro, ahora titulado España sin problema.

Diego Gracia estudia con detalle los últimos esfuerzos de Laín por abrir el régimen desde dentro, en su papel de rector de la Universidad de Madrid, dentro del grupo promotor de una incipiente liberalización que lideraba Joaquín Ruiz Giménez desde el Ministerio de Educación, a comienzos de los años cincuenta. En estas páginas se ve el giro de tuerca hacia la derecha con que se cerró un breve período de agitación tras la muerte de Ortega, en 1955 y 1956. Y Laín, con gesto y valor nada usuales, hizo manifestación pública de su rechazo a sus anteriores convicciones e inició una nueva etapa.

También la empresa del Concilio Vaticano II le animó a vivir, con dramatismo y hondura, una apertura a formas cristianas más liberales y sociales, distanciado de sus iniciales fervores juveniles. Y ello tendría profundas consecuencias hasta en su propio pensamiento sobre el hombre. Este libro revisa, con hondura y detenimiento, las sucesivas vueltas y revueltas que fue dando la concepción lainiana del ser humano, desde las posiciones meramente dualistas –alma-cuerpo– de su inicial catolicismo hasta venir a parar en la construcción de un cierto monismo dinamicista, fundado en tesis de su maestro Zubiri, cuya potencialidad buscó desplegar con toda su formación histórico-médica y filosófica.

Diego Gracia ha escrito un libro imprescindible para comprender a su maestro, y también para entender las esperanzas y amarguras de la vida histórica de la España del siglo XX. Armado de un admirable conocimiento de la filosofía, la antropología y la ciencia médica de nuestro tiempo, así como de las peripecias históricas del franquismo y la Transición, ha situado sobre Laín un foco de luz que nos permite entenderlo desde dentro de su intimidad y desde el entorno de su circunstancia.

Ficha técnica

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